NovelToon NovelToon
La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Valentina no miró el teléfono.

Miró la mano de Nikolái.

Guante negro, dedos quietos, una calma insoportable. En Estambul, esa mano había sostenido una rosa blanca. Ahora sostenía su vida convertida en archivo.

—Eso es ilegal —dijo.

La frase sonó pequeña incluso para ella.

Nikolái deslizó el pulgar por la pantalla.

—Muchas cosas lo son.

Otra foto apareció: Abuelita Carmen saliendo de misa, con su rebozo azul y una bolsa de mandado en la mano.

El miedo de Valentina cambió de lugar. Ya no estaba en la garganta. Bajó al estómago, pesado, caliente.

—No la meta en esto.

—Yo no la metí. Tú la amas. Eso la mete.

Valentina se lanzó hacia el teléfono.

Nikolái levantó la mano antes de que ella alcanzara la pantalla. Con la otra le sujetó las muñecas. No apretó mucho. No le hizo daño. Eso no lo hizo menos humillante.

—Seis meses —dijo él—. Terapia los martes. Clases de dibujo los jueves. Murales por encargo. Café de olla sin azúcar. Pesadillas tres veces por semana durante el primer mes. Una vez por semana desde junio.

Valentina sintió que el aire se le llenaba de agujas.

—Cállese.

—Te ofrecieron medicación. No la tomaste.

—¡Cállese!

Nikolái la miró como si el grito le pareciera una prueba más.

—Me gusta más cuando peleas.

Valentina le escupió en la cara.

El silencio dentro del Rolls-Royce fue inmediato.

Afuera, alguien golpeaba una ventana. Dani. Su voz llegaba apagada por el blindaje.

—¡Valentina! ¡Val!

Nikolái no se limpió de inmediato.

La miró.

Valentina sostuvo la mirada, aunque el corazón le martillaba tan fuerte que le dolían los dientes.

—¿Me va a disparar? —preguntó—. Hágalo. Pero deje a mi abuela y a Dani en paz.

Nikolái sacó un pañuelo blanco del bolsillo interior y se limpió la mejilla con una lentitud irritante.

—No mato por saliva.

—Qué considerado.

—Y no voy a tocar a tu abuela mientras seas obediente.

La palabra obediente le dio asco.

—No soy suya.

—Todavía discutes eso.

Valentina jaló las muñecas. Él la soltó. El gesto la sorprendió lo suficiente para hacerla retroceder contra la puerta.

—Escucha bien, printsessa. Vas a venir conmigo por las buenas.

—No.

—Sí.

—El consulado...

—Sabe que llegaste a Rusia. No sabe que estás conmigo. Cuando pregunte, tendrá una explicación limpia, con cámaras, testigos y un amigo mexicano que será acusado de robo, agresión y posesión de una pieza religiosa sustraída de la Catedral de San Isaac.

Valentina se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Nikolái inclinó la cabeza hacia la ventana.

—Míralo.

La ventanilla bajó unos centímetros. El ruido de la calle entró de golpe: viento, pasos, turistas murmurando, Dani gritando su nombre mientras dos hombres enormes le bloqueaban el paso.

—¡Val! ¡Dime algo!

Valentina se acercó a la abertura.

—¡Dani, estoy bien!

Nikolái le tomó la mandíbula y le giró el rostro hacia él.

—Mira a quién le hablas, printsessa. No a él.

La rabia le subió tan rápido que casi le nubló la vista.

—Es mi amigo.

—Es un hombre que te trajo a mi país.

—Vine por mi beca.

—Y aun así terminaste en mi auto.

Valentina levantó la mano para abofetearlo.

Nikolái la atrapó en el aire, no con fuerza, sino con precisión. Luego bajó la mirada a sus dedos. Por un instante pareció recordar algo. Estambul. Las muñecas abiertas. La forma en que ella había mordido para no rendirse.

Ese instante se fue.

Él la jaló hacia sí y la besó.

No fue como el beso torpe de aquella habitación. Tampoco como el de la huida, lleno de sangre y disparos. Este fue lento al principio, calculado, una invasión sin prisa. Valentina intentó cerrar la boca, pero Nikolái le sujetó la nuca, inclinó su rostro y le robó el aire con una facilidad que la enfureció.

Afuera, Dani golpeó el vidrio.

—¡Suéltala!

Valentina se retorció, empujó el pecho de Nikolái, le clavó las uñas en la camisa. Él no se apartó. Profundizó el beso apenas un segundo más, lo suficiente para convertir el forcejeo en una marca pública.

Cuando la soltó, ella respiró como si acabara de salir del agua.

Le ardían los labios.

Lo odió por eso.

Lo odió más porque una parte de su cuerpo había recordado el peligro antes que el asco.

—Eres un animal —susurró.

Nikolái le rozó la comisura con el pulgar.

—No. Soy peor. Los animales no hacen expedientes.

Dani intentó rodear a los guardias. Uno de ellos le puso una mano en el pecho y lo detuvo. Dani no era cobarde, pero tampoco era tonto. Miró la mano, luego el arma visible bajo el saco del hombre, y se quedó quieto.

Valentina vio el momento exacto en que entendió que no podía ayudarla.

Eso le dolió más que el beso.

—Si le hace algo, lo juro...

—¿Qué vas a jurar? —Nikolái volvió a levantar el teléfono—. Daniel Ochoa. Padre taxista, madre enfermera jubilada. Crédito automotriz atrasado. Pasaporte mexicano. Llegó contigo ayer. En su mochila, ahora mismo, puede aparecer cualquier cosa que yo necesite.

—No.

—Un cáliz pequeño de la catedral. Una joya. Drogas. Municiones. Elige.

Valentina sintió que la piel se le enfriaba.

—Usted no puede fabricar una acusación así.

Nikolái sonrió apenas.

—No me estás escuchando. Ya puedo.

El auto olía a cuero, perfume caro y amenaza. Valentina miró a Dani otra vez. Él seguía buscándole los ojos, desesperado, con la cajita del dije apretada en la mano.

—Déjelo ir —dijo ella.

—Ven conmigo.

—Déjelo ir primero.

—No negocias desde una posición de fuerza.

—Y usted no sabe pedir sin amenazar.

Nikolái guardó el teléfono.

—Correcto.

La sencillez de la respuesta la desarmó más que una mentira.

Él extendió la mano.

—Tu celular.

—No.

—Valentina.

Era la primera vez que decía su nombre completo en ese tono. No como caricia. Como advertencia.

Ella sacó el teléfono del bolsillo interior de la chamarra y lo apretó contra el pecho.

—Necesito avisar que estoy bien.

—Avisarás cuando yo lo permita.

—Mi abuela va a preocuparse.

—Entonces compórtate y la llamada será tranquila.

Valentina le sostuvo la mirada. Quiso negarse. Quiso romper el teléfono contra el vidrio, gritar hasta que alguien grabara, hacer cualquier cosa que no fuera entregarle otra parte de su vida.

Dani dio un paso más afuera.

Uno de los guardias abrió el saco apenas.

Valentina le dio el celular a Nikolái.

La vergüenza fue inmediata.

Él lo tomó, tecleó un código que ella no le había dado y lo desbloqueó.

—¿Cómo...?

—Cumpleaños de tu madre. Lo usas demasiado.

Valentina sintió una punzada vieja, personal, como si él hubiera entrado a una habitación donde todavía olía a Lucía.

Nikolái insertó un dispositivo pequeño en el puerto del teléfono. En la pantalla apareció una barra de carga.

—Rastreador —dijo ella.

—Seguro.

—Se llama rastreador.

—Se llama no volver a perderte.

Valentina soltó una risa sin humor.

—Usted nunca me tuvo.

Nikolái le devolvió el teléfono.

—Eso también lo discutes todavía.

La ventanilla subió. La voz de Dani quedó del otro lado, cortada por el blindaje.

Valentina golpeó el vidrio con la palma.

—¡Dani!

Nikolái le rodeó la cintura y la atrajo hacia atrás. Su boca quedó junto a su oído.

—La última vez escapaste con ayuda del consulado —dijo—. Esta vez estás en mi país, en mi ciudad, en mi auto.

Ella cerró los ojos.

Vio la lista de Abuelita Carmen: no confiar en desconocidos.

Demasiado tarde.

—Esta vez no hay consulado que te salve, printsessa.

El Rolls-Royce arrancó.

Valentina abrió los ojos justo cuando Dani desaparecía detrás de los guardias, pequeño, furioso, impotente.

Nikolái terminó la frase contra su oído.

—Estás en casa.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play