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OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

Status: Terminada
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El banquete envenenado

El gran comedor olía a cera, especias importadas y esa falsa cordialidad que siempre precede a una traición. Tony entró cojeando apenas, apoyada en un bastón de ébano que Giulia le había conseguido esa mañana. Caminó despacio, sin prisa, como quien revisa un escenario que ya conoce de memoria.

«Regla 31 de ChicleFM: banquete de «reconciliación» \= banquete de emboscada. Si te sirven el vino especial, en copa nueva, con sonrisa demasiado dulce… ni lo toques. Y si huele a almendras amargas… por favor, al menos disimulen la pereza», pensó, tomando asiento.

Lucrezia, sentada frente a ella, la observaba con una calma que no se había molestado en fingir bien. Raffaele, aún con moretones, la miraba como si fuera un plato que no podía comer. El Duque Alessandro alzó su copa.

—Por la familia reunida —dijo, sin calidez—. Y por que la razón prevalezca.

Todos alzaron las copas. Menos Tony. La suya acababa de ser servida personalmente por Lucrezia. Vino tinto, oscuro, brillante… y con un aroma sutil, inconfundible, que no venía de la uva.

Tony sostuvo la copa entre los dedos, girándola lentamente sin acercarla a los labios. Alzó la vista hacia Lucrezia, y soltó una risa suave, educada, que cortó el murmullo de la mesa como un cuchillo.

—¿Te divierte algo, Antonia? —preguntó el Duque, frío.

—Me divierte la… falta de imaginación —respondió ella, con tono de quien comenta un vestido mal cosido—. De verdad, Lucrezia. Almendras amargas. ¿En serio? Esperaba algo más sutil. Algo que al menos requiriera que me lo pensara dos veces. Esto es tan… predecible. Casi decepcionante.

Lucrezia palideció.

—No sé de qué hablas. Es el mejor vino de la bodega familiar.

—Claro que lo es —Tony inclinó la copa lentamente, dejando caer una gota del vino sobre el borde de su plato—. Tan especial que siempre se sirve justo antes de que alguien tenga un repentino mal del corazón. Qué coincidencia. Qué… clásico.

El líquido oscuro tocó la porcelana y al instante comenzó a burbujear levemente, tornándose azul pálido. Un murmullo contenido recorrió la mesa. Tony dejó la copa sobre la mesa con un sonido seco.

—Miren eso —dijo, señalando con la punta del cuchillo—. Reacciona de maravilla. Lástima que lo hicieran tan evidente. Cualquier persona con nariz habría podido decirles qué había ahí dentro antes de sentarse.

Se volvió hacia Lucrezia, con una sonrisa amable, casi compasiva.

—¿No tienes nada más original? ¿Una caída por las escaleras? Un rumor? Algo que no parezca copiado de la primera página de un manual de venenos para principiantes? De verdad, me gustaría que se esforzaran un poco más. Así es muy fácil.

—¡Es una calumnia! —Lucrezia se puso de pie, temblando—. ¡Ella misma lo envenenó para culparme!

—¿Para qué molestarme en envenenarme a mí misma si ustedes ya lo hicieron tan bien solas? —Tony se rio, esta vez con un poco más de fuerza, sin levantar la voz—. No, no hagan el favor de cambiar de guion por mí. Solo… la próxima vez, contraten a alguien que sepa disimular el olor. Es lo mínimo que se merece una cena de esta calidad, ¿no creen?

Alessandro miraba el líquido burbujeando en el plato, luego a su hija. Su expresión no era de enfado. Era de algo mucho más pesado: comprensión silenciosa.

—Retiren la copa —ordenó, bajo y cortante—. Y de ahora en adelante, nada se sirve sin probarse primero.

Los sirvientes se movieron en silencio tenso. Lucrezia se sentó de golpe, con el rostro ardiendo, las manos apretadas bajo la mesa. No había gritos. No había acusaciones formales. Solo había quedado expuesta, torpe, predecible… y ridiculizada ante todos.

Tony tomó agua con calma. Había ganado. Había sobrevivido. Y lo había hecho sin revelar nada más que un buen olfato y un sentido del humor muy cínico.

Pero el precio llegó de inmediato, silencioso y claro.

Alguien la observaba desde la penumbra del fondo del salón. No estaba sentado con nadie. No hablaba. No se movía. Solo la miraba. Y cuando Tony levantó la vista, esa figura se apartó despacio, perdiéndose entre las cortinas, como si supiera que ella lo había notado.

No era Monteverdi. No era nadie que conociera. Era algo más antiguo. Más paciente.

Tony terminó su cena en silencio. La burla había sido ligera, casi amable… pero había dejado claro algo peligroso: ella no jugaba según las reglas que todos conocían. Y quien escribía esas reglas no tenía sentido del humor.

«Me reí de su torpeza», pensó, limpiándose los labios con calma. «Pero el guion no perdona que se note lo predecible que es. La próxima vez… no será tan obvia. Y yo ya no podré reírme».

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EspirituCreativo
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