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La sombra del Yunque
Capítulo 6
—Si vienen a vender chatarra imperial o a buscar problemas con los cobradores del Gremio, ahórrense el esfuerzo porque la puerta está a sus espaldas —gruñó el hombre con una voz ronca que retumbaba por encima del griterío general, clavando sus ojos oscuros y avispados en Leo—. Pero si lo que buscan es no terminar como estatuas de hielo en la brecha, vengan conmigo; soy Garrik, y tengo un estofado de cordero hirviendo en el hogar del fondo y una manta seca, y por los dioses que el muchacho tiene el color de un cadáver desangrado.
Kassandra no bajó la mano del pomo de su espada, evaluando al enano con una mirada calculadora que medía tanto la distancia como las intenciones ocultas bajo su delantal de cuero manchado de hollín. Sin embargo, una rápida ojeada a Leo —cuyos labios comenzaban a teñirse de un tono azulado y cuyos temblores eran ya demasiado violentos para disimularse con orgullo— la hizo ceder.
—Guarda el acero, Kass... tiene razón —logró articular Leo entre dientes castañeteadores, con la voz ahogada por la hipotermia mientras sus botas de suela fina crujían pesadamente sobre el suelo de piedra de la taberna.
Garrik chasqueó la lengua con desaprobación y se dio media vuelta sin esperar confirmación, guiándolos entre mesas repletas de mineros rudos, jarras de cerveza barata y nubes de humo acre que olía a tabaco de hoja mala y grasa animal. Los condujo hasta el rincón más alejado de la corriente, justo al lado de un hogar de piedra donde el fuego crepitaba con fuerza, arrojando un calor seco y bienvenido que hizo que Leo soltara un suspiro involuntario de alivio.
—Siéntate junto a la lumbre antes de que se te caigan los dedos de los pies, forastero —dijo Garrik mientras empujaba un banco de madera con la bota y les señalaba dos cuencos humeantes que ya reposaban sobre la mesa—. Y tú, mujer, vigila la puerta si quieres, pero aquí dentro las reglas las pongo yo.
Kassandra se acomodó en el banco sin apartar del todo los ojos del resto de la sala, aunque dejó caer los hombros un ápice al percibir el calor. Leo, con las manos entumecidas y adoloridas por el frío extremo, tardó varios segundos en lograr rodear el cuenco de arcilla con ambas palmas, buscando desesperadamente que la temperatura del caldo le devolviera algo de vida a los circuitos de su cuerpo.
—¿De verdad no nos van a buscar los de la patrulla del puente? —preguntó Leo en voz baja, apenas audible por encima del bullicio de la taberna, mirando de reojo a Garrik mientras este se cruzaba de brazos.
Garrik soltó una carcajada seca, áspera como el roce de dos piedras de afilar.
—Muchacho, allá afuera mandaba la Ley del Rey y las picas relucientes de sus capitanes. Aquí en el Valle de la Grieta manda el hierro, la profundidad y el peso de las monedas que pagaste en la garita. Si cruzaste el puente y sigues respirando, los sabuesos de la corona se habrán dado cuenta de que ya no hay camino por el cual seguirlos... a menos que sepan nadar en un barranco lleno de rocas afiladas.
Kassandra levantó la vista del cuenco, observando al enano con un atisbo de respeto en la mirada.
—Así que sabías lo del puente.
—Aquí todo se sabe antes de que baje la marea de la tarde —respondió Garrik con una sonrisa torcida, dándose la vuelta para atender la barra—. Termínense el estofado. Mañana el Valle cobra su propio precio, y más les vale estar despiertos cuando eso pase.
Kassandra dejó el cuenco sobre la mesa, con el calor del estofado apenas empañando el borde de arcilla mientras observaba cómo la espalda ancha de Garrik se fundía entre el gentío y el humo del mesón. Volvió la mirada hacia Leo, cuyos dedos por fin comenzaban a estirarse, dejando escapar un leve siseo de dolor conforme la sangre volvía a circular por sus manos entumecidas.
—El enano tiene razón en algo: mañana tocará averiguar qué clase de precio cobra este valle —murmuró Kassandra con voz baja, lo suficientemente cerca para que solo él pudiera escucharla por encima del murmullo general de la taberna—. La Corona no dejará caer el asunto tan fácil, aunque el puente ya sea historia.
Leo asintió despacio, frotándose las palmas contra la tela áspera de la manta que les había dejado el tabernero. El temblor en su cuerpo iba cediendo, reemplazado por un cansancio pesado que le pesaba en los párpados.
—Primero sobrevive a esta noche, Kass... Mañana nos preocuparemos por los cobradores y las deudas —respondió él, dando un trago lento al caldo caliente que le devolvió algo de calor al pecho.
A pocos pasos de ellos, el fuego del hogar crepitaba, arrojando chispas contra la piedra negra mientras el Valle de la Grieta seguía rugiendo a su alrededor, ignorando por completo el peso de los forasteros que acababan de cruzar su umbral.
El calor del fuego comenzó a penetrar en las capas más profundas de la ropa de Leo, aunque el alivio físico no lograba disipar la tensión que flotaba en el ambiente de la taberna. A su alrededor, las risas ásperas de los mineros y el tintineo constante de las jarras chocando entre sí formaban una cortina de ruido que, paradójicamente, les otorgaba un cierto anonimato.
Kassandra estiró los dedos con cautela sobre la mesa, manteniendo los antebrazos apoyados de tal manera que su mano derecha nunca quedaba demasiado lejos de la empuñadura oculta bajo su capa.
—No me gusta este lugar, Leo —dijo la ex-knight en un tono apenas perceptible, con los ojos fijos en un grupo de mineros en la mesa contigua que discutían de forma acalorada sobre las vetas del nivel inferior—. Demasiadas salidas, demasi caras cubiertas y ningún guardia que mantenga un orden real. Aquí la única ley es la que dicta el que tiene el martillo más pesado.
—Prefiero mil veces este caos anónimo que una celda en los calabozos de la capital o terminar como un polo de paleta en medio de la brecha —replicó Leo con una media sonrisa cansada, terminando de beber el último sorbo del estofado de cordero—. Garrik nos dio un techo por esta noche. Eso ya es ganar tiempo.
—¿Tiempo para qué? —inquirió ella, girando ligeramente el rostro para mirarlo a los ojos, con esa seriedad implacable que la caracterizaba—. ¿Para que tus inventos sigan atrayendo la atención de los inquisidores o para buscar una ruta hacia el sur que probablemente ya esté sellada?
—Para respirar, Kass. Solo para respirar un día más —contestó él, bajando la mirada hacia el cuenco vacío mientras el vapor residual se disipaba en el aire frío del mesón.
Antes de que Kassandra pudiera replicar, el pesado cortinón de cuero que cubría la entrada de la taberna se sacudió violentamente, dejando pasar una ráfaga de viento helado que hizo parpadear las velas de las mesas cercanas. Varios rostros se giraron hacia la puerta por puro instinto defensivo, y el murmullo general descendió unos decibelios.
Era un hombre alto, cargando a sus espaldas un atado de herramientas mineras manchadas de unacasilla verdusca, que entró pisando con fuerza para sacudirse la nieve acumulada en los hombros. Al ver que no se trataba de ninguna autoridad ni de cobradores del Gremio, la tensión en la sala se desinfló tan rápido como había aparecido, y el bullicio recuperó su volumen habitual.
Garrik, desde detrás de la barra, observó la escena con fastidio y le lanzó un trapo sucio al recién llegado antes de volver a llenar una jarra de peltre.
—Cierra esa maldita entrada al pasar, Hjalmar, que el calor cuesta carbón —bramó el enano con su voz de trueno, sin dejar de atender sus asuntos.
Kassandra exhaló un suspiro lento, relajando un ápice la postura de sus hombros, aunque su vigilancia no decayó del todo. Volvió a mirar a Leo, evaluando la palidez que aún conservaba en el rostro a pesar del fuego.
—Más te vale dormir bien esta noche, ingeniero —murmuró ella con un dejo de ironía socarrona en la voz—. Porque en cuanto amanezca, tendré que vigilar que no te mueras de frío ni de estupidez en este socavón.
—Tratándose de mí, te prometo que haré mi mejor esfuerzo por conservar ambas cosas —respondió Leo con una ligera sonrisa, acomodándose un poco mejor contra el banco de madera mientras el cansancio empezaba a ganarle la partida a los pensamientos.
Dos meses de faena en las entrañas del Valle de la Grieta habían hecho su trabajo en el cuerpo de Leo. Ya no quedaba rastro del hombre al borde de la hipotermia que había cruzado la brecha; ahora se movía con la soltura y la complexión compacta de alguien acostumbrado al esfuerzo bruto de las rocas, con los hombros más anchos y los antebrazos marcados por el trabajo constante en los túneles.
La pesada cortina de cuero de la taberna de Garrik se apartó con un chasquido seco, dejando entrar una ráfaga de aire frío antes de que Leo avanzara hacia el interior. El local seguía oliendo a tabaco barato, grasa y humedad, pero para él ya era un refugio conocido. Se despojó de los guantes de cuero grueso, se dejó caer en su banco habitual junto al hogar de piedra y, con un leve gruñido de cansancio, sacó una pequeña bolsa de cuero ajado del cinto, arrojándola sobre la madera con un repiqueteo sordo de monedas.
—Un estofado, Garrik. Y procura que tenga más carne que la de la semana pasada —dijo Leo con la voz algo más áspera y curtida por el polvo de la mina.
Mientras el tabernero respondía con un bufido desde la barra, Leo metió los dedos en el bolsillo interior de su chaleco para comprobar si le quedaba alguna moneda suelta para la propina o el tabaco. Sus dedos rozaron la tela áspera, pero en lugar de metal, toparon con un bulto frío y de aristas extrañamente regulares que se había colado por una costura rota.
Lo extrajo con cautela bajo la luz parpadeante de las velas. Era un fragmento mineral del tamaño de una nuez, de un tono grisáceo casi metálico pero con vetas que destellaban un brillo verdoso y anómalo al captar el fuego de la chimenea. No era hierro común, ni cobre, ni ninguna de las chatarras imperiales que los mineros solían desechar; tenía una densidad inusual y una textura que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
Lo sostuvo entre los dedos, dándole vueltas en silencio, sintiendo que por fin tenía entre las manos la primera pieza real para cambiar las reglas del juego en ese maldito valle.
El mineral que los dedos de Leo acababan de rozar entre las costuras del chaleco no era una fantasía de alquimista ni una roca al azar; tratándose de un ingeniero con conocimientos reales de balística y química básica, la identificación tenía que ser rigurosa. En la naturaleza, la pólvora negra tradicional —el propulsor clásico de baja presión que cualquier armero de campaña intentaría replicar— depende estrictamente de tres elementos fundamentales: un combustible (carbón vegetal), un estabilizador de punto de ignición (azufre nativo) y el agente oxidante esencial que aporta el oxígeno necesario para la combustión sin aire exterior: el nitrato de potasio, conocido históricamente como salitre o niter.
El fragmento que extrajo de la bolsa presentaba una estructura cristalina ortorrómbica característica, con tonos blanquecinos y grises propios de las incrustaciones de niter natural que suelen segregarse por la filtración de soluciones ricas en minerales en ambientes áridos o cavernosos subterráneos. No brillaba con un fulgor mágico, sino con la opacidad densa de una sal mineral real que absorbe la humedad del ambiente y cruje sutilmente al tacto.
Leo acercó el pequeño fragmento a la luz de la vela, examinando su textura terrosa y comprobando su solubilidad al humedecer ligeramente la yema del dedo y tocar el borde; el sabor amargo y fresco característico confirmó de inmediato de qué se trataba. Tenía en sus manos la primera traza sólida de salitre bruto, extraída sin saberlo de las paredes húmedas de los túneles del Valle de la Grieta.
Kassandra, que había observado el silencio repentino de su compañero mientras este analizaba minuciosamente el trozo de roca con la concentración de un cirujano, se inclinó ligeramente sobre la mesa de madera.
—¿Eso es otra de tus baratijas inservibles de ingeniero, o vas a dejar esa cara de que acabas de descifrar un mapa del tesoro? —preguntó ella en un susurro seco, cruzando los brazos mientras evaluaba la piedra grisácea con desconfianza.
Leo levantó la vista, conteniendo una chispa de genuina euforia en los ojos.
—No es chatarra, Kass... Es el principio del fin de nuestra dependencia a este agujero —respondió Leo con una media sonrisa tensa, guardando el mineral con extremo cuidado en el bolsillo interior—. Con esto, y si encuentro suficientes vetas de azufre nativo en los niveles profundos de la mina, finalmente tendré lo necesario para fabricar algo que respete las leyes de la física y nos saque de aquí con los dientes enteros.
El repiqueteo de la jarra de peltre que Garrik dejó caer sobre la mesa interrumpió el hilo de los pensamientos de Leo. El enano no se retiró de inmediato; apoyó los nudillos callosos sobre la madera nudosa y clavó sus ojos oscuros, cargados de una profunda suspicacia, directamente en el rostro del ingeniero.
—Llevas dos meses rompiéndote el lomo en la veta principal, muchacho, sacando hierro para los contratistas del Gremio sin rechistar —roncó Garrik en voz baja, con un tono áspero que no disimulaba la sospecha—. Pero en todo este tiempo, jamás te vi mirar una sola roca con los ojos bien abiertos... hasta hace un segundo. Esa porquería salitrosa que guardaste rápido en el chaleco no sirve para forjar rejas ni para hacer clavos de soporte. Nadie que solo busque ganarse el pan se detiene a inspeccionar las costras de las paredes con esa maña.
Kassandra tensó imperceptiblemente los hombros, deslizando la mano hacia el borde de la capa donde guardaba el cuchillo de cinturón, aunque mantuvo la vista fija en el estofado sin mirar directamente al tabernero.
Leo levantó la barbilla, manteniendo la calma bajo la mirada inquisitiva del viejo minero, sabiendo que en un lugar como el Valle de la Grieta demostrar demasiado ingenio o interés por algo inusual podía costarle muy caro.
—Digamos que tengo debilidad por las rarezas geológicas, Garrik —respondió Leo con una media sonrisa neutra, sosteniéndole la mirada—. En el lugar de donde vengo, las piedras cuentan historias diferentes. ¿O acaso el Gremio cobra impuestos por coleccionar basura de las paredes?
Garrik estrechó los ojos, midiendo cada palabra del joven con la experiencia de quien ha visto pasar a cientos de forajidos, desertores y inventores locos que terminaron enterrados en las escombreras. Soltó un bufido seco, lleno de escepticismo, y se apartó de la mesa sacudiendo la cabeza.
—Puedes llamarlo como quieras, forastero, pero en este valle la curiosidad es un lujo que suele cobrarse por adelantado —masculló el enano antes de darse media vuelta y perderse de nuevo entre el humo de la barra—. Solo asegúrate de que tus pequeños pasatiempos no llamen la atención de los cobradores, porque si vienen a registrar este local buscando contrabando, serás el primero al que eche a patadas a la brecha.
El murmullo de la taberna se desvanecía un poco mientras el bullicio general encontraba su propio ritmo, pero la tensión que había dejado Garrik al retirarse seguía flotando sobre la mesa. Kassandra esperó a que el enano estuviera lo suficientemente lejos entre los barriles antes de inclinar ligeramente el torso hacia adelante, apoyando los codos en la madera y clavando sus ojos serios en Leo.
—El viejo tiene razón en una cosa, Leo: estás jugando con fuego —dijo Kassandra en un tono bajo y cortante, sin apartar la vista del bolsillo donde su compañero había guardado el mineral—. Y no me refiero solo a los polvos que pretendes cocinar. Aquí la gente no es curiosa por deporte. Si Garrik huele que estás buscando algo más que mineral para hacer herraduras, los demás también lo harán.
Leo revolvió el estofado con la cuchara de madera, viendo cómo los trozos de cordero y verdura giraban en el caldo caliente antes de detenerse.
—Sé exactamente el riesgo que corro, Kass —respondió él con voz firme, aunque sin perder la calma—. Pero si queremos salir de este pozo algún día y dejar de depender de que un capataz del Gremio decida si comemos o no, necesito algo más que músculos y buena suerte. El hierro de las paredes no nos va a dar una ventaja real contra los que nos persiguen.
Kassandra soltó un suspiro resignado, frotándose el puente de la nariz con dos dedos antes de volver a mirarlo. No intentaba disuadirlo —conocía de sobra esa obstinación suya que rozaba la imprudencia—, pero su deber instintivo era recordarle el terreno que pisaban.
—Entiendo el plan, ingeniero. Pero si vas a seguir adelante con esto, vas a necesitar un método para procesar esa sal sin que la mitad de la taberna huela a laboratorio clandestino —murmuró ella con una media sonrisa irónica, cruzándose de brazos—. Y sobre todo, vas a necesitar que alguien vigile tus espaldas mientras juegas con tus fórmulas químicas en este agujero.
Leo le devolvió la mirada, sintiendo ese peso de complicidad que los había mantenido vivos durante los últimos dos meses.
—Por eso eres indispensable, Kass. Nadie más en este valle sabría cubrirme las espaldas mientras intento cambiar las reglas del juego.
Kassandra se recostó contra el respaldo del banco, cruzando los brazos mientras observaba la ligera sonrisa que asomaba en el rostro de Leo tras sus palabras. El ruido de las jarras y las risas de los mineros al fondo se volvieron por un instante un eco lejano frente a la gravedad que ella misma imprimió en el aire.
—Leo, no sé qué estás tramando —murmuró ella con esa franqueza cortante, ladeando un poco la cabeza mientras sus ojos evaluaban cada gesto del ingeniero—, pero no se escucha como algo que harías un fin de semana solo porque estuvieras aburrido.
Leo detuvo el movimiento de la cuchara sobre el cuenco de arcilla. El tono de Kassandra no era de regaño, sino de pura y llana advertencia; ella conocía bien la diferencia entre los proyectos improvisados que su compañero solía armar en otro tiempo y la fría deliberación con la que ahora miraba ese trozo de salitre bruto.
—Digamos que mi concepto de pasatiempo ha tenido que evolucionar un poco desde que cruzamos la brecha, Kass —respondió él en voz baja, levantando la vista para sostenerle la mirada sin titubear—. Allá afuera, un error significaba quemar una placa de circuito o arruinar un prototipo en el taller. Aquí, si no me adelanto a las reglas del juego, el próximo invierno o los cobradores del Gremio van a decidir exactamente cuánto dura nuestro margen de error.
Kassandra no apartó los ojos de él. Su expresión se mantuvo impenetrable durante unos segundos largos, sopesando el peso de la realidad contra la ambición silenciosa del joven. Al final, exhaló un suspiro lento por la nariz, dejando escapar una exhalación cargada de resignación y lealtad a partes iguales.
—Solo asegúrate de que el primer experimento no termine convirtiendo esta mesa, a ti y a mí en un montón de cenizas flotantes —replicó ella con una sequedad que apenas disimulaba una chispa de complicidad—. Porque si tengo que sacarte de otro apuro a mitad de la noche, prefiero que sea peleando contra espadas y no contra tu propia incompetencia química.
Leo soltó una risa corta, genuina y carente del peso que había arrastrado desde su llegada al Valle de la Grieta, mientras volvía a guardar el pequeño fragmento mineral en el bolsillo con un nuevo sentido de propósito.
El eco de la risa corta de Leo se desvaneció con rapidez entre el bullicio áspero del mesón, devolviéndolos de golpe a la realidad subterránea del Valle de la Grieta. El calor del hogar de piedra comenzaba a disminuir, dejando paso a la corriente fría que sefiltraba por las rendijas del cortinón de la entrada cada vez que la puerta de roble pesado se abría para dejar entrar a otro grupo de mineros empapados de nieve y hollín.
Kassandra retiró los codos de la mesa y se inclinó hacia atrás, volviendo a adoptar esa postura de vigilancia sutil que nunca la abandonaba del todo. Sus ojos recorrieron de reojo las mesas vecinas, comprobando que ningún curioso hubiera prestado demasiada atención al intercambio.
—Mañana cambiará el turno en la veta sur —dijo Kassandra en un tono neutro, casi como si estuviera comentando el clima, mientras jugaba distraída con el borde de su cuenco vacío—. Los supervisores del Gremio estarán ocupados con el cargamento pesado que viene de los niveles inferiores. Si necesitas volver a revisar las paredes de la galería donde encontraste esa muestra, esa será la ventana de tiempo más limpia que tendremos en toda la semana.
Leo asintió con lentitud, sintiendo cómo la adrenalina fría de la planificación comenzaba a reemplazar el cansancio físico en su mente. Ya no era un simple peón cargando rocas para sobrevivir al día; las piezas empezaban a encajar sobre el tablero.
—Perfecto —murmuró Leo, repasando mentalmente los puntos de la mina que había recorrido durante los últimos sesenta días—. La veta sur es húmeda, rica en filtraciones de piedra caliza y con suficiente acumulación de materia orgánica en descomposición por las antiguas filtraciones de agua estancada. Las condiciones químicas para encontrar más depósitos de niter son óptimas, pero lo verdaderamente difícil será dar con vetas de azufre nativo sin que el capataz de sección note nuestra ausencia en el registro de excavación.
—Déjame a mí la parte de los registros y los sobornos menores con los vigilantes de turno —replicó Kassandra con una seguridad gélida, esbozando una sonrisa leve y calculadora—. Unas cuantas monedas bien colocadas en las manos correctas hacen milagros cuando los capataces prefieren mirar hacia otro lado antes de lidiar con problemas de disciplina.
Leo la miró con una mezcla de respeto y gratitud silenciosa. En ese pozo sin luz, donde la confianza era un lujo que pocos podían permitirse, tener a alguien como ella cubriendo sus flancos era la única razón por la cual seguían respirando.
—Entonces está decidido —dijo Leo, poniéndose de pie con solidez y acomodándose el chaleco donde guardaba el mineral—. Terminemos de pagarle a Garrik y retirémonos a descansar. Mañana por la mañana empieza el verdadero trabajo.
El aire en los túneles profundos de la veta sur tenía un sabor denso, pesado y cargado de polvo de roca que raspaba la garganta con cada exhalación. A diferencia de las galerías principales, donde el eco constante de los picos y las voces de los capataces mantenían un ritmo casi industrial, esta sección estaba envuelta en una penumbra opresiva, iluminada únicamente por el parpadeo irregular del quinqué que Leo llevaba sujeto al arnés del pecho.
Con cada paso, el barro y la humedad bajo sus botas emitían un sonido sordo, ahogado por la inmensidad de la roca viva que se extendía cientos de metros por encima de sus cabezas. Leo avanzaba pegado a la pared húmeda, comprobando de reojo el plano mental que había trazado durante las últimas semanas de trabajo forzado. Sabía que los vigilantes del Gremio estarían distraídos con el inventario del cargamento pesado en la superficie, pero el margen de error seguía siendo milimétrico.
El olor cambió de golpe. Al doblar un recodo donde las vigas de madera de soporte comenzaban a ceder bajo el peso y la carcoma, el aire se volvió áspero, picando ligeramente en la nariz con un tufillo inconfundible a huevo podrido y minerales reducidos. Era el rastro sutil pero revelador del azufre nativo, filtrándose a través de las fisuras de la roca volcánica mezclada con los estratos sedimentarios.
Leo se detuvo frente a una grieta lateral, apagó instintivamente la llama principal del quinqué para no delatar su posición si algún rondín imprevisto se asomaba por la galería principal, y sacó del cinto su piqueta corta. Apoyó la palma de la mano sobre la pared; la piedra estaba fría y sudorosa, pero al raspar con la punta de acero el interior de la fisura, el metal saltó con una chispa diminuta y dejó al descubierto un veteado de un amarillo azufrado intenso, incrustado en la roca gris.
Tenía el segundo componente. La pólvora dejaba de ser una teoría sobre el papel para convertirse en una posibilidad real, latiendo con fuerza en la oscuridad del Valle de la Grieta.
El eco de los pasos distantes de un rondín del Gremio resonó contra los arcos de piedra de la galería principal, obligando a Leo a pegarse aún más a la superficie húmeda de la pared. Contuvo la respiración, con los dedos aferrados al trozo de mineral sulfuroso oculto en el bolsillo de su chaleco y la piqueta apretada contra el muslo para evitar cualquier repiqueteo metálico.
La luz del quinqué ajeno barrió la entrada del túnel secundario donde se encontraba, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre las vigas de madera carcomidas. Unos segundos eternos pasaron en absoluto silencio, interrumpidos únicamente por el goteo constante del agua subterránea y el latido acelerado en sus sienes. Cuando el sonido de las botas comenzó a alejarse hacia el sector de carga, Leo exhaló el aire retenido en sus pulmones de golpe, controlando el temblor involuntario en los músculos de los brazos.
No podía permitirse un descuido, y menos ahora que tenía los componentes básicos en su poder. Con paso firme pero medido, desanduvo el camino por los pasadizos de servicio menos transitados hasta alcanzar la salida principal de la mina, donde el gélido viento del exterior lo recibió como un bofetón helado. Al cruzar el umbral y unirse al flujo habitual de mineros que cambiaban de turno, supo que había superado la prueba más inmediata sin levantar sospechas.
El frío de la superficie golpeaba con fuerza tras el ascenso por los túneles, pero el ambiente dentro de la taberna de Garrik era denso, cargado con el humo acre de tabaco de hoja dura y el vapor constante que desprendían las grandes ollas de la cocina. Leo empujó la pesada cortina de cuero y cruzó el umbral con el paso medido de quien lleva una carga invisible pero pesada. En el bolsillo interior de su chaleco, el mineral de salitre y las esquirlas de azufre bruto descansaban como un secreto que quemaba la tela.
Garrik estaba detrás de la barra de roble macizo, limpiando un tarro de peltre con un trapo grisáceo que ya había visto mejores décadas. Sus antebrazos, cubiertos por una red de cicatrices gruesas y quemaduras antiguas de fragua, se movían con una solidez mecánica. Antes de abrir el establecimiento en ese rincón olvidado del Valle de la Grieta, el enano había sido uno de los maestros armeros más respetados al otro lado de la brecha, un artífice capaz de templar el mejor acero imperial con solo mirar el color del fuego. Pero los años, las deudas y la desolación del exilio lo habían reducido a despachar sopa rancia y vino agrio a mineros sin futuro.
Leo se acercó a la barra, dejó caer un par de monedas sobre la madera y apoyó las manos con firmeza, buscando la mirada del viejo armero.
—Necesito acceso al viejo taller del fondo, Garrik —dijo Leo con voz baja, directa y sin rodeos—. Las herramientas de corte y los crisoles que tienes acumulados bajo llave desde hace años.
Garrik ni siquiera se inmutó. Siguió frotando el peltre con exasperante lentitud antes de levantar la vista, clavando sus ojos oscuros y cansados en el joven ingeniero.
—El taller trasero murió el mismo día que cruzamos la brecha, muchacho —respondió el enano con un ronquido seco en la garganta—. Lo que hay ahí dentro no son más que yunques oxidados y chatarra inútil. Nadie forja nada de valor en este pozo de mierda, y menos para alguien que apenas tiene fuerza para cargar mineral de tercera clase. Así que ahórrate el sermón y bébete tu estofado en silencio.
—No quiero forjar espadas ni rejas de arado, Garrik —replicó Leo, inclinándose un poco más sobre la barra, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro áspero que apenas sobrepasaba el murmullo de la sala—. Quiero construir algo que no dependa de la fuerza del brazo ni de la calidad del filo. Algo que cambie la balanza contra los capataces y el Gremio.
Garrik soltó una carcajada corta y áspera, llena de un desprecio genuino, y arrojó el trapo sobre la barra.
—¿Y ahora qué se supone que inventaste, genio? ¿Una catapulta de madera para tirar piedras a las murallas? —Garrik negó con la cabeza, apoyando los nudillos sobre la madera y acercando su rostro surcado de arrugas al de Leo—. Escúchame bien, muchacho. Yo vi pasar a docenas de listillos como tú por las grandes fundiciones del imperio. Tipos que venían con planos imposibles, metales raros y teorías de libros viejos. ¿Sabes dónde terminaron todos? Debajo de tres metros de escombros en las galerías colapsadas. La física no perdona, y la guerra tampoco.
—No es teoría, Garrik. Es química básica —insistió Leo, manteniendo la compostura aunque sintiendo la tensión acumularse en su mandíbula—. Pólvora negra. Salitre, azufre y carbón bien procesados. Un tubo sellado por un extremo, una carga confinada y un proyectil que viaja más rápido de lo que cualquier ojo puede seguir. Sin ballestas, sin arcos pesados y sin depender de la fuerza física.
Al escuchar la palabra, Garrik se quedó completamente inmóvil. El bullicio de la taberna pareció apagarse por un segundo mientras el viejo armero procesaba lo que acababa de oír. Sus ojos se entrecerraron con una mezcla de incredulidad y auténtica lástima.
—¿Pólvora? —repitió el enano, dejando escapar un suspiro cargado de una frustración amarga—. ¿Estás hablando de esa tontería de los viejos manuscritos de alquimia? ¿Esos cuentos de hadas donde un puñado de polvo negro y ceniza hace estallar murallas?
Garrik se enderezó con brusquedad, golpeando la barra con la palma de la mano abierta, haciendo sonar los tarros de peltre.
—¡Eso no es más que humo y ruido para idiotas! —bramó el enano, atrayendo la mirada fugaz de un par de mineros en la mesa contigua, aunque bajó la voz de inmediato para no armar un escándalo—. En mis mejores años como maestro armero, vi a idiotas ambiciosos intentar replicar esas supuestas fórmulas en talleres cerrados. ¿Sabes qué pasó? Se volaron las manos, se quemaron vivos los pulmones o terminaron con los ojos reventados por la culata de un tubo de hierro mal fundido que reventó al primer disparo. No existe tal cosa como un arma limpia con esa porquería. Es inestable, impredecible y, sobre todo, es una estupidez suicida.
Kassandra, que había permanecido silenciosa apoyada contra una columna de roble a unos metros de distancia, observando la discusión con los brazos cruzados, dio un paso al frente dispuesta a intervenir, pero Leo levantó una mano para detenerla.
—Un tubo de hierro común revienta si la presión no tiene por dónde escapar o si la mezcla quema de forma irregular —respondió Leo con absoluta calma, sosteniéndole la mirada al viejo armero sin titubear un solo instante—. Pero tú no eres cualquier herrero, Garrik. Tú conoces las aleaciones, sabes cómo templar el acero al alto carbono para que soporte la expansión de los gases sin partirse. Si calculamos el grosor de las paredes del tubo y granulamos la mezcla correctamente para que arda de forma progresiva en lugar de detonar de golpe, la física deja de ser una apuesta y se convierte en ciencia exacta.
Garrik lo quedó mirando fijamente, con los ojos bien abiertos, evaluando la seguridad en la voz del joven. No había fanfarronería en sus palabras; había la fría y calculadora certeza de alguien que realmente entendía las fuerzas que estaba manipulando.
El viejo enano pasó lentamente una mano callosa por su barba hirsuta, soltando un gruñido largo y pesado que sonaba a derrota anticipada.
—Tienes la cabeza dura como una roca de la veta principal, muchacho —masculló Garrik en voz baja, negando con la cabeza mientras se giraba lentamente hacia la puerta trasera que comunicaba con el viejo taller—. Si vas a hacer una estupidez de este tamaño, prefiero vigilarte de cerca antes de que dejes este local hecho cenizas... Sígueme. Pero si esto explota en nuestras caras, juro que seré yo mismo el que te entierre en el basurero del Gremio.
El ardor en el pecho y las palmas de las manos era agudo, una punzada constante que latía al compás de sus propias sienes cada vez que respiraba el aire cargado de hollín. Pero Leo apenas si le prestó atención al dolor. Mientras Kassandra le limpiaba la piel con un trapo húmedo y se disponía a untarle la grasa, los ojos del ingeniero seguían fijos en la losa de piedra refractaria, donde el centro había quedado completamente ennegrecido y pulverizado por la onda expansiva.
Había funcionado.
La deflagración había sido demasiado rápida, casi violenta debido al exceso de superficie expuesta del polvo fino, pero el principio físico era irrefutable: la mezcla había liberado una cantidad masiva de gases calientes en una fracción de segundo capaz de confinar y proyectar cualquier objeto si se le daba el espacio correcto. La química no le había fallado; había sido su falta de método en el granulado lo que casi le vuela la cara.
Apretando los dientes con fuerza para sofocar el escozor mientras la grasa aliviaba el tejido irritado, Leo se apartó con brusquedad de las manos de Kassandra, incorporándose de golpe con una determinación fría que brillaba en su mirada. Las ampollas y las quemaduras superficiales en el pecho y los dedos eran solo peajes baratos; cicatrices que llevaría como recordatorio de que la física no tolera la improvisación.
—No fue un fallo de la fórmula, Kass —dijo Leo con la voz ronca, apenas un susurro áspero que sonaba casi maníaco, mientras señalaba con la barbilla los restos de la piedra—. Fue un error de densidad. El polvo era demasiado volátil porque se quemó al aire libre sin la compresión adecuada. Si logramos granular la mezcla —aglutinarla con un poco de agua y alcohol, forzarla a pasar por una malla fina para crear pequeños granos uniformes y dejarla secar despacio—, la combustión dejará de ser un fogonazo ciego y se convertirá en una fuerza controlada.
Garrik, que seguía cruzado de brazos junto al marco de la puerta rota observando al joven con una mezcla de incredulidad y un repentino atisbo de respeto reacio, negó con la cabeza mientras exhalaba un suspiro pesado.
—Estás enfermo, muchacho —masculló el viejo enano, aunque su tono ya no tenía el desprecio de antes; ahora sonaba como el reconocimiento tácito de quien ve a alguien igual de terco que él—. Casi te arrancas el pecho y lo primero que se te ocurre es afinar la receta.
Kassandra soltó un suspiro largo y se frotó la frente con los dedos, resignada ante la obstinación de su compañero. Sabía de sobra que intentar detenerlo en ese punto era tan inútil como intentar frenar una veta que se desmorona.
—Pues más vale que esa receta tuya no vuelva a estallarnos en las narices, ingeniero —dijo Kassandra, cruzándose de brazos y esbozando una sonrisa torcida mientras lo miraba de arriba abajo—. Porque a la próxima no te voy a curar con grasa de cerdo; te voy a dejar amarrado a un poste en las afueras de la mina.
Leo ignoró las advertencias, sintiendo cómo la obsesión por la perfección técnica volvía a ocupar cada rincón de su mente. Con las manos vendadas y la piel ardiendo, tomó un trozo de carbón y comenzó a trazar correcciones en la mesa de trabajo. El primer paso estaba dado. Ahora venía la ingeniería de verdad.
El taller apestaba a azufre quemado, carbón húmedo y al alcohol rancio que habían usado como aglutinante. Tres noches sin dormir y cuarenta y ocho horas de pruebas constantes pasaron factura en el cuerpo de Leo; las vendas improvisadas en sus manos estaban sucias de hollín y las quemaduras del pecho le latían bajo la tela como pequeños rescoldos, pero su mirada estaba completamente fija en la mesa de trabajo con la intensidad de un depredador.
Frente a él, extendidos sobre una bandeja de madera limpia, descansaban pequeños gránulos oscuros, uniformes y secos al tacto. Había ajustado la proporción exacta de nitrato de potasio purificado, reducido el azufre y el carbón al polvo más fino posible mediante horas de molienda acompasada, y humedecido la masa justa para forzarla a pasar a través de una malla de alambre antes de dejarla secar bajo el calor indirecto del hogar.
Leo tomó una pizca de esos pequeños granos entre las yemas de los dedos vendados. No era el polvo volátil y peligroso que le había reventado en la cara días atrás; era pólvora negra granulada, densa y estable.
Tomó una pequeña muestra, la depositó sobre una placa de hierro al fondo del taller y le acercó la punta de una cerilla encendida.
No hubo un fogonazo ciego ni una detonación violenta. La mezcla ardió con un zumbido sordo, una llama rápida y controlada de un tono violeta y blanco que consumió los granos en una fracción de segundo, dejando tras de sí apenas una ligera volutas de humo gris y cero residuos grasos sobre el metal.
La combustión perfecta.
Garrik, que había estado vigilando desde el umbral con los brazos cruzados y una taza de café frío en la mano, se quedó en completo silencio. Sus ojos expertos examinaron la placa limpia y luego al joven ingeniero, reconociendo el hito técnico que acababa de consumarse en ese rincón olvidado.
—Bien... —murmuró el viejo enano con la voz ronca, bajando la taza lentamente—. Lo lograste, muchacho. Tienes pólvora real.
Kassandra, recostada contra la pared con los brazos cruzados y la mirada alerta, exhaló un suspiro de tensión contenida y esbozó una sonrisa cortante.
—Perfecto. Ahora que ya tienes tu juguete estable, ingeniero —dijo ella, despegándose de la columna y caminando hacia la mesa con paso firme—, es hora de averiguar si ese tubo de hierro que guardas en la esquina realmente puede disparar algo sin estallarnos en las manos.
El sonido del metal al enfriarse en el rincón del taller marcaba un compás lento en la penumbra. Leo dejó la placa de hierro sobre la mesa, se frotó el rostro con el dorso de la muñeca —dejando una mancha más de hollín sobre su piel ya castigada— y giró el cuerpo hacia la barra que comunicaba la estancia con la taberna. Garrik seguía allí, apoyado en el marco con los brazos cruzados, observando los pequeños granos oscuros como si fueran una serpiente venenosa que acababa de salir de su cestería.
—No basta con tener el polvo, Garrik —dijo Leo con voz ronca, quebrada por el cansancio pero firme como el acero templado—. De nada sirve una carga perfecta si el contenedor es una tubería de drenaje que revienta al primer latigazo. Necesito que abras el inventario pesado. Necesito el tubo de hierro forjado de pared gruesa que tienes guardado bajo las tablas del fondo, el que usabas para los ejes de perforación antes de que el Gremio te quitara la licencia.
Garrik soltó un bufido agudo y despectivo, sacudiendo la cabeza con tanta fuerza que las canas de su barba se agitaron.
—¿El eje de acero al alto carbono? ¿Te has vuelto completamente loco, muchacho? —respondió el enano, enderezándose de golpe y dando un paso al frente hacia el taller—. Ese hierro fue forjado para soportar la presión continua de una broca de perforación de trescientos metros, no para convertirlo en el juguete suicida de un pirómano de baja categoría. Si corto ese tubo y le doy un cierre de recámara, la presión interna va a superar los límites de cualquier aleación que conozcas. Vas a convertir tus propias manos en confeti.
—No si calculo el grosor del metal en función de la carga volumétrica —replicó Leo de inmediato, sin dar un paso atrás a pesar del dolor latente en su pecho—. La física está de nuestro lado si respetamos la relación entre el calibre, la longitud del ánima y la masa del proyectil. Pero no puedo tornearlo ni fundir un cierre hermético con las limas de mano que tengo aquí. Necesito el torno de banco del fondo, las herramientas de precisión y, sobre todo, necesito que tus manos de viejo maestro armero guíen el corte. Porque tú mejor que nadie sabes que un error de un milímetro en la rosca de la culata significa la muerte.
Kassandra se apartó de la columna, cruzando los brazos mientras evaluaba la tensión entre ambos hombres. No dijo una sola palabra; sabía perfectamente que en ese momento los argumentos de Leo valían poco frente al miedo reverencial que Garrik le guardaba a las armas de fuego y a los errores del pasado.
El viejo enano guardó silencio. Sus ojos oscuros se clavaron en las manos vendadas de Leo, luego en las quemaduras de su pecho, y finalmente en la bandeja con los gránulos de pólvora estable que aún exhalaban un rastro tenue de azufre. La rigidez de su mandíbula delataba la tormenta interna: el conflicto entre el viejo herrero que había renunciado a la violencia hacía décadas y el orgullo latente del artífice que reconocía, muy a su pesar, la genialidad suicida del diseño que tenía en frente.
—Maldita sea tu estampa y la de los libros que leíste —masculló Garrik con los dientes apretados, dando media vuelta con un portazo sordo contra la pared antes de agacharse para levantar una trampilla de madera oculta en el suelo del taller—. Si voy a ayudarte a cavar nuestra propia tumba, más vale que al menos el metal quede bien cortado. Sostén el maldito quinqué antes de que nos quedemos a oscuras.
El chasquido de la madera al remover la trampilla liberó una bocanada de aire viciado, denso a óxido y grasa seca que llevaba acumulándose bajo el suelo de la taberna durante años. Garrik introdujo medio cuerpo en el hueco oscuro, renegando en voz baja en un dialecto cerrado de los clanes mineros del norte, hasta que sus dedos callosos tantearon el metal frío. Con un esfuerzo sordo que hizo crujir sus hombros, arrastró hacia la luz un cilindro macizo de acero al alto carbono, un eje de perforación recuperado de las profundidades antes de que el Gremio de Reguladores prohibiera la posesión de aleaciones pesadas en el Valle de la Grieta.
El tubo medía poco más de dos palmos de largo, pero su grosor era imponente: una pared de hierro forjado de al menos tres centímetros de espesor, diseñada para resistir el castigo brutal de las brocas rotativas contra la roca viva de los niveles inferiores.
Garrik dejó caer el cilindro sobre el yunque principal con un golpe seco que hizo tintinear las herramientas colgadas en los paneles de la pared. Se enderezó frotándose la zona lumbar, con el ceño tan fruncido que las arrugas de su frente parecían surcos excavados en piedra.
—Aquí lo tienes, muchacho —gruñó el enano, limpiándose las manos manchadas de grasa negra en el delantal de cuero—. Un trozo de acero imperial que costó más de lo que jamás ganarás barriendo escombro. Si decides meterle fuego a esa porquería de pólvora que hiciste sin calcular bien la tolerancia de tensión tangencial, este mismo tubo se abrirá como una flor de hierro y te arrancará los brazos antes de que alcances a parpadear. ¿Sigues tan seguro de que la física te respalda, ingeniero?
Leo se acercó al yunque, ignorando el pinchazo punzante que las vendas del pecho le devolvían con cada respiración profunda. Apoyó las palmas de las manos —aún sensibles bajo las gasas— sobre la superficie fría del cilindro, sintiendo la densidad y el peso perfecto del metal. No era una tubería de drenaje improvisada; era una recámara con la resistencia estructural adecuada para contener una explosión controlada, siempre y cuando el mecanizado fuera milimétrico.
—La física no miente, Garrik, siempre y cuando nosotros tampoco lo hagamos con las medidas —respondió Leo con voz firme, levantando la vista para sostenerle la mirada al viejo armero sin titubear—. Necesitamos cortar el cilindro a dieciocho centímetros, tornear la recámara trasera con un paso de rosca cónico para asegurar un tapón de cierre hermético que canalice toda la fuerza hacia adelante, y perforar el oído de chispa exactamente en el punto nodal de presión. Si fallamos por un milímetro, los gases escaparán por la culata. Si nos pasamos de grosor, el peso hará que el arma sea imposible de apuntar.
Kassandra, que se habia mantenido recostada junto al marco roto de la puerta vigilando el pasillo exterior con los brazos cruzados, se apartó de la pared y dio un paso hacia el interior del taller. Su mirada pasó del tubo de acero al rostro pálido pero resuelto de Leo.
—Más te vale que tus matemáticas sean tan buenas como tu labia, ingeniero —intervino Kassandra con una media sonrisa cortante, cruzando los brazos mientras apoyaba el peso en un pie—. Porque si esto no funciona y los ronderos del Gremio escuchan un estruendo a medianoche, no vamos a tener tiempo de dar explicaciones; nos colgarán de los ganchos de izaje antes del amanecer.
Garrik soltó un bufido despectivo, aunque sus manos ya se habían desplazado por instinto hacia el viejo torno de banco manual que reposaba en la esquina del taller, comprobando el estado de las poleas y la firmeza de la mordaza de sujeción.
—Menos charla y más trabajo, par de insolentes —masculló el enano, sacando una llave de ajuste pesada de entre los cajones y comenzando a calibrar la mordaza con una precisión obsesiva que no mostraba desde hacía una década—. Si vamos a hacer una estupidez, al menos hagámosla con la dignidad de un maestro armero. Sostén la lámpara de aceite, Leo, y asegúrate de que la luz no tiemble cuando empiece a morder el metal.
El chirrido agudo del acero al carbono siendo mordido por la cuchilla del torno rompió el silencio de la madrugada, despidiendo una delgada línea de virutas incandescentes que caían como chispas doradas sobre el suelo de tierra batida. En las entrañas del Valle de la Grieta, mientras el mundo exterior dormía bajo el yugo de los capataces y el Gremio, el primer cañón portátil del nuevo mundo comenzaba a tomar forma, golpe a golpe, entre la precisión de la ciencia y la obstinación de la supervivencia.
El zumbido del torno cesó de golpe, dejando en la estancia un silencio denso, solo interrumpido por el goteo lejano de las filtraciones de agua y la respiración pesada de los tres ocupantes. Garrik apagó el mecanismo con un giro seco, se inclinó hacia adelante apoyando las palmas en la bancada y exhaló una bocanada de aire cargada de cansancio y tensión acumulada.
Sobre la mesa, el resultado de horas de trabajo no tenía nada que ver con las armas pulidas, estéticas o simétricas de los catálogos imperiales. Era un armatoste tosco, pesado y primitivo: el cilindro de acero de dieciocho centímetros —con su recámara ensanchada y el tapón roscado a presión mediante un sellado de arcilla refractaria y grasa— estaba montado de manera rudimentaria sobre un bloque de madera de pino burdamente tallado con una hacha para que sirviera de empuñadura. Un pasador de hierro oxidado hacía las veces de gatillo rudimentario para accionar la chispa mediante un mecanismo de pedernal adaptado de una vieja trampa de caza. Parecía más una pieza de maquinaria rota o un tubo de escape desprendido que un arma de fuego.
Garrik se cruzó de brazos, contemplando el engendro metálico con una mueca de escepticismo absoluto, sacudiendo la cabeza con desdén.
—Si los inspectores del Gremio vieran esta porquería, se reirían tanto que se olvidarían de colgarnos —murmuró el viejo enano con una sonrisa torcida, frotándose los nudillos doloridos por el esfuerzo—. No es elegante, no está balanceada y pesa como si le hubieras metido un trozo de montaña en la culata. Es una auténtica barbaridad rústica, muchacho.
Kassandra se acercó con paso lento, estiró la mano y dio un leve toque con la yema de los dedos al cañón de hierro negruzco, sintiendo el filo áspero de las uniones y el peso desmedido del bloque de madera.
—Fea como un pecado y pesada como un yunque —sentenció ella, levantando la vista hacia Leo con una media sonrisa de aprobación silenciosa—. Pero si logra lanzar un trozo de plomo a través de una puerta a diez pasos de distancia, la estética es lo de menos.
Leo se acercó al banco, extendiendo las manos vendadas para sostener el armatoste. Al sentir el frío desequilibrado del hierro y la madera en sus palmas castigadas, una chispa de fría satisfacción recorrió su columna. No era una pistola sofisticada; era apenas el primer ancestro de la balística moderna, una prueba de concepto forjada a golpes de necesidad y física básica en el fondo de un pozo olvidado.
—Esto no es más que el principio, Garrik —respondió Leo con una seguridad inquebrantable, levantando la mirada para sostenerle los ojos al viejo armero—. Es solo un tubo de pruebas para demostrar que la pólvora y el acero pueden trabajar juntos. En un futuro próximo, cuando tengamos mejores aleaciones y herramientas de precisión, fabricaremos una pistola real desde cero, una que funcione con la perfección de un mecanismo de relojería. Pero por ahora... esto nos bastará para cambiar las reglas del juego.
Garrik soltó un bufido seco, aunque en su mirada ya no quedaba espacio para la burla, sino para el reconocimiento tácito de que el joven ingeniero acababa de cruzar una línea sin retorno.
—Guarda esa porquería antes de que alguien más la vea —advirtió el enano, dándose media vuelta hacia la barra con paso cansado—. Y vete a dormir, muchacho. Mañana tendremos que probar si esa bestia rústica dispara hacia adelante o si nos revienta en las manos.
El reloj invisible de la supervivencia había empezado a descontar sus últimos granos. En los días siguientes, el taller de Garrik dejó de ser un laboratorio de pruebas para convertirse en una sala de espera silenciosa y tensa. Fuera, en los túneles principales del Valle de la Grieta, los rumores corrían como fuego sobre la hierba seca: los recaudadores del Gremio venían en camino con una partida de caballeros de la orden para barrer los niveles secundarios, confiscar herramientas no registradas y cobrarse con sangre o trabajos forzados cualquier atisbo de insubordinación.
Ya no había espacio para más cálculos teóricos, ni para refinar el diseño del armatoste rústico, ni para buscar excusas que retrasaran lo inevitable. El cerco se estrechaba metro a metro.
Leo se encontraba sentado en un banco bajo de madera en la penumbra del taller, terminando de medir con una precisión casi quirúrgica la carga exacta de pólvora granulada que introduciría en el cañón de hierro. Sus dedos, aún cubiertos por gasas y con las cicatrices recientes tirando de la piel del pecho con cada movimiento, se movían con una calma gélida y metódica. Vertió los gránulos oscuros por la boca del tubo, introdujo un taco de cuero prensado para fijar la carga y, finalmente, empujó una bola de plomo fundido que Garrik había recortado a golpes de cincel la noche anterior.
Kassandra afilaba su cuchillo de combate contra una piedra de agua en la esquina de la habitación, el rítmico shhh-shhh del acero contra la piedra marcando un compás de advertencia. No había rastro de miedo en su rostro, solo esa fría y letal resolución de quien sabe que venderá cara su piel.
Garrik, por su parte, se había quedado al otro lado de la barra de la taberna, bebiendo en completo silencio un trago de licor fuerte mientras contemplaba la pesada puerta de roble reforzada con trancas de hierro. El viejo enano sabía tan bien como ellos que los caballeros del Gremio no negociaban; una vez que cruzaban el umbral, el único destino para los habitantes de ese pozo era la sumisión total o la fosa común.
Leo levantó el rudimentario artefacto de hierro y madera, sopesando su peso desequilibrado en las manos. No era elegante, no tenía la precisión de un arma moderna ni la gracia de una espada imperial, pero contenía la fuerza bruta de la física bien aplicada y el esfuerzo desesperado de tres meses de resistencia.
Dejó el arma sobre la mesa junto a un pequeño frasco de pólvora de cebado y se puso de pie, ajustándose el chaleco con una firmeza que no admitía dudas.
—Si cruzan esa puerta, no habrá a dónde correr —dijo Leo en voz baja, rompiendo el silencio del taller mientras miraba a Kassandra y a Garrik—. O defendemos este lugar con el fuego que hemos fabricado, o moriremos enterrados bajo las botas del Gremio.
Kassandra guardó el cuchillo en su funda con un chasquido seco, se levantó de un salto y empuñó su arma secundaria con una sonrisa torcida, tan afilada como el acero.
—Entonces más vale que tu maldito tubo dispare derecho, ingeniero, porque no pienso morir en este agujero sin dejar marca —respondió ella, caminando hacia la entrada del taller para asegurar la posición.
El crujido sordo de las botas blindadas sobre la gravilla del exterior no dejó lugar a dudas. No eran mineros cambiando de turno, ni la ronda habitual de vigilancia sobornada por Kassandra; el paso era pesado, coordinado y arrastraba ese característico repiqueteo de las corazas de acero imperial que los caballeros del Gremio utilizaban para imponer su ley en los rincones más profundos del Valle de la Grieta.
Garrik dejó caer el tarro de peltre sobre la barra con un golpe seco que resonó como un trueno en la taberna vacía. El viejo enano se inclinó bajo el mostrador, tanteó en la oscuridad por un instante y emergió con una pesada maza de guerra de dos manos, una reliquia cubierta de muescas de una vida anterior que creía haber enterrado para siempre. Su rostro surcado de arrugas se endureció hasta parecer piedra pura.
—Han traído a la infantería pesada —masculló Garrik con la voz ronca, avanzando con pasos pesados hacia el umbral del taller donde Leo y Kassandra aguardaban—. Si rompen la puerta principal, la madera no va a aguantar ni diez segundos bajo sus alabardas. Tendremos que recibirlos en el estrecho pasillo.
Kassandra ya se encontraba agazapada junto al marco de la puerta rota, con el cuerpo tenso como un resorte y el cuchillo de combate firmemente empuñado en la mano derecha. Su mirada era un filo de hielo puro; había calculado cada ángulo de cobertura, el espacio de retroceso y el momento exacto en que debía moverse para desequilibrar al primer infante que cruzara el umbral.
—Que intenten entrar —respondió Kassandra con una frialdad absoluta, sin apartar los ojos de la cortina de cuero de la entrada—. El pasillo es tan estrecho que solo podrán pasar de uno en uno. Eso nos da la ventaja del primer golpe.
Leo respiró hondo, sintiendo cómo el dolor de las quemaduras en su pecho se desvanecía bajo la marea helada de la adrenalina. Con las manos aún vendadas, empuñó el rústico armatoste de hierro y madera con ambas extremidades, apoyando el pulgar directamente sobre el martillo de pedernal. No había espacio para las dudas, ni para los cálculos teóricos, ni para la perfección técnica que tanto había exigido. La física bruta de la pólvora y el plomo estaba a punto de medirse contra el acero del imperio.
—Garrik, mantente a la cobertura del flanco izquierdo por si logran colar una pica —ordenó Leo con voz firme, adoptando la postura de tiro que había ensayado mentalmente durante días en la oscuridad—. Kassandra, en cuanto el disparo rompa la formación del primero, métete por el flanco derecho antes de que tengan tiempo de levantar los escudos.
Un golpe brutal contra la puerta principal hizo temblar los cimientos de la taberna. La madera crujió, astillándose bajo el impacto de un ariete o una alabarda pesada.
—¡Abran en nombre del Gremio de Reguladores! ¡Por orden imperial, entreguen a los prófugos y las herramientas confiscadas! —bramó una voz metálica y autoritaria desde el otro lado del umbral.
El segundo golpe reventó el pestillo de hierro. La pesada puerta de roble cedió hacia adentro con un estrépito metálico, y la silueta acorazada de un caballero del Gremio, flanqueado por dos infantes con escudos torre y lanzas cortas, irrumpió en la penumbra de la taberna.
Leo apoyó la culata rústica firmemente contra su hombro derecho, ignorando el dolor punzante en el pecho, alineó la tosca mira de hierro con el peto del primer caballero que cruzaba el umbral, y apretó el rústico pasador del gatillo.
El fogonazo no fue una chispa limpia ni un destello elegante; fue una llamarada violenta, de un blanco rabioso, que desgarró la penumbra de la taberna con la furia de un trueno enjaulado. El estruendo subsiguiente barrió las paredes de piedra del local con una onda expansiva tan brutal que hizo añicos los tarros de peltre de la barra y dejó a los ocupantes momentáneamente sordos, envueltos en una densa y asfixiante nube de humo gris que olía a azufre puro y muerte.
El caballero del Gremio que iba a la cabeza, un mastodonte enfundado en placas de acero imperial que creía impenetrable cualquier defensa en ese pozo olvidado, ni siquiera tuvo tiempo de alzar su escudo torre. La bola de plomo macizo, impulsada por la violenta expansión de los gases de la pólvora granulada, cruzó el espacio a una velocidad imposible para el ojo humano. El proyectil golpeó de lleno el centro de su peto laminado: el acero imperial, diseñado para desviar ballestas y espadas, se abolló y crujió como papel viejo bajo la tremenda energía cinética, astillándose hacia adentro y destrozando las costillas y el esternón del soldado en una sola fracción de segundo.
El infante cayó hacia atrás como un fardo de ropa vieja, soltando un grito ahogado que se apagó en seco antes de tocar el suelo de tierra batida.
Los dos soldados que lo flanqueaban se detuvieron en seco, paralizados por un terror visceral que ninguna instrucción militar del imperio les había enseñado a combatir. No había sido el choque familiar de una espada contra otra, ni el zumbido previsible de una flecha cruzando el aire; había sonado como la ira de los cielos desatada dentro de un espacio cerrado, un relámpago artificial que había matado a su compañero sin que el enemigo se hubiera movido siquiera de su sitio.
—¿Qué... qué demonios ha sido eso? —bramó el segundo caballero, con la voz quebrada por el pánico, aferrando la lanza corta con manos temblorosas mientras miraba a su camarada caído y luego hacia la cortina de humo donde Leo sostenía el tubo humeante—. ¡Brujería! ¡Tienen magia negra!
—¡No es magia, imbécil, es física! —rugió Garrik desde el flanco izquierdo, emergiendo de la penumbra con una furia ancestral desatada.
Antes de que los soldados pudieran recuperar el aliento o reorganizar su formación en el estrecho pasillo, el viejo enano descargó su pesada maza de guerra con un swing devastador. El impacto seco del hierro contra el borde del escudo del segundo infante reventó la madera y dislocó el hombro del soldado, haciéndolo chocar violentamente contra el marco de la puerta.
—¡Kassandra, ahora! —gritó Leo por encima del zumbido que aún le zumbaba en los oídos, mientras soplaba con fuerza por la boca del tubo de hierro para despejar los residuos y empujaba a trompicones otra carga de pólvora y plomo en la recámara caliente.
Kassandra no necesitó que se lo repitieran. Deslizó su silueta entre las sombras del flanco derecho con la agilidad de un depredador, esquivando los restos de la puerta astillada y colándose directamente en el flanco ciego del tercer caballero, que retrocedía a tropiezos intentando huir de la ratonera humeante. Con un movimiento fluido y letal, la hoja de su cuchillo de combate buscó la junta desprotegida bajo la axila de la coraza del soldado. El hombre soltó un alarido agudo que se ahogó en sangre cuando el frío acero encontró su blanco, desplomándose de rodillas sobre la gravilla del exterior.
El último caballero en pie, con el peto de su líder manchado de sangre y el eco atronador del disparo rebotando todavía en sus oídos, miró el cuerpo inmóvil de su compañero y luego los rostros endurecidos de los tres rebeldes. La disciplina del Gremio se desmoronó por completo ante lo desconocido. No se puede luchar contra un enemigo que invoca truenos desde un trozo de tubo oxidado.
—¡Están locos... todos ustedes están malditos! —gritó el soldado, arrojando el escudo al suelo para aligerar su peso y dándose la vuelta en plena desbandada, tropezando con sus propias botas mientras huía despavorido hacia la oscuridad de los túneles principales de la mina.
El silencio volvió a tragarse la taberna, un silencio pesado, roto únicamente por el goteo del agua y la respiración agitada de Leo, que sostenía el armatoste humeante con los brazos temblando por el esfuerzo y el dolor punzante en el pecho.
Garrik dejó caer la maza de guerra al suelo con un estrépito sordo, apoyando las manos en sus rodillas mientras exhalaba una bocanada de aire con los ojos muy abiertos, mirando el rastro de destrucción que acababan de dejar.
—Por todos los dioses de la piedra... —murmuró el viejo enano con una mezcla de pavor y una extraña euforia contenida, pasándose una mano sucia de hollín por la frente—. Funcionó. Esa maldita porquería realmente los hizo huir despavoridos.
Kassandra se aupó sobre el marco de la entrada rota, limpiando la hoja de su cuchillo con un trapo antes de envainarlo, y lanzó una mirada de reojo hacia Leo con una sonrisa torcida, genuina y salvaje.
—Parece que tu teoría de la física y la pólvora acaba de ganarnos un poco de tiempo, ingeniero —dijo ella, sacudiéndose el polvo de los hombros—. Pero los otros no tardarán en enterarse de que uno de sus caballeros favoritos fue abatido por un rayo de bolsillo. Más vale que empecemos a movernos.
El humo acre de la pólvora negra comenzó a disiparse lentamente, arrastrado por la corriente helada que entraba a través de la puerta destrozada de la taberna. Los cuerpos de los dos caballeros del Gremio yacían inertes en la entrada, un recordatorio mudo y contundente de que el frágil equilibrio del Valle de la Grieta acababa de romperse de manera irreversible. No había vuelta atrás; el Gremio sabría lo ocurrido antes del próximo cambio de turno, y cuando regresaran, no enviarían a una patrulla de tanteo, sino a un ejército dispuesto a arrasar con todo.
Kassandra fue la primera en moverse. Se agachó con agilidad felina junto al cuerpo del caballero caído, despojándolo de una bolsa de monedas de plata y un par de dagas de acero bien templado antes de mirar a sus compañeros con urgencia.
—Registren lo que puedan y aseguren el perímetro —advirtió Kassandra en un tono cortante, lanzando las dagas hacia Leo con precisión—. El desertor ya debe estar llegando a los cuarteles generales del Gremio. Tenemos horas, no días, antes de que este lugar se convierta en una ratonera.
Leo atrapó las dagas al vuelo, sintiendo el peso equilibrado del metal en sus manos vendadas. El dolor en su pecho seguía latido a latido, pero la adrenalina fría de la victoria técnica lo mantenía en pie. Dejó el rudimentario armatoste de hierro y madera sobre la barra, aún humeante, y giró el cuerpo hacia Garrik.
El viejo enano seguía de pie junto a su pesada maza de guerra, con la mirada clavada en el tubo de acero que acababa de cambiar el curso de su existencia. Sus hombros, habitualmente encorvados por el peso de los años y la derrota, se habían enderezado con una rigidez impropia de su edad. La rudeza de su rostro se había transformado en una mueca de asombro contenido, la expresión de un artífice que, tras décadas de enterrar su arte en la miseria, volvía a ver el destillo del verdadero fuego de la fragua.
Leo esbozó una media sonrisa, un gesto cansado pero desafiante, y se acercó al mostrador, apoyando las palmas sobre la madera astillada.
—¿Y bien, maestro armero? —preguntó Leo, con una voz baja y penetrante que cortaba el silencio de la estancia—. ¿Volverás a fabricar armas, o vas a seguir fingiendo que eres un simple despachador de vino agrio para mineros cansados?
Garrik levantó lentamente la vista. Sus ojos oscuros y profundos se clavaron en los del joven ingeniero, parpadeando una sola vez antes de que una chispa de orgullo largamente olvidada encendiera su mirada.
—Me hiciste construir un maldito tubo de drenaje con gatillo, muchacho —respondió Garrik con un ronquido áspero que poco a poco fue ganando fuerza hasta convertirse en una risa seca, profunda y genuina—. Me hiciste arriesgar el pellejo con pólvora inestable y casi nos vuelas la taberna entera.
—Lo que hice fue demostrarte que tu viejo oficio no tiene por qué morir enterrado en este pozo —replicó Leo sin apartar la mirada, enderezándose con una confianza absoluta—. Ese armatoste de hierro fue solo una prueba de fuego. Pero ahora tenemos los componentes, tenemos la química dominada y tenemos tus manos. Si me ayudas a tornear un cañón estriado de verdad, a esculpir una empuñadura ergonómica y a miniaturizar el mecanismo de chispa, podremos forjar la primera pistola real desde cero. Algo elegante, letal y perfectamente funcional.
Leo dio un paso más hacia la barra, inclinándose ligeramente mientras su voz adquiría un matiz de fría ambición que resonaba con el destino del valle.
—Con tu maestría en el metal y mi comprensión de la balística, esto ya no se trata solo de sobrevivir al invierno o espantar a unos cuantos cobradores del Gremio —continuó Leo, con los ojos fijos en los del viejo enano—. Con tu ayuda, Garrik... podremos derrocar a este maldito reino desde los cimientos.
Kassandra, que vigilaba la puerta rota con una de las dagas nuevas listas en la mano, soltó una exhalación divertida al escuchar las palabras del ingeniero.
Garrik guardó silencio durante unos segundos interminables. Pasó una mano callosa y temblorosa por su barba hirsuta, acariciando las cicatrices de su mandíbula mientras sopesaba la magnitud de lo que se avecinaba. Sabía perfectamente que aceptar significaba firmar su propia sentencia de muerte si fallaban, pero también sabía que rechazarlo era morir lentamente en vida, pudriéndose en la miseria de la taberna.
El viejo enano exhaló un suspiro profundo, golpeó la barra con el puño cerrado con un sonido seco y definitivo, y una sonrisa torcida, peligrosa y llena de colmillos cruzó su rostro.
—Maldita sea tu alma ambiciosa, Leo —gruñó Garrik, dándose la vuelta con paso firme hacia las sombras del viejo taller—. Ve encendiendo la fragua principal. Vamos a fabricar un arma de verdad.
La risa de Leo comenzó como un destello seco y cansado, pero pronto se soltó, resonando con una genuina ligereza que no se permitía desde el día en que cruzaron la brecha. Con las manos aún vendadas y la piel del pecho tirante bajo la camisa rota, hurgó en la bolsa de plata que Kassandra le había arrancado al primer caballero del Gremio y arrojó un par de monedas pesadas sobre la madera maltrecha de la barra.
—¡Garrik, trae el mejor licor que te quede al fondo de los barriles y sirve cerveza para todos! —exclamó Leo, con los ojos brillantes de adrenalina y una sonrisa desafiante dibujada en el rostro—. Esta noche bebemos a cuenta del Imperio.
Kassandra envainó su daga con un chasquido seco y dejó caer su espalda contra la columna de roble, cruzando los brazos mientras observaba al ingeniero con una mezcla de incredulidad y afecto sardónico.
—Disfruta el festejo rápido, genio —dijo Kassandra, aunque una sombra de sonrisa torcida también se dibujaba en su boca—. Porque en cuanto salga el sol, el eco de tu rayo de bolsillo ya habrá despertado a todos los perros de presa del Gremio en tres niveles a la redonda.
Garrik, que ya había comenzado a caminar hacia las sombras de su taller para avivar el carbón de la fragua, se detuvo en el umbral. Miró de reojo las monedas de plata sobre la barra, luego al joven que reía a carcajadas a pesar de las quemaduras, y finalmente resopló con una mezcla de resignación y un renovado fuego en la mirada. Sacó de debajo del mostrador tres jarras de peltre y dejó caer un chorro generoso de cerveza espesa y amarga en cada una.
El viejo enano regresó con pasos pesados, dejó caer las jarras sobre la mesa con un golpe sordo y alzó la suya propia, chocándola con fuerza contra la de Leo y la de Kassandra.
—Por los tontos que creen que pueden cambiar el mundo con un tubo de hierro y un poco de ceniza —brindó Garrik con su ronca y áspera voz, antes de dar un trago largo que le hizo sacudir la barba.
Leo bebió de golpe, sintiendo el ardor frío del alcohol recorrerle la garganta y calmar el pulso acelerado de sus manos. Sabía tan bien como ellos que la escaramuza de esta noche no era más que el primer chispazo en una pradera seca. El Gremio vendría con más hombres, con corazas más pesadas y con la maquinaria implacable de un imperio que no toleraba la disidencia ni la tecnología robada.
Pero mientras el líquido bajaba y el calor de la pequeña victoria se asentaba en su pecho, el miedo había cambiado de bando. La guerra continuaba, y la balanza, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a inclinarse hacia su lado.