Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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EL PUEBLO ELIGE
La mañana siguiente llegó gris y pesada. El edicto fue leído en cada plaza, en cada puerta, en cada rincón de la Ciudadela: La Reina Lyanne se retira de los asuntos del consejo y del mando público. Se dedicará exclusivamente al cuidado del hogar y del príncipe Elian. No podrá dirigirse al pueblo sin autorización real.
Cuando Elara me lo repitió, con voz temblorosa, no sentí rabia. Sentí claridad. Al fin habían mostrado su verdadero rostro. No era protección. Era control. Era miedo.
—Es una humillación —susurró ella—. Quieren que te quedes encerrada, como si fueras una prisionera. Como si nada de lo que hiciste importara.
—Creen que silenciándome me derrotan —respondí, poniéndome mi manto más sencillo, sin bordados, sin joyas—. Pero olvidan que mi voz no viene de un trono. Viene de la verdad. Y la verdad no se puede prohibir con un papel.
—¿Qué harás? —preguntó ella, asustada—. Si sales, los guardias te detendrán. El rey lo ha ordenado.
—Entonces que me detengan —dije, con firmeza absoluta—. Pero primero que todo el mundo vea por qué me detienen.
Salí de mis aposentos sin escolta, sin anunciarme, caminando hacia la gran plaza central donde el edicto acababa de ser leído. Los guardias me vieron y dudaron, confundidos. Nadie se atrevió a dar el primer paso. Cuando llegué a la plaza, cientos de personas estaban allí, murmurando, mirando el pergaminos clavado en la madera. Al verme, el murmullo cesó de golpe. Todos me miraron: con asombro, con temor, con esperanza.
Subí sobre el gran bloque de piedra que servía de estrado, y mi voz, clara y potente, llegó hasta el último rincón:
—¡Pueblo mío! ¡Escuchadme! —Nadie se movió—. Me han prohibido hablaros. Me han prohibido caminar entre vosotros. Dicen que soy demasiado poderosa, demasiado peligrosa. Dicen que debo callar y obedecer. —Bajé un paso, mirándolos a los ojos—. Pero os pregunto: ¿Dónde estaba su protección cuando el hambre llegó el invierno pasado? ¿Quién llevó grano a las aldeas fronterizas cuando nadie se atrevía a ir? ¿Quién habló con los clanes del sur para sellar la paz sin derramar una sola gota de sangre? ¿Quién se quedó con vosotros cuando la guerra del Norte llamaba a nuestras puertas? ¡Yo! ¡Vuestra reina! ¡Y ahora que la paz ha llegado, quieren apartarme porque les asusta que una mujer tenga voz y fuerza!
La multitud comenzó a agitarse. Gritos de apoyo empezaron a brotar.
—¡No es justo! —gritó una mujer desde el frente—. ¡Ella nos alimentó cuando nuestros hijos lloraban de hambre!
—¡No la callen! —gritó un anciano—. ¡Ella es nuestra reina!
En ese momento, vi llegar a Kaelen, seguido de los ancianos y los capitanes. Su rostro estaba rígido de ira. Subió al estrado, se puso frente a mí, y su voz tronó sobre la plaza:
—¡Basta! ¡Estás desafiando mi autoridad! ¡Bajas al pueblo contra su rey! ¡Retírate a tus aposentos ahora mismo, o te haré encerrar!
Lo miré a los ojos, sin bajar la cabeza, sin retroceder ni un milímetro.
—¡Enciérrame! —le respondí, con voz que todos pudieron oír—. ¡Enciérrame y dile a este pueblo por qué! ¡Diles que la reina que los protegió ahora es una prisionera porque su rey teme su fuerza! ¡Diles que prefieres obedecer el miedo de los ancianos que confiar en la mujer que te dio un heredero y un reino! ¡Hazlo, Kaelen! Pero recuerda: el día que me encierres, no encierras solo a mí. Encierras la confianza de todo tu pueblo. Y cuando la confianza muere… el trono se cae.
El silencio que siguió fue pesado, absoluto. Kaelen miró a la multitud. Vio sus rostros. Vio que la mayoría no lo miraba a él. Me miraban a mí. Con lealtad. Con amor. Con la certeza de que yo era su verdadera reina. Y comprendió, con un horror silencioso, que si me arrestaba, no me arrestaba a mí sola. Arrestaba el corazón de su pueblo.
—¿Hasta este punto has llegado? —susurró él, con voz quebrada—. ¿Poniéndome contra mi propio pueblo?
—Tú te pusiste solo —respondí con suavidad, pero sin ceder—. Yo solo dije la verdad. Y la verdad siempre divide. Ahora elige: ¿Tu orgullo o tu pueblo? ¿Tu miedo o tu futuro? Elije ahora, porque no habrá otra oportunidad.
Se giró hacia los ancianos, que lo miraban esperando una orden. Se giró hacia los guardias, con las manos en las empuñaduras. Y entonces, su hombro cayó. La fuerza lo abandonó. Bajó la cabeza, y cuando habló, su voz apenas se oyó:
—Retírense todos. El edicto… queda anulado. La reina… la reina seguirá cumpliendo con su deber. Como siempre.
Los ancianos protestaron, pero él levantó una mano y callaron. Me miró una última vez, con una expresión de dolor profundo, como si le hubieran arrancado algo vital. Y se marchó, sin mirar atrás.
La multitud estalló en vítores, en gritos de mi nombre, en alegría que hizo temblar el aire. Pero yo no celebré. No sentí triunfo. Sentí un peso más grande que nunca. Había ganado el derecho a gobernar. Pero había perdido algo más importante: la unidad de mi familia. El respeto de mi esposo. Y eso… no se podía recuperar con aplausos.
Esa tarde, fui a ver a Kaelen a su estudio. Estaba sentado en la oscuridad, con la cabeza entre las manos. Al entrar, no me miró.
—Ganaste —dijo, con voz seca y amarga—. El pueblo te elige. Los capitanes te respetan. Los ancianos… los ancianos te temen. Tienes todo lo que querías. ¿Estás satisfecha?
—No gané contra ti —dije, acercándome despacio—. Traté de ganar para nosotros. Pero si tú lo ves como una derrota… entonces perdemos los dos.
Levantó la cabeza, y vi en sus ojos algo que me partió el alma: cansancio, resignación, y una tristeza infinita.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurró—. Sé que eres mejor reina que yo. Sé que tú protegerías a este pueblo mejor que yo. Y eso… eso me hace sentir menos hombre. Menos rey. Menos todo.
Me senté frente a él, sin tocarlo, con la voz suave y sincera.
—No somos competencia, Kaelen. Somos dos mitades. Tú con la fuerza de la espada y el linaje. Yo con la claridad y el corazón del pueblo. Juntos somos invencibles. Separados… ninguno de los dos durará mucho. ¿No lo ves? No te quito nada. Te doy lo que te falta. Tú me das lo que me falta. Pero si lo ves como una guerra… entonces sí, perdemos los dos.
Calló. El silencio se alargó, pesado, pero ya no hostil. Finalmente, asintió, muy despacio.
—Intentaré —dijo, apenas un susurro—. Intentaré verlo así. Pero me costará. Mucho.
—El tiempo nos dará la razón —respondí suavemente—. Solo dame la oportunidad de demostrártelo.
Salí de la habitación con el corazón apretado. No había sido una victoria brillante. Había sido una victoria dolorosa, llena de heridas que tardarían en sanar. Pero era el comienzo. El pueblo había hablado. Yo había elegido el camino difícil, pero era el único que podía sostenerse.
Esa noche, escribí en mi cuaderno, con la mano firme pero el corazón pesado:
El pueblo eligió. No con espadas, sino con miradas y voces. Gané el derecho a gobernar. Pero el precio fue alto. Kaelen me ve como una rival. Los ancianos me ven como una amenaza. Y sin embargo… no me arrepiento. Porque el trono no se sostiene solo con sangre real. Se sostiene con la confianza de quienes te siguen. Y ellos… ellos me eligieron a mí. Mala desde la cuna, sí. Pero su reina. Y ahora, con todo el peso sobre mis hombros, solo espero estar a la altura. No de la corona. Sino de ellos.
Cerré el cuaderno y miré hacia la cuna de Elian, que dormía tranquilo, ajeno a toda la tormenta.
—Duerme, pequeño —susurré—. Tu madre ha ganado el pueblo. Ahora solo falta ganar el tiempo. Y que cuando crezcas, entiendas que todo lo hice por ti. Por nosotros. Porque un mundo justo vale la pena luchar por él, incluso si te odian por hacerlo.