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Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

En la entrada de la villa, el repartidor sostenía una caja envuelta como regalo.

Al verme salir, sonrió con esa amabilidad profesional que tienen las personas acostumbradas a entregar paquetes todo el día.

—Buenos días, señorita Muñoz. ¿Puede firmar aquí?

Le devolví la sonrisa.

Siempre había tenido buena impresión de los repartidores. Eran de los pocos extraños que llegaban a la puerta sin pedirte explicaciones de tu vida. Mi celular viejo lo había comprado en línea. El de mi mamá también. Hasta algunos electrodomésticos baratos de la casa los conseguimos así.

Miré la caja.

Era demasiado bonita.

Demasiado nueva.

Demasiado sospechosa.

—¿Está seguro de que es para mí?

El repartidor mantuvo la sonrisa.

—Casi nunca nos equivocamos. Puede revisarlo ahora mismo.

Me miraba con curiosidad.

Seguramente alguien le había dicho que esta entrega era especial. La caja no parecía de paquetería normal. Parecía un regalo de tienda cara.

Firmé.

Abrí el empaque.

Y me quedé tonta.

Era un celular plegable de última generación.

De esos que una ve en videos y luego cierra la aplicación porque el precio duele.

Si no me equivocaba, costaba más de veinte mil pesos.

Sólo había una persona capaz de comprarme algo así.

Santiago.

Le di las gracias al repartidor y regresé casi corriendo al cuarto.

Lo primero que hice fue tomar mi celular viejo.

Al desbloquearlo, vi mensajes de WhatsApp. Abrí la aplicación y encontré un contacto nuevo.

Mi señor consentidor.

Me tapé la boca para reírme.

Santiago se veía tan serio, tan frío, tan de junta ejecutiva... y se había puesto ese nombre en mi celular.

Yo tenía bloqueo con huella.

Eso significaba que, mientras dormía, había probado mis dedos para desbloquearlo.

Qué descarado.

Pero no pude enojarme.

Además de agregarse, me había enviado una transferencia.

52,000 pesos.

Me quedé viendo la pantalla.

Era la primera vez en mi vida que recibía una cantidad así en una sola transferencia. Había visto en videos a chicas presumir lo que sus novios les mandaban el Día de San Valentín y, sí, alguna vez me dio envidia.

Ahora yo tenía una transferencia así.

Yo.

Me di palmaditas en la cara para dejar de sonreír como boba.

Luego me puse a revisar el celular nuevo.

Era precioso, pero también demasiado tecnológico para mí. La pantalla se abría, se doblaba, tenía funciones que ni sabía pronunciar.

Mejor esperaba a que Santiago volviera y me enseñara.

Saqué mi tarjeta SIM del teléfono viejo y la puse en el nuevo. Mi antiguo celular todavía funcionaba, pero se trababa con todo. Una vez, al mandar un mensaje, se congeló y luego se apagó. Casi lo estrellé contra la pared.

No lo hice porque no tenía dinero para otro.

Ahora por fin podía dejar de sufrir con esa cosa.

Antes de guardarlo, recordé las aplicaciones de préstamos.

Me dio flojera instalarlas en el nuevo, así que abrí una por una en el viejo.

Y me quedé inmóvil.

Pagado.

Entré a otra.

Pagado.

Otra.

Pagado.

Todas estaban liquidadas.

Todas.

Me reí sola.

La piedra enorme que llevaba encima del pecho desapareció tan rápido que ni supe qué hacer con el cuerpo. Me acosté en la cama y rodé de un lado a otro como niña.

Una vez me atrasé con un pago. La noche anterior escribí a todos mis contactos pidiendo dinero. Amigos cercanos, compañeros, gente con la que casi no hablaba. Algunos ni respondieron. Otros dijeron que no podían. Nadie tenía obligación de ayudarme, claro.

Pero la vergüenza de pedir se me quedó marcada.

Después pedí en otra plataforma para cubrir la primera. Luego en otra. Y así. Intereses sobre intereses. Deuda sobre deuda.

Cada noche me acostaba con la sensación de no poder respirar.

Ahora estaba limpio.

Todo limpio.

Miré el techo y susurré:

—Señor, ¿cómo puede ser tan bueno?

Había pagado el hospital de mi mamá.

Me compró un celular.

Liquidó mis deudas.

No me lo dijo.

Me dejó descubrirlo como si fuera una sorpresa enorme.

Y encima me mandó dinero.

Me dieron ganas de llorar.

Santiago debía tener tanto dinero que no sabía dónde gastarlo.

Sí.

Seguro era eso.

Porque seguía sin atreverme a pensar que quizá le gustaba.

Tomé otra vez el celular viejo y miré su número en el registro de llamadas.

—¿Cómo fue que marqué mal? —murmuré.

Un error.

Un error que me había salvado.

Respiré hondo y le llamé.

Santiago iba camino a la empresa cuando vio el nombre de Dulce en la pantalla.

Sonrió antes de contestar.

—¿Ya despertaste?

Yo estaba sentada en la orilla de la cama, sosteniendo el celular con las dos manos. Miraba mis pies, nerviosa, aunque él no pudiera verme.

Por su voz supe que estaba sonriendo.

Y eso me hizo sonreír también.

Qué raro.

No estaba frente a mí, pero me ponía nerviosa igual. El corazón se me aceleraba con una simple llamada.

—Sí —respondí bajito.

Mi voz salió dulce.

Demasiado dulce.

Ni yo me di cuenta de que sonaba como si estuviera haciendo berrinche bonito.

Santiago sí.

Se tocó el audífono bluetooth.

—Voy manejando. No me hables así o vas a tener que hacerte responsable si termino en un canal.

Me reí.

—Entonces maneje bien. Ponga atención.

Me toqué la cara caliente.

¿Acababa de hablarle así?

Antes de que colgara, dije rápido:

—Gracias por el celular. Me gustó mucho. Y gracias por pagar mis deudas.

En mi cabeza, hice una promesa.

Iba a trabajar duro.

Algún día le devolvería todo.

Aceptar tanto dinero sin dar nada a cambio me pesaba. Ahora no podía rechazarlo porque necesitaba salvar a mi mamá. Pero cuando pudiera, se lo regresaría.

También decidí no aceptar esa transferencia.

Justo entonces, Santiago habló:

—Desde hoy voy a mandarte 52,000 pesos todos los días hasta que nazca el bebé.

Me quedé sin voz.

¿Todos los días?

52,000 al día.

Diez meses.

Como trescientos días.

No era buena para cuentas mentales, pero eso era muchísimo dinero.

Demasiado.

—¿Lo dice en serio?

El semáforo se puso rojo. Santiago frenó y tomó el celular. Vio que Dulce todavía no aceptaba la transferencia.

—Claro. Y acepta la de hoy.

—Pero...

—Si no aceptas mi ayuda, entonces no cuenta. Tampoco seguiré pagando el tratamiento de tu mamá.

Me asusté.

—No diga eso.

Pero seguía sintiendo culpa.

Santiago conocía ese tipo de orgullo. Sabía que Dulce no era una mujer codiciosa.

—Piensa que lo estás guardando por mí. Cuando ganes muchísimo dinero, me lo devuelves.

Eso me calmó un poco.

—Entonces... lo guardaré por usted.

—Acéptalo ahora. Quiero verlo antes de que cambie el semáforo.

Miré la pantalla con pánico.

Si por mi culpa se distraía y pasaba algo, me iba a morir.

Acepté la transferencia de inmediato.

—Ya. Ya lo acepté. Ahora maneje bien.

—Bien.

Colgó.

El semáforo cambió a verde y Santiago volvió a poner el celular en su lugar, sonriendo mientras avanzaba.

Yo me quedé mirando la cifra.

Muy pronto sería rica.

Rica de mentiritas, porque ese dinero era suyo y yo pensaba devolverlo.

Pero aun así...

Me dio risa.

La señora Marta tocó la puerta para avisarme que la comida estaba lista.

Cuando llegué al comedor, la mesa parecía banquete.

Había camarones al ajillo, pescado en salsa verde, costillitas adobadas, calabacitas con elote, ensalada de nopales, pollo con mole, caldo tlalpeño y hasta postre. Todo olía delicioso. Todo parecía pensado para mí.

Tragué saliva.

Saqué el celular nuevo y tomé una foto.

Al verla ampliada, casi me emocioné otra vez. La cámara era mil veces mejor que la de mi ladrillo viejo.

Marta se acercó con curiosidad.

—¿Se lo compró el jefe?

Asentí.

No pude controlar la sonrisa.

—Ay, niña. El jefe la trata muy bien.

Su voz tenía admiración y un poquito de envidia.

Me senté a comer y le pedí que me acompañara.

Aun siendo dos, comí tres platos. Tres. Y todavía sobró muchísima comida. Entonces se me ocurrió llevarle a mi mamá.

Marta trajo recipientes térmicos y me ayudó a empacar.

—No sabía qué ropa le gusta, así que compré algunas cosas cómodas. Úselas por ahora. Cuando el jefe tenga tiempo, puede pedirle que la lleve de compras.

—No soy exigente. Mientras se pueda usar, está bien.

Aunque Santiago tuviera dinero, yo no quería gastarlo sin pensar.

Elegí un conjunto beige, sencillo y cómodo. Me cambié, tomé la comida empacada y pedí un coche por aplicación para ir al hospital.

Santiago llegó a la oficina, tuvo una reunión breve y entró a su despacho.

Lo primero que hizo fue llamar a Marta para preguntar por mí.

Cuando supo que Dulce había tomado un coche al hospital, pensó en comprarle un auto.

Luego se detuvo.

No sabía si Dulce tenía licencia.

Y pensar en autos le trajo otra duda.

Si Dulce no lo recuerda, ¿pudo haber tenido un accidente? ¿Pudo lastimarse la cabeza?

Tenía que investigarlo.

También recordó lo que Mariana le había dicho la noche anterior. Por prudencia, llamó a Andrés y le ordenó encargarse de los traslados de Dulce a partir de ese día.

No sólo como chofer.

También para cuidarla.

Andrés recibió la orden y salió hacia el hospital.

Sólo entonces Santiago abrió los documentos pendientes y se obligó a trabajar.

En la casa de los Fuentes, don Ernesto abrió la puerta del cuarto de Santiago y no lo encontró.

Una sonrisa traviesa se le formó en la cara.

En el desayuno, vio entrar a Mateo bostezando.

—¿Tu tío no volvió anoche?

Mateo, que se había dormido casi a las tres de la mañana, pensó un momento. Su habitación estaba frente a la de Santiago. Si su tío hubiera llegado, quizá lo habría oído.

Negó con la cabeza.

Después se imaginó a Mariana atacando a su tío como fiera y mordió una pieza de pan dulce.

—Creo que Mariana por fin le quitó lo santo a mi tío.

Don Ernesto sonrió todavía más.

Ojalá.

Si no pasaba pronto, iba a empezar a preocuparse por la salud de Santiago.

Después de desayunar, llamó a Mariana para confirmar.

En la casa de los Morales, Mariana seguía dormida como piedra. El celular la despertó y casi gruñó. Pero al ver que era don Ernesto, tragó su mal humor.

—Don Ernesto, qué temprano.

Él carraspeó para no reírse.

—Mariana, ¿tú y Santi se durmieron muy tarde anoche?

Mariana recordó a Santiago dejándola sola en el cine para irse con la mujer que amaba.

La tristeza le volvió, pequeña pero filosa.

No sabía si decir la verdad.

Después de que él se fue, ella terminó en una taquería, tomando tres cervezas y comiendo como si pudiera tragarse los celos. Volvió tarde, borracha de orgullo herido, y se durmió sintiéndose fatal.

Su silencio hizo sospechar a don Ernesto.

—Mariana, ¿Santi no pasó la noche contigo?

Ella no podía mentirle.

—No.

No contó que Santiago la abandonó.

Quería estar con él, sí. Pero no iba a conquistarlo quejándose como niña con su abuelo.

Don Ernesto se puso serio.

—Este muchacho de verdad no tiene prisa por nada.

Treinta y cinco años.

Sin novia.

Sin escándalos.

Sin aventuras.

Don Ernesto era estricto. Desde siempre había advertido a todos los hombres de la familia Fuentes que no toleraría negocios sucios, prostitución ni vergüenzas públicas. Sabía que Santiago era limpio, disciplinado y nada mujeriego.

Pero eso lo llevaba a otra preocupación.

¿Y si le gustaban los hombres?

Era una época moderna, sí, pero don Ernesto era demasiado tradicional para aceptar eso sin sentir que se le caía el apellido encima.

Tenía que hacer algo.

Y se le ocurrió rápido.

—Mariana, ¿qué te parece si te pongo junto a Santi como asistente?

El sueño de Mariana desapareció.

—Sí. Claro que sí.

—Ven a mi casa. Yo te llevo a la empresa.

Mariana colgó y corrió al baño.

Eligió una falda lápiz con un saco corto, justo lo bastante profesional para parecer asistente y lo bastante favorecedora para no pasar desapercibida. Se maquilló ligero y salió hacia la casa Fuentes.

Don Ernesto también se vistió de traje.

Hacía mucho que no iba a la empresa.

Cuando Mariana llegó, le sonrió con dulzura.

—Presidente Fuentes, se ve guapísimo.

Lo decía de verdad.

Admiraba a don Ernesto. Sabía que había llegado desde un pueblo sin nada y, a base de trabajo y visión, levantó Grupo Fuentes hasta convertirlo en una de las empresas más respetadas de Ciudad de México.

Santiago había heredado su talento para los negocios.

Y también parte de esa rectitud.

Don Ernesto enderezó la espalda, las manos detrás del cuerpo. De inmediato recuperó esa presencia de fundador que no se borra con la jubilación.

Desde que Santiago tomó el mando, él se había retirado. Confiaba en su nieto.

Pero ponerse el traje otra vez le removió recuerdos.

Cuando llegaron al edificio corporativo, se quedó un momento frente a la entrada.

Miró hacia arriba.

Su imperio.

Hubo orgullo en sus ojos, pero también cansancio. Recordó los años difíciles, las casi quiebras, los bancos cerrando puertas, las noches sin dormir.

Había resistido.

Y ahora todo eso llevaba el apellido Fuentes.

La recepcionista lo vio y salió casi corriendo.

—Presidente Fuentes, ¿qué lo trae por aquí?

—Nada. Vine a matar el aburrimiento. Tú sigue con tu trabajo.

Entró con las manos detrás de la espalda.

Mariana caminó a su lado, impresionada.

Un verdadero jefe seguía siendo jefe aunque llevara años retirado.

La recepcionista los acompañó hasta el elevador. Sólo cuando las puertas se cerraron se atrevió a volver a su puesto.

Y para entonces, medio edificio ya estaba enterándose de que el fundador había llegado.

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sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
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