Natalia Serrano ha estado casada con Damián Santillán durante tres años. Un matrimonio construido por medio de un contrato con su familia y aunque durante ese tiempo, ella creyó que Damián podría llegar a amarla, estaba equivocada.
Con el regreso de Jimena, el primer amor de Damián, este solo muestra preferencias hacia ella sin importarle el dolor que causa en Natalia. Pero, justo cuando Natalia decide que ya no puede más y decide darle su libertad, Damián se niega a dejarla a ir, pero, aun así, no le da su lugar, sigue siendo frío, hiriente y le da el favoritismo a Jimena. ¿Qué es lo que realmente quiere Damián de ella?, ¿Por qué seguirla atando a un matrimonio que la hace sufrir?
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Capítulo 5
Capitulo 5
--No tienes con que pelearle.
La frase vino de una compañera que ni siquiera se atrevió a mirarme de frente. La dijo bajito, junto a la maquina de café, como si me estuviera dando un consejo amable.
--Jimena es Jimena Rivas. Damián Santillán la trajo de vuelta. ¿Tu que tienes?
Yo tenia un proyecto robado, una mejilla ardiendo por dentro y un esposo abrazando a otra mujer en mi propia oficina.
No dije eso.
Solo tome mi taza.
--Tengo memoria.
--Eso no sirve en los corporativos.
Tenia razón.
En Aurora, la memoria no firmaba cheques. Damián si.
Para el medio día, la noticia ya se había vuelto otra cosa. No era que Jimena me hubiera robado el diseño. Era que yo, la empleada resentida, había golpeado a la protegida del presidente porque no soportaba su talento.
El rumor se movió rápido.
Mas rápido que cualquier verdad.
Lidia intento frenarlo, pero hasta ella recibió una llamada de dirección.
Cuando salió de su oficina, su cara parecía diez años mas cansada.
--Natalia, te piden arriba.
No pregunte quien.
El elevador subió hasta el piso ejecutivo con una lentitud insultante. Me mire en el reflejo de las puertas metálicas: pálida, ojerosa, el cabello recogido sin ganas.
No parecía una villana.
Pero ese día todos necesitaban que lo fuera.
Damián estaba en la sala de juntas. Jimena, a su lado, con un curita pequeño en la mejilla. El detalle era perfecto. Casi tierno. Casi ridículo.
--Siéntate --dijo él.
Me quede de pie.
--Estoy bien así.
Jimena bajo la vista.
--Dami, no quiero problemas. De verdad. Si Natalia se disculpa, yo puedo olvidar todo.
Que generosa.
Damián no le quito los ojos de encima a mi rostro.
--La golpeaste.
--Me provoco.
--Eso no justifica nada.
--Robar mi trabajo tampoco.
Su mandíbula se tenso.
--El proyecto pertenece a Aurora. No a ti.
La frase me dejo fría.
No porque fuera falsa. Porque era demasiado conveniente.
--Claro. Mi cuerpo también pertenece a Aurora cuando un cliente me acorrala, ¿no? Mi salud pertenece a Aurora cuando me bebo una mesa entera para salvar un contrato. Pero mi nombre no.
Jimena abrió los ojos como si le hubiera dado miedo.
Damián se puso de pie.
--Basta.
--No, Damián. Ya basta tú.
Su asistente desvió la mirada.
Yo sentí que me temblaban las piernas, pero no me senté.
--¿Quieres que me disculpe? Dile que repita delante de ti lo que me dijo. Que ella te tiene de su lado. Que yo solo dormí en tu cama.
Jimena palideció.
Damián la miro un segundo.
Solo un segundo.
Luego volvió a mi.
--Estas alterada.
Me reí sin ganas.
--Siempre estoy alterada cuando no te conviene escucharme.
El silencio se lleno de algo espeso.
Damián tomo una carpeta y la deslizo por la mesa.
--Suspensión temporal. Hasta que ofrezcas una disculpa formal.
Mire el documento.
Mi nombre.
Mi puesto.
Mi castigo.
--¿También lo escribiste tú?
--Natalia.
--¿O se lo pediste a tu asistente para no mancharte las manos?
Jimena suspiro.
--No quiero que pierdas tu trabajo por mi...
--Entonces devuelve mi nombre.
No contesto.
Porque nunca quiso paz. Quiso mi lugar.
Tome el documento y lo doble por la mitad.
--No voy a disculparme.
Damián apoyo ambas manos sobre la mesa.
--No seas terca.
--No soy terca. Estoy cansada.
--Estas actuando como si nadie pudiera tocarte.
--No. Estoy actuando como si ya me hubieran tocado demasiado.
Sus ojos cambiaron.
Por un momento recordó el hotel. El cuarto de servicio. Mi llamada.
Demasiado tarde.
Deje la carpeta sobre la mesa.
--Suspende lo que quieras. Yo también estoy suspendiendo cosas.
--¿Qué cosas?
--Mi paciencia. Mi fe. Mi matrimonio.
Jimena bajo la cabeza para esconder una sonrisa.
Damián la vio.
No dijo nada.
Al salir del edificio, varios compañeros bajaron la voz. Nadie se acerco.
En la puerta, el viento de Santa Fe me pego en la cara. Frio, seco, impersonal.
Una niña que vendía flores junto a su madre se me acerco con una margarita.
--No este triste, señorita.
La tome porque no supe rechazar algo tan limpio.
--Gracias.
La flor era pequeña, casi sin aroma.
Pero la sostuve como si fuera una prueba.
Todavía había manos en el mundo que no querían quitarme nada.