Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XI Vendiéndole el alma al diablo
Punto de vista ya de Alberto
Sostuve la pluma con dedos temblorosos. En ese segundo de silencio absoluto, cruzó por mi mente un destello de memoria: la imagen de Elena, la mujer que siempre me cuidó las espaldas, la que corregía en silencio las fallas de mis contratos para evitarme problemas, la que jamás me exigió un lujo y a quien expulsé de mi vida como si fuera basura. Si ella estuviera aquí, habría visto la trampa a kilómetros de distancia.
Pero Elena ya no estaba. Estaba solo, atrapado en la telaraña que yo mismo había tejido por vanidad.
Presioné la punta del bolígrafo contra el papel y estampé mi firma al pie de la página, vendiéndole mi alma al diablo.
—Una decisión muy sabia, socio —murmuró Fernández, guardando el documento firmado mientras me palmeaba el hombro con una familiaridad que me provocó náuseas—. Mañana le enviaré los primeros expedientes de las empresas. Asegúrese de que no haya fallas. Ah, por cierto... una última cosa.
—¿Qué cosa? —pregunté, tratando de sostener la mirada mientras me desplomaba sobre mi sillón.
—Asegúrese de que sus contratos sean blindados contra el bufete demandante.
El corazón se me detuvo en el pecho. El aire se congeló en mis pulmones.
—¿Bufete… demandante...? —balbuceé, sintiendo que la sangre se me escapaba por completo del rostro.
—Sí, hay personas que han decidido meter las manos en mis negocios —asintió Fernández con total indiferencia mientras caminaba hacia la puerta—. Una abogada en particular destrozó a uno de nuestros mejores aliados comerciales la semana pasada en los tribunales. Tenga mucho cuidado, Fábregas... esa mujer no tiene piedad con las fallas legales.
La puerta se cerró tras él con un chasquido seco. Me quedé inmóvil en la oscuridad de mi despacho, escuchando el eco de los latidos acelerados de mi corazón, comprendiendo con el terror más puro que el destino no solo me había atrapado... sino que me ponía a merced de una tormenta que yo mismo ayudé a desatar.
Punto de vista de Fernández
Ajusté los puños de mi saco de diseñador mientras el ascensor privado descendía en absoluto silencio. Al ver mi reflejo en el espejo de cristal pulido, no pude evitar esbozar una sonrisa gélida.
Alberto Fábregas era patético. Un imbécil inflado de ego, cegado por la vanidad y estrangulado por las deudas de una mujer codiciosa. El tipo se creía un tiburón del derecho, pero no era más que un cordero tembloroso firmando gustoso su propia sentencia de muerte.
Personajes como él son mis favoritos: hombres débiles que venden su dignidad por un par de dólares y que, cuando las cosas salgan mal, servirán como el chivo expiatorio perfecto para ir a prisión en mi lugar.
Para el mundo exterior, soy un respetable inversionista internacional. Para quienes realmente conocen el submundo corporativo, soy el cerebro detrás del desvío de capitales más grande de la región. Sin embargo, mi estructura perfecta acababa de sufrir una grieta que no me podía permitir ignorar.
Tuve que abandonar apresuradamente mi país de origen por culpa de una sola persona. Una abogada maldita que, con una astucia implacable, desmanteló una de mis redes de lavado en un juicio mercantil la semana pasada. Me quitó millones en un solo golpe de mazo y dejó expuestas tres de mis sociedades fachada. No conocía su rostro, pero su nombre quedó grabado con fuego en mi lista negra: la Doctora Elena Torreslba. Que esa mujer hubiera cruzado fronteras y estuviera operando en esta misma ciudad no era una coincidencia; era una amenaza directa a mi supervivencia.
Acomodé el auricular invisible en mi oído mientras cruzaba el vestíbulo del edificio y subía al asiento trasero de mi camioneta blindada. El chofer cerró la puerta y arrancó de inmediato.
—¿Señor Fernández? —resonó la voz distorsionada de mi jefe de seguridad a través de la línea segura.
—El idiota de Fábregas ya firmó —respondí con voz baja, plana, privada de cualquier rasgo de humanidad—. Pongan a trabajar a sus contadores en las doce empresas fantasma. Si la policía o la fiscalía empiezan a rastrear el dinero, que todas las pistas lleven directamente a la firma de Fábregas. Cuando el barco se hunda, él será el único en irse al fondo del océano.
—Entendido, señor. ¿Y qué hacemos con la interferencia del Imperio Durán?
Al escuchar ese nombre, apreté el puño hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
El Imperio Durán. Christopher Durán, el multimillonario CEO de ese conglomerado, me había jurado la guerra años atrás tras descubrir el desfalco que intenté hacerle a una de sus filiales. Ese hombre poseía recursos ilimitados, una red de inteligencia privada y una sed de venganza que lo llevaba a perseguirme como un sabueso sin descanso.
Sabía que Durán estaba financiado e impulsando los bufetes legales que investigaban mis movimientos.
—Dejen que Durán siga buscando fantasmas —ordené con una frialdad sanguinaria—. Mientras Fábregas esté al frente dando la cara y sirviendo de escudo humano, tendremos tiempo suficiente para vaciar las cuentas y desaparecer. Pero investiguen de inmediato a esa abogada, a Elena Torrealba. Quiero saber quién es, dónde vive, quiénes son sus debilidades y qué come a cada hora del día.
Hice una pausa, mirando a través de la ventana polarizada la ciudad iluminada por las luces de la noche.
—Si esa mujer vuelve a interponerse en mi camino o intenta tocar mis estructuras... no me molestaré en destruirla en un tribunal. La enterraré dos metros bajo tierra junto a cualquiera que lleve su apellido.
Elena se había metido en una guerra que no le incumbía y ahora debía pagar las consecuencias de sus actos.