Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 6
Capítulo 6: La marca en la muñeca
Tres días.
Tres días sin dormir más de cuatro horas seguidas. Tres días con el teléfono en la mesita de noche como una granada sin seguro, esperando otro mensaje que no llegó.
Valentina había respondido. A las dos de la mañana del segundo día, con los dedos helados y el corazón latiéndole en la garganta, había escrito dos palabras:
"¿Quién eres?"
No hubo respuesta. El mensaje apareció como entregado, pero nadie contestó. Y eso fue peor que cualquier respuesta posible, porque significaba que quien fuera estaba ahí, leyendo, decidiendo cuándo hablar y cuándo callar.
"Mariposa."
¿Damián? ¿Cómo iba a ser Damián si no tenía su número? ¿Cómo iba a tener el número de un teléfono que solo Nicolás conocía?
El tercer día, Valentina estaba en la cocina preparando café cuando escuchó la puerta del estudio abrirse.
Los pasos de Nicolás cruzaron el pasillo. Lentos. Medidos. El sonido de un hombre que no tiene prisa porque ya sabe lo que va a encontrar.
Valentina dejó la cuchara en el plato. Algo en la cadencia de esos pasos le erizó la nuca.
Nicolás apareció en la puerta de la cocina con el teléfono de ella en la mano.
No el suyo. El de ella.
—¿Puedes explicarme esto? —dijo, y su voz era suave. Demasiado suave.
Valentina sintió cómo el aire se le espesaba en los pulmones.
—¿Qué haces con mi teléfono?
—Respóndeme. —Levantó la pantalla hacia ella. El mensaje estaba ahí, abierto: "Cuídate, mariposa." Y debajo, la respuesta de Valentina: "¿Quién eres?"—. ¿Quién te escribió esto?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? —Nicolás dio un paso hacia ella. La cocina era grande, pero de pronto pareció encogerse—. Un número desconocido te escribe a un teléfono que nadie debería tener, y tú le respondes. ¿Y no lo sabes?
—Nicolás, te juro que no sé quién es.
—Yo no te pregunté si lo juras, mi niña. Te pregunté por qué le respondiste.
"Mi niña." La cadena. Siempre la cadena.
—Fue un impulso. Quería saber quién...
—¿Un impulso? —La interrumpió, y algo cambió en su cara. La máscara de paciencia se agrietó como porcelana golpeada—. ¿Tienes idea de lo que podría pasar si alguien te rastrea por ese mensaje? ¿Si alguien confirma que este número es tuyo?
—No pensé que...
—No pensaste. —Dos pasos más. Ahora estaba a un brazo de distancia—. Eso es exactamente el problema. No piensas.
Valentina retrocedió hasta que su espalda tocó el borde de la estufa. El metal frío le mordió la cintura.
—Nicolás, tranquilo. Te estoy diciendo la verdad.
—La verdad. —La palabra salió de sus labios como algo podrido—. Hace tres noches me miraste a los ojos y me dijiste que no habías hablado con nadie más en el club. Y ahora descubro que alguien tiene este número. Alguien que te llama "mariposa". ¿Quién te llama así, Valentina? ¿Quién?
—No lo sé. —Le temblaba la voz y lo odiaba, odiaba que le temblara—. Te lo juro, no sé quién es.
Nicolás la tomó de la muñeca izquierda.
No como se toma una mano para guiar. No como se sostiene un brazo para detener una caída. La apretó. Los dedos se cerraron sobre su piel como un grillete de hueso, con una fuerza que hizo que los tendones le crujieran.
Valentina jadeó.
—Nicolás, me estás lastimando.
—Escúchame bien. —Su cara estaba a centímetros de la de ella. Los ojos le brillaban con algo que Valentina no le había visto nunca antes, o que tal vez siempre había estado ahí y ella se había negado a reconocer—. No vas a volver a responder un mensaje sin que yo lo vea primero. No vas a hablar con nadie que yo no haya aprobado. ¿Me entiendes?
—Suéltame.
—¿Me entiendes?
—¡Suéltame! —gritó, y la palabra le salió rota, aguda, como un cristal al romperse.
Nicolás la soltó.
Valentina se llevó la muñeca al pecho. Dolía. Dolía de verdad, un dolor que le vibraba hasta el codo. Bajó la vista y vio las marcas: cuatro líneas rojas donde los dedos de él habían sido, la piel ya hinchándose.
El silencio que siguió fue como el que viene después de una explosión. Todo quieto. Todo destruido.
Nicolás retrocedió un paso. Miró su propia mano como si perteneciera a otro. Luego la dejó caer a un lado.
—Valentina...
Ella no lo miró. Tenía los ojos clavados en su muñeca, en esas cuatro marcas que empezaban a ponerse moradas.
—No quise... —Nicolás pasó una mano por su cabello, y de pronto su voz era otra. Más baja. Más suave. El tono de un hombre que sabe exactamente qué decir después de romper algo—. Perdóname. Me asusté. Ese mensaje... alguien sabe dónde estás, alguien tiene acceso a ti, y yo no puedo... no puedo perderte, ¿entiendes?
Valentina siguió sin mirarlo.
—Todo lo que hago es para protegerte —continuó él, y se acercó de nuevo, despacio, como quien se acerca a un animal herido—. Tu padre me pidió que te cuidara. Me lo hizo jurar. Y no puedo cumplir esa promesa si tú no me ayudas.
"Tu padre."
Siempre su padre. La deuda. La promesa. La cadena invisible que la amarraba a esa casa, a ese hombre, a esa vida que se estrechaba como un pasillo sin puertas.
—Esto no va a volver a pasar —dijo Nicolás, y ahora su voz era suave como seda, como la mano que no la había apretado—. Te lo prometo. Pero necesito que confíes en mí. Necesito que entiendas que lo hago porque te quiero, Valentina. Porque eres lo único que me queda.
Valentina tragó saliva. El sabor le supo a hierro.
—Dame el teléfono —dijo ella, extendiendo la mano.
—No. —Nicolás lo guardó en el bolsillo de su pantalón—. Ya no lo necesitas. Si necesitas algo, me lo dices a mí.
—Nicolás...
—No es negociable.
Esa frase otra vez. La puerta que se cierra. El candado que gira.
Nicolás se dio la vuelta y caminó hacia su estudio. Valentina lo siguió sin pensar, moviéndose por un impulso que no entendió hasta que ya estaba en el umbral.
—No entres —dijo él sin girarse.
Pero ya era tarde. Valentina ya estaba parada en la puerta del estudio, y sus ojos ya habían encontrado lo que no buscaban.
Nicolás abrió la caja fuerte empotrada en la pared detrás del escritorio. Una caja fuerte que Valentina había visto cientos de veces pero que nunca había visto abierta. Él metió el teléfono adentro, junto a un fajo de billetes, dos pasaportes y una pistola negra.
Cerró la caja con un código de seis dígitos.
Pero antes de que la puerta de acero se cerrara, Valentina vio algo más. En la pared de la oficina, junto a la caja fuerte, había un marco que siempre había estado ahí. Siempre lo había ignorado, como se ignora un mueble que forma parte del paisaje.
Ahora lo vio.
Una fotografía vieja, con bordes amarillentos y esa textura granulada de las fotos de los noventa. Dos hombres jóvenes, de pie en algún lugar que parecía un almacén o una bodega. El primero era su padre. Lo reconoció de inmediato: la misma mandíbula, la misma frente ancha, los mismos ojos que ella veía en el espejo cada mañana. Sonreía. No tenía más de veinticinco años.
El segundo hombre era alguien que Valentina no reconoció. Más alto, más delgado, con una expresión que no era exactamente una sonrisa pero que tampoco era hostil. Un rostro que no le decía nada.
Sobre la mesa entre ambos, como un objeto casual, como un cenicero o una botella, había una pistola.
—Valentina. —La voz de Nicolás le cortó la mirada—. Dije que no entraras.
Ella retrocedió un paso. Luego otro.
—¿Quién es el hombre en esa foto? —preguntó—. El que está con mi padre.
Nicolás la miró desde el otro lado del escritorio. Su expresión era completamente neutra, como una pared sin ventanas.
—Nadie que necesites conocer —dijo, y cerró la puerta del estudio.
Valentina se quedó sola en el pasillo.
Se miró la muñeca. Las marcas se habían oscurecido. Cuatro dedos impresos en su piel como una firma.
"Lo hago porque te quiero."
"Tu padre me lo pidió."
"Esto no va a volver a pasar."
Bajó la manga de la sudadera hasta cubrirse los dedos. Caminó a su cuarto, cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama.
No lloró. No gritó. Se quedó muy quieta, mirando la pared como si pudiera ver a través de ella, y pensó:
"Mi padre tenía una pistola sobre la mesa. Y Nicolás lo sabía. Y nunca me lo dijo."
La herida del costado le pulsaba debajo de la venda. La muñeca le ardía encima de la manga.
Y en algún lugar de esa casa, su teléfono estaba encerrado en una caja fuerte con una pistola y dos pasaportes que no eran suyos.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?