Guillermo Lombardi. Heredero único del consorcio naviero más grande de europa, una noche tras un accidente catastrófico fue salvado por alguien que no logro ver su rostro con claridad.
En su desesperación por encontrarla el destino le hizo una mala jugada que no fue capaz de reconocerla cuando la tuvo enfrente.
Acompañe en está nueva obra. Encontrará Guillermo a la chica que lo salvó esa noche, o terminará casándose con la equivocada.
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Estaba más que aterrada
El apellido y los nombres que tanto cuidaron durante años quedarían manchados.
—Encuéntrenla —ordenó Claudine a los empleados, con una frialdad que apenas ocultaba el pánico—. Revisen cada propiedad. Cada contacto.
Isabella entró al despacho.
—¿Qué está pasando?
Su madre la miró.
—Tu hermanastra decidió jugar a la mártir.
Isabella cruzó los brazos.
—¿Se fue por el compromiso de esta noche?
Claudine no respondió directamente, pero su mirada lo confirmó.
Isabella palideció.
—¿Y ahora qué haremos?
Esa era la pregunta que Claudine no quería formular en voz alta.
Porque la respuesta era aterradora.
Sin Lucía, no había trato.
Sin trato, Armand Valois podría sentirse insultado.
Y un hombre como él no toleraba el ridículo.
Si la noticia de la fuga llegaba a sus oídos antes de que pudieran justificarla, podría interpretarse como un engaño deliberado. Una burla.
Y entonces no solo perderían la alianza. Ganarían un enemigo.
Claudine caminó de un lado a otro del despacho.
—Nadie debe saberlo.
—Es imposible ocultarlo mucho tiempo —advirtió el señor Montemayor.
—Entonces diremos que está enferma. Que necesitó reposo.
—¿Y cuando Armand exija verla?
Claudine apretó los dientes.
—La encontraremos antes.
Pero el miedo no se disipaba.
Porque conocía a Lucía.
No era impulsiva. No era torpe.
Si se marchó, fue con un plan.
Y eso significaba que podían estar a punto de enfrentar no solo una fuga, sino una declaración pública.
Claudine comenzó a imaginar titulares.
Investigación financiera.
Abuso de herencia.
Compromiso forzado.
Cada imagen era una cuchillada.
La alta sociedad no perdona el ridículo.
Y la familia Montemayor vivía del prestigio.
Esa tarde, las llamadas comenzaron a circular discretamente. Contactos en bancos. Amigos en notarías. Viejos aliados que podían proporcionar información.
Pero nadie sabía nada.
Lucía había desaparecido con precisión quirúrgica.
Isabella, por primera vez, no parecía altiva. Parecía inquieta.
—¿Y si regresa con abogados?
La sola idea hizo que Claudine se detuviera en seco.
Porque si Lucía iniciaba un proceso legal, los libros contables serían revisados.
Y algunas inversiones… no estaban del todo claras.
El señor Montemayor padre de Lucia se dejó caer en la silla.
—Nunca debimos presionarla tanto.
Claudine lo miró con furia.
—¿Ahora te arrepientes? ¿Después de usar su dinero durante años?
Él guardó silencio.
La verdad era incómoda.
Habían asumido que Lucía era demasiado dócil para enfrentarlos. Demasiado aislada para tener aliados.
Pero habían subestimado su carácter.
Y subestimar a alguien con derecho legal era un error costoso.
El miedo de Claudine comenzó a transformarse en algo más oscuro.
Humillación.
Imaginó a las otras mujeres de su círculo social murmurando detrás de abanicos invisibles.
“La hijastra huyó.”
“Intentaron venderla.”
“Están en quiebra.”
No.
Eso no podía suceder.
Claudine se acercó a la ventana del despacho y observó el patio vacío.
—¿Quién la llevó? —preguntó de pronto.
El señor Montemayor frunció el ceño.
—¿Cómo que quién?
—No pudo irse sola.
Un empleado fue llamado.
—El chofer la llevó esta mañana, señora.
El mundo pareció inclinarse.
El chofer.
Ese hombre silencioso que Claudine apenas había considerado relevante.
—¿El nuevo?
—Sí, señora.
Claudine sintió un presentimiento frío recorrerle la espalda.
Había algo en él que nunca le gustó.
Demasiado discreto.
Demasiado observador.
¿Y si no era solo un empleado?
Isabella intervino:
—¿Y si él la convenció?
La posibilidad abrió un nuevo abismo.
Si Lucía no estaba sola…
Si tenía apoyo…
Entonces la situación era aún más peligrosa.
Claudine se dejó caer lentamente en la silla.
Por primera vez en años, no tenía el control absoluto.
Había construido su vida sobre la manipulación cuidadosa de cada pieza. Había movido a su esposo como un recurso. Había elevado a Isabella como joya social. Había reducido a Lucía a la sombra.
Y ahora la sombra se había marchado.
Y con ella, la estabilidad precaria que sostenía todo.
El miedo se transformó en algo visceral.
No solo temía perder dinero.
Temía perder poder.
Esa noche, la mansión Montemayor se sintió diferente. Los pasillos parecían más largos. Las luces más frías.
Claudine no cenó.
Se quedó en el despacho revisando contratos, intentando calcular cuánto tiempo podrían sostener la mentira.
Armand Valois no era paciente.
Si la noticia llegaba a él desde otra fuente, la humillación sería doble.
Claudine cerró los ojos.
Visualizó el peor escenario:
Una demanda pública.
Un compromiso cancelado.
La prensa husmeando.
Los socios retirando inversiones.
El apellido Montemayor convertido en advertencia. Y si Lucia reclamaba su apellido el golpe sería mayor. Por qué ella era la única Montemayor por derecho y ante las leyes.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—No —murmuró para sí misma—. No permitiré que esa niña me destruya.
Pero en el fondo sabía algo inquietante.
Lucía ya no era una niña.
Era una heredera legítima.
Y cuando una heredera decide reclamar lo que es suyo, las estructuras construidas sobre mentiras comienzan a agrietarse.
Claudine abrió los ojos con determinación renovada.
Si Lucía quería guerra…
La tendría.
Porque la peor humillación no sería la fuga.
Sería perder ante ella.
Y Claudine no estaba dispuesta a caer sin luchar.
Mientras que por otro lado, Lucia llegaba a la casa en Niza, era más pequeña de lo que Lucía recordaba, pero tenía algo que ninguna de las mansiones que había habitado poseía: silencio verdadero.
No el silencio tenso de los pasillos Montemayor, cargado de miradas y reproches. No el silencio elegante de los salones donde cada palabra se medía como si fuera una inversión. Este era distinto. Era el murmullo lejano del mar mezclado con el viento nocturno que movía los pinos del jardín.
Guillermo estacionó el automóvil frente a la fachada de piedra clara. La luna iluminaba los balcones con una luz plateada suave.
Lucía bajó primero. Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando la casa como si estuviera frente a un recuerdo vivo.
—Mi madre decía que aquí el aire era distinto —murmuró.
Guillermo la observó en silencio.
No estaba viendo solo una propiedad. Estaba viendo el único lugar donde Lucía podía ser ella misma sin máscaras.
Entraron.
El interior conservaba muebles cubiertos por sábanas blancas. El olor a madera antigua y sal marina impregnaba cada rincón. Lucía encendió algunas lámparas y la luz cálida reveló un salón acogedor, con una chimenea de piedra y grandes ventanales.
—No es una mansión —dijo ella suavemente.
—No necesita serlo —respondió Guillermo.
Se quitaron las chaquetas. Lucía abrió algunas ventanas para dejar entrar el aire fresco. Guillermo encendió la chimenea con movimientos cuidadosos.
Que pensará y hará Isabella porque sus planes se le están escapando de sus manos 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Guillermo termina de una vez en decirle a Lucia que le gustas que estás babeando 🤤🤤🤤 por ella.
Lucia a medida que vas leyendo cada documento te das cuenta que la fortuna que dejo tu madre es mayor de lo que tu imaginabas.
Que paso Isabella tu orgullo está herido porque Guillermo Lombardi termino lo que nunca empezó bien y ahora lo quieres comprometer sutilmente ojalá que se de cuenta y no te siga el juego.
Claudine zorra vieja le estás preparando según tu idea el vestido, las joyas y que es lo que tiene que hacer Isabella para que quede Guillermo comprometido socialmente y no pueda salirse sin armar un escándalo.
Que mentira le dirán a Armand Valois 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
Todos los planes que tenían las víboras se les fue por el caño de casar a sus hijas con magnates para seguir aparentando en sociedad.
Guillermo que harás con esa verdad de que fue Lucia quien te salvó esa noche y no Isabella 🤔🤔🤔❓❓❓❓