Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El video
Helena se había quedado dormida a mitad de la película. La luz azulada de la pantalla parpadeaba sobre su rostro, iluminando las pestañas negras y la curva suave de su mejilla. Sebastian la miró un largo rato, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá. Ella respiraba despacio, con una mano todavía apoyada sobre su pecho, como si incluso dormida necesitara asegurarse de que él seguía allí.
Él esperó hasta que su respiración se hizo más profunda. Entonces se levantó con cuidado, le acomodó la manta hasta los hombros y salió del departamento sin hacer ruido. La puerta se cerró con un clic suave.
Helena no se enteró.
Tampoco se enteró de la hora en que regresó, horas después, con el cabello ligeramente húmedo de la ducha que se había tomado en otro lugar y el olor a colonia nueva que intentaba cubrir el rastro de alguien más.
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba a raudales por los ventanales. Helena despertó primero. Se incorporó despacio, todavía envuelta en la manta, y miró a Sebastian dormido a su lado. Llevaban un año juntos y él nunca había presionado. Nunca había intentado más de lo que ella permitía. Besos largos, caricias por encima de la ropa, noches en las que se quedaban abrazados hasta quedarse dormidos… pero nada más.
Helena se mordió el labio inferior. Tenía miedo. Un miedo estúpido, vergonzoso, que no se atrevía a confesar. Allie y Antonia le habían contado mil veces cómo dolía la primera vez, cómo se sentía raro, cómo algunas chicas sangraban. Y aunque ella sabía que no todas las experiencias eran iguales, el miedo se le había metido bajo la piel y no quería salir. Prefería que Sebastian pensara que simplemente no estaba lista, a tener que admitir que era virgen y que la idea de que él entrara en ella la aterraba casi tanto como la emocionaba.
Sebastian abrió los ojos de golpe, como si hubiera sentido su mirada.
—Buenos días, hermosa —dijo con la voz ronca del sueño. Se estiró y le atrajo la cintura para besarla en la frente—. Dormiste como un tronco.
—Tú también —respondió ella, sonriendo un poco. No le preguntó a qué hora había llegado. No quería saber.
Él se sentó en la cama y se pasó una mano por el cabello.
—Oye… hoy llega mi tío. Quiero que lo conozcas.
Helena parpadeó.
—¿Tu tío? ¿El de Londres?
—El mismo. El que sostiene todo esto —Sebastian hizo un gesto vago hacia el departamento, hacia la ciudad, hacia la fortuna que todos sabían que no era exactamente suya—. El abuelo materno le dejó casi todo. Él lo ha multiplicado. Es… alguien a quien respeto mucho. Y quiero que te conozca. Que sepa que eres importante para mí.
Helena sintió un nudo cálido en el pecho. Asintió.
—Claro. Me pondré algo presentable.
Sebastian sonrió, la besó una vez más y se levantó a ducharse. Mientras el agua corría, Helena se quedó mirando la puerta del baño, preguntándose cuánto tiempo más podría seguir escondiendo ese miedo que la hacía sentirse pequeña.
La universidad olía a café y a hojas de otoño. Helena bajó del auto de Sebastian con el corazón todavía un poco acelerado por la conversación de la mañana. Allie y Antonia la esperaban en las escaleras de la facultad de Derecho, exactamente donde siempre.
Allie, pelirroja y de lengua afilada, levantó una ceja apenas la vio.
—Llegas con cara de quien ha pasado la noche en casa del novio millonario. Confiesa.
Antonia, más baja, de rizos castaños y sonrisa fácil, le dio un empujoncito amistoso.
—Deja de acosarla, Allie. Mejor cuéntanos si ya decidiste qué te vas a poner para el simposio de Londres. Porque yo estoy entre el vestido negro y el traje de chaqueta, y no puedo más.
Helena se acomodó la mochila al hombro y sonrió, dejando que la energía de sus amigas la arrastrara.
—Todavía no miro ni el closet. Pero estoy emocionada. Tres días en Londres, ponencias, networking… y lejos de mi padre y de Louis por un rato.
—Lejos de Louis es casi vacaciones —bromeó Allie—. Ese hermano tuyo da miedo cuando se pone en modo abogado protector.
Antonia sacó el teléfono y les mostró una foto del hotel donde se alojarían.
—Mira, mira. Tiene jacuzzi en la habitación. Si Sebastian va…
—No va —interrumpió Helena, un poco más rápido de lo necesario—. Tiene compromisos con su tío. Además… todavía no estamos en ese punto.
Allie y Antonia intercambiaron una mirada rápida. Sabían exactamente a qué se refería. Nunca lo habían presionado, pero tampoco habían dejado de notar que, después de un año, Helena seguía sin dar ese paso.
—Cuando estés lista, lo estarás —dijo Antonia con suavidad—. No hay prisa.
Helena iba a contestar cuando los teléfonos de las tres vibraron al mismo tiempo. Luego el de una chica que pasaba cerca. Luego el de un grupo de chicos en el césped. En cuestión de segundos, casi todos los celulares del campus empezaron a sonar o a iluminarse con la misma notificación.
Allie fue la primera en abrirla.
El color se le drenó de la cara.
—No… no, no, no…
Antonia miró la pantalla y se tapó la boca con ambas manos.
Helena, con un nudo de hielo subiéndole por la garganta, desbloqueó el suyo.
El video empezaba borroso, grabado desde un ángulo alto, probablemente un teléfono apoyado en alguna superficie. Pero la imagen se enfocaba lo suficiente. Camila Vargas —su compañera de varias clases, su rival académica desde el primer semestre, la chica de pelo rubio y sonrisa triunfal que siempre la miraba como si le sobrara el aire— estaba de rodillas sobre una cama de hotel. Y detrás de ella, con las manos firmes en sus caderas, estaba Sebastian.
No había duda. La cicatriz pequeña que tenía en el hombro izquierdo, el reloj que Helena le había regalado por su cumpleaños, la forma en que inclinaba la cabeza cuando gemía… todo era él.
El audio era bajo, pero se oía la voz de Camila riendo entre jadeos:
—Así… justo así… ¿tu noviecita se entera de esto?
Sebastian no contestó. Solo siguió moviéndose.
Helena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El ruido del campus se volvió un zumbido lejano. Allie le agarró el brazo.
—Helena… respira. Por favor, respira.
Antonia ya estaba borrando la notificación con dedos temblorosos, como si eso pudiera hacer que el video dejara de existir.
Pero era demasiado tarde. El video ya estaba en todas partes. En los grupos de WhatsApp de la facultad. En las historias de Instagram. En los correos anónimos que empezaban a llegar a los profesores.
Helena se quedó mirando la pantalla hasta que la imagen se congeló en el rostro de Sebastian, concentrado, perdido en el placer, completamente ajeno a la destrucción que acababa de soltar sobre la única mujer a la que decía amar.
El teléfono se le resbaló de los dedos y cayó sobre el concreto con un ruido seco.
Allie la abrazó por un lado. Antonia por el otro. Pero Helena no sentía los brazos. Solo sentía el vacío abriéndosele en el pecho, frío y absoluto, mientras el nombre de Camila Vargas y el de Sebastian Scott se convertían en el mismo susurro venenoso que corría de boca en boca por todo el campus.