Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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### Capítulo 14 — No aclares que oscurece
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, el plan ya estaba en marcha.
Los hombres habían estado esperando momento indicado.
Anna se había alejado unos metros de Felix y estaba a punto de subir al Uber cuando una camioneta negra frenó de golpe junto al vehículo.
No tenía matrícula.
Las puertas se abrieron y varios hombres, con el rostro cubierto por máscaras, bajaron rápidamente.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Anna apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—¡Ayuda! ¡Felix!
Los hombres la sacaron del Uber y la obligaron a subir a la furgoneta.
—¡Felix!
Los gritos de Anna atravesaron la calle.
Felix se quedó paralizado durante un instante.
Después reaccionó.
—¡ANNA!
Corrió hacia la camioneta, pero ya era demasiado tarde.
La furgoneta arrancó a toda velocidad y desapareció de su vista.
Felix quedó parado en medio de la calle, respirando con dificultad, completamente desesperado.
Sacó su teléfono y marcó inmediatamente.
—Theo, contestá...
La llamada fue atendida.
—¿Qué pasó?
—¡Se llevaron a Anna! —gritó Félix—. ¡La secuestraron delante mío!
Del otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.
Theo sabía perfectamente que Félix no estaba exagerando.
Tenía veintitrés años y había conocido a Félix durante el tiempo que ambos habían estado en el extranjero. Había viajado junto a él a Inglaterra porque tenía que ocuparse de algunos trámites y negocios que su padre le había confiado.
Theo no era solamente su amigo.
También era su socio y una de las personas en las que Félix más confiaba.
Su familia estaba acostumbrada a moverse entre negocios que no siempre podían explicarse públicamente.
El padre de Theo, además, tenía una razón muy personal para no volver a Inglaterra.
Años atrás había perdido allí a la mujer que amaba y también a su pequeña hija, Leah.
Desde aquel momento, jamás había vuelto a pisar Inglaterra.
Por eso, cuando necesitaba resolver asuntos en ese país, enviaba a su mano derecha o a su propio hijo.
—Contame exactamente qué pasó —ordenó Theo.
Félix le explicó todo rápidamente.
—No sé quiénes son. La camioneta no tenía matrícula. Tenían la cara cubierta.
—¿Viste hacia dónde fueron?
—No. Desaparecieron demasiado rápido.
Theo se puso de pie.
—No te muevas de ahí.
—Voy a encontrarla —respondió Félix—. No me importa cuánto cueste.
Theo sabía que aquella no era una amenaza vacía.
—La vamos a encontrar.
Sin perder tiempo, comenzaron a movilizar a toda su gente.
Llamaron a contactos, revisaron cámaras de seguridad y empezaron a buscar cualquier rastro que pudiera indicar hacia dónde había sido llevada la furgoneta.
Félix estaba fuera de sí.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo de verdad.
No por él.
Por Anna.
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La noticia tampoco tardó en llegar a oídos de Camile.
Ella había escuchado accidentalmente una conversación entre su padre y el padre de Félix.
Y había comprendido algo que la llenó de rabia.
Félix no estaba buscando a cualquier persona.
Estaba buscando a Anna.
A su querida prima.
La misma mujer que Camile había visto como una amenaza durante años.
La misma que, según ella, siempre aparecía para quitarle todo lo que consideraba suyo.
Camile entró a su habitación hecha una furia.
Cerró la puerta de un golpe y comenzó a tirar todo lo que encontraba a su paso.
Un almohadón.
Un florero.
Algunos objetos que estaban sobre su escritorio.
—¡Maldita perra! —gritó.
Su respiración estaba acelerada.
—¡Con ese complejo de Cenicienta!
Tomó otro objeto y lo arrojó contra la pared.
—¡Siempre detrás de mi prometido!
Camile se dejó caer sobre la cama, pero la rabia no disminuyó.
Sus ojos estaban llenos de odio.
—Te voy a encontrar, huérfana maldita.
Apretó los puños.
—Y esta vez no vas a quitarme nada.
Mientras Camile descargaba su furia en aquella habitación, Félix y Theo movilizaban a todos sus hombres para encontrar a Anna.
Pero ninguno de ellos sabía todavía quién estaba detrás del secuestro.
Y mucho menos por qué habían decidido llevársela.
Porque aquel secuestro no era solamente por Félix.
Era por un secreto que llevaba diecisiete años enterrado.
Un secreto que, si salía a la luz, podía cambiar para siempre la vida de Anna