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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:479
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7: El algoritmo del martini

A las siete y media de la tarde, el departamento de Gabriel olía a vapor de seda, lavanda y al perfume dulce que Valeria había encontrado en el tocador del dormitorio principal —un frasco de cristal tallado sin etiqueta que olía a bergamota y madera blanca, probablemente formulado por algún alquimista de la firma para fijarse en la piel durante doce horas sin alterarse por el sudor o la magia residual—.

​Valeria estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero del vestidor.

​El vestido que Gabriel había hecho entregar a las cuatro de la tarde por una mensajera silenciosa no era un trapo elegante cualquiera. Era una pieza de seda verde esmeralda, casi negra en las sombras pero de un brillo profundo bajo la luz artificial, con un corte asimétrico que dejaba al descubierto su hombro izquierdo y caía en pliegues fluidos hasta rozar sus tobillos. La espalda quedaba al descubierto hasta la zona lumbar, revelando la curva limpia de su columna y la parte superior de la cicatriz rosada que se había hecho en el sótano de la casona, la cual ya no dolía, pero mantenía una sensibilidad extraña al tacto.

​—Si esto es un uniforme de trabajo, Thorne —murmuró Valeria a su propio reflejo, ajustándose una correa delgada en el tobillo derecho—, me voy a tener que sindicalizar.

​Las sandalias de tacon fino eran de cuero negro pulido, sorprendentemente cómodas gracias a una suela flexible que parecía diseñada más para correr sobre adoquines que para desfilar por un restaurante de lujo. Valeria sospechaba que el propio Gabriel había insistido en modificar el calzado para que ella no pudiera quejarse de que los tacones limitaban su "movilidad táctica".

​Cuando salió al salón principal, Gabriel ya la esperaba junto a la mesa de trabajo.

​Llevaba un esmoquin de corte italiano en color azul noche, confeccionado con una lana tan fina que parecía absorber la luz. La camisa blanca de cuello diplomático estaba abotonada hasta arriba con gemelos de plata con forma de nudo celta, y la pajarita negra lucía un nudo perfecto que habría hecho llorar de envidia a cualquier sastre de Savile Row.

​Gabriel estaba de espaldas, revisando un maletín de cuero más pequeño que el habitual, del que extrajo una pequeña petaca de plata y un pañuelo de seda doblado. Al escuchar el leve chasquido de los tacones de Valeria contra el roble del suelo, se giró.

​El movimiento de Gabriel se detuvo a mitad de camino. Sus ojos azules, habitualmente calculadores, recorrieron el cuerpo de Valeria desde el moño despeinado pero elegante que se había hecho en el pelo hasta la punta de sus sandalias. Un silencio denso y electrizado se apoderó de la estancia durante tres segundos enteros.

​—Las especificaciones de talla que le envié al taller eran correctas —dijo Gabriel finalmente. Su voz era más grave de lo habitual, un murmullo denso que hizo que el pulso de Valeria se acelerara al instante.

​—Vaya piropo, Don Frío —contestó ella, caminando hacia él con un contoneo deliberado que hizo que la seda verde ondulara alrededor de sus piernas—. Esperaba algo como "estás deslumbrante" o "me dan ganas de romper la regla número seis", pero supongo que "las especificaciones eran correctas" es el equivalente a un poema de amor en tu idioma.

​Gabriel no sonrió, pero dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos hasta que Valeria pudo oler el aroma fresco de su loción para después del afeitado mezclado con la bergamota de su propio perfume. Le tomó la mano derecha —la que aún conservaba una fina marca blanca donde se había vendido la piel— y rozó el dorso con sus labios sin quitarle la mirada de encima.

​—Está estéticamente fuera de cualquier parámetro de control, señorita Gómez —susurró él contra su piel—. Y el color verde resalta la pigmentación de sus ojos de una forma que resulta profundamente distractora para mi capacidad de análisis.

​—Eso está mucho mejor —sonrió Valeria, apretándole los dedos—. ¿Llevas armas encima o esta vez solo vamos a atacar al tenedor del pescado?

​Gabriel se ajustó la chaqueta del esmoquin con un gesto fluido, aunque el leve abultamiento bajo la axila izquierda revelaba la presencia de su funda de cuero sobacos.

​—Una daga de bronce consagrada en la funda interior, un frasco de reactivo de atenuación en el bolsillo derecho y este pañuelo —dijo sacando la tela de seda—. El pañuelo está impregnado con una solución de sal marina y plata coloidal. Si algún comensal resulta ser una manifestación de grado menor, puedo sofocarla sin levantar la voz.

​—Eres incorregible, Gabriel —dijo ella sacudiendo la cabeza, aunque le pasó el brazo por el suyo con naturalidad—. Vamos a esa cena antes de que decidas bendecir la carta de vinos con agua de rosas.

​El restaurante L'Éclipse ocupaba la última planta de un antiguo palacio del siglo XIX restaurado con cristal y acero en la zona más exclusiva de la ciudad. El ascensor privado de cristal subió por el exterior del edificio, ofreciendo una vista panorámica de las luces nocturnas, el río que cruzaba el centro y las siluetas oscuras de los tejados góticos.

​Al abrirse las puertas, un maître con frac negro y bigote impecablemente recortado se inclinó con una reverencia casi militar al ver a Gabriel.

​—Señor Thorne. Es un honor absoluto volver a tenerlo con nosotros. Su mesa privada en la terraza acristalada está lista.

​—Gracias, Jean-Luc —respondió Gabriel con su tono neutro de negocios—. Asegúrese de que el servicio de sala sea continuo pero no invasivo. La señorita Gómez y yo estamos celebrando la resolución de un litigio inmobiliario.

​—Entendido perfectamente, señor —asintió el maître, guiándolos a través de un comedor iluminado por velas bajas donde caballeros con trajes a medida y mujeres cubiertas de joyas cenaban en susurros educados.

​La mesa reservada para ellos estaba en un mirador semicircular de cristal que sobresalía del borde del edificio. La vista de la ciudad bajo la lluvia fina era espectacular, y la separación entre su mesa y el resto del comedor garantizaba una intimidad casi absoluta.

​Valeria se acomodó en el sillón de terciopelo azul mientras Gabriel tomaba asiento frente a ella. Un camarero se acercó de inmediato con dos copas de cristal fino y una botella de champagne cuya etiqueta mostraba un año que Valeria solo había visto en los libros de historia de la universidad.

​—Un regalo de la casa para celebrar su victoria jurídica, señor Thorne —dijo el camarero sirviendo el líquido dorado que burbujeaba con una delicadeza extrema.

​Valeria esperó a que el camarero se retirara para tomar su copa y mirar a Gabriel por encima del borde del cristal.

​—¿Litigio inmobiliario, Thorne? —preguntó, alzando una ceja—. Pensaba que esto era la primera de las tres cenas que me debes por salvarte la vida.

​—La narrativa oficial debe mantenerse uniforme ante terceros, Valeria —explicó Gabriel, dando un sorbo corto al champagne—. Jean-Luc es el hermano de un inspector del Consejo Arcano. Si supiera que la heredera de Eugenio Alarcón está cenando conmigo veinticuatro horas después de un evento de Nivel 4 en la casona, habría tres informes de vigilancia en mi mesa mañana a primera hora.

​—Vaya, qué romántico. Así que soy tu secreto operativo.

​—Es usted mi prioridad operativa —corrigió Gabriel, mirándola fijamente a los ojos con una seriedad que disipó cualquier rastro de burla en el aire—. Y no hay nada secreto en el hecho de que deseo estar aquí con usted más de lo que he deseado cualquier otra actividad en los últimos diez años.

​Valeria sintió que el calor le subía a las mejillas. Bajó la copa y se apoyó sobre la mesa, buscando la mirada de él.

​—A veces se te olvida ser el tipo frío de los números, Gabriel. Y me gusta mucho más cuando se te olvida.

​—Es un fallo de contención que solo ocurre en su presencia, señorita Gómez —dijo él, aunque la comisura de sus labios se curvó en esa sonrisa leve que reservaba exclusivamente para ella.

​Cenaron despacio. La comida consistió en un desfile de platos diminutos que parecían obras de arte: vieiras marcadas con emulsión de trufa, solomillo de buey con reducción de vino añejo y una selección de quesos artesanales que Valeria devoró con el entusiasmo de quien lleva días comiendo sándwiches de plástico.

​A mitad de la cena, mientras el sonido de la lluvia contra el cristal de la terraza creaba una atmósfera cálida y aislada del mundo, Valeria miró el anillo de plata con un pequeño zafiro que Gabriel llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Era un objeto antiguo, con el metal desgastado por los años y el zafiro grabado con una sola runa diminuta.

​—Ese anillo no es del catálogo de tu firma, ¿verdad? —preguntó ella, señalándolo con la barbilla.

​Gabriel miró su mano izquierda. Su expresión se volvió reflexiva, pero no vaciló como la primera vez que hablaron de su pasado.

​—Perteneció a mi padre —dijo en voz baja—. Era el director de campo de la firma antes de que yo asumiera el cargo. Cuando murió en la incursión de las Catacumbas de San Marcos, este anillo fue lo único que recuperó el equipo de extracción.

​—¿Tu padre también era un cazador?

​—Todos los Thorne han sido analistas de contención desde hace cuatro generaciones —explicó Gabriel, haciendo girar el anillo despacio con el pulgar derecho—. Mi familia no combate a las entidades por deber moral ni por fe religiosa. Lo hacemos porque la física del mundo no tolera las anomalías sin pagar un precio en vidas humanas. Mi padre creía que si podíamos catalogar cada sombra, el mundo se volvería predecible y seguro.

​—Pero no lo es —dijo Valeria suavemente.

​—No —asintió Gabriel, mirándola—. No lo es porque el factor humano es inherentemente caótico. Mi padre murió porque no previó la traición de uno de sus propios analistas. Julián murió porque yo intenté aplicar una ecuación a un espacio que no respetaba la lógica. Y durante años pensé que la única forma de evitar más errores era eliminar cualquier emoción que pudiera nublar mi juicio.

​Valeria extendió la mano por encima de la mesa y cubrió la de él. La piel de Gabriel estaba tibia y firme bajo sus dedos.

​—¿Y sigues pensando lo mismo?

​Gabriel giró la mano para entrelazar sus dedos con los de ella, apretándolos con una fuerza serena.

​—Pensaba eso hasta que una mujer con una chaqueta de cuero rota me amenazó con pintarme la cara con aerosol y saltó desde una escalera para salvarme la vida —dijo Gabriel en un susurro que atravesó el sonido de la lluvia—. Esa mujer violó todas mis reglas, destruyó mis parámetros de seguridad y en cuarenta y ocho horas ha cambiado mi definición de lo que significa estar vivo.

​Valeria sintió un nudo dulce en la garganta. Sostuvo la mirada del especialista, sintiendo que la distancia entre sus dos mundos —el de la burocracia fría y el de su vida caótica— se había evaporado por completo en esa terraza suspendida sobre la ciudad.

​—Pues prepárate, Thorne —dijo ella con la voz un poco temblorosa pero con los ojos brillantes—, porque pienso seguir violando tus reglas durante mucho tiempo.

​—Espero que así sea, Valeria —respondió él, besando sus dedos con una lentitud que le hizo dar un vuelco al corazón.

​Cuando salieron del restaurante a las once de la noche, la lluvia había cesado, dejando las calles de la ciudad cubiertas por una capa de agua que reflejaba las luces de los neones y los faros de los coches como espejos líquidos.

​El Jaguar negro los esperaba junto a la acera, pero Gabriel le hizo un gesto a Mateo para que se mantuviera a distancia y miró a Valeria.

​—¿Le gustaría caminar un poco? —preguntó él, ofreciéndole el brazo—. La temperatura ha bajado tres grados, pero el aire está limpio de residuos electromagnéticos.

​—¿Caminar con estos tacones sobre el pavimento mojado? —Valeria sonrió con picardía—. ¿No es eso una violación de tu protocolo de movilidad táctica, Don Frío?

​—Tengo un agarre excelente en caso de que usted pierda el equilibrio, señorita Gómez —contestó Gabriel con imperturbable seguridad.

​Caminaron despacio por el paseo fluvial que bordeaba el río. El viento frío de la noche les agitaba la ropa, pero el brazo de Gabriel alrededor de su cintura la mantenía extrañamente abrigada. Las farolas de hierro fundido proyectaban sombras largas sobre el suelo de piedra, y el único sonido era el murmullo del agua corriendo hacia los puentes del centro.

​Se detuvieron en el medio de un viejo puente de piedra con arcos góticos que unía los dos lados de la ciudad histórica. Desde allí, la vista de las torres de la catedral iluminadas contra el cielo nocturno era imponente.

​—Mañana empieza el trabajo de verdad en la casona —dijo Valeria, apoyándose contra la barandilla de piedra y mirando el reflejo de las luces en la corriente del río—. Los arquitectos, las licencias de obras, el Consejo Arcano husmeando por los rincones...

​—Los arquitectos responderán directamente ante mí —aseguró Gabriel, colocándose a su lado y apoyando las palmas sobre la piedra—. Las licencias están clasificadas como asunto de seguridad regional, por lo que el ayuntamiento no intervendrá. Y respecto al Consejo... ya me he encargado de que no envíen a ningún inspector molesto.

​Valeria lo miró de lado, sonriendo con escepticismo.

​—¿Cómo te has encargado de eso? ¿Les has enviado un informe de mil páginas en arameo para que se aburran hasta la muerte?

​—He redefinido la Casona de los Cedros como un punto de observación operativo privado bajo la jurisdicción directa de mi firma —explicó Gabriel con absoluta frialdad—. Eso significa que nadie puede cruzar la verja de entrada sin mi autorización expresa por escrito.

​—O sea, que has reclamado mi casa como tu terreno de juegos.

​—He protegido su casa para que nadie vuelva a ponerla en peligro —corrigió él, girándose hacia ella y tomándola por la cintura para pegarla contra su cuerpo—. Y he asegurado un lugar donde usted y yo podamos trabajar sin que los burocrátas del Consejo intenten intervenir en nuestras decisiones.

​—"Nuestras decisiones" —repitió Valeria en un murmullo, rodeándole el cuello con los brazos—. Me gusta cómo suena eso, Capitán. Significa que ahora somos socios.

​—Significa que estamos vinculados por un contrato operativo no rescindible, señorita Gómez —dijo Gabriel, inclinando la cabeza hasta que sus labios rozaron los de ella—. Y por una serie de factores personales que no tengo ninguna intención de calcular.

​El beso en el puente fue lento, suave y cargado de una promesa de futuro que no necesitaba sellos de bronce ni frases en latín para ser real. Valeria se apretó contra él, sintiendo el calor de su cuerpo bajo la lana del esmoquin y el sonido tranquilo de la ciudad que continuaba girando a su alrededor, completamente ajena a las sombras que ellos dos habían vencido juntos.

​Cuando se separaron, Gabriel la miró durante un largo segundo antes de consultar su reloj de pulsera de plata.

​—Las doce y diez de la noche —declaró con su habitual tono inexpresivo—. La primera cena ha concluido oficialmente según los términos acordados.

​Valeria soltó una carcajada limpia y sonora que resonó bajo los arcos del puente de piedra.

​—Eres insoportable, Gabriel Thorne. Le quitas el romanticismo a todo en menos de un segundo.

​—Nos quedan dos cenas pendientes, Valeria —dijo él, tomándola de la mano mientras la guiaba de vuelta hacia el vehículo que los esperaba en el otro extremo del puente—. Y le aseguro que pienso exigir el cumplimiento estricto del contrato hasta la última cláusula.

​—Más te vale, Don Frío —sonrió ella, apretándole la mano con fuerza mientras caminaban juntos bajo las farolas de la ciudad nocturna—. Más te vale.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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