Esta historia comienza con una joven recién graduada de la universidad, llena de sueños y esperanzas por comenzar su vida profesional. Su carrera es Secretaria Ejecutiva, y después de buscar durante días, finalmente consigue una entrevista en una importante empresa. Allí conoce a su jefe, un joven de apenas 23 años, serio, atractivo y exitoso, quien decide darle una oportunidad y contratarla. Con el paso del tiempo, ambos comienzan a compartir momentos, conversaciones y experiencias que los acercan cada vez más. Sin darse cuenta, ella se enamora profundamente de él. Y, poco a poco, él descubre que también la ama.
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Capítulo 11: Mi respuesta
La verdad, me tomó por sorpresa lo que me dijo Hugo, pero a mí también me gustaba. Así que respiré profundo y le dije que sí.
—Sí, Hugo.
Él se quedó mirándome unos segundos, como si necesitara confirmar que había escuchado bien.
—¿Sí? —preguntó.
Sonreí.
—Sí, pues. ¿Cuántas veces querés que te lo diga?
Hugo soltó una pequeña risa y se pasó la mano por el cabello.
—No, pues... es que pensé que de pronto necesitabas más tiempo para pensarlo.
—Ya lo había pensado bastante.
—¿Y desde cuándo?
Me quedé callada por un momento.
—No sé exactamente desde cuándo —respondí—. Creo que fue pasando poquito a poquito.
Hugo sonrió.
—Entonces sí sentías algo por mí.
—Sí.
—Ve, Aby... me acabás de alegrar el día.
No pude evitar reírme.
—Vos también me alegraste el mío.
Se hizo un pequeño silencio entre los dos. Pero esta vez no era incómodo. Era diferente. Como si los dos estuviéramos tratando de acostumbrarnos a la idea de que finalmente habíamos dicho lo que llevábamos tanto tiempo guardándonos.
—Te voy a decir algo —comentó Hugo.
—Decime.
—Me daba miedo decírtelo.
Lo miré sorprendida.
—¿A vos?
—Sí, a mí. ¿Qué creías? Uno también siente nervios, ve.
—Yo pensé que nunca te ponías nervioso.
—Pues con vos sí.
Sonreí.
—No parece.
—Porque trato de disimularlo.
Me reí.
—Pues no te salió muy bien.
—Ya me di cuenta.
Hugo se levantó de su silla y caminó unos pasos, mientras yo todavía trataba de asimilar todo lo que acababa de pasar.
—Aby, yo quiero hacer las cosas bien.
—Yo también.
—No quiero que esto sea algo pasajero.
Sus palabras me hicieron sonreír.
—Yo tampoco quiero eso.
—Entonces vamos despacio.
—Me parece bien.
Hugo me miró directamente.
—¿Puedo invitarte a salir?
—¿Cuándo?
—Este viernes.
Pensé unos segundos y asentí.
—Está bien.
—¿Eso es un sí?
—Sí.
—Listo pues.
Volví a sonreír.
—Pero nada muy elegante.
—¿Cómo así?
—Quiero algo tranquilo. Una cena, hablar, pasarla bien. Nada de esas cosas demasiado formales.
—Como vos querás.
—Perfecto.
Me sentí mucho más tranquila después de decirlo.
Durante tanto tiempo había pensado que confesar lo que sentía podía complicar todo, pero ahora que lo había hecho, sentía una felicidad que no podía explicar.
Hugo me miró y sonrió.
—No sabés cuánto quería escuchar ese sí.
—Y vos no sabés cuánto me costó decirlo.
—¿Estabas nerviosa?
—Muchísimo.
—Pues no parecía.
—Porque yo también sé disimular.
—Entonces estamos iguales.
Los dos nos reímos.
Después de unos segundos, Hugo volvió a sentarse y yo me preparé para continuar con mis pendientes.
—Bueno, ahora sí, a trabajar.
—¿Así de rápido?
—Claro. No porque me gustés voy a dejar de hacer mi trabajo.
—Ve, qué responsable.
—Alguien tiene que serlo.
—Bueno, señorita secretaria.
—Así me gusta.
Tomé los documentos que necesitaba y me dirigí hacia la puerta.
Antes de salir, escuché su voz.
—Aby.
Me volteé.
—¿Sí?
—Gracias.
Sonreí.
—A vos.
Salí de allí con una sonrisa enorme.
Intenté concentrarme en mis pendientes, pero era difícil.
Cada vez que recordaba lo que acababa de pasar, sentía mariposas en el estómago.
Hugo me gustaba.
Y ahora él lo sabía.
Lo mejor de todo era que yo también le gustaba a él.
Durante el resto de la tarde traté de comportarme normalmente, aunque cada vez que nuestras miradas se cruzaban, ambos terminábamos sonriendo.
Cuando llegó la hora de irme, guardé mis cosas y tomé mi bolso.
Antes de salir, recibí un mensaje en mi celular.
Hugo: No te olvidés de nuestra cita el viernes.
Sonreí y respondí:
Yo: No me voy a olvidar.
Unos segundos después llegó otro mensaje.
Hugo: Bueno, pues. Nos vemos mañana, bonita.
Sentí que las mejillas se me pusieron rojas.
Guardé el celular y salí de la oficina.
Mientras caminaba hacia mi casa, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido.
Quizás aquello apenas estaba comenzando.
Y, aunque todavía no sabía qué nos esperaba, estaba feliz de haber dicho que sí.