Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
NovelToon tiene autorización de marig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 6: El plan del silencio
El rechazo de Bruno en el pasillo dejó a Camila pedaleando en el aire. Durante las semanas siguientes, el aula de 1° "A" se transformó en un territorio helado. Bruno aplicó la ley del hielo más estricta: dejó de mirarla, dejó de esperarla y, si se cruzaban en la preceptoría, cambiaba de rumbo como si Camila tuviera una enfermedad contagiosa.
Dolida y con el orgullo propio de sus catorce años, Camila se refugió en el único lugar donde no había caras largas ni misterios: el banco de Thiago. El chico nuevo pasó a ser su cable a tierra. Con él no había silencios pesados; Thiago le hacía dibujos ridículos en las hojas de Geografía, le compartía la mitad de sus sándwiches en el recreo y la escuchaba hablar de su sueño de estudiar medicina sin juzgarla. La herida por la distancia de Bruno seguía ahí, sangrando bajito, pero la presencia de Thiago lograba anestesiar el dolor.
Milena, mientras tanto, se movía como un fantasma silencioso, saboreando el éxito de su veneno. Había logrado lo imposible: separar los dos polos que siempre habían sido imanes. Pero sabía que el orgullo no duraba para siempre y que, si se descuidaba, Camila iba a terminar encarando a Bruno para aclarar las cosas. Necesitaba meter un elemento que terminara de dinamitar el puente entre ellos.
La oportunidad perfecta llegó un viernes de marzo. El preceptor entró a última hora para anunciar que se suspendía la clase de Educación Física de la tarde.
-¡Cami! Como quedamos libres, ¿vamos a tomar unos licuados al centro? Yo invito -le propuso Thiago a la salida, colgándose la mochila de un solo hombro con esa soltura que lo caracterizaba.
Camila lo pensó un segundo. Miró hacia la baranda del patio, donde Bruno pasaba caminando solo, con la capucha puesta y la mirada fija en sus zapatillas. Le dio una puntada en el pecho, pero se tragó la angustia.
-Dale, vamos -aceptó Camila, forzando una sonrisa-. Me vendría re bien salir un rato.
Milena, que estaba al lado, abrió los ojos con malicia. Vio la jugada en el aire.
-Vayan yendo ustedes, chicos -dijo Milena, metiendo las manos en los bolsillos de su campera azul-. Yo me colgué y tengo que pasar por la biblioteca a devolver un libro de historia. Los alcanzo en un ratito.
-Dale, Mile, te esperamos en la confitería de la esquina de la plaza -avisó Camila.
Apenas Thiago y Camila cruzaron el portón de salida del Comercial, Milena dio media vuelta y apuró el paso. No fue a la biblioteca. Siguió a Bruno a una distancia prudencial, sabiendo exactamente qué camino tomaba para volver al barrio. Lo alcanzó justo cuando él cruzaba la plaza seca, un lugar desierto a esa hora de la tarde.
-¡Bruno! ¡Esperá! -gritó, agitada por la caminata.
Bruno se frenó y se dio vuelta. Al ver a Milena sola, arrugó la frente.
-¿Qué pasa? -preguntó con su habitual tono tosco, aunque en sus ojos se leía la necesidad desesperada de preguntar por Camila.
-No sabés lo que pasó... vine corriendo porque me dio una impotencia bárbara -soltó Milena, actuando una agitación indignada-. Recién en el aula, Camila y Thiago estaban hablando de vos.
A Bruno se le tensó todo el cuerpo. El nombre de Thiago en la boca de Milena siempre significaba un golpe al estómago.
-¿De mí? ¿Qué dijeron? -preguntó, clavándole los ojos oscuros.
-Estaban organizando para irse solos al centro ahora. Y Camila se estaba riendo, Bruno... Le decía a Thiago que por fin se había sacado de encima "al plomo del barrio", que estaba harta de tus escenas de celos y de que la vigilaras como si fueras el dueño. Le dijo que con él se sentía libre y que ojalá no le hablaras nunca más así no le arruinabas la secundaria.
Bruno sintió como si el suelo se le moviera bajo las zapatillas. El orgullo, ese escudo maldito que tenía desde la infancia, se le terminó de romper en mil pedazos, dejando expuesta la rabia más pura. Así que una molestia. Un plomo del que reírse con el cheto del centro.
-¿Eso dijo? -la voz le salió rota, gruesa, cargada de un despecho peligroso.
-Te lo juro, Bruno. Me dio tanta bronca que me planté y les dije que eran unos falsos, por eso me vine sola -mintió Milena, rematando la escena con una mirada de lástima-. No te merecés que te basuree así, Brunito. Vos valés un millón de veces más que ese pibe.
Bruno no respondió. Apretó los puños dentro de la campera con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. No derramó una lágrima, pero sus ojos se volvieron de piedra. El dolor se le transformó en una coraza definitiva.
-Ya fue -dijo, con una frialdad que asustó a la propia Milena-. Para mí, Camila murió hoy. Que haga lo que quiera.
Se dio la vuelta y siguió caminando hacia el barrio, con paso pesado y el corazón blindado por el odio que Milena le había inyectado.
Detrás de él, Milena se quedó parada en el medio de la plaza seca. El viento de la tarde le despeinó unos mechones de pelo, pero no pudo borrarle la sonrisa macabra de la cara. El trío de la infancia estaba oficialmente muerto, y los hilos de la historia ahora los manejaba ella.