Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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Plumas y Promesas
Yo quería creer que también podía empezar de nuevo.
Después de todo lo vivido, había aprendido a esconder mis heridas bajo una sonrisa educada. Nadie preguntaba por ellas, y yo tampoco deseaba responder. En aquella casa cada uno cargaba con sus propios secretos.
Fue entonces cuando Francis comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en mis días.
No apareció de golpe. Fue una presencia que creció lentamente, como la luz que entra por una ventana al amanecer. Empezó con conversaciones breves en los pasillos, saludos tímidos y alguna broma compartida durante las comidas.
Él sabía escuchar.
Y para alguien que durante años había sentido que su voz no tenía valor, aquello significaba más de lo que podía admitir.
—Algún día abandonaré este lugar —me dijo una tarde mientras caminábamos por el jardín.
—¿Y adónde irás?
—Donde pueda construir una vida distinta.
Sonreí.
—Suena hermoso.
Él me observó unos segundos.
—Tú también deberías hacerlo.
Aquellas palabras permanecieron conmigo durante días.
Nadie me había hablado nunca de un futuro.
Siempre había vivido pendiente del siguiente día, de la siguiente obligación, del siguiente temor.
Francis hablaba de mañana.
Y eso bastaba para hacerme soñar.
Poco a poco comenzaron los paseos por los jardines cuando el trabajo lo permitía. Compartíamos historias, reíamos de pequeñas tonterías y comentábamos los rumores que recorrían la casa de la duquesa.
Con él podía olvidar, aunque solo fuera durante unas horas, el peso de mi pasado.
No era felicidad completa.
Era algo mucho más frágil.
Era tranquilidad.
Una tarde lluviosa encontramos refugio junto a una vieja ventana desde la que podía verse el patio.
Las gotas golpeaban el vidrio con fuerza.
—¿Le tienes miedo al futuro? —preguntó Francis.
Permanecí en silencio.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque siempre termina pareciéndose al pasado.
Él bajó la mirada.
—No tiene por qué ser así.
Quise creerle.
Con el paso de las semanas comenzaron también las promesas.
Promesas sencillas.
Promesas nacidas más del deseo que de la certeza.
—Cuando consiga un buen puesto...
—Cuando podamos abandonar esta casa...
—Cuando tengamos nuestra propia vida...
Siempre empezaban con la palabra "cuando".
Nunca con "si".
Y esa diferencia hacía que todo pareciera posible.
Algunas noches imaginábamos cómo sería aquella vida.
Una casa pequeña.
Un jardín.
Libros.
Risas.
Niños corriendo entre las flores.
Era una ilusión construida con palabras.
Pero las palabras también pueden convertirse en refugio.
Había días en los que Francis llevaba pequeños detalles: una flor recogida del jardín, un trozo de cinta encontrado entre las costureras o una hoja especialmente hermosa caída de un árbol.
No eran regalos valiosos.
Precisamente por eso significaban tanto.
Representaban el tiempo que alguien había decidido dedicarme.
Jamás había conocido algo semejante.
Sin embargo, incluso entre aquella calma existían sombras.
Las normas eran estrictas.
Las habladurías viajaban más rápido que el viento.
Bastaba una mirada demasiado larga para despertar sospechas.
Varias mujeres de la casa comenzaron a observarnos.
Yo fingía no darme cuenta.
Francis también.
Pero ambos sabíamos que los rumores crecían.
—Debemos ser prudentes —me dijo una noche.
Asentí.
Aunque una parte de mí deseaba dejar de esconderse.
Por primera vez sentía que alguien me veía como una persona y no como una pieza más dentro de una gran casa noble.
Las semanas pasaban.
El verano llegó acompañado por celebraciones, música y visitas.
La casa rebosaba movimiento.
Sin embargo, nosotros seguíamos encontrando pequeños momentos para conversar.
Era suficiente.
A veces hablábamos durante apenas unos minutos.
Otras veces permanecíamos en silencio.
No hacía falta llenar todos los espacios con palabras.
Había silencios que también hablaban.
Un atardecer encontramos una vieja capilla casi vacía.
Entramos únicamente para escapar del calor.
La luz atravesaba los vitrales de colores.
Todo parecía envuelto en un resplandor dorado.
—Prométeme algo —dijo Francis.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué?
—Que pase lo que pase no olvidarás quién eres.
Sonreí con cierta tristeza.
—Ni siquiera sé quién soy.
Él negó lentamente.
—Sí lo sabes. Solo necesitas creerlo.
Aquella frase quedó grabada en mi memoria.
Porque nadie me había dicho nunca que yo pudiera ser más que mis errores o mis desgracias.
Con el tiempo comenzaron a hablar de la corte.
Llegaban noticias sobre nuevas damas, nuevos nombramientos y oportunidades para jóvenes de familias nobles.
Las conversaciones llenaban los salones.
Al principio apenas presté atención.
La corte era un mundo demasiado lejano.
Un lugar reservado para personas importantes.
No para una muchacha como yo.
Pero el destino suele comenzar con rumores.
Una mañana la duquesa reunió a varias jóvenes.
Escuchamos en silencio mientras hablaba sobre futuras posibilidades.
Cuando terminó, todas comenzaron a comentar emocionadas.
Yo permanecí inmóvil.
Francis me encontró horas después.
—¿Qué ocurre?
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que todo cambie.
Él sonrió con una mezcla de esperanza y melancolía.
—Todo cambia siempre.
Lo importante es recordar aquello que prometimos.
Lo miré sin responder.
Porque, aunque deseaba creer en aquellas promesas, una inquietud empezaba a crecer dentro de mí.
Había aprendido que el destino rara vez respetaba los sueños de quienes menos poder tenían.
Aquella noche el viento sopló con fuerza.
Las velas se apagaban una tras otra.
Mientras observaba la oscuridad desde mi ventana, comprendí que algo estaba por terminar.
Todavía no sabía qué.
Solo sentía que la vida comenzaba a empujarme hacia un camino del que ya no podría regresar.
Y, sin saberlo, cada paso me acercaba a la corte donde mi nombre quedaría unido para siempre al de un rey... y donde todas aquellas palabras y promesas serían puestas a prueb