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BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno / Mujer poderosa
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19 UN VIAJE INSOPORTABLE

Aelion

El retumbar rítmico de las ruedas del carruaje real sobre el empedrado ancestral era un tormento constante. Apoyé el codo en el marco de la ventana, contemplando el paisaje de cumbres nevadas y bosques de coníferas que bordearan el camino hacia las alturas del recinto académico.

Para cualquier noble del imperio, este trayecto a bordo del carruaje de la Casa Real de Aethelgard —una estructura de madera de roble blanco tallada con glifos de protección y cortinajes de seda azul medianoche— sería un privilegio inalcanzable. Para mí, no era más que una jaula de oro itinerante.

En mi pecho, justo debajo del esternón, un vacío sordo y punzante me devoraba por dentro.

Era el lazo. El maldito e ineludible lazo instintivo que nos une a los de mi estirpe con nuestra compañera elegida por el destino. Desde que ella desapareció de la ciudad, ese vínculo tiraba de mi esencia con la violencia de una cuerda tensada al límite, clavando una desesperación amarga en cada uno de mis latidos.

No sabía dónde estaba. No sabía cómo había sobrevivido a la última crisis, si tenía qué comer, si estaba pasando frío o si se encontraba a salvo de los peligros que acechaban a una humana sin protección en este reino impaciente.

Mia.

Su nombre era una marca a fuego en mi mente. Cerré los ojos un segundo, y la penumbra tras mis párpados me devolvió el recuerdo de su rostro: la terquedad de sus ojos, la suavidad temblorosa de su piel bajo mis dedos y el orgullo feroz con el que me golpeó la cara en aquel bosque cuando cometí el estupor más grande de mi vida al juzgarla mal.

Pensar que estuve a punto de perderla en aquel bar de mala muerte me provocaba una náusea helada. Le había entregado la segunda bolsa de gemas sin exigirle nada a cambio, rogando en silencio que aquello fuera suficiente para librarla del pozo en el que se encontraba.

Pero cuando regresé a buscarla, se había ido. Se había esfumado sin dejar un solo rastro, dejándome varado en una agonía que ningún título real podía curar.

—Aelion, querido, ni siquiera has tocado el copa de vino de saúco —la voz aguda y modulada con una falsa dulzura rompió el aire enrarecido del carruaje.

Abrí los ojos despacio, manteniendo el rostro congelado en una máscara de piedra.

Sentada frente a mí se encontraba Isolda. Vestía un polisón de terciopelo verde esmeralda con bordados de hilo de plata que simulaban hojas de lirio.

Su cabello estaba peinado en un recogido impecable, y su rostro, pulcro y perfecto como una escultura de mármol, exhibía una sonrisa calculada. Estiró una mano enguantada en encaje hacia mi rodilla, intentando rozar la tela de mi jubón militar.

Un rechazo visceral, casi físico, me recorrió la columna vertebral. Antes de que sus dedos me tocaran, aparté la pierna bruscamente hacia el lateral del asiento, fijando en ella una mirada tan fría y afilada como un daga de cristal.

—No tengo sed, Isolda —sentencié. Mi voz sonó grave, rasposa, desprovista de cualquier matiz de cortesía.

Isolda retiró la mano despacio, disimulando la contrariedad con un leve pestañeo, aunque el brillo de molestia en sus ojos dorados fue imposible de ocultar.

—Te notas tan distante desde hace semanas... —suspiró ella, acomodándose el pliegue de su falda mientras inclinaba el cuello con una gracia ensayada—. Comprendo que la carga de la corona sea pesada, mi príncipe, pero este viaje anual a la Academia Celestial debería ser un motivo de esparcimiento. Es una tradición hermosa. Los mejores estudiantes compiten por nuestra atención y los Archimagos nos rinden pleitesía. Deberías disfrutar del paisaje... a mi lado.

La repulsión me apretó las mandíbulas hasta hacerme doler los dientes. Un motivo de esparcimiento. La ironía de sus palabras me resultaba abrumadora. Este viaje anual a la academia era un trámite diplomático soporífero, un espectáculo de vanidad noble que soportaba año tras año por pura obligación dinástica.

Ver a docenas de aristócratas arrogantes presumiendo de trucos de magia elemental me parecía un circo estúpido. Y tener que pasarlo atrapado en un espacio reducido con la mujer que casi destruye mi vida lo volvía insoportable.

Apreté los puños bajo la capa de viaje. Isolda aún no lo sabía, pero la rabia que mantenía retenida en mi interior amenazaba con hacer arder el carruaje entero. Aún recordaba la bruma artificial, la pérdida de control y la fiebre que me nublaron la razón en el Coto Real.

Había descubierto que fue ella quien ordenó deslizar aquel veneno afrodisíaco en mi copa durante la cacería para forzarme a consumar una unión que consolidara la alianza de nuestras casas. Si no hubiera sido por mi resistencia de sangre pura y mi escape desesperado hacia la fronda del bosque donde me topé con Mia, Isolda habría salido con la suya.

Todavía no había llegado el momento de confrontarla abiertamente; la política de la corte exigía un tablero meticuloso y no podía arriesgar la estabilidad del reino con un escándalo precipitado antes de asegurar mis fichas.

Pero me prometí a mí mismo, con la furia sorda de un guerrero traicionado, que muy pronto le diría todas y cada una de sus verdades a la cara y le haría pagar cada gota del infierno al que me arrastró.

—La diplomacia no es un juego, Isolda —respondí en un tono helado, cortando cualquier nuevo intento de conversación—. Y mi atención no es algo que se regale a cualquiera que decida hacer piruetas con magia de salón.

Isolda apretó los labios en una línea fina y miró hacia la ventana, evidentemente ofendida, pero sabiendo que presionar más solo lograría que la echase del carruaje para que caminara sobre la nieve.

A mi derecha, en el asiento opuesto, una presencia imponente observaba la escena en absoluto silencio.

La Reina Elora, mi madre, permanecía erguida con la majestuosidad de una soberana que había gobernado el reino élfico durante más de tres milenios. Llevaba una túnica ceremonial de seda gris plateada y la corona de ramas de roble fosilizado sobre su cabello castaño. Sus ojos, de un color violeta profundo que parecía albergar la memoria de eras olvidadas, no se habían separado de mi rostro en todo el trayecto.

Elora era sabia. Demasiado sabia. Poseía una percepción arcana tan refinada que podía leer la fluctuación de los vientos antes de que se formara una brisa. Durante los últimos días, había notado cada uno de mis silencios, la frialdad anómala de mi trato hacia los cortesanos y el halo de inquietud que envolvía mi aura.

Sabía perfectamente que su hijo ocultaba un secreto vital, algo que consumía mis pensamientos y quebraba la disciplina marcial que siempre me había caracterizado. Sin embargo, para mi fortuna, ni siquiera su milenaria astucia había logrado descifrar qué o quién era la causa de mi tormento.

—Pareces un alma en pena, Aelion —habló la reina. Su voz no era elevada, pero poseía un peso majestuoso que llenó el habitáculo, haciendo que Isolda se erguiera de inmediato en su sitio—. Tu cuerpo está en este carruaje, pero tu espíritu vaga a leguas de distancia. ¿Acaso la perspectiva de evaluar a los nuevos talentos de la academia te resulta tan despreciable?

—Me resulta repetitiva, madre —repliqué sin mirarla directamente, manteniendo la vista fija en las montañas que se erguían a lo lejos—. Los alumnos de la academia son siempre los mismos hijos de nobles complacientes, entrenados para impresionar a la corte con magia rígida y sin alma. Nada de lo que ocurra en esa cúpula va a cambiar el estado del imperio.

—La estabilidad del imperio se construye sobre las tradiciones, hijo mío —dijo Elora con serenidad, aunque una sombra de perspicacia cruzó sus ojos violetas—. Un futuro rey debe aprender a encontrar valor en la paciencia, incluso en los actos que le parecen tediosos. O quizás... —hizo una pausa deliberada que me hizo tensar la espalda— ...lo que te irrita no es la visita a la academia, sino el hecho de que tu mente está atrapada en un enigma que no has podido resolver.

Tragué saliva lentamente, manteniendo los rasgos de mi rostro inexpresivos.

—No hay ningún enigma, madre. Solo cansancio.

La reina ladeó levemente la cabeza, dedicándome una mirada larga y penetrante que parecía escarbar en el fondo de mi alma. No dijo nada más, pero el silencio que siguió fue una advertencia implícita: ella no dejaría de observar hasta descubrir qué era lo que me quemaba por dentro.

El carruaje comenzó a aminorar la marcha mientras iniciaba el ascenso por la rampa de piedra que conducía a las puertas monumentales de la Academia Celestial.

Afuera, el sonido de los cascos de los caballos de la Guardia Real retumbaba contra los muros de la fortaleza. Uno de los caballos se emparejó con la ventanilla de mi lado. Era Albus.

De todos los hombres del imperio, Albus era el único que conocía la verdad. Él había estado allí la noche en que encontré a Mia en aquel bar; él había visto el terror y la desesperación en mi rostro cuando ella se fue; él había escuchado mis juramentos en la penumbra de mis aposentos privados.

Albus me sostuvo la mirada un segundo antes de hablar con tono oficial:

—Aelion, la comitiva está a punto de cruzar el umbral del patio principal. El Director y el Consejo de Archimagos aguardan en la escalinata de honor para la recepción oficial.

—Gracias, Albus —respondí con frialdad formal, fingiendo la distancia que el protocolo exigía frente a Isolda y mi madre.

Albus inclinó la cabeza y volvió a cambiar para encabezar la formación de escolta.

El carruaje atravesó el pesado rastrillo de hierro forjado. El penumbra del túnel de entrada dio paso a la cegadora luz del sol reflejada en el mármol blanco del patio central de la academia. A través de los cristales, pude ver a cientos de estudiantes alineados en las galerías superiores y a lo largo de las arcadas, vestidos con sus túnicas oficiales, agitando estandartes y vitoreando la llegada de la familia real.

Isolda se arregló el pliegue de las mangas con una sonrisa de suficiencia, preparándose para hacer su entrada triunfal al lado de la reina. Mi madre se erguió en su asiento, adoptando la compostura soberbia y divina que el pueblo esperaba de la Reina Elora.

Yo solo sentí que el nudo en mi pecho se apretaba un poco más.

El carruaje se detuvo por completo. La puerta fue abierta desde el exterior por dos sirvientes reales, dejando entrar el aire gélido de la montaña y el estruendo de la multitud. El dolor del lazo atado a mi alma me dio un tirón tan violento que tuve que contener un gemido de frustración.

¿Dónde estás, Mia?, pensé con una desesperación negra mientras me preparaba para descender al circo diplomático. ¿Dónde demonios estás?

Me ajusté los guantes de cuero, me puse en pie con la fría arrogancia de un príncipe al que no le importa el mundo y di el primer paso hacia el empedrado del patio, sin saber que el destino estaba a punto de estrellarme la respuesta directamente contra los ojos.

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Nery Guerrero
así me gusta q te superes y le calles la boca a la gente
Nery Guerrero
así es Mia para adelante y más nada
Nery Guerrero
q bien Mia les diste en la mera torre nadie se burla de ti
Nery Guerrero
así es demuestra lo que eres y lo q sabes q todos te respeten
Nery Guerrero
te admiro Mia supérate para q estés a la altura del Príncipe no dejes q nadie te pisotee
Nery Guerrero
Bueno Mia ese es un riesgo que tú tienes que correr
Nery Guerrero
q Rico y a la vez frustrante la interrupción pero lo disfrutaron un rato
Nery Guerrero
bien por Dorian y Mia pero los humillaran por ser pobres los defenderá la reina estará embarazada Mia
Nery Guerrero
q lindo conquista a tú chica ella es una buena niña no la hagas sufrir
Nery Guerrero
esa Mia si es boba dígale la verdad y punto deja q el Príncipe crea lo peor de ella en el fondo ellos dos se gustan
Nery Guerrero
q Mia ella sabe que el Príncipe la consigue dónde sea pero es una necia y el Príncipe la humilló muy feo
Nery Guerrero
q chimbo Mia de dijo lo del novio para no delatar al Príncipe pero el Príncipe no se lo q está pensando
Nery Guerrero
será q la reina se dará cuenta de lo q pasó entre ellos
Nery Guerrero
hay q ver q los hombres son idiotas la embarran y después se hacen los inocentes después de q la disfruta la caga
Nery Guerrero
q rico seguro q ella queda embarazada más a favor de el
Nery Guerrero
wow ese afrodisiaco si q es fuerte ojala y la chica le haga el favor y después q castigue a la princesa por mala gente
Nery Guerrero
por el pedazo que leí se ve q va ser buena
Zaida Sanchez
primera vez que la protagonista quiere el aborto 😭🤔
Zaida Sanchez
excelente historia me encanta 😍😍😍😍
Zaida Sanchez
puro fuego 😵‍💫🫨🥵
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