La Joven Amante del Lycano
Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.
Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.
Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.
Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.
Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.
Es un lycano.
Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.
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La delegada de curso
Cuando salieron del restaurante, el aire de la noche era fresco y olía a asfalto húmedo.
Sebastián se detuvo en la acera. Se giró hacia Sara. La miró con esa calma que tenía, esa calma de quien ya ha decidido el final de la historia antes de empezar el segundo capítulo.
—Dime, Sara. ¿Tienes un departamento o vives en los dormitorios de la universidad?
Sara lo miró.
Sonrió. Una sonrisa lenta, coqueta, calculada. De esas que practican frente al espejo antes de salir de casa.
—Vivo en un departamento —dijo, bajando la voz, dándole a las palabras una textura de terciopelo—. ¿Quieres que te invite un café ahí?
Sebastián le devolvió la sonrisa.
—Claro, Sara. Acepto.
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Subieron al Mercedes.
Sara se sentó en el asiento del copiloto y sus ojos brillaron. No con la luz de la ciudad que entraba por la ventana. Brillaron con otro tipo de luz. La del cuero. La del tablero digital. La del motor que arrancó con un ronroneo que costaba más que un año de alquiler en Riverside.
*Dinero*, pensó Sara, hundiendo los dedos en el tapizado. *Dinero de verdad.*
Sebastián lo notó.
Por supuesto que lo notó.
*Interesada. Confirmado*, pensó, poniendo primera.
*Con soltarte unos pocos cientos, harás lo que yo quiera. Cuando lo quiera. Como lo quiera.*
Sonrió para sus adentros.
*Genial. Ya hace tiempo me hacía falta un entretenimiento. Algo para quitarme el estrés de las reuniones, de los contratos, de las fusiones.*
*Así que esta semana probaremos tu resistencia, Sara.*
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El departamento de Sara quedaba a unas cuadras de la universidad. Un barrio modesto, pero no pobre. Edificios de cuatro pisos con balcones pequeños y ropa tendida. Una panadería en la esquina. Un perro durmiendo bajo un coche.
Sebastián estacionó el Mercedes en la calle. Sara lo guio hacia la entrada.
Subieron por la escalera.
Él iba detrás de ella.
Y Sara lo sabía.
Se contoneaba más de lo normal. Movía las caderas con un ritmo que no era caminar. Era otra cosa. Algo ensayado. Algo practicado. Parecía una gata en celo, marcando el territorio con cada paso.
Sebastián la miró desde abajo.
*Ya estás usando tus armas de seducción conmigo*, pensó. *Se nota que tienes experiencia. Que has hecho esto antes. Que sabes cómo moverte, cómo mirar, cómo respirar.*
*Pero no sabes contra quién has chocado, pequeña.*
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Cuando llegaron al departamento, Sara no perdió tiempo.
No encendió luces. No ofreció el café que había prometido. No puso música de fondo.
Se volteó hacia Sebastián en el pasillo oscuro. Le puso las manos en el pecho. Lo empujó contra la pared.
Y lo besó.
De forma apasionada. Insinuante. Con la lengua y con los dientes y con una urgencia que no tenía nada que ver con el deseo y todo que ver con la estrategia.
Cuando se separó, le susurró al oído.
—Vamos a mi habitación.
Sebastián la miró.
Le sonrió.
La siguió.
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La noche fue íntima. Apasionada. Y por qué no, salvaje.
Sara estaba dispuesta a todo. No estaba dispuesta a dejar que ese pez gordo se escapara de su cama. De su billetera. De su poder.
Había tenido hombres con dinero antes. Pero eran mayores. Feos. Con esposas que los esperaban en casa y anillos que no se quitaban ni para ducharse. Hombres que olían a colonia barata y a culpa.
Pero este.
Este era joven. Guapo. Poderoso. Tenía un cuerpo que parecía esculpido y una cara que detenía el tráfico.
*Es perfecto para mí*, pensaba Sara, mientras se aferraba a sus hombros. *Ya me veo como la señora Blackwood. Eso es lo que me merezco. Eso es lo que voy a conseguir.*
Así que usó todas sus artes aquella primera noche. Todas. Sin guardarse nada. Sin vergüenza. Sin límites.
Quería convencer a Sebastián de que ella era lo que necesitaba.
Quería ser indispensable.
Quería ser inolvidable.
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Cuando Sebastián terminó, Sara quedó rendida.
El cuerpo laxo. La respiración superficial. El cabello pegado a la frente. Se quedó dormida casi al instante, con una sonrisa de satisfacción en los labios, soñando con departamentos de lujo y tarjetas de crédito sin límite.
Sebastián se levantó.
Se puso los pantalones. Caminó hacia el balcón. Salió.
El aire de la noche le golpeó la cara. Frío. Limpio.
Sacó el celular.
Escribió.
*"Clara, bebé. Estaré ahí contigo en media hora. No duermas."*
La respuesta llegó en diez segundos.
*"Claro que sí, amor. Yo te esperaré. ❤️"*
Sebastián miró la pantalla.
Sonrió.
*Clara, Clara. Mi dulce y predecible Clara.*
Guardó el teléfono.
Se quedó un momento en el balcón, mirando la ciudad dormida.
Después regresó a la habitación.
Sara seguía dormida. Rendida. Con las sábanas enredadas en la cintura y la boca entreabierta.
Sebastián la miró.
Sonrió.
Sacó un billete de cien dólares del bolsillo. Lo dejó sobre la mesa de noche.
Junto al billete, una nota escrita en el reverso de una tarjeta del restaurante.
*"Fue una noche emocionante. Repitamos, Sara. Te dejo para que te compres unos panecillos para el desayuno."*
Sebastián se puso la chaqueta.
Se ajustó los puños.
Salió.
Cerró la puerta con cuidado.
*Era muy buena*, pensó, bajando la escalera. *Satisfacía todos mis deseos. Sin preguntas. Sin complicaciones. Sin drama.*
*Pero era interesada.*
*Y ahí perdía su encanto.*
*Porque una mujer que se acuesta contigo por tu dinero, se acostará con otro por más dinero. No hay lealtad en la transacción. Solo hay precio.*
*Y el precio, para mí, siempre será bajo.*
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Sebastián avanzó por la calle. Tomó el coche.
Condujo hacia la universidad.
Pero no entró por la puerta principal. No entró por el estacionamiento de visitantes. No pasó por la garita de seguridad donde el guardia nocturno revisaba identificaciones.
No.
Sebastián conocía otro camino.
Un camino que él mismo había creado.
Cuando había financiado la remodelación de varios ambientes de la universidad —la biblioteca, el auditorio, los laboratorios de arte—, había incluido en el presupuesto una "reestructuración del sistema de seguridad perimetral". Una donación generosa que el decano había aceptado con gratitud.
Y como parte de esa reestructuración, había hecho despejar una zona lateral del muro. Sin cámaras. Sin sensores. Sin iluminación.
Un punto ciego.
Su punto ciego.
Sebastián estacionó el Mercedes en una calle lateral. Bajó. Caminó hacia el muro. Trepó por una sección donde los arbustos habían crecido lo suficiente para cubrir el paso, pero no tanto como para impedirlo.
Cayó del otro lado.
Se sacudió las manos.
Caminó hacia los dormitorios.
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Cuando llegó al edificio de residencias, se detuvo en la esquina.
Miró hacia arriba. Las ventanas del primer piso. Algunas con luz. Otras a oscuras.
Sacó del bolsillo un pequeño dispositivo. Un controlador. Negro. Del tamaño de un encendedor.
Lo apuntó hacia la caja de conexiones eléctricas que había junto a la puerta lateral.
Presionó un botón.
Las cámaras del primer piso se apagaron.
Todas.
Perfecto.
Nadie grabaría que él había ingresado. Nadie vería su cara. Nadie sabría que el profesor Blackwood visitaba a una alumna a las tres de la madrugada.
Sebastián guardó el controlador.
Caminó hacia la puerta bajo la escalera.
Sacó la llave. La giró en la cerradura.
Abrió.
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Clara estaba semidormida sobre la cama.
Llevaba la lencería negra de encajes. El cabello suelto sobre la almohada. Los ojos entrecerrados, luchando contra el sueño, esperando. Esperando como le había dicho que esperara.
Cuando escuchó la puerta, abrió los ojos.
Lo vio.
Y sus ojos se iluminaron.
—Sebastián.
Él cerró la puerta. Pasó el cerrojo.
La miró.
Y empezó a quitarse la ropa. Caminando hacia ella. Sin prisa. Sin urgencia. Con la calma del que llega a casa después de un viaje largo.
—Mi hermosa Clara. Me esperaste.
—Sí.
Sebastián se metió en las sábanas.
La besó.
Suavemente primero. Un roce en los labios. Un beso en la frente. Un beso en la mejilla.
Después de forma posesiva. Tomándola de la cintura. Apretándola contra su pecho. Mordiéndole el labio inferior.
Clara le correspondió.
A todos sus avances. Sin resistencia. Sin cansancio. Sin preguntas.
Porque eso era lo que Sebastián necesitaba.
Y Clara vivía para darle lo que necesitaba.
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En un momento, Sebastián se detuvo.
Levantó la cabeza.
Escuchó.
Un grupo de alumnas subía por las escaleras. Justo encima de ellos. Risas. Voces. Pasos rápidos sobre la madera.
—Vamos al concierto de mañana. Dicen que las entradas están casi agotadas.
—Yo me pongo el vestido rojo.
—Ay, cállate, que me voy a caer.
Clara se tensó.
Abrió los ojos. El miedo le cruzó la cara.
—Sebastián. Alguien está en la escalera. Nos van a escuchar.
Sebastián la miró.
Sonrió.
No se detuvo.
Al contrario. Fue más intenso. Más profundo. Más posesivo.
Porque sabía algo que Clara no sabía.
Las paredes estaban insonorizadas. La puerta tenía núcleo acústico. Las rendijas estaban selladas.
Podía gritar su nombre todo lo que quisiera.
Podía llorar. Podía reír. Podía suplicar.
Nadie, absolutamente nadie en los pisos superiores, escucharía nada.
Las alumnas pasaron. Las voces se alejaron. El silencio volvió.
Sebastián continuó.
Como si nada.
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Cuando terminó, abrazó a Clara.
La apretó contra su pecho. Empezó a besar su hombro. Despacio. Con los labios apenas rozando la piel.
—Mi pequeña Clara —murmuró, mordiéndole suavemente la clavícula.
Clara no respondió.
Estaba dormida.
Exhausta. Rendida. Con la respiración profunda y una sonrisa que no se borraba ni en sueños.
Sebastián la miró.
Le apartó el cabello de la cara.
Le besó la frente.
Y cerró los ojos.
Se durmió junto a ella.
En la habitación insonorizada.
Bajo la escalera.
Donde nadie podía verlos.
Donde nadie podía escucharlos.
Donde nadie sabía que el lobo dormía junto a su presa.
La mañana siguiente traería nuevas emociones.
Pero esa noche.
Esa noche era de Sebastián.
Como todas las noches.
Como todos los días.
Como todo.
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭
Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀
Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺
Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.