Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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Capítulo 23 — La Grieta con Mateo
Elena borró el mensaje y se quedó mirando la pantalla en negro un segundo más de lo necesario.
No iba a durar un mes. Iba a durar lo que hiciera falta.
Sonaba bien en su cabeza. Sonaba a frase de guerrera. El problema era que tenía la mandíbula tan tensa que le dolían los dientes, y las manos le temblaban un poco cuando guardó el teléfono en el bolso.
Apagó la lámpara del escritorio y salió de la oficina.
El chofer la dejó en la mansión pasada la medianoche. Las luces de la planta baja estaban prendidas, lo cual no era buena señal. A esa hora la casa debía estar a oscuras.
Entró despacio, con el bolso todavía colgado del hombro.
Mateo estaba sentado en el sofá de la sala, con el teléfono en la mano y la espalda tan recta que parecía que llevaba horas ahí, esperando.
---Hola ---dijo Elena\, tratando de sonar normal---. Pensé que estarías dormido.
---Estaba a punto ---respondió él\, sin levantar la vista del teléfono---. Hasta que recibí una foto.
A Elena se le heló el estómago.
---¿Qué foto?
Mateo por fin levantó la cabeza y la miró. Tenía los ojos rojos, no de sueño.
---Tú y Luciano. Saliendo de tu oficina hace un par de horas. Muy cerca. Muy... juntos.
Le tiró el teléfono sobre la mesa de centro. La pantalla mostraba la foto, borrosa pero clara: ella y Luciano en el estacionamiento de la empresa, la mano de él en la espalda de ella, las cabezas demasiado cerca para ser dos socios hablando de negocios.
Elena sintió que el aire se le quedaba a medio pecho.
---Mateo\, eso no...
---No me digas que no es lo que parece ---la cortó él\, poniéndose de pie---. Porque ya escuché esa frase de dos personas distintas este mes y las dos me mintieron.
---Yo no te mentí.
---¿No? ---Mateo soltó una risa corta\, fea---. Cuando papá me mandó ese video hace semanas\, te pregunté directo si era verdad. Y me dijiste que esperara veinticuatro horas. Que después hablábamos todo lo que quisiera. ¿Te acuerdas de eso?
Elena tragó saliva. Sí se acordaba. Recordaba perfectamente haberle pedido tiempo, y recordaba también que ese tiempo nunca se convirtió en la conversación que le había prometido.
---Íbamos a hablarlo ---dijo\, con la voz más débil de lo que quería.
---¿Cuándo? ---Mateo abrió los brazos---. Porque yo esperé. Volví a esta casa. Confié en ti\, elegí creerte a ti antes que a papá. Y en todo este tiempo nunca me dijiste que seguías viendo a ese tipo. Ni una vez.
---Porque hay una guerra en curso\, Mateo. Con abogados\, con jueces\, con tu abuelo moviendo gente desde las sombras. No pensé que fuera el momento de sentarnos a hablar de mi vida privada.
---¿Tu vida privada? ---repitió él\, con la voz subiendo---. Mamá\, ese hombre está metido en TODO. En la empresa\, en la demanda\, en los documentos\, y ahora resulta que también está metido contigo. ¿Y yo tengo que enterarme por una foto que me manda un contacto anónimo?
Elena sintió la garganta cerrarse. Tenía ganas de gritarle que no era tan simple, que Luciano le había salvado el pellejo más de una vez, que sin él probablemente ya estaría enterrada bajo documentos falsos y un juez comprado. Pero mirando la cara de su hijo, entendió que ninguna explicación iba a alcanzar esa noche.
---No es lo que crees ---dijo\, aunque ni ella misma se lo creyó del todo.
---¿Ah\, no? ---Mateo negó con la cabeza\, despacio---. Entonces explícame la foto. Explícame por qué te toca así alguien que solo es "tu socio".
Elena abrió la boca. La cerró.
Mateo asintió, como si eso ya fuera respuesta suficiente.
---Genial ---murmuró---. Simplemente genial.
---Mateo\, escúchame...
---No ---la cortó él\, levantando la mano---. Llevo semanas tragándome que mi papá me usó como excusa para robarte durante diez años. Que me mintió en la cara con fotos falsas para ponerme en tu contra. Y ahora vengo a descubrir que la persona que se supone que sí me dijo la verdad también me estuvo ocultando cosas.
---No es lo mismo ---dijo Elena\, con la voz quebrándose un poco.
---¿No? ---Mateo se rió\, sin ganas---. Porque desde donde yo estoy parado\, se parece muchísimo. Un adulto me miente con la cara seria. El otro adulto me esconde la verdad con silencios. Al final los dos terminan haciéndome sentir un imbécil.
El golpe le llegó a Elena directo al pecho.
---Yo nunca quise hacerte sentir así.
---Pero lo hiciste ---respondió él---. Igual.
Se quedó parado un momento, respirando fuerte, con los puños apretados a los costados. Elena vio algo en su cara que no había visto desde que era niño: la mezcla exacta entre rabia y ganas de llorar que no iba a permitirse mostrar.
---¿Hace cuánto? ---preguntó Mateo\, más bajo ahora.
---Eso no es lo importante...
---Sí importa ---insistió él---. ¿Hace cuánto que hay algo entre ustedes?
Elena dudó un segundo de más. Fue suficiente.
Mateo asintió otra vez, despacio, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba desde hacía rato.
---No puedo creerlo ---dijo\, agarrando su mochila del respaldo del sofá---. De verdad no puedo creerlo.
---¿A dónde vas? ---Elena dio un paso hacia él---. Es tarde\, Mateo\, no puedes...
---Lejos de aquí un rato ---respondió\, ya caminando hacia la puerta---. No aguanto estar en esta casa esta noche.
---Mateo\, por favor\, espera...
Él se detuvo con la mano en la manija, sin girarse.
---¿Cuántas mentiras más tienen los adultos de esta familia? ---dijo\, con la voz rota---. Porque yo ya perdí la cuenta.
Salió y cerró de un portazo que hizo temblar el vidrio de la ventana más cercana.
Elena se quedó parada en medio de la sala, con el bolso todavía colgado del hombro y el teléfono de Mateo abandonado sobre la mesa, con la foto todavía iluminada en la pantalla.
Pensó en Rodrigo. En Aurelio. En el juez comprado, en el testigo amenazado, en Camila entregando pruebas a la fiscalía sin mencionarla.
Y entendió que ninguna de esas batallas le dolía tanto como la que acababa de perder ahí mismo, parada en su propia sala, contra su propio hijo.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.