Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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La chica que siempre me seguía
El sol apenas comenzaba a asomarse cuando el sonido de unos golpes suaves resonó en la puerta de la casa de Rowan y Mara.
Tres golpes.
Siempre eran tres.
Alyssa sonrió antes incluso de levantarse.
—¿Ya vas a abrir? —preguntó Mara sin apartar la vista de la masa que amasaba sobre la mesa.
—Sí.
—Dile que el desayuno estará listo en diez minutos.
Alyssa abrió la puerta.
Kaleb estaba apoyado en el marco con los brazos cruzados.
Llevaba una camisa gris de lino remangada hasta los antebrazos y un pantalón oscuro de entrenamiento. Todavía tenía el cabello húmedo después de bañarse y una pequeña cicatriz cruzaba el dorso de su mano izquierda, recuerdo de una patrulla del invierno anterior.
Sonrió apenas la vio.
—Buenos días.
—Llegaste temprano.
—No podía dormir.
—¿Otra vez?
Él hizo un gesto de resignación.
—Mi padre cree que dormir cinco horas fortalece el carácter.
Alyssa soltó una risa.
—Estoy casi segura de que eso no es cierto.
—Yo también.
Mara apareció detrás de ella.
—Pasa, Kaleb.
Antes de que inventes otra excusa para decir que ya desayunaste.
Kaleb levantó ambas manos.
—Venía precisamente…
Mara arqueó una ceja.
—…a desayunar.
—Así me gusta.
Entró a la casa como si siempre hubiera vivido allí.
Porque, en cierto modo…
Siempre había sido así.
⸻
La cocina olía a pan recién horneado y canela.
Rowan ya estaba sentado a la mesa leyendo unos informes de carpintería cuando Kaleb ocupó la silla de siempre.
Nadie necesitaba decirle cuál era.
La había ocupado durante tantos años que ya parecía pertenecerle.
—Buenos días, muchacho —saludó Rowan.
—Buenos días.
—Escuché que la patrulla salió bien.
Kaleb asintió.
—No hubo problemas.
—Tu padre estaba orgulloso.
Kaleb levantó la vista.
—¿Lo dijo?
Rowan sonrió.
—No exactamente.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
—Porque lo conozco desde hace treinta años.
Cuando no critica tus decisiones durante todo el día…
Es porque está orgulloso.
Todos comenzaron a reír.
Incluso Mara.
—Tu padre jamás reconocerá fácilmente que estás listo —añadió Rowan.
—¿Por qué?
—Porque el día que lo haga…
Significará que tendrá que aceptar que ya no eres un niño.
Kaleb bajó la mirada hacia su taza.
Aquellas palabras le hicieron pensar más de lo que esperaba.
⸻
Después del desayuno, Mara entregó una cesta a Alyssa.
—Necesito valeriana, romero y hojas de árnica.
La joven recibió la cesta.
—Volveremos antes del mediodía.
—¿Volveremos? —preguntó Mara, mirando a Kaleb.
Él sonrió con total naturalidad.
—La acompaño.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Alyssa negó con la cabeza.
—Nunca cambias.
—¿Quieres que cambie?
Ella lo miró unos segundos.
Después sonrió.
—No.
Así estás bien.
⸻
El sendero hacia las praderas era uno de los lugares favoritos de Alyssa.
La mayoría de las plantas medicinales crecían allí.
Kaleb caminaba a su lado en silencio.
No necesitaban hablar todo el tiempo.
Habían compartido demasiados años para sentirse incómodos con el silencio.
Alyssa fue la primera en romperlo.
—¿Te duele el brazo?
Kaleb la miró sorprendido.
—¿Cómo sabes?
Ella señaló discretamente su hombro derecho.
—Llevas moviéndolo raro desde que salimos.
Él soltó una pequeña risa.
—No se te escapa nada.
—Déjame verlo.
—No es necesario.
Alyssa se detuvo.
Lo miró fijamente.
Kaleb conocía esa mirada.
La misma que Mara utilizaba cuando alguien fingía que estaba bien.
Resopló.
—Está bien.
Se quitó lentamente la camisa.
Alyssa evitó mirarlo directamente mientras descubría el hombro.
La herida no era grave.
Un corte superficial.
Pero estaba inflamado.
—Sabía que no estabas completamente bien.
Kaleb la observaba mientras ella preparaba un pequeño ungüento con las plantas que llevaba en la cesta.
Sus movimientos eran tranquilos.
Precisos.
Las manos de Alyssa siempre transmitían una extraña calma.
—Esto va a arder.
—Perfecto.
—No exageres.
Aplicó el remedio.
Kaleb apretó ligeramente la mandíbula.
Ella sonrió.
—¿Ves?
Sí ardía.
—Muchísimo.
—Lo imaginé.
—Lo disfrutaste.
—Un poquito.
Él negó divertido.
—Qué mala eres.
Alyssa terminó de vendar el hombro.
Le dio un pequeño golpecito.
—Listo.
Cuando levantó la vista…
Descubrió que Kaleb la estaba mirando.
No una mirada distraída.
No como cuando hablaban normalmente.
Era distinta.
Más profunda.
Durante unos segundos ninguno habló.
El viento movía lentamente las hojas de los árboles.
Alyssa sintió un calor extraño subir hasta sus mejillas.
—¿Qué?
Kaleb pareció volver a la realidad.
—Nada.
—Me estabas viendo.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Él dudó.
No encontraba una respuesta que no sonara extraña.
Porque la verdad era demasiado sencilla.
Porque le gustaba verla.
—Pensaba.
—¿En qué?
Kaleb sonrió.
—En que ya no eres la chica que siempre me seguía.
Ella bajó lentamente las manos.
No esperaba escuchar algo así.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé.
Guardó silencio unos segundos.
—Solo…
Es diferente.
Alyssa sintió que el corazón comenzaba a latir un poco más rápido.
—Tú también cambiaste.
—¿Sí?
Ella asintió.
—Mucho.
—¿Para bien?
Alyssa lo observó unos instantes.
Después sonrió con esa tranquilidad que siempre la caracterizaba.
—Para muy bien.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Ninguno parecía dispuesto a romper aquel momento.
Hasta que una voz conocida resonó a varios metros de distancia.
—¡Así que aquí estaban!
Ethan apareció cargando un enorme tronco sobre los hombros.
Detrás de él caminaban Liam y Nora.
—Llevamos media hora buscándolos —dijo Nora.
Ethan dejó caer el tronco al suelo.
Miró a Kaleb.
Después a Alyssa.
Después otra vez a Kaleb.
Una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—¿Interrumpo algo?
Kaleb tomó inmediatamente la camisa y comenzó a ponérsela.
—Sí.
—Lo sabía.
Alyssa se agachó de inmediato para guardar las plantas dentro de la cesta.
Intentando ocultar el rubor de sus mejillas.
Nora observó la escena.
Después miró a Liam.
Liam respondió con un movimiento casi imperceptible de cabeza.
Los dos habían visto exactamente lo mismo.
Algo estaba cambiando.
Todavía ninguno de los dos era capaz de nombrarlo.
Pero ya estaba ahí.
Y era solo cuestión de tiempo para que también Kaleb y Alyssa dejaran de ignorarlo.
⸻
Esa tarde, mientras regresaban a la aldea, Rowan los observó desde el taller.
Kaleb caminaba unos pasos delante con Ethan y Liam.
Alyssa reía junto a Nora.
Sin embargo…
Cada pocos segundos, Kaleb giraba discretamente la cabeza para asegurarse de que Alyssa seguía detrás de él.
Rowan sonrió.
Mara salió del taller limpiándose las manos con un paño.
—¿Qué miras?
Rowan señaló al grupo con discreción.
—Al muchacho.
Mara siguió la dirección de su mirada.
Sonrió de inmediato.
—Por fin.
—¿También lo notaste?
Ella soltó una risa.
—Llevo meses notándolo.
Rowan cruzó los brazos.
—Todavía no se ha dado cuenta.
—No.
—¿Y Alyssa?
Mara observó a la joven unos segundos más.
Después respondió con una ternura infinita.
—Ella tampoco.
Los dos guardaron silencio.
El grupo pasó frente al taller entre risas y bromas.
Ninguno de los cinco imaginaba que la vida podía cambiar de un momento a otro.
Y que, a veces…
Los días más felices eran también aquellos que, sin saberlo, comenzaban a despedirse.