Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 1
La viruta cayó en espiral sobre la mesa de trabajo, fina como un rizo de cabello rubio. Emilia sopló los restos de polvo y acercó la pieza a la luz del ventanal. Las escamas del dragón empezaban a tomar forma bajo la gubia — una por una, curvas diminutas talladas en un bloque de cedro rojo que le había costado tres semanas de ahorro.
El taller de la Academia Nacional de Bellas Artes olía a cera de abeja y a madera recién cortada. A esa hora del atardecer, la luz entraba oblicua por los ventanales y convertía el polvo flotante en partículas doradas. Emilia era la única que quedaba. Los demás se habían ido a las cinco, pero ella no tenía prisa — nunca la tenía cuando tallaba.
Su celular vibró sobre la mesa. Luego otra vez. Y otra.
Lo tomó con los dedos llenos de aserrín. Tres mensajes de audio en el grupo de WhatsApp que tía Beatriz y Patricia Mendoza compartían con ella. Los reprodujo en altavoz mientras limpiaba la gubia con un trapo.
La voz de Beatriz primero: "Emi, mi niña, ¿ya saliste de clase? Patricia y yo estamos organizando la cena en El Refugio. Sebastián llegó hoy de Londres. ¿Te acuerdas de Sebastián? Bueno, el punto es que queremos que vengas."
Inmediatamente después, Patricia: "¡Emi! ¿Cómo que si se acuerda? Claro que se acuerda. Emi, ven a cenar, tu tía Beatriz hizo ese mole que te gusta. Seb lleva dos años fuera, ya es hora de que se vean. ¡Te esperamos!"
Un tercer audio, de Beatriz: "Ignora el tono de Patricia. Pero sí ven, mi niña."
Emilia sonrió. Le costaba decirles que no a esas dos mujeres, sobre todo cuando conspiraban juntas. Guardó la pieza del dragón en su mochila de lona — la envolvió primero en un paño de franela — y se quitó el mandil.
Sebastián Mendoza. Claro que se acordaba del nombre. El nieto de Don Augusto, el heredero del Grupo Mendoza, el que había estado fuera dos años haciendo un posgrado en no sé dónde. Lo había visto de niña, en las reuniones que el abuelo Alberto organizaba con Don Augusto, pero los recuerdos eran borrosos — un muchacho alto y serio que no le hablaba a nadie.
Su celular volvió a vibrar. Un mensaje de Marcos: "Preciosa, estoy abajo. Baja ya que me van a poner una multa."
Emilia se asomó por el ventanal. Ahí estaba: un Lamborghini amarillo estacionado en doble fila frente a la entrada principal de la ANBA, con las luces intermitentes encendidas como si eso lo hiciera legal.
Bajó corriendo.
—¿Tenías que estacionarte justo enfrente? —le dijo al subirse, aventando la mochila al asiento trasero—. Todo el mundo se te queda viendo.
—Ese es el punto, Emi —Marcos le guiñó un ojo. Llevaba el pelo dorado despeinado con intención y una chamarra de cuero que costaba más que un semestre de la academia—. ¿Lista? Tía Patricia dice que si no llegas en cuarenta minutos, viene por ti ella misma.
—¿Cuarenta minutos a El Refugio? Marcos, eso es en Monte Norte. Tarda una hora.
—No en mi coche.
Emilia se puso el cinturón.
La carretera de Monte Norte era una vía privada que subía entre bosques de oyamel hacia la zona donde los Mendoza tenían su finca. Marcos la tomó a ciento veinte. Los árboles pasaban como manchas oscuras a los lados. Emilia apretó la correa del cinturón.
—Marcos, baja la velocidad.
—Tranquila, preciosa. Conozco cada curva de esta—
El impacto los lanzó hacia adelante. Metal contra metal, un crujido seco. La frente de Emilia rebotó contra la guantera. Marcos frenó en seco, las llantas chirriaron sobre el asfalto.
—¿Qué…? —Emilia se llevó la mano a la frente. Le ardía. Algo húmedo—. Marcos, ¿qué hiciste?
Marcos no contestó. Miraba por el parabrisas con una expresión que Emilia nunca le había visto: terror puro.
Delante de ellos, un Rolls-Royce Phantom negro se había detenido en la curva. La defensa trasera tenía una abolladura. La puerta del copiloto se abrió primero y bajó un hombre de traje gris — Emilia lo reconocería después como Ramón, el asistente.
Luego se abrió la puerta trasera.
El hombre que bajó medía por lo menos uno ochenta y cinco. Traje negro sin corbata, cuello de la camisa desabrochado un botón. Mandíbula cortada a cincel. Cejas oscuras sobre ojos que parecían absorber la poca luz que quedaba del atardecer. Se abotonó el saco con una mano mientras rodeaba el Phantom para inspeccionar el daño, sin prisa, como si el tiempo le perteneciera.
Emilia se quedó inmóvil.
No recordaba haberlo visto así. Los recuerdos borrosos de la infancia no tenían nada que ver con lo que estaba mirando. Este hombre no era el muchacho serio de las reuniones familiares — era otra cosa. Algo que le secó la boca y le aceleró el pulso sin razón lógica.
Sebastián Mendoza levantó la vista del golpe en la defensa y miró el Lamborghini. Su mirada pasó de Marcos al asiento del copiloto. A Emilia.
Se detuvo un segundo. Algo cruzó sus ojos — algo que Emilia no supo leer — y desapareció.
—Baja —le dijo a Marcos. Voz grave, sin inflexión.
Marcos obedeció como si lo hubieran jalado de un hilo. Rodeó el Lamborghini, se paró frente a Sebastián y empezó a hablar demasiado rápido:
—Primo, perdón, no te vi, iba un poco rápido, ya sé que no debería, pero es que—
—Ciento veinte en una zona de cincuenta —Sebastián no lo interrumpió, pero Marcos se calló igual—. Con una pasajera sin guardaespaldas. En una curva ciega.
—Sí, bueno, yo—
—Ramón. —Sebastián no levantó la voz—. Dile a legal que me redacte una copia del reglamento de tránsito federal. Marcos la va a copiar a mano. Las trescientas cuarenta y siete páginas. Y quiero el Lamborghini en el estacionamiento de Grupo Mendoza mañana a primera hora. Ahí se va a quedar hasta que yo decida lo contrario.
—¡Primo! —Marcos abrió los ojos—. ¡No puedes confiscarme el—!
Sebastián lo miró. Solo eso. Marcos cerró la boca.
Emilia seguía en el asiento del copiloto, con la mano en la frente. Le dolía. Se quitó la mano y vio una mancha roja en los dedos — no sangraba mucho, pero la piel le ardía.
La puerta del copiloto se abrió desde afuera. Sebastián estaba parado junto al Lamborghini, mirándola. De cerca, olía a cedro frío — un perfume seco, casi medicinal, que no se parecía a nada que Emilia hubiera olido antes.
—Baja —dijo. Más suave que con Marcos, pero igual de firme—. Déjame ver.
Emilia bajó. Las piernas le temblaron un poco al pisar el asfalto — por el golpe, se dijo. Por el golpe.
La mano de Sebastián le tomó el brazo para estabilizarla. Firme, sin apretar. Dedos largos. Calor a través de la tela de la chamarra. Con la otra mano le retiró el cabello de la frente y examinó la marca roja. Su mirada estaba concentrada, clínica, pero su pulgar le rozó la sien con una delicadeza que contradecía todo lo demás.
—No es profundo —dijo—. Pero necesitas que te lo revise un médico. Ramón, llama al doctor Iglesias y dile que lo espero en El Refugio en una hora.
—Estoy bien —dijo Emilia—. De verdad, no es—
—Vas a venir conmigo. —No era una pregunta.
La guió hacia el Phantom. Le abrió la puerta trasera. Emilia se subió sin protestar — no supo por qué. El interior del auto olía a cuero nuevo y al mismo cedro frío. Los asientos eran de un color arena suave, impecables.
Sebastián subió por el otro lado. Ramón arrancó. Marcos se quedó parado junto a su Lamborghini en la curva de Monte Norte, solo, con las manos en los bolsillos y cara de que el mundo se le había acabado.
El Phantom subió la montaña en silencio. Emilia miraba por la ventana. Los oyameles eran sombras altas contra un cielo que se apagaba. Sentía la presencia de Sebastián a su izquierda — su calor, su perfume, el peso de su atención — sin necesidad de voltear.
No hablaron.
Emilia apretó la correa de su mochila contra el pecho. Adentro, envuelta en franela, la pieza del dragón de cedro rojo seguía a medio tallar.
Iba a cenar con su prometido. El hombre que acababa de hacer temblar a su propio primo con una mirada.
¿Qué clase de hombre era Sebastián Mendoza?