Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.
Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.
¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?
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Capítulo 6: Secretos al descubierto
La mañana siguiente amaneció gris sobre Berlín, pero dentro de la mansión de Alexander, el ambiente era tenso. Ayzel se despertó antes que él, acurrucada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón. La noche anterior había sido catártica: lágrimas, confesiones, promesas. Pero ahora, con la luz del día filtrándose por las cortinas, las dudas volvían a asomarse.
Se levantó con cuidado para no despertarlo y caminó descalza hasta la cocina. Se preparó un café y se sentó en la isla central, mirando el jardín nevado a través del ventanal. Los copos caían lentos, hipnóticos, y por un momento se perdió en ellos.
«¿Qué estás haciendo, Ayzel?», se preguntó a sí misma. «Viniste aquí para vengarte de Axel, para arrebatarle la herencia. Y ahora estás enamorándote de su padre.»
Negó con la cabeza, tomando un sorbo de café. No podía permitirse ese pensamiento. Alexander era parte del plan, no el destino final. Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más difícil resultaba mantener las distancias.
—Buenos días, hermosa.
La voz de Alexander la sacó de sus pensamientos. Se volvió y lo vio apoyado en el marco de la puerta, vestido únicamente con un pantalón de pijama, el torso desnudo, el cabello revuelto. A pesar de todo, era un hombre increíblemente atractivo.
—Buenos días —respondió ella, esbozando una sonrisa—. ¿Has dormido bien?
—Mejor que en años. —Se acercó y la besó en la nuca, rodeándola con sus brazos—. ¿Tú?
—Más o menos. Mucho en qué pensar.
—¿Quieres hablar de ello?
Ayzel dudó. Luego giró la cabeza para mirarlo.
—Sobre los informes que encargaste... ¿desde cuándo me investigas?
Alexander suspiró, soltándola suavemente. Se sirvió una taza de café y se sentó frente a ella.
—Desde que Axel me llamó, borracho, contándome que lo habías descubierto. Esa misma noche, contraté a un detective. No para perjudicarte, sino para protegerte. Quería asegurarme de que no hubiera nadie más intentando hacerte daño.
—¿Y qué descubriste?
—Que tu plan era seducirme para quedarte con la empresa. —Lo dijo con calma, sin rencor—. Y también descubrí que, aunque ese fuera tu objetivo, tus sentimientos estaban cambiando. El detective notó que, después de la cena, tu actitud hacia mí era genuina.
Ayzel sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Todo lo que había planeado, todo lo que había construido, Alexander lo sabía desde el principio.
—¿Y aun así me llevaste a tu cama? —preguntó, incrédula—. ¿Sabías que te estaba usando?
—Sí. —Él la miró fijamente—. Pero también sabía que, si te daba tiempo, tus sentimientos se volverían reales. Y tenía razón.
Ella bajó la vista, las manos temblorosas alrededor de la taza.
—No sé qué decir. Me siento... humillada.
—No deberías. —Alexander se levantó y fue hacia ella, arrodillándose a su lado—. Todos tenemos segundas intenciones al principio. Yo también las tuve. No te mentiré: siempre me sentí atraído por ti, pero nunca habría actuado si Axel no te hubiera fallado. Aproveché la oportunidad. Y no me arrepiento.
—Pero yo te mentí.
—Y yo te investigué a escondidas. Estamos en paz.
Ayzel lo miró, y por primera vez, vio a Alexander no como un objetivo, sino como un aliado. Alguien que, a pesar de todo, la entendía.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella—. ¿Qué hacemos con esta... esta relación?
—Seguir adelante. Sin mentiras, sin secretos. —Él tomó sus manos—. Quiero que esto funcione, Ayzel. No como una venganza contra mi hijo, sino como algo nuestro.
Ella asintió, sintiendo cómo una lágrima escapaba de sus ojos.
—Está bien. Lo intentaremos.
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Esa tarde, Alexander la llevó al apartamento vacío que le había prometido. Estaba en el barrio de Charlottenburg, un edificio elegante con vistas al jardín del palacio. El departamento era amplio, con techos altos, suelos de madera y muebles modernos pero acogedores.
—Espero que te guste —dijo Alexander, abriendo la puerta—. Lo compré hace años como inversión, pero nunca lo he usado. Es tuyo, por el tiempo que necesites.
Ayzel recorrió las habitaciones, impresionada por la luz natural que entraba por los enormes ventanales. La cocina era moderna, el dormitorio principal tenía una cama king-size y un baño con jacuzzi. Era perfecto.
—Es increíble —dijo, volviéndose hacia él—. No sé cómo agradecértelo.
—No tienes que hacerlo. Verte feliz es suficiente.
Ella sonrió y se acercó para besarle. Fue un beso tierno, sin la urgencia de las noches anteriores.
—¿Te quedas esta noche? —preguntó ella, en un susurro.
—Si tú quieres.
—Quiero.
Pasaron la tarde instalando sus pertenencias —las pocas que había rescatado del departamento de Axel— y luego pidieron comida a domicilio. Comieron en el suelo, frente a la chimenea que Alexander había encendido, riendo y hablando de cosas sin importancia. Por un momento, Ayzel olvidó el caos de los últimos días. Se sentía... en paz.
Pero la paz nunca duraba mucho.
A las nueve de la noche, sonó el teléfono de Alexander. Miró la pantalla y frunció el ceño.
—Es Axel —dijo, mostrándole la llamada—. ¿Debo contestar?
—Hazlo. Pónlo en altavoz.
Alexander aceptó la llamada.
—¿Qué quieres, Axel?
—Papá, necesito hablar contigo. Es urgente.
—Habla.
—No por teléfono. En persona. En la oficina. —Su voz sonaba tensa, diferente—. He descubierto algo. Algo que necesitas saber sobre Ayzel.
Alexander y Ayzel intercambiaron una mirada.
—¿Qué has descubierto?
—No quiero decírtelo así. Ven a la oficina. Solo. Y no le digas nada a ella.
—No voy a ir a ninguna parte sin que me digas de qué se trata.
—¡Papá, por favor! —La voz de Axel se quebró—. Se trata de su vida. O de la tuya. No sé cómo decírtelo.
El silencio se hizo pesado. Finalmente, Alexander suspiró.
—Está bien. Voy para allá. Pero si es una tontería, te juro que...
—No lo es. Te espero.
La llamada terminó. Alexander miró a Ayzel, preocupado.
—No me gusta esto. Algo está tramando.
—O tal vez alguien le ha estado contando mentiras sobre mí —dijo ella, recordando el mensaje anónimo—. Ten cuidado.
—Lo tendré. —Él se levantó, buscando su chaqueta—. Quédate aquí. No abras la puerta a nadie. Y si pasa algo, llámame.
—Está bien.
Alexander la besó en la frente y salió. Ayzel se quedó sola en el apartamento, mirando las llamas de la chimenea.
Algo no olía bien.
Tomó su teléfono y marcó el número desconocido que le había enviado el mensaje. Esta vez, alguien contestó.
—¿Quién eres? —preguntó ella, sin preámbulos.
—Alguien que quiere ayudarte —respondió una voz femenina, distorsionada—. Axel está planeando tenderle una trampa a Alexander. Quiere que vaya solo a la oficina para enfrentarlo con pruebas falsas.
—¿Pruebas falsas de qué?
—De que tú y él están conspirando para arruinar a Axel. Ha manipulado unos correos electrónicos para que parezca que planeaste todo desde el principio. Si Alexander los ve, podría dudar de ti.
Ayzel sintió un escalofrío.
—¿Por qué me ayudas?
—Digamos que tengo mis propias razones para querer que Axel fracase. —La voz hizo una pausa—. Ve a la oficina. Detén la reunión antes de que sea demasiado tarde.
La llamada se cortó.
Ayzel no lo dudó ni un segundo. Agarró su abrigo, tomó las llaves del apartamento y salió corriendo.
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Llegó a la oficina de Woodgreen Industries en menos de veinte minutos. El edificio estaba casi vacío a esas horas, solo algunos empleados de limpieza y seguridad. El guardia de la entrada la reconoció y la dejó pasar sin problemas.
Tomó el ascensor hasta el piso ejecutivo. Las luces estaban encendidas en la oficina de Alexander. Se acercó sigilosamente y escuchó voces.
—...te digo que ella te está utilizando. Tengo los correos. Mira.
Oyó la voz de Axel, triunfante. Luego el silencio de Alexander, que debía estar leyendo.
No podía esperar más.
Abrió la puerta de golpe.
—¡Para! ¡Todo es mentira!
Ambos hombres se volvieron hacia ella. Axel estaba junto al escritorio, con una tableta en la mano, una sonrisa de suficiencia congelada en su rostro. Alexander estaba sentado, con el rostro pálido, sosteniendo un puñado de papeles.
—Ayzel, ¿qué haces aquí? —preguntó él, sorprendido.
—Salvarte. —Se acercó y tomó los papeles de sus manos—. Todo esto es falso. Axel lo ha manipulado.
—¡Mientes! —gritó Axel—. ¡Son pruebas reales! ¡Te he visto reunirte con abogados, planear cómo quedarte con la empresa!
—Nunca he hecho eso. —Ayzel miró a Alexander directamente a los ojos—. Sí, al principio quería vengarme. Pero nunca planeé quedarme con la empresa. Solo quería hacerle daño a él, como él me lo hizo a mí.
—¡No le creas! —insistió Axel—. ¡Es una mentirosa!
—Cállate, Axel. —La voz de Alexander fue como un látigo—. Dame esa tableta.
Axel dudó, pero finalmente se la entregó. Alexander revisó los correos detenidamente. Luego levantó la vista.
—Estos correos tienen marcas de agua. Han sido editados con Photoshop. Y las direcciones de remitente no coinciden con las de Ayzel.
El rostro de Axel palideció.
—No... no sé de qué hablas. Yo solo...
—Has perdido, Axel. —Alexander se puso de pie, su mirada helada—. Has intentado manipularme, has intentado destruir a una mujer inocente, y has desperdiciado cualquier oportunidad de redención que te quedaba. Vete. Y no quiero volver a verte en mi empresa nunca más.
—¡Pero papá!
—¡Fuera!
Axel dio media vuelta, lanzándole una mirada asesina a Ayzel, y salió de la oficina dando un portazo.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Alexander se dejó caer en su sillón, frotándose las sienes.
—Lo siento —dijo Ayzel, en voz baja—. Debí decirte la verdad desde el principio.
—No, no lo sientas. —Él levantó la vista y la miró con cansancio—. Hoy me has demostrado quién eres realmente. Y eso vale más que todas las mentiras del pasado.
Ella se acercó y se arrodilló frente a él, tomando sus manos.
—Te quiero, Alexander. No importa cómo empezó todo. Te quiero.
Él la atrajo hacia sí, enterrando el rostro en su cabello.
—Yo también te quiero. Y juntos, vamos a superar esto.
En la distancia, las luces de Berlín brillaban, indiferentes a la tormenta que acababa de pasar. Pero dentro de esa oficina, dos almas heridas comenzaban a sanar, unidas por una verdad que, finalmente, había salido a la luz.
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