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PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Malentendidos / Matrimonio arreglado
Popularitas:11.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.

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capitulo 20

El sol de la mañana no pedía permiso; agredía. Entraba por los arcos del balcón como un torrente de oro líquido, calentando el mármol de mi habitación hasta volverlo intransitable para mis pies descalzos. Me incorporé en la cama de postes, con las sábanas de seda azul profundo enredadas entre mis piernas desnudas y la respiración todavía un poco errática. El eco de la pregunta de Zayd de la tarde anterior seguía repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez, como una herida que no cerraba: *«¿Por qué me desafías tanto, Serena? ¿Por qué peleas cada centímetro si en Nueva York te entregaste a mí sin reservas?»*.

No le había respondido. No había podido. Había guardado silencio mientras su cuerpo masivo me aplastaba contra el colchón, saboreando la humillación de saber que, si él hubiera querido romper su propia promesa de no tocarme hasta la boda, yo me habría derretido bajo sus dedos en un segundo. Me odiaba por eso. Me odiaba por desear al hombre que sostenía la soga que asfixiaba el futuro de mi familia.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

—Señorita Luna —la voz de uno de los guardias de gala resonó desde el pasillo—. El Emir ordena que se vista con ropa adecuada para cabalgar. Su caballo la espera en los establos reales en quince minutos.

¿Cabalgar? ¿En medio de este infierno de más de cuarenta grados?

—Dile a tu Emir que no tengo la menor intención de salir hoy —respondí en voz alta, plantando los pies en el suelo caliente.

—No fue una invitación, señorita —replicó el guardia, y escuché sus pasos alejarse, dejándome claro que la discusión no era una opción.

Gruñí entre dientes, sintiendo cómo la rabia me devolvía la energía. Fui directa a mi maleta y busqué algo práctico. Me puse unos pantalones de montar de sarga elástica negra que se amoldaban a mis muslos como una segunda piel, unas botas de cuero oscuro que subían hasta mis rodillas y una camisa de lino blanco, ligera, con los puños remangados hasta los antebrazos. Dejé los primeros tres botones desabrochados para no asfixiarme, revelando la base de mi cuello y la sutil curva del inicio de mis pechos. Recogí mi cabello oscuro en una trenza alta y apretada, decidida a no darle el gusto de verme flaquear por el calor.

Cuando bajé a los establos principales, el olor a alfalfa limpia, cuero engrasado y sudor de caballo me golpeó los sentidos. El lugar era otra demostración de opulencia insultante: arcos de piedra blanca, techos altos que mantenían una temperatura fresca y pesebreras de madera noble con herrajes de latón brillante.

En el centro del patio de tierra batida, sosteniendo las riendas de dos animales imponentes, estaba Zayd.

La vista me obligó a detener el paso por una fracción de segundo. Ya no llevaba las túnicas formales de la corte ni el traje de negocios de Manhattan. Vestía unos pantalones de montar oscuros, botas de cuero negro desgastado que delataban horas de trabajo real y una camisa negra de lino que llevaba completamente abierta en el pecho, revelando la firmeza de sus pectorales bronceados, salpicados por unas pocas gotas de sudor que brillaban bajo la luz que se filtraba por el techo. Tenía los hombros relajados, pero la tensión de sus brazos —donde las venas se dibujaban con una nitidez casi anatómica— demostraba el control absoluto que ejercía sobre el semental negro que relinchaba a su lado.

A su izquierda, un hermoso ejemplar de pura sangre árabe, de pelaje blanco como la nieve y ojos inteligentes, resoplaba con suavidad.

—Llegas tarde, nena —dijo Zayd, y su voz de barítono profundo, ruda y rasposa, resonó en las bóvedas del establo. Me recorrió con la mirada, deteniéndose en la forma en que los pantalones negros se ceñían a mis caderas y en el escote abierto de mi camisa—. Aunque veo que elegiste la vestimenta adecuada. Este es Asfal, mi semental. Y ella es Najma. Será tu montura hoy. Es rápida, temperamental y no soporta a los jinetes que dudan. Te recordará a alguien.

—No voy a salir al desierto contigo, Zayd —dije, plantándome a dos metros de él, cruzando los brazos sobre el pecho—. Esto es un secuestro prolongado, no unas vacaciones de verano. Si quieres pasear, hazlo solo.

Zayd soltó una risa corta, un sonido áspero que no llegó a sus ojos ámbar. Se acercó a mí con esa elegancia felina que me ponía los pelos de punta, acortando la distancia hasta que pude oler el aroma de su piel: tabaco dulce, el cuero de las botas y ese calor limpio y masculino que me revolvía el estómago de deseo.

—Te lo dije anoche, Serena: en este palacio no se aceptan negativas —susurró, inclinándose sutilmente para que su aliento me rozara la oreja—. Puedes subir a Najma por tu cuenta, con el orgullo intacto, o puedo subirte yo mismo, cruzada sobre mi regazo en las riendas de Asfal, donde mi mano pasará las próximas dos horas apretando tu glúteo contra el pomo de la silla. Tú eliges el nivel de espectáculo que quieres darle a mis hombres.

Miré a los tres palafreneros que fingían limpiar los arneses a unos metros de distancia. Sabía que Zayd era perfectamente capaz de cumplir su amenaza.

—Eres un monstruo —siseé, arrebatándole las riendas de la yegua blanca de la mano.

—Soy un hombre que conoce a su gente, Serena. Sube.

Me apoyé en el estribo y subí a la silla con un movimiento fluido. Había aprendido a cabalgar en los Hamptons durante los veranos de mi adolescencia, un entorno de ricos privilegiados que no tenía nada que ver con la inmensidad que nos esperaba afuera, pero la técnica la mantenía intacta. Zayd montó a su semental negro con una facilidad insultante, espoleó los costados del animal y cruzó el gran arco de salida hacia el exterior. No me quedó más remedio que seguirlo.

Al cruzar los límites de las murallas del palacio, el paisaje se abrió ante nosotros como un océano de arena infinita. No había carreteras, ni postes de luz, ni el menor rastro de la civilización a la que yo estaba acostumbrada. Solo dunas gigantescas que se sucedían una tras otra, cambiando de forma bajo el efecto de un viento suave que levantaba finas cortinas de polvo dorado. El calor era un peso físico, una masa densa que se pegaba a la ropa, pero a medida que Najma tomaba velocidad, el aire en movimiento comenzó a refrescarme el rostro.

Zayd no hablaba. Se limitaba a guiar la marcha, manteniendo a Asfal a un trote constante, ascendiendo por la cresta de una duna inmensa que dominaba todo el horizonte. Yo lo seguía de cerca, observando la línea perfecta de su espalda bajo la camisa de lino negra, que se agitaba con el viento, dejando al descubierto la piel dorada de sus costados. Había una armonía extraña en la forma en que se movía con el caballo; parecía que el animal y el hombre fueran una sola pieza de bronce diseñada para conquistar el páramo.

Al llegar a la cima de la duna más alta, Zayd tiró de las riendas, deteniendo a Asfal por completo. Me coloqué a su lado, jadeando ligeramente, con la trenza desordenada y la camisa de lino pegada a mi pecho por el sudor.

—Mira —dijo Zayd, extendiendo su brazo derecho hacia la inmensidad del horizonte.

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Milcaris
Nació en bebé 🍼😍
Milcaris
Yo pensando que ni lo iban a extrañar. Que tuviera un feliz viaje en su descanso 🤭🤭
Milcaris
Que piensen en el bebé y nada más 🥰
PATUBELA
DESPIERTA BELLO DURMIENTE, TU CHICA SE ESCAPA 🫣
PATUBELA
No me digan que otra vez van a parar en segunda base 🤦🏻‍♀️😒
PATUBELA
No es el momento para locuras
PATUBELA
Recapacita Serena, vas a perjudicar a Zayd, y si él pierde su poder no podrá ayudar a tu papá. piensa mejor las cosas
PATUBELA
me preocupa que con su escape, Serena deje mal parado a Zayd y pierda su derecho al trono🤦🏻‍♀️
PATUBELA
ojalá Serena lo comprenda 🙄
PATUBELA
Es demasiado riesgoso...si la secuestran?🫣
PATUBELA
No te aflijas, deja que Zayd haga su trabajo y espera que te de una explicación
PATUBELA
Amiga, mejor ve a buscar marido a otra parte, aquí el título de jequesa no está vacante. OOPS!!🤭
PATUBELA
y la pobre Serena oliendo a lomo de camello 🤦🏻‍♀️que desastre!!🙄
PATUBELA
y usted no se metaque nadie le está pidiendo su opinión ni consejo, limítese a sus labores de ama de llaves, que su sobrino está grandecito para decidir con quien mezcla su sangre. TIRANOSAURIA ASQUEROSA!! 😤
Lacarvel
Se sintió tan corta 🫠 y tan hermosa, gracias por esta historia tannn lindaaaa.
PATUBELA
Serena tienes que atacar con todo y atrapar a ese Princeso...no se lo vas a dejar fácil a la bruja ofrecida 😤
PATUBELA
exótica tu abuela 😤😤 bruja igualada!!
Lacarvel
El amor gana y florece 🥰🥰🥰🥰🥰 desde que sten unidos como familia todo lo otro se combate
Yura Ran
🥰👌 gracias
Milcaris
Me encanta y alegra que todo esté fluyendo en ellos de manera natural. Ahora sí vamos a disfrutar de muchos días de una pareja feliz.
Yura Ran: hermosa 🥰👌novela
total 1 replies
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