Karol Bellandi lo perdió todo en cuestión de semanas. La empresa que levantó con años de esfuerzo está al borde de la quiebra, las deudas la persiguen y el embargo de su casa termina de destruir el mundo que construyó con sacrificio.
Sin opciones y desesperada por salvar lo único que le queda de su padre, acepta buscar ayuda del frío y poderoso empresario Nathanael Moretti.
Nathanael no cree que asociarse con Karol sea una buena inversión. Para él, ella solo es una empresaria en caída libre. Sin embargo, intrigado por la determinación de Karol, le propone un trato: si logra conquistar al cliente más importante del próximo proyecto, considerará firmar el contrato que podría salvar su empresa.
Obligada a convivir con él después de quedarse sin hogar, Karol descubre que detrás de la arrogancia de Nathanael existe un hombre marcado por secretos y heridas del pasado. Lo que comienza como un acuerdo estrictamente profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
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Capitulo 6
La mesa estaba puesta con sencillez pero elegancia, tal como acostumbraba Nathanael. Durante los primeros minutos, solo se escuchaba el sonido de los cubiertos contra la vajilla; el silencio entre ellos se había vuelto algo habitual, aunque siempre cargado de una tensión que ninguno se atrevía a nombrar.
Cerca del lugar donde él se sentaba, sobre un pequeño mueble al fondo, descansaba un objeto que Karol no había visto antes: un reloj de bolsillo antiguo, de plata deslustrada, con grabados que el tiempo había borrado en parte. Al levantar la vista por casualidad, notó que la mirada de Nathanael se había detenido en él.
Su postura, siempre erguida y segura, se desplomó levemente. Sus dedos apretaron el borde de la mesa con fuerza, y esa expresión impasible que siempre llevaba se transformó de golpe: en sus ojos apareció una tristeza profunda, una sombra que parecía venir de muy lejos, de algo que le dolía todavía con fuerza.
Karol, sorprendida por ese cambio, habló con voz muy suave, rompiendo por primera vez esa norma de no hablar de temas ajenos al trabajo.
—Ese reloj… parece muy antiguo y especial. ¿Le perteneció a alguien?
Nathanael se sobresaltó, como si hubiera sido sacado de golpe de un lugar al que no debía haber regresado. Se enderezó de inmediato, recuperando esa máscara de frialdad que parecía tener siempre lista, aunque sus ojos tardaron unos segundos más en volver a ser inescrutables.
—Es solo un objeto viejo —respondió con sequedad, evitando mirarlo de nuevo—. Nada que le importe.
—Perdone si me entrometo —dijo ella sin retroceder, con esa dulzura firme que la caracterizaba—, pero su mirada cambió al verlo. Parecía que le trae recuerdos muy profundos.
Él la miró entonces, con una mezcla de enfado y sorpresa porque alguien se hubiera atrevido a señalar lo que él intentaba ocultar.
—Los recuerdos no son más que cargas inútiles —replicó con dureza—. Yo aprendo de lo que pasó, no me quedo mirándolo. Será mejor que terminemos de cenar y nos vayamos a descansar; mañana tenemos mucho trabajo.
—No quise molestarlo —aclaró Karol con calma—. Solo sé lo que se siente cuando algo te trae de vuelta a lo que duele. Yo lo siento cada vez que toco algo que fue de mi padre. A veces, uno cree que nadie más carga con esas heridas, hasta que ve una pequeña señal de que no es así.
Las palabras de ella lo dejaron callado. Nathanael la observó en silencio por un largo instante, comprendiendo que ella no hablaba por curiosidad, sino porque sabía lo que era sufrir. Sin embargo, esas puertas permanecían cerradas con llave desde hacía mucho tiempo.
—Cada quien lleva lo suyo a su manera —fue todo lo que dijo, y su voz sonó más baja, menos severa que antes—. La cena ha terminado. Buenas noches, Karol.
Se levantó y salió de la sala rápidamente, llevando consigo ese peso que no quería compartir. Karol se quedó sola en la mesa, entendiendo por primera vez que esa arrogancia, esa distancia y esa forma de tratar todo como si no le importara, no eran más que un escudo que se había construido para protegerse. Detrás de todo ese poder y esa seguridad, Nathanael también tenía heridas que no habían sanado, igual que ella. Y por primera vez, sintió que ya no era solo la mujer que necesitaba su ayuda, sino que estaban dos personas que, de formas distintas, habían aprendido a sobrevivir al dolor.
Karol se quedó unos minutos más en silencio, mirando hacia el lugar por donde él se había ido. Se levantó despacio, se acercó al mueble donde descansaba el reloj antiguo y lo observó con respeto, sin atreverse a tocarlo.
—También tú estás aquí atrapado, ¿verdad? —susurró para sí misma—. Igual que yo.
De repente, escuchó pasos acercarse de nuevo. Nathanael apareció en el umbral de la puerta; no se había ido a su habitación como ella creía. Se detuvo al verla allí, junto al objeto, pero esta vez no había enfado en su rostro, solo una extraña vacilación.
—Era de mi padre —dijo de golpe, con voz grave, como si esas palabras le costaran salir—. Murió cuando yo apenas era un muchacho. Se lo llevó una traición… de alguien en quien confiaba ciegamente.
Karol se giró lentamente hacia él, sorprendida de que hubiera vuelto para hablarle de aquello.
—Lamento mucho escuchar eso —respondió ella con suavidad—. Entonces… esa desconfianza que pone en todo, ¿nace de ahí?
Nathanael asintió levemente, pero volvió a cruzar los brazos, como si de nuevo quisiera protegerse.
—Desde entonces aprendí que mostrar lo que sientes es darle a alguien la llave para destruirte. Por eso prefiero que piensen que soy frío, arrogante o incluso cruel… antes que darles la oportunidad de saber qué es lo que realmente me hiere.
—Pero estar solo para que no te lastimen… también duele, ¿no cree? —se atrevió a preguntar ella.
Él guardó silencio, mirándola fijamente, y por un instante la distancia que siempre los separaba pareció desaparecer.
—Buenas noches, Karol —repitió él, con un tono mucho más suave que antes, y esta vez sí se alejó por el pasillo hasta perderse de vista.
Esa noche, al acostarse, ella comprendió que ahora había algo más entre ellos: ya no era solo la mujer desesperada y el hombre poderoso. Ahora sabía que compartían algo que nadie más veía: el dolor de haber perdido lo que más querían, y la necesidad de seguir adelante a pesar de todo.