La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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Noche juntos
En palabras de Sebastián...
Cuando ví desnuda a Anna, tenía ganas de hacerla mía, mi cuerpo la anhelaba, quería besarla y decirle que yo era el hombre con el que ella se había besado aquella vez en el centro nocturno.
Sin embargo, cada vez que sentía el impulso de ser suave con ella, la imagen de aquel maldito hombre, Fernando, tomándola de la mano para escapar de mi , volvía a mi mente como un veneno. Ella lo miraba con una confianza que a mí me negaba, y eso era algo que mi orgullo no podía perdonar.
—Mañana, iremos a una fiesta muy cerca de la playa —dije, manteniendo mi voz plana, ocultando el deseo que aún me quemaba por dentro después de haberla visto así en la habitación—. Una persona vendrá a traerte ropa adecuada y solo quiero recordarte que tendrás que comportarte como mi esposa.
— Lo haré con una condición.— me dijo Anna mirándome con esa mirada retadora.
— Tú me pondrás condición ja, ja, ja— dije riendo mientras miraba como se ponía sería y sus mejillas se ponían coloradas.
— ¡Así es, si quieres que yo finja un matrimonio feliz delante de toda la sociedad, tú me dejaras atender a tu gente aquí.!— me dijo Anna y yo no entendí a qué se refería.
— Tu me estás pidiendo que te deje tener un consultorio, para atender a los jornaleros y sus familias y tienes claro que ellos no tienen los medios para pagarte, por qué si tú intención es que ellos te paguen para que tú tengas los medios para volver a escapar con tu amante....
—¡No te atrevas! —me interrumpió Anna, poniéndose de pie con tal fuerza que su silla chirrió contra el suelo—. No todos nos movemos por dinero o por intereses mezquinos, Sebastián. Fernando no tiene nada que ver en esto y por favor ya déjalo en paz. Y no, no quiero su dinero. Quiero que no mueran por una infección estúpida mientras tú cuentas tus millones.
Sentí una punzada de celos irracionales al escucharla defenderlo con tanta pasión. Me acerqué a ella.
—Acepto —dije finalmente, sorprendiéndome incluso a mí mismo—. Tendrás tu consultorio. Yo pagaré los suministros y no les cobrarás ni un centavo a los peones, a cambio te comportarás como una esposa de verdad y desde esta noche dormiremos juntos.
— Dormir juntos¿por qué.? No creo que sea necesario.— dijo ella nerviosa.
— Ese es el trato, tú serás mi esposa por completo, eso significa dormír juntos y que actúaras como tal y a cambio yo te daré todo para tu consultorio, Pero si no quieres no te preocupes te puedes encargar de la casa aquí encerrada.— dije alejándome de ella.
—Está bien... —susurró ella a mis espaldas, con una voz tan baja que casi se pierde en el aire—. Acepto. Dormiremos en la misma habitación. Pero Sebastián... un trato es un trato, tus hombres estarán alejados de mi consultorio.
Me giré lentamente, ocultando la satisfacción que sentía en mi pecho.
—Mañana mismo los camiones con el equipo médico estarán aquí, Pero mis hombres te seguirán cuidando a una distancia aceptable—dije.
Ambos nos sentamos a cenar y por primera vez no quería irme a la cama temprano, aunque no tenía la intención de obligar a nada a Anna.
—No tienes que mirarme como si fuera a morderte en cualquier momento, Anna —dije, rompiendo el silencio mientras dejaba la copa sobre la mesa—. Mis hombres estarán afuera del consultorio. No entrarán a menos que tu integridad esté en riesgo. Tienes mi palabra.
Ella asintió apenas, pero no dijo nada.
Cuando finalmente subimos a la habitación, el aire se volvió pesado.
Entré primero y me quité el saco, arrojándolo sobre un sillón. Vi cómo ella se detenía en el umbral, mirando la cama matrimonial como si fuera un campo de batalla.
—Puedes usar el baño primero —le dije, dándole la espalda para darle algo de privacidad mientras me desabrochaba los botones de los puños—. Me instalaré en mi lado de la cama. No tienes de qué preocuparte esta noche... a menos que tú decidas lo contrario.
Me metí en la cama y me apoyé contra el respaldo, encendiendo la pequeña lámpara de noche. Cuando Anna salió del baño, llevaba un camisón de seda que la cubría por arriba de la rodilla, pero que no lograba ocultar la gracia de su figura. Se movió con cautela, casi sin hacer ruido, y se deslizó bajo las sábanas en el borde opuesto, dejando un vacío inmenso entre nosotros.
Cuando las luces se apagaron, comenzó la tortura para mí, sabía que tenía a una mujer hermosa y sexy en mi cama Pero no podía tocarla su corazón de Anna no era mío y eso lo tenía muy claro.
Me quedé mirando el techo durante horas. Mi orgullo me decía que debía sentirme satisfecho por haber ganado, por tenerla en mi cama, pero verla dormir con esa vulnerabilidad me hacía sentir una extraña punzada en el pecho. No era control lo que quería de ella, no realmente. Quería que esa mirada retadora que me lanzó en el comedor se transformara en algo más.
En palabras de Anna.
Cuando me metí a la cama, mi corazón latía muy fuerte, las cobijas estaban realmente frías, logré poderme quedar dormida después de un rato.