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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:511
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 6

La transformación de Alejandra Torres a Valeria Volkova fue una dolorosa lección de descompresión psicológica. En el asiento del copiloto del vehículo utilitario de Liam Cross, mientras la lluvia de la tarde golpeaba el parabrisas con una furia monótona, Elena cerró los ojos e inició el ritual de borrado. Desmanteló mentalmente la postura rígida de la activista, el tono cortante de la periodista, la indignación moral que había usado para acorralar al concejal Sterling. Esas emociones pertenecían al pasado inmediato; ahora necesitaba el hielo, la soberbia y la distancia aristocrática de la heredera de Europa del Este.

Liam conducía en silencio a través del tráfico congestionado del distrito gubernamental hacia la zona norte, donde se encontraba la clínica del doctor Novak. De reojo, el detective observaba el rostro de Elena. La vio respirar de manera pausada, rítmica, expandiendo los pulmones hasta que el temblor de sus manos cesó por completo. Había algo casi sobrehumano en la forma en que ella controlaba su propio sistema nervioso, pero el beso que acababan de compartir en la penumbra del coche aún flotaba entre ellos como una verdad eléctrica y peligrosa.

—Estamos a diez minutos de la zona de exclusión de las colinas —dijo Liam, rompiendo el silencio con su voz áspera y baja. Su mano derecha descansaba sobre la palanca de cambios, a escasos centímetros de la rodilla de Elena—. Te dejaré en la esquina trasera del centro comercial de la avenida alta. Marcus me envió los códigos de acceso para el estacionamiento subterráneo de la clínica. Estaré allí a las ocho en punto, camuflado en el área de mantenimiento.

Elena abrió los ojos. La tormenta gris en su mirada ya no denotaba fatiga, sino una concentración fría y geométrica. Sacó un espejo de bolsillo de su bolso y comenzó a retocar el delineado negro y afilado de sus ojos, transformando la mirada limpia de Elena en los ojos felinos de Valeria.

—No debes interferir a menos que la señal de audio que transmite mi collar se interrumpa por más de sesenta segundos, Liam —advirtió ella, y su voz ya poseía esa cadencia más baja, pausada y de acento sutilmente extranjero—. Novak es un psicópata meticuloso. Si detecta una presencia extraña en el perímetro o si tú entras antes de tiempo, usará sus conexiones legales para destruir tu carrera antes de que podamos extraer sus archivos privados.

Liam detuvo el coche junto a la acera del centro comercial, bajo la luz mortecina de una farola que parpadeaba debido a la humedad. Apagó los faros pero mantuvo el motor en marcha. Se giró hacia ella, sus ojos verdes clavándose en los de ella con una intensidad que lindaba con la furia protectora.

—Me importa una mierda mi carrera, Elena —dijo él, acortando la distancia entre sus rostros—. Ya cruzamos esa línea en la oficina de Pendelton y la volvimos a cruzar hace una hora. Si ese bastardo del bisturí intenta ponerte una sola gota de sedante en el cuerpo, no voy a esperar sesenta segundos. Voy a entrar y voy a romperle las manos. Entendido?

Elena lo miró fijamente. Detrás de la máscara de Valeria, el corazón de la mujer real dio un vuelco sutil. No estaba acostumbrada a que nadie fuera su red de seguridad, a que un hombre estuviera dispuesto a arrojar su vida entera al abismo solo para asegurarse de que ella regresara a casa. Era aterrador, pero al mismo tiempo, encendía una calidez en su pecho que amenazaba con derretir el hielo de su personaje.

—Entendido, detective —susurró ella, y por una fracción de segundo, la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa genuina—. Pero confía en mi juego. He tratado con hombres que se creen dioses antes de que tú tuvieras una placa. Sé exactamente qué hilos mover para que se ahorque con su propia cuerda.

Se colocó las gafas de sol oscuras de gran tamaño, ocultando su mirada, y abrió la puerta del copiloto. Se deslizó fuera del vehículo con la elegancia elástica de Valeria Volkova, dejando que la puerta se cerrara con un golpe seco. Liam la vio caminar bajo la lluvia, con la espalda perfectamente erguida sobre sus tacones de aguja, hasta que su silueta blanca se disolvió en la entrada del centro comercial donde cambiaría de vehículo para llegar a la clínica.

 

A las 7:55 p.m., la clínica del doctor Gabriel Novak estaba en absoluto silencio. El personal de enfermería y recepción se había retirado a las siete, dejando las inmensas instalaciones de hormigón pulido y luces indirectas bajo el control del sistema automatizado y del propio cirujano.

Elena, vestida con un traje de chaqueta negro de sastre con solapas de satén y un collar de platino que ocultaba el micrófono de alta ganancia en el reverso del dije, cruzó la puerta de cristal principal. El lector óptico reconoció su tarjeta VIP de Valeria Volkova y la cerradura magnética cedió con un soplido sordo.

El vestíbulo estaba en penumbra, iluminado solo por el resplandor azulado de las pantallas integradas en las paredes que mostraban simulaciones anatómicas en tres dimensiones. Al final del pasillo, la puerta del consultorio principal se abrió, y Gabriel Novak apareció bajo el marco.

No vestía su bata blanca habitual. Llevaba una camisa de seda negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos y un pantalón de sastre oscuro. Su cabello rubio cenizo estaba perfectamente peinado, y su rostro, de una simetría artificial y gélida, lucía una sonrisa de bienvenida que no llegaba a sus ojos claros.

—Valeria, querida —dijo Novak, su voz fluyendo con una suavidad melodiosa, casi musical—. Puntual como una pieza de relojería suiza. Estaba empezando a temer que la tormenta de la tarde la hubiera disuadido de buscar la perfección.

Elena caminó hacia él, cada paso resonando en el suelo de hormigón con una cadencia segura y aristocrática. Se quitó los guantes de cuero negro y los dejó sobre la mesa de recepción con un gesto de absoluta propiedad.

—La tormenta es solo ruido de fondo para quienes sabemos lo que queremos, doctor Novak —respondió ella, arrastrando las consonantes con el acento europeo de Valeria—. En mi mundo, el clima no dicta mis citas. Espero que el estudio tridimensional de mi rostro esté listo. No me gusta perder el tiempo con promesas abstractas.

—Por supuesto —Novak la invitó a entrar al consultorio con un elegante movimiento de mano—. He pasado las últimas tres horas analizando la estructura ósea de su rostro en el renderizador holográfico. Debo confesarle que su caso me ha obsesionado desde el momento en que cruzó esa puerta el primer día. Hay una... resistencia geométrica en sus facciones que rara vez encuentro en las mujeres de esta ciudad. La mayoría de ellas vienen rotas, buscando que yo les devuelva una confianza que sus maridos les quitaron. Pero usted... usted viene buscando el absoluto.

Elena se sentó en la silla ejecutiva frente al gran escritorio de nogal negro. Mantuvo la espalda recta, los hombros relajados y cruzó las piernas con una lentitud calculada. Sus ojos grises se fijaron en la gran pantalla de alta definición montada en la pared opuesta, donde la simulación virtual de su rostro rotaba lentamente.

—La confianza es para los débiles, doctor —dijo Elena, entrelazando los dedos sobre su regazo—. Yo busco el control. Mi rostro es mi carta de presentación en las galerías de arte de Europa. Si voy a permitir que alguien modifique un solo milímetro de mi estructura, necesito saber que ese alguien tiene la capacidad mental de ver lo que el resto del mundo ignora.

Novak caminó hacia el mueble bar oculto en la pared lateral. Sacó una botella de cristal tallado que contenía un licor ámbar y sirvió dos copas cortas.

—Me agrada su soberbia, Valeria —dijo él, dándole la espalda por un instante mientras vertía el líquido. Elena agudizó la vista a través del reflejo del cristal de la ventana. Vio cómo la mano derecha de Novak se movía con una rapidez quirúrgica sobre una de las copas, dejando caer dos gotas de un frasco diminuto que guardaba en la palma de su mano. Un movimiento imperceptible para un ojo común, pero flagrante para el camaleón—. La mayoría de las personas confunden la belleza con la simetría simple. El verdadero arte requiere un toque de asimetría controlada, una tensión que atrape la mirada. Un poco de licor de pera para calentar el ambiente antes de ir al laboratorio de imágenes?

Se giró y se acercó a ella, extendiéndole la copa que contenía el compuesto químico. Su sonrisa era la de un anfitrión impecable, pero en el fondo de sus pupilas claras brillaba la anticipación sádica del depredador que sabe que su presa está a punto de dar el paso definitivo hacia la camilla.

Elena tomó la copa por el tallo. Sintió el frío del cristal contra sus dedos. Sabía, gracias a los análisis de Marcus, que Novak utilizaba un sedante de parálisis consciente. Si le daba un solo sorbo, perdería la capacidad de mover sus cuerdas vocales en menos de tres minutos, quedando a merced de su bisturí digital.

—El licor de pera es una excelente elección, doctor —dijo Elena, levantando la copa a la altura de sus ojos, observando el líquido bajo la luz de la pantalla holográfica—. Pero suelo brindar por los resultados, no por las expectativas. Déjeme ver primero las modificaciones que ha diseñado en la pantalla. Si me convencen, beberé con usted. Si no... me temo que mi vuelo de regreso a Ginebra saldrá mañana por la mañana.

Novak arqueó una ceja, sutilmente contrariado por la resistencia de la mujer, pero su ego narcisista encontró ese desafío deliciosamente estimulante. Dejó su propia copa sobre la mesa y se acercó al panel de control táctil de la pantalla gigante.

—Es usted una negociadora implacable, Valeria. Muy bien. Observe el monitor.

Novak deslizó los dedos sobre la superficie de cristal. El render tridimensional del rostro de Valeria Volkova se detuvo. Con un comando de voz, el cirujano activó la capa de simulación de tejidos blandos y óseos.

—Aquí está su línea mandibular actual —explicó Novak, su voz volviéndose apasionada, casi mística, el tono del artista de la carne—. Su ángulo es de ciento veinte grados. Es una estructura fuerte, aristocrática. Pero si realizamos una micro-osteotomía en la rama ascendente del maxilar inferior... aquí... —dibujó una línea roja virtual sobre el hueso de la pantalla—, podemos reducir el ángulo a ciento quince grados. Eso suavizará el contorno, eliminando esa... agresividad que denota su postura actual y transformándola en una delicadeza clásica. Una mujer que no necesita defenderse porque su propia belleza es un escudo.

Elena observaba la pantalla, pero su mente estaba procesando la ubicación de la computadora central de la oficina. Debajo del escritorio de nogal, una pequeña luz verde parpadeaba: el puerto de enlace del servidor local de la clínica, donde Novak guardaba los expedientes reales, las fotografías de extorsión de Camille Rossier y el registro de sus cirugías experimentales no autorizadas. Necesitaba que él se alejara del escritorio por lo menos durante noventa segundos para poder conectar el bypass inalámbrico que llevaba en su bolso.

—Es un cambio drástico, doctor Novak —dijo Elena, levantándose de la silla con la copa todavía en la mano derecha, caminando despacio hacia la pantalla holográfica como si estuviera examinando una pintura en una galería—. Reducir el ángulo maxilar podría alterar la tensión del músculo masetero. Eso afectaría la expresión de mi sonrisa. ¿Está seguro de que sus manos pueden predecir el comportamiento del tejido bajo tensión?

Novak se tensó imperceptiblemente ante el cuestionamiento de su capacidad profesional. Se alejó del panel de control y dio tres pasos hacia ella, deteniéndose a escasa distancia. El olor a cítricos y metal de su perfume inundó el espacio.

—Mi bisturí no comete errores de predicción, Valeria —dijo con un tono que perdió parte de su suavidad, revelando la veta autoritaria del abusador—. He moldeado los rostros de las mujeres más influyentes de esta costa. Camille Rossier creyó que podía cuestionar mis métodos y ahora... bueno, ahora entiende que el arte no acepta sugerencias del lienzo.

Elena anotó mentalmente la mención directa a Camille. El micrófono de su collar estaba transmitiendo cada palabra directamente al receptor de Marcus y a la unidad de grabación de Liam en el estacionamiento subterráneo. La confesión verbal estaba empezando a materializarse.

—¿Camille Rossier? —preguntó Elena, fingiendo ignorancia aristocrática—. Creo haber visto su rostro en las revistas de París hace un año. Tenía una estructura interesante. ¿Qué pasó con ella, doctor?

Novak soltó una risa despectiva, restándole importancia con un gesto de la mano.

—Camille era una criatura arrogante que no supo apreciar la firma que grabé en su carne. Quería la fama, pero no estaba dispuesta a aceptar el dolor que requiere la verdadera transformación. Intentó amenazarme con ir a los tribunales por una supuesta asimetría postoperatoria. Tuve que recordarle que poseo los registros de su verdadera identidad antes de que el dinero de sus patrocinadores pagara su primera rinoplastia en su adolescencia. En este negocio, Valeria, el cirujano es el dueño del pasado y del futuro de sus pacientes.

—Fascinante —susurró Elena, dando un paso hacia atrás, colocándose deliberadamente al lado del escritorio de nogal negro—. Su control sobre la situación es absoluto, doctor. Admito que esa perspectiva me resulta... embriagadora.

Elena dejó la copa con el sedante sobre la mesa auxiliar con un movimiento rápido, simulando que estaba absorta en la contemplación de la pantalla tridimensional. Con la mano izquierda, abrió sutilmente el cierre magnético de su bolso de mano y extrajo el pequeño dispositivo USB clonador de frecuencias de Marcus.

—¿Le importa si examino el render desde el ángulo lateral? —preguntó, señalando la pantalla.

—Por supuesto. Permítame rotar la imagen para usted —dijo Novak, dándole la espalda por completo al escritorio mientras se acercaba de nuevo al panel táctil de la pared opuesta.

Elena no desperdició una décima de segundo. Se inclinó sobre el espacio inferior del escritorio de nogal, localizó el puerto de enlace del servidor y deslizó el dispositivo USB en la ranura metálica. El clonador emitió un parpadeo azul casi invisible y comenzó a succionar los archivos encriptados del disco duro de la clínica a través de la conexión inalámbrica de alta velocidad que Marcus controlaba desde el búnker.

El cronómetro en su cabeza comenzó a marcar los segundos: *diez, quince, veinte...*

 

Mientras tanto, en el segundo nivel del estacionamiento subterráneo de la clínica, la atmósfera dentro de una furgoneta de mantenimiento gris era de una tensión asfixiante. El detective Liam Cross permanecía sentado frente a una consola de audio portátil, con los auriculares apretados contra las orejas. Sus ojos verdes fijos en el segundero de su reloj de pulsera: 8:42 p.m.

A través del receptor, la voz de Elena —modulada en el tono gélido de Valeria Volkova— y la del doctor Novak llegaban con una claridad quirúrgica. Cuando Liam escuchó al cirujano confesar abiertamente cómo había chantajeado y silenciado a Camille Rossier utilizando sus registros médicos privados, el detective apretó el volante de la furgoneta con tanta fuerza que el cuero crujió bajo sus dedos.

—La tienes, camaleona —susurró Liam en la oscuridad del vehículo—. Tienes la confesión de extorsión. Ahora sal de esa maldita oficina antes de que note el USB.

De repente, a través del canal de audio, se escuchó el tintineo de un cristal. El sonido de una copa al ser movida sobre una superficie dura.

—¿No ha tocado su licor, Valeria? —dijo la voz de Novak a través del intercomunicador, con un tono que había cambiado repentinamente de la pasión artística a una sospecha fría y cortante—. Noto que ha dejado la copa exactamente en el mismo nivel. Y me parece muy curioso que su bolso de mano esté abierto de esa manera tan... inusual sobre mi mesa de caoba.

Liam se enderezó de golpe en el asiento de la furgoneta. Su mano derecha descendió de inmediato hacia la funda de su arma reglamentaria en la cintura.

—Elena... —susurró Liam, sintiendo un sudor frío recorrer su nuca. El cronómetro de los sesenta segundos de silencio no había comenzado, pero su instinto policial le decía que el depredador de la clínica acababa de notar la red a su alrededor.

 

Dentro del consultorio, la temperatura pareció descender diez grados en un instante. Gabriel Novak se encontraba de pie junto al escritorio, con los ojos fijos en la copa de licor intacta y luego en el bolso de Elena, de donde sobresalía sutilmente el cable de antena del clonador inalámbrico que terminaba de extraer el último bloque de datos de la caja fuerte digital.

El cirujano no gritó. No mostró violencia física inmediata. Su rostro se transformó en una máscara de una crueldad puramente geométrica, la expresión de un hombre que se da cuenta de que su obra maestra ha resultado ser una trampa diseñada para destruirlo.

—Es usted una mujer de muchas capas, Valeria —dijo Novak, dando un paso lento hacia ella, rodeando el escritorio—. O tal vez debería llamarla de otra manera. Ninguna heredera de Europa del Este pasa tanto tiempo mirando los puertos de conectividad de un servidor médico. ¿Quién es usted realmente? ¿Una enviada de la fiscalía? ¿O un fantasma del pasado de Camille?

Elena no retrocedió. La máscara de Valeria Volkova se desvaneció por completo de su rostro, dejando paso a la fría, afilada y letal identidad de la Camaleona en su estado operativo puro. Sus ojos grises se clavaron en los de Novak con un desprecio que hizo que el cirujano diera un respingo involuntario.

—Soy el espejo de tus sombras, doctor Novak —respondió Elena, su voz natural, baja y con la firmeza del acero—. Soy la horma de tu zapato. El disco duro de tu servidor acaba de ser clonado en su totalidad. Las fotos de Camille, los registros de tus negligencias médicas y las cuentas secretas con las que compras el silencio de la junta médica están en este momento en los servidores federales. Tu carrera como artista de la carne ha terminado esta noche.

Novak mudó el rostro a una palidez lívida. Su mano derecha se deslizó hacia el bolsillo de su pantalón, buscando el frasco de sedante concentrado y una jeringa de precisión que siempre llevaba consigo para las contingencias.

—No vas a salir de este edificio para testificar, perra —siseó Novak, abalanzándose sobre el escritorio con una velocidad sorprendente, intentando inmovilizarla contra la mesa.

Elena reaccionó con la velocidad de un felino entrenado. Esquivó el impacto de su cuerpo girando sobre sus tacones de aguja, tomó la pesada copa de cristal de baccarat con el licor de pera y la estrelló con una fuerza descomunal directamente contra el lateral de la mandíbula del cirujano.

El cristal se fragmentó en mil pedazos. Novak soltó un alarido de dolor y furia mientras caía de rodillas sobre el suelo de hormigón pulido, con la línea de su mandíbula perfecta sangrando profusamente debido a los cortes del vidrio. El esteta de la simetría acababa de recibir una lección de pura asimetría física.

Antes de que pudiera levantarse, la pesada puerta de madera de nogal de la oficina fue derribada con un estruendo brutal.

Liam Cross irrumpió en la habitación con el arma reglamentaria por delante, con los ojos verdes encendidos por una furia salvaje que hizo que incluso Elena diera un paso hacia atrás. El detective no había esperado los sesenta segundos; el tintineo del cristal y el cambio de tono en la voz de Novak habían sido suficientes para que reventara los accesos de seguridad de la clínica a base de fuerza bruta.

—¡Al suelo, maldito bastardo! ¡Al suelo ahora mismo o juro por mi placa que te vuelo la cabeza! —rugió Liam, colocándose entre Novak y Elena, cubriéndola con su propio cuerpo mientras apuntaba directamente al centro del pecho del cirujano herido.

Novak, sosteniéndose la mandíbula ensangrentada y mirando el cañón del arma del detective, entendió que su imperio de cristal se había derrumbado por completo. Se desplomó sobre el hormigón, sollozando de dolor y de humillación, derrotado por las mismas armas de control y secreto que había usado para destruir a tantas mujeres.

Liam mantuvo el arma firme con la mano derecha mientras con la izquierda sacaba las esposas de su cinturón, arrojándolas al suelo junto a Novak.

—Espósate tú mismo, Novak. Tu noche de cirugías ha terminado —dijo Liam con una voz gélida.

El detective se giró despacio hacia Elena. La miró de arriba abajo, asegurándose de que no tuviera un solo rasguño, de que el vestido negro no tuviera marcas de violencia. La tensión entre ambos en medio de la oficina destrozada de la clínica era tan densa que el llanto de Novak en el fondo parecía un murmullo lejano.

Elena desconectó el dispositivo USB del servidor, que ya lucía la luz verde fija del 100% de la extracción completada, y lo guardó en su bolso. Miró a Liam, y por primera vez, sus ojos grises mostraron una profunda gratitud que borró cualquier rastro de sus máscaras operativas.

—Te dije que no llegaras tarde, detective Cross —susurró ella, con la voz temblando sutilmente debido al descenso de la adrenalina.

Liam guardó su arma slowly, se acercó a ella y, sin importarle la presencia del detenido en el suelo ni las cámaras de seguridad que registraban la escena, la tomó de los hombros y la atrajo hacia su pecho en un abrazo firme, cálido y cargado de una promesa inquebrantable de protección.

—Nunca llego tarde cuando se trata de ti, camaleona —respondió Liam contra su cabello castaño corto—. Vámonos de aquí. El departamento y los federales se encargarán del resto de la limpieza. Tu trabajo con Novak ha terminado.

Salieron de la clínica tomados de la mano, cruzando el vestíbulo en penumbra mientras las sirenas de las patrullas federales comenzaban a resonar a lo lejos, ascendiendo por las colinas de la ciudad. El segundo monstruo había caído, el romance prohibido entre la vigilante y el hombre de la ley se consolidaba en el fuego del peligro compartido, pero en las sombras más profundas de la metrópoli, una figura aristocrática de ojos azules pálidos comenzaba a encender sus propias pantallas, observando el patrón de los hombres poderosos caídos y reconociendo, tras años de búsqueda, el estilo inconfundible de la mujer que una vez creyó haber roto para siempre.

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Cliente anónimo
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