Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 17
El Gran Nido del Clan Águila no era un lugar para los débiles de corazón. Construido en las cumbres más altas de la Cordillera de los Vientos, era una fortaleza impregnada de piedra blanca, abismos verticales y corrientes de aire helado que habrían congelado la sangre de cualquier criatura terrestre. Allí, la fuerza, la disciplina militar y la pureza del linaje lo eran todo.
Aquiles caminaba por el gran salón de piedra del Consejo de los Cielos. En su forma humana, con su capa de piel oscura sobre los hombros y sus colosales alas de plumas castañas y doradas replegadas con perfecta marcialidad, avanzaba a paso firme. Sin embargo, su mente no estaba en las tácticas de patrullaje de las fronteras ni en los movimientos de las tribus enemigas.
Su mente estaba a kilómetros de distancia, en una cueva iluminada por el fuego, donde olía a resina de pino, pan caliente y estofado de salmón.
—Avanza, General Aquiles —retumbó una voz profunda que hizo vibrar las estandartes del salón.
En el trono de piedra pulida, tallado directamente sobre el pico de la montaña, se encontraba el Líder Supremo del Clan Águila y padre de Aquiles: el Gran Cacique Zephyros. Era un guerrero anciano pero imponente, de barba cana, mirada de halcón y alas de un gris plateado que testificaban décadas de batallas victoriosas.
Aquiles se hincó de rodillas en una impecable reverencia militar, apoyando su puño derecho sobre el pecho.
—Padre... mi Señor —dijo Aquiles con voz firme—. He regresado de mi patrullaje en los límites del Bosque de la Niebla de Sangre.
Zephyros entornó sus ojos dorados, examinando detenidamente a su hijo y sucesor. Algo en la postura del invencible Dios de la Guerra del clan no encajaba. La Herida Maldita de la Viuda del Bosque, que debería haberlo matado o al menos dejado postrado por meses, no dejaba ver ni un solo rastro de debilidad en sus movimientos. Pero lo más inquietante no era la rápida cicatrización de sus heridas.
Era su rostro.
Había una extraña suavidad en la mirada de su hijo normalmente gélido, un brillo cálido y persistente que el viejo cacique no había visto en Aquiles jamás. Además, sus orejitas de plumas, que solían estar rígidas como espadas en posición de combate, se agitaban con una inquietud sutil y levemente sonrosada.
—Tu informe médico me llegó antes que tu persona, hijo mío —dijo Zephyros, apoyando sus codos sobre los apoyabrazos de piedra—. Los curanderos del nido juraban que el veneno de la Viuda te arrebataría la vida. Sin embargo, te mantienes de pie, más fuerte que nunca. ¿Qué medicina ancestral usaste? ¿Qué chamán de las cumbres te salvó?
Aquiles levantó la vista. La sola mención de su salvación hizo que la imagen de Serena, con sus ojos verdes brillantes, su tono sarcástico y su top de lino, llenara su mente.
—No fue un chamán de las cumbres, Padre —respondió Aquiles, y la devoción en su voz fue tan evidente que varios ancianos del consejo ladearon la cabeza con sorpresa—. Fue una hembra. Una sobreviviente del Clan del Tigre que vive exiliada en las profundidades del bosque prohibido. Una serpiente.
Un murmullo de desaprobación recorrió el gran salón. Las serpientes eran consideradas por los águilas como criaturas terrenales, astutas y sin la nobleza de los pobladores del cielo.
—¿Una serpiente te salvó de la toxina de la Viuda? —preguntó Zephyros con incredulidad—. Imposible. No existe antídoto conocido para esa maldición en todo el continente.
—Ella no usó magia ni antídotos comunes —explicó Aquiles, poniéndose de pie y dejando que la pasión por los logros de Serena borrara su habitual timidez militar—. Limpió la infección con agua hirviendo y alcohol purificado por ella misma. Extrajo el veneno combinando hierbas silvestres que cualquier curandero habría pisoteado, controlando la temperatura con un método exacto de cocción que ella llama 'química'. Me salvó la vida en cuestión de horas.
Zephyros frunció el ceño, intrigado a su pesar.
—Eso... es inusual. Pero sigue siendo una sola curación.
—¡No es solo eso, Padre! —interrumpió Aquiles con un entusiasmo que dejó boquiabiertos a los guardias reales—. Deberías ver cómo vive. En medio de un bosque muerto y hostil, ha construido un sistema de filtración con cañas de bambú, piedras y carbón. El agua más turbia y envenenada entra por su invento y sale tan pura y dulce como la nieve de nuestras cumbres.
Aquiles dio un paso al frente, gesticulando con las manos mientras sus orejas de pluma se erguían de pura emoción.
—Y su huerto... La tierra del bosque prohibido es estéril en esta época, pero ella equilibra los nutrientes del suelo con restos orgánicos y cenizas. ¡Hace que los rábanos y las plantas medicinales broten en pleno invierno! Por no hablar de su comida... —Aquiles hizo una pausa y se pasó la mano por la nuca, sintiendo un leve calor en sus mejillas al recordar a Serena alimentándolo en la cueva—. Su cocina es superior a cualquier banquete de victoria que hayamos celebrado jamás.
El salón de consejo quedó en absoluto silencio. Los ancianos se miraban entre sí, estupefactos. Escuchar al implacable e indomable General Aquiles —un hombre que solo hablaba de formaciones de vuelo, bajas enemigas y estrategia de acero— elogiar con tanto fervor la pureza del agua y el crecimiento de los rábanos de una hembra serpiente, era una escena casi surrealista.
Zephyros observó a su hijo detenidamente. Vio cómo la piel morena del general se teñía de un leve color carmesí mientras hablaba de ella, y cómo sus enormes alas doradas se agitaban con un suave esponjamiento, un comportamiento que en la biología de las águilas solo significaba una cosa: el cortejo instintivo.
El viejo líder soltó una carcajada profunda y atronadora que resonó en las bóvedas de la fortaleza.
—Por las tormentas ancestrales... —rio Zephyros, negando con la cabeza—. El terror de las fronteras del sur, el azote de las panteras... ¡ha sido completamente domado por una pequeña serpiente botánica!
—¡Padre! —exclamó Aquiles, con las orejas de plumas tiñéndose de un rosa encendido y la capucha de su capa casi cayéndosele por el pánico de ser descubierto—. ¡No me ha domado! Yo solo... aprecio su inmenso valor técnico y científico para el desarrollo de nuestro clan.
—Sí, claro, su 'valor técnico' —se burló el cacique, mirándolo con diversión y un profundo orgullo de padre—. Un guerrero no habla de una hembra con ese fuego en los ojos a menos que esté dispuesto a construirle un nido en la cumbre más alta. Pero debo admitir algo, Aquiles: lo que me cuentas no es solo fascinante, es una bendición de los cielos.
La expresión del cacique se volvió seria y majestuosa.
—Nuestro clan sufre cada invierno por la falta de agua limpia en las alturas y la escasez de medicinas eficientes para nuestros heridos de guerra. Si esa joven posee el conocimiento para purificar los recursos y hacer florecer la tierra donde nada crece, no es simplemente una sobreviviente... es una mente prodigiosa. Una mujer que puede cambiar el futuro de los cielos.
Zephyros se levantó de su trono, desplegando sus majestuosas alas plateadas en una postura de máxima autoridad.
—General Aquiles —ordenó el Líder Supremo—. Te doy una orden oficial del consejo. Regresarás de inmediato al Bosque de la Niebla de Sangre.
Aquiles se cuadró de inmediato, conteniendo el aliento.
—Buscarás a esa hembra serpiente —continuó Zephyros, con una sonrisa sabia dibujándose en su rostro—. Pero no irás como un conquistador ni como un guerrero. Irás con la mayor de las diplomacias. Le entregarás nuestras insignias de paz y la invitarás formalmente a unirse al Clan Águila, no como una refugiada, sino como nuestra Invitada de Honor y Mentora Suprema de Agricultura y Medicina.
Aquiles sintió que su corazón daba un vuelco gigante en su pecho. La idea de llevar a Serena a su hogar, de mostrarle las alturas, de protegerla en las fortalezas del cielo donde nadie jamás volvería a juzgarla o lastimarla, lo llenó de una alegría tan intensa que apenas pudo articular palabra.
—Y Aquiles... —añadió Zephyros con un guiño astuto antes de que su hijo se girara para marchar—. Intenta no ponerte tan rojo cuando le entregues la invitación. Un general de las alturas debe mantener al menos un poco de dignidad durante el cortejo.
Los ancianos del consejo soltaron risitas disimuladas mientras Aquiles, con las orejas emplumadas ardiendo de vergüenza pero con una sonrisa radiante en los labios, se llevaba la mano al corazón.
—Entendido, mi Señor. No le fallaré —dijo con la voz firme.
Sin perder un solo segundo, el General Aquiles dio media vuelta, desplegó sus colosales alas doradas y se lanzó al vacío desde el balcón del palacio, cortando el viento helado a una velocidad cegadora. Tenía una misión estratégica de la mayor importancia: regresar al lado de su bella serpiente y convencerla de volar con él hacia un nuevo hogar.