El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 8: LO QUE EL DINERO NO PUEDE ESCONDER
Durante los meses siguientes, la biblioteca de Altavista se convirtió en el único lugar del mundo donde Camila Duarte se sentía verdaderamente ella misma.
Trinidad le enseñó a leer un balance financiero como quien lee un mapa: identificando no lo que estaba escrito, sino lo que deliberadamente se había omitido. Le enseñó la diferencia entre una empresa fantasma constituida para evadir impuestos y una constituida para lavar dinero. Le enseñó cómo los fideicomisos internacionales podían usarse para ocultar la propiedad real de un activo detrás de capas y capas de sociedades anónimas, cada una registrada en un país distinto, cada una diseñada específicamente para que cualquier investigador se rindiera antes de llegar al final del laberinto.
—La clave nunca está en el dinero que se mueve —le repetía Trinidad, una y otra vez, con la paciencia metódica de una maestra que ha decidido que su alumna merece dominar cada detalle antes de avanzar—. Está en el dinero que se mueve en el momento equivocado. Un pago legítimo no necesita esconderse un día antes del cierre fiscal. Solo el dinero que teme ser visto se mueve así.
Camila absorbía cada lección con una hambre que la sorprendía incluso a ella misma. Por las noches, en su celda, repasaba mentalmente cada concepto, cada estructura, cada patrón que Trinidad le había enseñado durante el día, hasta que el sueño la vencía con la libreta todavía abierta sobre el pecho.
Fue durante una de esas sesiones, casi ocho meses después de su primer encuentro en la biblioteca, cuando Trinidad llegó con una expresión distinta a la habitual.
—Tengo algo que contarte —dijo, sentándose frente a ella con más cautela de la que solía emplear—. Y no sé todavía si es una buena o una mala noticia.
—¿De qué se trata?
—Tengo una antigua colega. Trabajamos juntas hace años, antes de que yo cayera. Ella sigue en el gremio, hace auditorías independientes, y por pura casualidad, hace unas semanas, le tocó revisar parte de la documentación de la fusión entre el Grupo Duarte y la empresa Roig. Como parte del proceso rutinario después de la muerte de Ernesto Roig.
Camila sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Y qué encontró?
—Movimientos extraños. Muy extraños. —Trinidad bajó la voz, aunque en ese rincón apartado de la biblioteca nadie más podía escucharlas—. Transferencias hechas desde una cuenta identificada solo con las iniciales "P.D.", con destino a una sociedad registrada en las Islas Caimán llamada Fenwick Holdings. Transferencias que empezaron hace casi seis años, mucho antes de que tu boda siquiera se planeara, y que continuaron de manera constante, trimestre tras trimestre, hasta apenas unas semanas antes del asesinato de Ernesto Roig.
—P.D. —repitió Camila, sintiendo que el nombre de su propia madre se formaba en su boca como una acusación que todavía no se atrevía a pronunciar en voz alta—. Perla Duarte.
—No puedo confirmarlo con certeza absoluta todavía. Las iniciales podrían corresponder a cualquier persona. —Trinidad la miró fijamente—. Pero hay algo más. Mi colega encontró un patrón que le pareció particularmente inusual: los montos transferidos coinciden, casi centavo por centavo, con discrepancias detectadas en los estados financieros que Ernesto Roig había estado revisando personalmente durante los últimos meses antes de su muerte. Como si alguien hubiera estado desviando fondos de la fusión, y Ernesto lo hubiera descubierto.
Camila sintió que el suelo de la biblioteca se movía bajo sus pies, aunque permaneció perfectamente inmóvil en su silla.
—¿Estás diciendo que mi madre pudo haber estado robando dinero de la fusión, y que Ernesto la descubrió?
—Estoy diciendo que existe una posibilidad, respaldada por evidencia documental preliminar, de que alguien tenía un motivo financiero extremadamente poderoso para que Ernesto Roig no llegara a exponer lo que había descubierto. —Trinidad eligió cada palabra con precisión quirúrgica—. Y estoy diciendo que ese motivo apareció exactamente en el momento en que alguien más terminó siendo acusada de su asesinato.
El silencio que siguió se extendió durante lo que a Camila le parecieron varios minutos completos. Sintió que una parte de ella —la hija que todavía, contra toda lógica, seguía esperando algún día encontrar una explicación que absolviera a su madre— luchaba desesperadamente contra la otra parte, la que ya había empezado, meses atrás, a sospechar exactamente esto.
—Necesito ver esos documentos —dijo finalmente, con una voz que había perdido por completo el temblor de la duda.
—Eso va a ser complicado. Mi colega no puede sacar copias oficiales sin levantar sospechas, y cualquier intento de solicitar esos registros directamente alertaría de inmediato a quien sea que esté detrás de Fenwick Holdings. —Trinidad cerró la libreta—. Necesitamos ser pacientes. Necesitamos construir el caso pieza por pieza, sin que nadie afuera de estos muros se entere de que lo estamos construyendo. Y necesitamos, sobre todo, que tú tengas acceso legítimo a información financiera que ahora mismo te resulta completamente inalcanzable desde una celda.
—¿Cómo se supone que voy a lograr eso encerrada aquí?
Trinidad sonrió, por primera vez esa noche, con una expresión que combinaba a partes iguales calidez y algo mucho más frío, mucho más calculador.
—No lo vas a lograr desde aquí. Lo vas a lograr el día que salgas. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla casi en un susurro—. Camila, quiero que entiendas algo con total claridad. Lo que estamos construyendo no es un caso legal para presentar ante un juez. Los jueces, las fiscalías, todo ese sistema, ya demostró de qué lado está cuando se trata de tu familia. Lo que estamos construyendo es algo distinto. Es el mapa exacto de cómo desmantelar, pieza por pieza, todo lo que tu madre construyó sobre una mentira. Y para hacer eso, vas a necesitar algo que ahora mismo no tienes.
—¿Qué?
—Una identidad nueva. Recursos propios. Y acceso, directo o indirecto, al círculo que hoy te dio la espalda. —Trinidad se puso de pie, dando por terminada la sesión de esa noche—. Tenemos tres años y cuatro meses para prepararte. Y te aseguro, Camila Duarte, que cuando finalmente cruces esas puertas, nadie en esta ciudad va a estar preparado para lo que vas a traer contigo.
Esa noche, de vuelta en su celda, Camila se quedó mirando el techo durante horas, incapaz de dormir, repasando una y otra vez las palabras "P.D." y "Fenwick Holdings" como si fueran una plegaria oscura que repetía en silencio.
Y por primera vez desde el día de su boda, sintió algo que había creído perdido para siempre: la certeza absoluta de que no había sido simplemente víctima de una desgracia, ni de una serie de casualidades desafortunadas.
Había sido, desde el principio, la pieza sacrificada de un plan mucho más grande. Y ese plan tenía un nombre y unas iniciales que, si Trinidad estaba en lo correcto, correspondían exactamente a la mujer que la había traído al mundo.