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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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El regreso que rompió el tiempo

El mar golpeaba las rocas de Cnosos con la misma furia con la que le golpeaba el pecho.

Ariadna se apoyó en la barandilla del barco y miró la costa acercarse. Había estado lejos dos años. Dos años durante los que no pasó un solo día sin que su mente volviera a las sombras del Laberinto, a la voz grave que le decía no debes venir, a la mano grande y temblorosa que la sostenía como si fuera algo sagrado.

Pero esto no era solo un regreso.

No era volver de una estancia larga. Era algo distinto. Más hondo. Más terrible.

Miró sus manos. Estaban suaves, sin las cicatrices que se había hecho arañando la tierra sobre su tumba. Miró su vestido: el mismo que llevaba antes de que todo se rompiera. Y entonces lo comprendió con una claridad que le heló la sangre:

Había vuelto.

Los dioses —o su propia desesperación, tan grande que conmovió al cielo— la habían devuelto al principio. Antes de la llegada de Teseo. Antes de la orden de su padre. Antes de que la espada atravesara el pecho de quien amaba. Antes de que el mundo entero celebrara una muerte y llamara héroe a un asesino.

Cerró los ojos y el recuerdo la atravesó como un cuchillo:

El grito de Asterión.

El frío de su mano entre las suyas.

Teseo limpiando la hoja con una sonrisa satisfecha: «Bien hecho. La bestia ha caído.»

Y ella, arrodillada en la sangre, maldiciendo el momento en que creyó que alguien de fuera podría entenderlo.

Ahora estaba aquí. De vuelta. Y esta vez no lloraría.

El barco atracó. La gente la esperaba en el muelle, silenciosa, respetuosa. Nadie sabía nada. Nadie sospechaba que la princesa que regresaba traía consigo el peso de un destino ya vivido, ya sufrido, ya perdido.

Bajó la pasarela con la cabeza alta. No sonrió. No saludó con efusión. Caminó entre ellos con paso firme, como si cada piedra que pisara fuera un juramento. Subió las escalinatas del palacio, las mismas que recorrió mil veces, y esta vez no sentía nostalgia. Sentía rabia. Pura, ardiente, contenida, esperando el momento de estallar.

Las puertas del salón del trono se abrieron ante ella. Su padre, el rey Minos, la esperaba en su sitial de mármol y oro. No hubo abrazo. Ni caricia. Ni palabra de hija a hija. Solo una mirada fría, calculadora.

—Llegas justo a tiempo —dijo, con voz seca—. Los tributos de Atenas han llegado. Catorce jóvenes. Y con ellos, un príncipe que jura acabar con el Minotauro.

Ariadna apretó los puños a los costados. Las uñas se clavaron en las palmas.

—Lo sé —respondió ella, y su voz no tembló—. Sé quién es. Sé lo que hará. Sé lo que dirá.

Minos la miró con sorna.

—¿Y qué sabes tú, niña?

—Sé que no es un salvador —escupió ella, avanzando un paso—. Sé que vendrá con mentiras en la boca y gloria prestada. Sé que prometerá y abandonará. Sé que llamará monstruo a quien jamás le hizo daño.

El rey golpeó el reposabrazos con fuerza.

—¡Cuidado con lo que dices! Esa criatura es una maldición sobre esta casa. Tú lo sabes. Y tú ayudarás a Teseo a ponerle fin. Le darás el hilo. Lo guiarás. Lavarás la vergüenza de tu sangre.

Ariadna sintió que la sangre le hervía.

—¿Lavar la vergüenza? —repitió, con una risa baja y amarga—. ¿Matando al único ser que jamás fue honesto conmigo?

—Es tu deber —cortó él, tajante—. Y lo cumplirás.

Ella sostuvo su mirada, feroz, imperturbable.

—Veremos, padre.

Se giró y salió del salón sin esperar permiso. Las puertas se cerraron tras ella. El pasillo estaba vacío. Apoyó la espalda contra la pared y respiró hondo, tratando de calmar el fuego que le quemaba el pecho.

No estaba soñando. No era un sueño.

Estaba de vuelta.

Y tenía tiempo. Suficiente para prepararlo todo. Suficiente para impedirlo.

Caminó hacia sus aposentos. El palacio era el mismo: olores de incienso, columnas pintadas, ecos de pasos lejanos. Pero para ella todo había cambiado. Ya no era la princesa ingenua que creía en héroes. Era la mujer que había visto el infierno y regresaba para cambiar el final.

Se sentó junto a la ventana y miró hacia abajo, hacia los tejados que cubrían la entrada al Laberinto.

—Espérame —susurró, al viento, a la oscuridad que lo guardaba—. Ya voy. Y esta vez nadie te tocará.

La noche apenas empezaba. Pero ella ya tenía el primer plan trazado en la mente: bajar. Verlo. Decirle que no estaba sola. Y advertirle que el enemigo ya estaba aquí.

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