A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 20
Cap 20: El cumpleaños de Don Augusto
La residencia Tejada estaba en Las Lomas, portón de hierro forjado en verde oscuro. Adentro, dos jacarandas, una capillita de uso privado, un salón de eventos con techos abovedados. Damián la llevó por la entrada de servicio, no por la principal —para evitar la cámara de la prensa social que ya estaba en la entrada de honor—.
—Mija. Sube. Te dejé todo en el cuarto azul. Estoy contigo en quince minutos.
—Mariana, no es necesario que—
—Sí lo es. Anda.
Camila subió detrás de una muchacha de servicio. El cuarto azul: paredes en azul polvo, una cama, un armario, un espejo de tres lunas. Sobre la cama, en una funda de tela, un vestido oscuro, de corte limpio, escote alto que recordaba a la línea de los bocetos de la propia Camila más que a una colección de boutique. Una caja con joyería discreta.
Camila tocó el vestido. Talla treinta y cuatro. Cabía como si lo hubieran hecho para ella.
* * *
Mariana entró a los catorce minutos exactos. Iba acompañada de una mujer mayor, pequeña, de cabello blanco recogido en una trenza —doña Lucha, la nana de cuarenta y dos años de servicio—. Doña Lucha le hizo una inclinación de cabeza a Camila.
—Buenas noches, señorita.
—Buenas noches.
—Va a ser una larga noche. Si necesita algo, mi cuarto es el de la puerta verde abajo, al fondo. Toque sin pena.
—Gracias, doña Lucha.
—¿Te quedó? —preguntó Mariana.
—Me quedó.
—Bien. Ven, te ajusto el zipper.
Mariana le subió el cierre con tres movimientos. Después se paró frente a ella, le acomodó el cuello, le retiró un mechón.
—Camila. Sé tú misma esta noche. No intentes ser lo que ellos esperan. Tú ya eres suficiente.
—Mariana...
—Lo digo por experiencia. Yo entré a este salón a tu edad como recién casada de Fernando. Me pasé tres meses tratando de aprenderme las reglas. Lo que me ganó la casa no fue cumplirlas. Fue dejar de fingir.
Camila asintió sin hablar.
Mariana le puso el collar de perlas grises.
—Vamos.
* * *
Damián la esperaba al pie de la escalera. Traje negro, corbata en el mismo tono que el vestido —sin que ninguno lo hubiera hablado—. Le ofreció el codo.
—Damián.
—Dime.
—No me dejes sola con nadie de Valentina o Patricia los primeros veinte minutos.
—No te dejo.
—Trato.
—Trato.
* * *
El señor Tejada padre, Fernando, se acercó primero. Le tendió la mano a Camila sin titubear.
—Camila. Mucho gusto. Mariana me ha hablado mucho de ti.
—Mucho gusto, señor Tejada.
—Don Fernando.
—Don Fernando.
—¿Buen viaje desde la colonia? El tráfico de los sábados a Las Lomas no es lo que era.
—Llegamos a tiempo.
—Que es lo único que importa. —Le hizo un guiño chiquito. Un guiño de suegro político, no de patriarca—. Pásala bien. Mariana te tiene la mesa cuatro.
Don Augusto Tejada —setenta y tres años, espalda recta, traje de tres piezas, un bastón de palo de rosa que llevaba más por elegancia que por necesidad— estaba en el centro de la sala. Cuando entraron, giró la cabeza. Esperó.
—Mi nieto.
—Abuelo. Le presento a Camila Lazcano.
Don Augusto miró a Camila. Cinco segundos largos.
—Camila.
—Don Augusto. Mucho gusto.
—Acércate, mija.
Le tomó la mano izquierda con los dos pulgares. La miró de frente.
—Tienes ojos de alguien que ha visto de más para su edad. Bienvenida.
—Gracias.
—¿Te están portando bien con mi nieto?
—Hasta ahora, sí.
—Si no, me avisas. Yo lo enderezo.
—Anotado, Don Augusto.
El patriarca soltó una risa pequeña. Le palmeó el brazo a Damián.
—Vete, mijo. Y, Camila, en esta casa, cuando algo te incomode, te metes a la biblioteca del segundo piso. La puerta del fondo. Ahí no entra nadie.
—Gracias.
* * *
Valentina Tejada Lascuráin lanzó la primera punzada a los doce minutos.
—Camila, ¿no? Encantada. ¿Tú también eres de Polanco?
—No. De la Roma sur.
—Ah. Qué original. ¿Y de qué familia? ¿Te conozco a tu mamá de algún club?
—No me conoces a mi mamá, Valentina. Falleció cuando yo era niña.
—Ay. Lo siento.
—Gracias.
Patricia Lascuráin observaba con la copa a media altura. Mariana, apareciendo por el flanco, intervino:
—Valentina, mija. Tu mamá te está buscando para la foto con el abuelo.
—Ya voy.
* * *
Antes de eso, en el salón principal, Don Augusto subió al pequeño estrado de honor. Pidió silencio con la mano. La sala respondió con el silencio de quien sabe que no se interrumpe al patriarca.
—Familia. Amigos. Hoy cumplo setenta y tres años. No es un número redondo. Pero es el número que tengo. Quiero agradecerles tres cosas. Una: que vinieron. Dos: que vinieron sin regalo, como pedí. Tres: que mi nieto trajo, por primera vez, a una mujer a esta casa que no es de la familia y se quedó del brazo de ella todo el tiempo. Salud.
La sala se rio. Camila bajó la mirada un segundo. Damián no la soltó del brazo.
Don Augusto bajó del estrado. La banda volvió al bolero.
A las nueve y cuarto, el cóctel se desplazó al jardín. Las luces ámbar de los faroles. Una banda pequeña tocaba bolero al lado de la fuente. Damián saludó a un grupo de socios; Camila se quedó dos pasos atrás, con su copa de agua mineral.
Fue ahí cuando ocurrió.
Camila se giró para tomar un canapé de la bandeja que pasaba un mesero. Al girarse, su mano izquierda subió a despejar un mechón del cuello —un gesto pequeño que llevaba haciendo desde niña, mil veces al día, sin darle peso—.
A cinco metros, una mujer dejó de hablar a media palabra.
* * *
Una mujer parada frente a la fuente, copa en la mano, azul medianoche, cincuenta y tantos, cabello entrecano peinado hacia atrás. Acompañada de un hombre joven —treinta y pocos, alto— que era sin discusión su hijo. Estaban hablando con el señor Tejada padre.
La mujer interrumpió la frase. Miró a Camila. Miró a Camila otra vez. El color le abandonó la cara.
—Mamá —dijo el hijo, en voz baja—. ¿Estás bien?
La mujer no respondió. Llevó la mano al pecho. La copa se le inclinó.
—Mamá. Mírame.
—Sebas... —Hilo de voz—. Esa muchacha.
Sebastián siguió la mirada de su madre. Vio a Camila —que en ese segundo le hablaba a Damián de un canapé— y, sin necesidad de explicaciones, entendió por qué su madre estaba a punto de irse al suelo.
—Mamá. Respira. Aquí no.
—Sebas. Es ella.
—Vamos al baño.
—Sebas. Es ella.
—Ya sé. Vamos.
Sebastián le pasó la copa al mesero más cercano. Le tomó el codo. Caminaron hacia el interior del salón.
* * *
Camila los vio salir, de reojo. Se inclinó hacia Damián.
—Damián. La señora de azul medianoche. ¿Quién es?
Damián miró. Dos segundos.
—Lucía Bravante de Carvajal. Esposa de Ernesto Carvajal. El joven es su hijo mayor, Sebastián.
—Me estaba mirando muy raro.
—¿Cómo de raro?
—Como si me conociera.
Damián la miró un segundo. La cicatriz vieja de la ceja le subió un milímetro.
—Camila. Por hoy, sigue con tu agua mineral. Después platicamos.
—¿Pasa algo?
—Después.
Camila no insistió.
* * *
Sebastián cerró la puerta del baño tras de sí. Lucía se inclinó sobre el lavabo. Se apoyó en las dos manos. Se miró en el espejo y, por un momento, no se vio.
—Sebas.
—Estoy aquí.
—¿Tú la viste?
—La vi como tú la viste.
—Los ojos, Sebas.
—Los ojos.
—La forma de levantar la mano para apartarse el pelo. Yo tengo esa foto. La de tu padre con la niña en el hospital.
—Mamá.
—La postura. Es la de mi mamá.
—Mamá. Respira.
Lucía respiró. Las manos le temblaban.
—Sebas. Es ella.
—No lo sabemos.
—Sí lo sabemos.
—No lo sabemos. Lo intuimos. Es distinto.
—¿Tú la conoces?
—No. Está con Damián Tejada. Mi amigo. La trajo de novia.
—¿Hace cuánto?
—Llevo meses oyendo. La oficial primera vez es esta noche.
Lucía se miró en el espejo. Murmuró una sola palabra, sin abrir los labios del todo.
—Nieves.
—Mamá.
—Nieves, Sebas. Es mi Nieves.
—Mamá, esto lo manejamos con cabeza. No vamos a salir ahí afuera a preguntarle nada. ¿Me oyes?
—Sí.
—Vamos a investigar. Voy a hacer una llamada esta noche. Mañana tengo el primer resultado. Necesito un mes. Quizá menos.
—Júrame.
—Te lo juro.
Lucía cerró los ojos. Apoyó la frente contra el espejo dos segundos. Cuando se enderezó, había recuperado, con la disciplina de tres generaciones de mujeres entrenadas para no derrumbarse en público, el ochenta por ciento de la compostura.
* * *
Afuera, en el jardín iluminado, Camila Lazcano se rio de un comentario que Damián le había hecho al oído. La risa fue breve.
A cinco metros, Sebastián caminó hacia el grupo del señor Tejada padre sosteniendo el codo de su madre. En el bolsillo del saco, ya tenía el teléfono.
Marcó al jefe de seguridad. Habló bajo. Habló corto.
—Lautaro. Necesito una prueba de ADN comparativa, sin escándalo, antes del fin de semana. Te paso por mensaje el contexto. Cero ruido. Cero pregunta. Si esto se filtra, alguien se entera antes que mi madre y eso no va a pasar dos veces en esta familia.
Cortó. Guardó el teléfono. Le hizo un gesto a una de las edecanes.
—Que mi mamá no quede sola en la mesa principal en lo que resta de la noche. Que la siente con doña Mariana de los Tejada. La mesa cuatro. Yo paso a recogerla en una hora.
—Sí, señor.
Caminó al lado de su madre hacia la fuente.
Ninguno de los invitados supo lo que había acabado de pasar.
Lo supo Lucía. Lo supo Sebastián. Lo supo —de otro lado, por otra ruta— Damián Tejada, que se quedó dos segundos viendo a Camila reír y, sin que ella lo notara, le apretó el codo más fuerte de lo que cualquier otra noche se hubiera permitido.
En el baño del salón, una madre había pronunciado el nombre de su hija. El nombre que nadie había dicho en esa ciudad en veintitantos años.