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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:299
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: ¿Y a ti te gusta?

—Estudiar es cosa de la escuela, no de aquí —repitió Dante, con esa calma suya que no admitía réplica, y se recargó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, mirándola.

—Es que en mi cuarto la luz es peor —confesó Camila, apenada—. Y aquí está calientito. —Volvió a mirarlo, con esa lástima cariñosa que le tenía—. Oye, ya que te ascendieron, ¿no te conviene mejor entrar de cantinero? Ganas más que de mesero, y con esos brazos que tienes se te vería bien atrás de la barra. Yo le digo a doña Lupe que te recomiende, si quieres. Te tienen que dar chance, se ve que eres trabajador.

Lo dijo con toda la buena fe del mundo, ofreciéndole una mano a un hombre que era dueño de la barra, del club, y de la mitad de las barras de la ciudad.

Dante se despegó del marco y caminó hacia ella. Camila, sentada, tuvo que echar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo. Él se inclinó, apoyó una mano en la mesa, junto a los apuntes de ella, y acercó la cara. Olía a algo limpio y caro, a madera y a frío.

—¿Cantinero? —dijo, muy bajo, con esa voz ronca que le raspaba a Camila en algún lado—. Para servirte a ti las copas toda la noche. —Se acercó un poco más, hasta que ella le vio las pestañas—. ¿Y a ti te gusta?

A Camila se le subió toda la sangre a la cara de un golpe. Abrió la boca y no le salió nada. El corazón se le puso a galopar como si hubiera subido los seis pisos corriendo.

—Yo… este… —balbuceó.

—¡Camila! —La voz de doña Lupe tronó desde el pasillo—. ¡Camila, ven a ayudarme a cerrar caja!

Camila se levantó como resorte, tiró el lápiz, lo recogió, agarró los apuntes hechos bola contra el pecho y salió huyendo del cuartito con la cara ardiendo, sin atreverse a mirar atrás. Dante se quedó adentro, solo, y se le dibujó otra vez esa media sonrisa. Muy bonita, pensó. Y muy dócil. Se asusta como gatita.

De madrugada, cuando por fin cerraron, Dante la alcanzó en la banqueta.

—Vivimos en el mismo edificio —dijo, abriéndole la puerta de una camioneta negra reluciente que Camila supuso prestada o del club—. Te llevo. Me queda de pasada.

Camila estaba demasiado molida para discutir. Se subió, se hundió en el asiento —que era el asiento más cómodo en el que se había sentado en su vida, de piel suave y tibia— y dejó que la ciudad pasara por la ventanilla, borrosa y dormida. Adentro olía a nuevo. El tablero tenía luces que ella no sabía para qué servían. Se ve que en el club le va bien al patrón que le presta esto, pensó, sin más malicia que esa.

—¿No te da miedo? —preguntó Dante, de la nada, mirando el semáforo.

—¿Miedo de qué?

—De subirte al carro de un hombre que apenas conoces. A esta hora.

Camila lo pensó. Se llevó, sin darse cuenta, la mano al bolsillo donde traía el gas pimienta.

—Un poco —admitió, con una honestidad que a Dante le hizo gracia—. Pero tú me cubriste del borracho sin pedirme nada. Y sales a la escalera para no oler a trago frente al retrato de tu mamá. —Se encogió de hombros, adormilada—. Los que se portan mal no cuidan esas cosas.

Dante no dijo nada. Pero algo en su cara se movió, apenas, como cuando el viento roza el agua quieta.

En un alto, con la luz roja pintándole la cara, Dante se aflojó un poco el cuello de la camisa, y a Camila le brilló en el pecho, colgada de un cordón de cuero, la medalla oscura.

—¿Y esa medalla? —preguntó, con la voz pastosa de sueño—. Siempre la traes.

—Era de mi madre —dijo él, y por un segundo la voz se le puso distinta—. Mandó grabarle una oración. —Rozó la piedra con el pulgar—. Es lo único que me dejó.

—Está bonita.

Dante manejó un rato en silencio. Después dijo, casi para sí mismo:

—Yo no toco droga. Nunca. Ni la vendo, ni la muevo, ni dejo que entre a lo mío. —Apretó apenas el volante—. Una vez, por culpa de eso, me clausuraron un negocio medio año. No me importó. Prefiero perder el negocio. Mi madre… —No terminó la frase. No hizo falta.

Camila lo oyó a medias. Para cuando la camioneta agarró la avenida larga, ya se había quedado dormida, con la mejilla contra la ventanilla y los apuntes resbalándosele de las manos. Dante bajó la velocidad. Manejó lo que quedaba de camino sin brusquedad, tomando las curvas despacio para no despertarla.

En el edificio la despertó con dos golpecitos suaves en el hombro. Subieron. Y en el descanso del sexto, cuando Camila hurgaba dormida por sus llaves, Dante le quitó de las manos la bolsa del pan que ella había comprado para el día siguiente.

—¿Ya cenaste? —preguntó.

—No…

Diez minutos después, en la parrilla eléctrica de Camila, Dante doraba un puño de fideo en un poco de aceite y luego agregaba agua, jitomate picado, sal y un chile seco. Lo hacía con una destreza rara en un hombre tan grande, removiendo la olla con la muñeca. Le sirvió a Camila el plato hondo y él se comió lo que quedó directo de la olla, en dos o tres bocados, de pie, como quien no está acostumbrado a que le sobre comida.

—Están buenos —dijo Camila, sorprendida, soplándole a la cuchara—. ¿Dónde aprendiste? Los hombres que conozco ni un huevo saben freír.

—Por ahí —contestó él. Y después de un rato, mientras enjuagaba la olla en el fregadero minúsculo, agregó, sin voltear—: De niño cocinaba para mi madre. Cuando ella no podía. —Cerró la llave—. Se aprende rápido lo que hay que aprender.

Camila dejó de masticar. Había en esa frase todo un mundo que ella no se atrevió a tocar. Pensó en su propia infancia, en las noches en que fue ella la que le calentó la cena a Bruno mientras su madre lloraba en el cuarto. "Se aprende rápido lo que hay que aprender." Sí. De eso ella sabía.

—Gracias por la sopa —dijo, en voz baja.

Dante se secó las manos, la miró comer un momento con una expresión que ella no le había visto, y se fue a su departamento sin despedirse con palabras, solo con un gesto de la cabeza.

Cuando Dante volvió a su departamento, ya de madrugada, sacó el teléfono y marcó.

—Beto.

—Mande, patrón.

—La mesa del cuarto de servicio del Zafiro. La del fondo. Está muy baja, se encorva. Cámbiala por una más alta, buena, con su silla. Y pon un foco más fuerte ahí. De los blancos, de leer. Mañana.

Del otro lado hubo un silencio desconcertado.

—¿Una… mesa, patrón? ¿Y un foco? —Beto no entendía. En quince años de conocer al Tigre, le había oído ordenar muchas cosas, pero nunca una mesa y un foco—. ¿Para… para el cuarto de la limpieza?

—Para el cuarto de la limpieza —dijo Dante, y colgó.

Beto se quedó viendo el teléfono un largo rato. No entendía. Camila tardaría todavía mucho en atar aquellos cabos.

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