La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
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Lo que se elige
Khadir observó el regalo que su padre le había enviado: allí estaba ella, silenciosa e inmóvil en medio de su estancia, ojos plateados bajos pero espalda erguida como el acero. Una sonrisa lenta y natural se dibujó en sus labios, y sin esfuerzo alguno su mente volvió al primer instante en que la había visto.
Lo recordaba con claridad, como si hubiera ocurrido ayer y no hacía meses.
La primera vez fue en el castillo. Sangre por todas partes, tiñendo suelos de piedra y salpicando tapices que llevaban siglos en su lugar. El choque incesante de las espadas llenaba el aire; él avanzaba sin detenerse, abriéndose paso entre todos quienes se le oponían. Estaba a punto de derribar a otro soldado cuando algo lo hizo levantar la mirada.
Unos ojos. Plateados. Como si la luna misma lo observara en medio del caos. Grandes, asombrados, inmóviles. No por miedo —todavía no—, sino por algo parecido al asombro, como si jamás hubiera visto nada semejante a la violencia que se desplegaba ante ella.
Por un instante… él sonrió. Un gesto breve, instintivo. Y ella retrocedió un paso, comprendiendo al instante. Luego dio media vuelta y huyó.
Khadir soltó un suspiro suave al traerlo a la memoria, recorriendo con un dedo el borde de la mesa. Predecible. Miedo. Huida. Sumisión. Lo había visto mil veces. Nada especial… otra chica común ante su poder.
Pero luego vino la segunda vez.
Aquella noche, con la batalla ganada y el castillo suyo. El olor metálico de la sangre seguía pegado a su piel. Necesitaba limpiarlo, dejar atrás el calor de la lucha. Salió solo, sin decir nada a nadie, hasta llegar a un lago escondido entre árboles, de aguas oscuras y tranquilas como obsidiana pulida. Se despojó de todo y entró en el agua fría, dejando que se llevara consigo el polvo, el sudor y la guerra.
Fresco. Silencioso. En paz. Hasta que lo sintió: una presencia. No cercana para atacar, pero sí lo bastante real para importar. Alguien lo miraba.
No se giró al instante. Sabía demasiado bien esa sensación. Un leve movimiento entre las hojas, una respiración contenida, un cambio casi imperceptible en el aire… y supo dónde estaba. Era ella. La de ojos plateados. Allí parada. Sin esconderse. Mirándolo. Sin huir. Sin apartar la vista. Con firmeza.
Sonrió despacio. Distinto. Eso era nuevo. Ningún rastro de temor ni vergüenza. Solo curiosidad… y algo más que reconoció de inmediato: interés. No veía un príncipe ni un conquistador. Veía a un hombre. Y le gustaba lo que veía.
—Pequeña atrevida… —murmuró.
Se quedó observándola un momento más. Podría haberse marchado. Tenía todas las razones para hacerlo. Pero había vuelto. Para verlo. Y entonces él se movió: veloz como una fiera, y en un abrir y cerrar de ojos estuvo en la orilla, justo ante ella, cerrando la mano sobre su muñeca. Sin escapatoria.
De cerca resultaba aún más interesante. Confusión, sorpresa, y hasta una chispa de emoción… nada de lo que esperaba encontrar. Y en ese instante decidió: sería suya. No por belleza, aunque la tenía. No por utilidad. Porque lo miró a los ojos… y no bajó la vista.
Ahora la tenía aquí, vestida con telas finas, tranquila y contenida… pero igual en el fondo. Con esa fuerza interior intacta.
—¿Qué ocurre? —dijo con voz suave y profunda—. ¿Se te ha perdido la voz, mi pequeña mascota?
Ella intentó hablar, calló un instante y luego respondió bajando levemente la cabeza:
—No es eso, mi señor.
—¿Mi señor? —una sonrisa nueva, más entretenida—. Interesante… y además tiene buenos modales.
Mila levantó entonces la mirada, directa y firme, sin desafiar pero sin temblar.
—No te faltará techo, alimento ni vestido —dijo él mirándola fijo—. Pero dónde duermas… eso lo decido yo. Podrías tener tu propia estancia, cómoda y privada… o podrías dormir en mi cama.
Ella tembló levemente; vio cómo acudían a su mente los días compartidos en la tienda, todo lo que ya sabían el uno del otro.
—Así será, mi señor.
Él se acercó despacio, tomó su barbilla con suavidad y la alzó hacia sí:
—A solas… olvida tantas formas. Ya nos conocemos demasiado bien para eso. Sé cada rincón de tu cuerpo… al igual que tú conoces el mío. Creo que nos podemos permitir algo más cercano… ¿no crees?
El rostro de ella se encendió, y él sintió esa punzada extraña que prefirió no nombrar.
—Eres fascinante… —se volvió serio de golpe, firme y claro—: Pero escúchame bien. Nunca me mientas. Nunca me engañes. Nunca me traiciones. Si te equivocas… dilo de inmediato. No soporto que crean que pueden burlarse de mí.
Llamó con voz firme:
—¡Señora Cloth!
La mujer entró al instante.
—Llévatela. Prepárala como corresponde… y llévala a mi alcoba cuando estés lista.
Mila salió sin mirar atrás, pero él supo que sentía su mirada siguiéndola. Quedó solo ante la ventana, observando la luna sobre los jardines:
—Hermosa… cuidadosa… y lista… —sonrió con ese brillo propio—. Eres mucho más que bonita, pequeña Mila. Mucho más.