Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 06
Lelia respiraba agitada del miedo que sentía, pero no dejaba de verlo a los ojos; suspiró profundamente antes de contestarle.
—Le entrego la carta que mi hermana te dejó; puedes leerla, ahí ella te explica lo que hizo, me dijo que lo ibas a entender. -
Apolo la suelta y se gira, se sienta en uno de los sofás de la pequeña sala que tenía en el despacho; no decía nada, solo se le quedó mirando.
Lelia frota las muñecas de sus manos; el agarre de él había sido demasiado fuerte, se las dejó rojas y algo adoloridas.
Rápido tomó la carta que había guardado en una bolsa escondida que tenía el vestido en su cintura, trató de entregársela, pero él no la tomó del brazo y la sentó en sus piernas.
Acarició su rostro al momento de empezar a decirle.
—Es cierto que te pareces mucho a tu hermana, pero hay algo en ti que te hace diferente; realmente es fácil ver quién es quién.
Mi mujer es coqueta, seductora y su maquillaje es llamativo; la hace ver más brillante para los hombres, mientras que tú ni maquillaje usas, no tienes ese brillo, pareces aburrida, insignificante.
Aunque a mí no me importa, solo quiero mirar este rostro todos los días y sobre la carta no me importa lo que me quiera decir esa zorra.
Estoy tan enojado con ella, que solo quiero desquitar mi ofensa, por eso ocupo tu respuesta y tiene que ser en este momento.-
Lelia, por un momento, se sorprende al caer sentada en sus piernas; se quedó quieta escuchando lo que dijo, pero en el momento que dejó de hablar, reacciona.
Se sentía molesta por llamar zorra a su hermana y más furiosa estaba por no respetarla.
Fue extraño, pero su mano derecha se movió sola y terminó dándole dos bofetadas con todas sus fuerzas.
Rápido se pone de pie y le grita enfurecida.
—Respétame, eres un caballero y yo una dama; también te pido que no hables de esa manera de mi hermana. -
Apolo se pone de pie; la bofetada no le gustó nada. Estaba por sujetarla una vez más, pero esta vez ella fue rápida y corrió hasta ponerse detrás del sofá individual, marcando una distancia.
No pudo evitar reírse; le pareció divertida su acción. Le parecía un conejito asustado, tratando de correr a su madriguera para huir de su depredador.
Se controla para no reírse fuerte; tenía que mantener su actitud molesta al momento de decirle.
—Para empezar, no tengo que tratarte como una dama o señorita, porque no te comportas como tal.
Mírate, estás en la casa de un caballero y no traes a tu chaperón; llegaste sola y entraste a mi despacho a sabiendas de que no es correcto, que va contra los principios de la moral y los valores inculcados por esta sociedad.
No tengo que portarme como un caballero cuando la joven no se comporta como una dama; tengo que decir que en esto eres igual que la zorra de tu hermana.
Dejemos eso y mejor dame una respuesta a lo que te pregunté, porque no pienso leer la carta de tu hermana, no me interesa saber qué pretexto tiene para dejarme con esta humillación. -
Lelia se dio cuenta de que nada de lo que dijera o hiciera lo iba a hacer cambiar de opinión.
Ese hombre estaba decidido a desquitarse por la ofensa que sentía; negó con la cabeza y con amargura le dice.
—Está bien, tomaré el lugar de mi hermana, pero tiene que jurarme que no molestará a mis padres y no mandará a nadie a lastimar a mi hermana; tiene que dejarla ser feliz. -
Apolo se acercó a ella; aunque el sofá quedó en medio, puso su mano sobre la de ella que estaba en el respaldo del sofá, y le sonríe con malicia al momento de decirle.
—Te lo juro, pero eso solo va a pasar mientras que tú me tengas contento; tendrás que complacerme en todo lo que te ordene.
Ya que aceptaste, vamos a hablar de lo que haremos. Para empezar, tienes que decirles a tus padres que me hiciste creer que tú eres Aelia, que tomarás su lugar para protegerlos.
Nunca nadie debe saber que no eres Aelia; solo cuando estemos a solas te permito ser tú misma.
Ya veremos qué tal eres en la cama; espero que aprendas rápido a complacerme; si no lo haces, podría arrepentirme y mandar por tu hermana, hacer que tus padres la pasen muy mal. -
Lelia lo miraba a los ojos con desprecio y con una sequedad le responde.
-Esta bien, se hará como dices, solo que yo tengo una petición.
Quiero que me trates como la dama que soy y dejes de ser tan vulgar al momento de dirigirte a mi.
Aunque no lo creas, soy alguien que respeta las normas morales, tengo valores y sé que el comportamiento de hoy no es el correcto, pero debes entender que lo hice por desesperación, por el bien de mi familia; al saber que sus vidas están en peligro, era lógico que no me iba a quedar sin hacer nada. -
Apolo le sonríe y descaradamente le dice.
—Deja de decir tantas tonterías; a mí esas cosas no me importan, yo soy así y no pienso cambiar por nadie. Acostúmbrate, porque vamos a pasar esta vida juntos. -
Lelia ya no dijo nada; estaba por despedirse cuando él dijo.
—Te acompaño de regreso; aún tenemos que aclarar unas cosas para la boda. -
Ella quiso negarse, pero no la dejó; para su mala suerte, primero la llevó a la modista para que probara el vestido y le hicieran los camisones para su noche de bodas.
Eso no era lo correcto, pero en el imperio, ¿quién se atrevía a hablar del Duque?, siendo el sobrino del papá, sobrino del inquisidor general y con el poder económico que tenía, pero lo que era aún más increíble en él, que era un general, con un rango importante entre los caballeros del imperio.
No era el favorito del emperador, pero sí era importante para los religiosos, que tenían el poder de poner o quitar emperadores.
Apolo no la miró con el vestido de novia puesto; se quedó en la parte principal de la tienda, pero en el momento que ella salió y la modista le dijo que todo estaba bien.
Él aprovechó para ordenarle que hiciera camisones para su noche de bodas más especiales.
Los pidió reveladores y muy cortos; los diseños eran peores que los que usaba una mujer de burdel para complacer a los hombres, algo inusual para esos tiempos.
La mujer se le quedó mirando; era algo indecente, poco apropiado, pero no tuvo el valor de negarse. Era más el miedo que sentía al tenerlo enfrente que prefirió hacer lo que le ordenó sin protestar.
Apolo dio esta orden para ver a Lelia avergonzada; quería hacerla sentir incómoda, era su forma de desquitarse por la bofetada que le dio.
Lelia escuchó lo que ordenó y, más que molestarse por sus peticiones tan desagradables e inmorales, pensó que era un hombre tan vulgar que no merecía ser tratado como un caballero, no merecía ser el duque, mucho menos merecía ser el sobrino del papá.
Lo miraba con desaprobación; aunque no le dijo nada, él se dio cuenta de que no logró lo que quería y eso lo molestó.
Al estar en el carruaje, se sentó con las manos cruzadas; estaba tan molesto que no pudo evitar decirle.
—Espero que en nuestra noche de bodas te pongas lo que te ordene; aunque no te guste, tienes que complacerme. -
Lelia se sintió ofendida con lo que dijo; le molestaba tanto la caballerosidad de ese hombre y lo peor era que no tenía nada de tacto al dirigirse a una dama.
Tenía tantos insultos en su cabeza, que quería gritarle, ponerle un alto, decirle que ella merecía su respeto.
Su corazón latía con fuerza solo de pensar en confrontarlo y pensando en las consecuencias de lo que le traería si decía una sola palabra.