A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 13
Capítulo 13: Las palomas blancas (I)
Julia la recogió a las nueve de la mañana en un Volkswagen blanco con calcomanías de flores en el tablero.
—Ponte esto. —Le lanzó una camiseta gris con el logo del Patronato San Gregorio—. Hoy no eres Valentina Montero. Hoy eres voluntaria.
La Catedral de San Gregorio estaba en el Centro Histórico, a tres cuadras del Zócalo, encajada entre un edificio de departamentos con la fachada descascarada y una tienda de abarrotes que vendía Coca-Cola en bolsa. La fachada de piedra volcánica estaba ennegrecida por el smog de cuatro siglos, pero las puertas de madera estaban abiertas de par en par y del interior salía un olor a copal que le picaba la nariz.
Adentro, un ejército de voluntarios montaba mesas plegables, apilaba cajas de despensas y colgaba mantas con el lema: "POR UNA EDUCACIÓN SIN MUROS." Julia le explicó mientras caminaban: la Fundación San Gregorio organizaba eventos de apoyo para comunidades de bajos recursos cada mes. Hoy tocaba distribución de alimentos y útiles escolares. Alejandro era uno de los principales patrocinadores.
—Mi papá dice que Alejandro dona más dinero a la caridad que al partido —dijo Julia, acomodando latas de atún en una mesa—. No sé si eso lo hace buena persona o mal político.
A las diez abrieron las puertas. La fila daba vuelta a la manzana. Mujeres con bebés en rebozo, hombres con las manos agrietadas por el trabajo, ancianos que caminaban con bastón y dignidad a partes iguales. Valentina se paró detrás de una mesa y empezó a repartir bolsas de frijoles, arroz y leche en polvo. Sus manos encontraron un ritmo: tomar, poner, siguiente. Tomar, poner, siguiente.
La niña apareció cerca del mediodía.
Tenía unos diez años. Pelo negro recogido en dos trenzas disparejas, un suéter tres tallas más grande y unos tenis blancos que alguna vez habían sido blancos. Llegó sola. No había ningún adulto detrás de ella, ni a los lados, ni esperándola afuera.
Valentina le puso una bolsa de despensa sobre la mesa.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
La niña la miró con unos ojos grandes y oscuros que parecían demasiado viejos para su cara.
—No tengo nombre —dijo—. Solo soy un número. El veintitrés.
Valentina se quedó inmóvil. Las manos sobre la bolsa de frijoles. El corazón apretado. Número veintitrés. En Casa Hogar Esperanza, ella había sido el número catorce. Las cuidadoras no usaban nombres hasta que los niños cumplían un año de estancia. Antes de eso, eras un número en un registro, un cuerpo en una cama, una boca más que alimentar.
Se agachó hasta quedar a la altura de la niña.
—Yo también fui un número —dijo Valentina—. El catorce. Pero ahora tengo un nombre. Y tú también vas a tenerlo.
La niña no sonrió. Tomó la bolsa de despensa con las dos manos y se fue sin decir otra palabra. Se perdió entre la multitud con la naturalidad de alguien que ha aprendido a volverse invisible.
Valentina se quedó de rodillas frente a la mesa vacía. Algo se encendió dentro de ella —no la rabia caliente de la Beretta ni el miedo frío de la habitación a oscuras, sino algo más lento, más profundo, como una semilla que encuentra tierra después de mucho tiempo en el aire.
—¿Estás bien? —La voz de Santiago vino de su izquierda.
Valentina se sobresaltó. No lo había visto llegar. Llevaba la misma camiseta gris de voluntario y un gorro que le escondía el pelo. Sin el traje, sin la media sonrisa, sin los zapatos sin calcetines, parecía una persona distinta. Parecía alguien normal.
—Estoy bien —dijo Valentina, poniéndose de pie.
—¿Viste a esa niña? —Santiago miró hacia la puerta por donde había desaparecido la número veintitrés—. El sistema los abandonó. Como te abandonó a ti.
Valentina lo miró. Las palabras eran ciertas. Eso era lo peligroso de Santiago: nunca mentía del todo. Mezclaba verdades con intenciones hasta que era imposible separar unas de otras.
Al fondo de la catedral, Alejandro estaba sentado en un banco de madera frente a un hombre de traje azul y corbata roja. Los dos hablaban en voz baja, pero sus gestos eran amplios, tensos. Valentina se acercó lo suficiente para escuchar.
—La Ley Aurora no va a pasar sin los votos del bloque norte —decía el hombre de traje—. Y usted lo sabe, senador. El sistema educativo no se reforma con discursos bonitos.
—El sistema educativo se reforma con recursos —respondió Alejandro, sin levantar la voz—. Y los recursos están donde siempre han estado: en los bolsillos de quienes prefieren que las cosas no cambien.
—Cuidado con lo que insinúa.
—No insinúo nada. Afirmo. La Ley Aurora propone que el tres por ciento del presupuesto estatal se destine a infraestructura escolar en zonas marginadas. Usted votó en contra porque tres de sus principales donantes tienen contratos de construcción que perderían si los fondos se redirigen.
El hombre de traje se levantó del banco con la mandíbula apretada. Le dijo algo a Alejandro que Valentina no alcanzó a escuchar, y se alejó entre la multitud.
Alejandro se quedó sentado. Se quitó los lentes, los limpió con su pañuelo, y los volvió a poner. Cuando vio a Valentina parada a tres metros, le hizo un gesto con la mano para que se acercara.
—La política es un juego de paciencia —dijo—. Hoy perdimos un voto. Mañana encontraremos otro.
—¿Qué es la Ley Aurora? —preguntó Valentina.
—Un sueño que alguien tiene que soñar para que otros lo destruyan y un tercero lo reconstruya mejor. —Alejandro sonrió—. Es una ley de reforma educativa. Si pasa, miles de niños como la que acabas de conocer tendrán acceso a escuelas que hoy no existen.
Valentina miró hacia la puerta de la catedral. La fila seguía dando vuelta a la manzana. La niña número veintitrés ya no estaba.
Entonces lo escuchó.
Un grito. Luego otro. El sonido de vidrio rompiéndose. La multitud frente a la catedral empezó a moverse como un organismo asustado —primero los bordes, luego el centro, y de repente todos corrían.
Por la puerta abierta entró una bocanada de humo. El cielo, que había estado gris toda la mañana, se tiñó de naranja.
Santiago la agarró del brazo.
—¡Agáchate!