Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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El señor que lo tiene todo controlado
Carlos Monterrey miró su reloj de pulsera por décima vez en los últimos cinco minutos. Eran las tres de la tarde. En la pantalla de su computadora portátil había una presentación de finanzas con decenas de gráficas rojas y verdes, pero sus ojos, irritados y rojos por la falta de sueño, no lograban enfocar los números.
A sus veintiocho años, Carlos era el presidente corporativo más joven del sector tecnológico en la ciudad. Tenía fama de ser un hombre implacable, perfeccionista y frío como el hielo. En el mundo de los negocios, nadie se atrevía a dudar de su capacidad. Sin embargo, en ese preciso momento, el gran Carlos Monterrey sentía que se estaba desmoronando por completo.
Y todo era por culpa de un pequeño ser humano de seis meses que pesaba apenas ocho kilos.
En la cuna portátil instalada en la esquina de su elegante oficina, el pequeño Jonathan soltó un nuevo alarido. El llanto era agudo, constante y desgarrador. Llevaba dos días enteros sin dormir más de veinte minutos seguidos, y Carlos, que se negaba a despegarse de su hijo, llevaba exactamente el mismo tiempo sin pegar un ojo.
—Jonathan, por favor... —murmuró Carlos, pasando ambas manos por su rostro agotado. Su traje de diseñador, que siempre lucía impecable, estaba arrugado, y su corbata permanecía desatada sobre su cuello.
Carlos se levantó del sillón ejecutivo y caminó con torpeza hacia la cuna. Cargó a Jonathan contra su pecho y comenzó a mecerlo suavemente, caminando de un lado a otro sobre la costosa alfombra de la oficina.
—Ya pasaron tres horas desde tu última mamadera, te cambié el pañal hace quince minutos y la temperatura del aire acondicionado está perfecta —dijo Carlos en voz alta, intentando usar la lógica y la razón como si estuviera negociando con un socio comercial—. ¿Qué más necesitas? Tienes todo bajo control. Bueno, tenemos todo bajo control.
Pero Jonathan no entendía de lógica ni de negocios. El bebé hundió su pequeña carita en el hombro de su padre y continuó llorando con desesperación.
Si Ariana hubiese estado en esa habitación en ese instante, habría escuchado con claridad el torbellino de imágenes frustrantes que cruzaba la cabecita del bebé: *«¡Tengo mucho sueño pero la luz brilla muy fuerte! ¡La habitación huele a papeles feos y me duele la pancita! ¡Papá se mueve muy rápido y me da vueltas la cabeza! ¡Ayuda!»*.
Para Jonathan, la oficina de su padre era un lugar gigante, helado y lleno de ruidos extraños de teclados y teléfonos. Pero Carlos no podía leer mentes. Lo único que él veía era un problema matemático sin solución.
La puerta de la oficina se abrió de golpe, rompiendo el tenso silencio. Entró una mujer alta, vestida con un traje sastre de color rojo brillante y tacones altos que resonaban con fuerza contra el piso. Era Valeria Espinoza.
Valeria no solo era la vicepresidenta de la empresa y la mejor socia de Carlos, sino también su mejor amiga desde la época universitaria y la madrina de bautizo de Jonathan. Era la única persona en todo el mundo corporativo que no le tenía miedo a Carlos y que se atrevía a decirles las verdades en la cara.
—Carlos, por el amor de Dios, te ves como un zombie que acaba de salir de una tumba —dijo Valeria, cerrando la puerta detrás de ella y dejando un expediente sobre el escritorio.
—Estoy perfectamente, Valeria —respondió Carlos con firmeza, aunque su voz sonó ronca y quebrada—. Solo es un pequeño contratiempo. Jonathan tiene un poco de malestar, es todo.
—¿Un pequeño contratiempo? —Valeria cruzó los brazos y lo miró con una mezcla de lástima y enojo—. Mírate, Monterrey. Tienes las peores ojeras que he visto en mi vida, te pusiste un zapato negro y uno azul oscuro, y tu hijo está gritando como si lo estuvieran persiguiendo. En menos de dos horas tenemos la junta con los inversionistas extranjeros. Si te ven en este estado, van a pensar que la empresa se está cayendo a pedazos y perderemos el contrato millonario.
Carlos apretó los dientes. La mención de la junta le dio un pinchazo de dolor en la cabeza. No podía darse el lujo de perder ese negocio, pero tampoco podía dejar a su hijo solo. Desde que la madre de Jonathan los había abandonado sin mirar atrás cuando el bebé tenía apenas un par de semanas de nacido, Carlos había jurado que jamás dejaría a su hijo al cuidado de cualquiera. Su desconfianza hacia la gente se había multiplicado por mil.
—Ya contraté a tres niñeras esta semana, Valeria —protestó Carlos, tratando de calmar el llanto del bebé con pequeños golpecitos en su espalda—. La primera quería usar su teléfono todo el tiempo, la segunda intentó darle un remedio casero sin mi permiso y la tercera renunció a las dos horas porque Jonathan no paraba de gritar. Ninguna sirve. Son una bola de incompetentes.
—No, el problema no son las niñeras, el problema eres tú y tu paranoia —dijo Valeria, acercándose a él y extendiendo los brazos—. A ver, dame a mi ahijado un momento.
Carlos dudó un segundo, pero terminó entregándole al bebé. Valeria tomó a Jonathan con cariño y comenzó a mecerlo, hablando con un tono dulce. Sin embargo, el bebé solo disminuyó un poco el volumen de sus gritos, mirando a su madrina con sus ojitos hinchados y llenos de lágrimas.
*«Esta humana huele a perfume dulce y fuerte, pero tampoco sabe cómo quitarme el cansancio»*, pensaba el pequeño Jonathan, sintiendo que sus párpados pesaban muchísimo, pero que su cuerpecito no lograba relajarse. *«Quiero mi cuna suave, quiero oscuridad»*.
—¿Ves? Tampoco se calma contigo —dijo Carlos, cruzando los brazos y tratando de defender su punto.
—Porque el bebé siente tu nivel de estrés, Carlos. Eres como una bomba de tiempo caminando —dijo Valeria suspirando—. Tienes que entender algo: eres el CEO de una empresa multinacional, no un superhéroe. No puedes revisar informes de finanzas a las tres de la mañana y pretender ser la madre y el padre perfecto al mismo tiempo. Vas a colapsar.
—Puedo con esto —insistió Carlos con terquedad—. Solo necesito organizarme mejor. Crear un nuevo horario de alimentación y...
—¡Basta de horarios y de gráficos! —lo interrumpió Valeria alzando la voz—. Necesitas ayuda profesional urgente. Y por suerte para ti, yo soy la mejor madrina del mundo y ya encontré la solución.
Carlos la miró con desconfianza.
—¿De qué estás hablando?
—Acabo de llamar a Ariana Montiel —anunció Valeria con una sonrisa de triunfo.
El nombre no le decía nada a Carlos. Arrugó la frente.
—¿Quién es esa? ¿Otra niñera de agencia que va a huir a la primera de cambio?
—Ariana Montiel es básicamente una leyenda en la ciudad central —explicó Valeria con entusiasmo mientras le acomodaba la cobijita a Jonathan—. Le ha cuidado los hijos a las familias más importantes de la zona. Las mamás se pelean por contratarla porque tiene un talento casi mágico. Dicen que puede calmar a cualquier bebé en cuestión de minutos, como si pudiera adivinar exactamente lo que les pasa. Es joven, pero su historial es impecable.
Carlos soltó una carcajada fría y amarga.
—¿Un talento mágico? Por favor, Valeria, tú eres una mujer inteligente. No me vengas con cuentos de hadas. Esas son puras mentiras de redes sociales para cobrar más caro. Debe ser una simple chica que usa trucos baratos o que tiene suerte.
—Piensa lo que quieras, pero ya la cité en tu casa para esta tarde —dijo Valeria con tono autoritario, sin dejarle espacio para discutir—. Ariana ya aceptó ir a conocerte. Vas a ir a tu casa, vas a bañarte, te vas a poner un traje decente y vas a escuchar lo que ella tiene que decir.
—No voy a contratar a nadie que no pase por mis filtros de seguridad —sentenció Carlos, adoptando su postura más dura—. Si esa chica quiere trabajar para mí, tendrá que demostrar que de verdad es tan buena como dices. No le voy a regalar el dinero de mi hijo a una impostora.
—Haz lo que quieras con tus entrevistas y tus pruebas, pero dale una oportunidad —le rogó Valeria, devolviéndole suavemente a Jonathan a sus brazos—. Hazlo por el bebé, Carlos. Y hazlo por ti. No puedes seguir así.
Carlos se quedó en silencio, contemplando la carita cansada de su hijo, quien comenzaba a llorar de nuevo con fuerza. Sintió un nudo amargo en el estómago. Odiaba admitirlo, odiaba sentir que no tenía el control absoluto de la situación, pero la verdad era que estaba agotado.
—Está bien —cedió Carlos finalmente, soltando un largo suspiro de derrota—. Iré a la casa a esperarla. Pero te lo advierto, Valeria: si esa tal Ariana Montiel no demuestra ser perfecta desde el primer segundo, la voy a poner en la calle.