Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 8
Cap 8: Lo que pasa en la oscuridad
Sebastián no se movió. Lo miró con esa calma insoportable que usaba como escudo, como trinchera, como un muro de tres metros que Dante llevaba semanas queriendo escalar a puñetazos.
—Estás borracho.
—Estoy lúcido —Dante dio un paso hacia adelante—. Lo borracho y lo lúcido no son excluyentes.
—Esa es literalmente la definición de borracho. Creer que no lo estás.
—¿Me vas a dejar pasar o vamos a tener un debate filosófico en el pasillo a la una y media de la mañana?
Sebastián se hizo a un lado sin decir nada. Dante entró con la seguridad de alguien que camina sobre terreno firme, pero el cuarto estaba oscuro y la distribución era distinta a la de su habitación. Su rodilla se estrelló contra la esquina de una mesita auxiliar. Se le escapó un gruñido.
—Hijo de la...
—La mesa lleva ahí toda la noche —dijo Sebastián detrás de él, y Dante habría jurado que estaba conteniendo una sonrisa.
La lámpara de la mesita de noche se encendió con un clic suave. Luz amarilla, tenue, el tipo de luz que vuelve borrosos los bordes de las cosas. Sebastián pasó a su lado, se paró junto a la cama y se quitó la camiseta por encima de la cabeza en un solo movimiento.
Dante se quedó quieto.
No era la primera vez que lo veía sin camisa. Lo había visto en traje de baño en la alberca de la hacienda, lo había visto aquella noche en el hotel cuando todo se volvió manos torpes y tequila. Pero esa vez no había puesto atención. Ahora sí.
Sebastián tenía el torso de alguien que se ejercita con disciplina y no por vanidad. Hombros rectos, abdomen plano con líneas marcadas pero no exageradas, la cintura estrecha. Proporcionado. Como si lo hubieran diseñado para verse exactamente así bajo esa luz de mierda.
Dante dejó la botella de whisky en el escritorio. Se desabrochó los botones restantes de la camisa con dedos que cooperaban menos de lo que él habría querido.
—Yo voy arriba —dijo. La voz le salió más ronca de lo planeado.
Sebastián lo miró. Una ceja apenas levantada.
—¿Has estado arriba con un hombre antes?
—¿Y eso qué importa?
—Importa logísticamente.
Dante apretó la mandíbula. Lo que menos quería en este momento era una evaluación técnica. Caminó hacia Sebastián con la intención de empujarlo sobre el colchón, de establecer quién mandaba aquí, quién le pagaba a quién, quién tenía el control.
Lo empujó. Sebastián cayó sentado en la orilla de la cama, y antes de que Dante pudiera sentirse triunfante, Sebastián lo jaló de la cintura del pantalón y lo tumbó a su lado. Un giro. El colchón crujió. Dante quedó de espaldas con Sebastián encima, una rodilla entre las suyas, una mano junto a su cabeza.
—Suéltame —gruñó Dante.
—No te estoy agarrando.
Era cierto. Sebastián no lo estaba sujetando. Solo lo estaba mirando desde arriba con una paciencia que se sentía peor que cualquier agarre.
—No hay lo que necesitamos —dijo Sebastián en voz baja—. Así que esto va a ser diferente.
—¿Diferente cómo?
Sebastián no contestó con palabras. Se inclinó y le besó el cuello, despacio, justo debajo de la oreja. La mano que no estaba apoyada en el colchón bajó por el costado de Dante, por encima de la tela, encontrando la curva de su cadera con una precisión que no debería haber tenido nadie a la una y media de la mañana.
Dante iba a protestar. Iba a decir algo sobre quién era el que pagaba, quién debería estar haciendo qué. Pero los dedos de Sebastián llegaron a donde tenían que llegar, y lo que salió de la boca de Dante fue un sonido que no era una palabra en ningún idioma.
Se aferró a las sábanas con una mano. Con la otra encontró el hombro de Sebastián y lo apretó, sin saber si lo estaba empujando o atrayendo. Sebastián le mordió la clavícula. Suave primero. Después no.
—Espera... ahí no...
Sebastián no esperó.
Le fue marcando la piel con una lentitud deliberada mientras su mano seguía moviéndose abajo, cambiando de ritmo cada vez que Dante parecía acostumbrarse. Después la mano se fue y la boca de Sebastián bajó, y Dante se arqueó contra el colchón y dijo algo que empezó como un insulto y terminó como el nombre de Sebastián partido a la mitad.
Cuando todo terminó, Dante tenía el antebrazo sobre los ojos. Respiraba con la boca abierta. El corazón le latía en las sienes, en las muñecas, en la garganta. Sebastián estaba acostado a su lado, mirando el techo, con la respiración apenas un poco más rápida que de costumbre.
El silencio duró casi un minuto entero.
Dante se quitó el brazo de la cara. Bajó la mirada hacia su propio pecho desnudo y vio las marcas. Cinco, seis, siete manchas rojizas que iban desde la base del cuello hasta la clavícula izquierda, algunas ya oscureciéndose en los bordes.
—Eres un pinche mosquito con patas —dijo con la voz destrozada.
—Te puedes poner una camisa de cuello alto.
—Estamos en Cuernavaca, pendejo. Hace treinta y dos grados.
Sebastián se encogió de hombros. Se levantó de la cama y fue al baño. Dante escuchó el agua correr. Cuando volvió, se había puesto la camiseta blanca otra vez y traía una toalla húmeda que dejó sobre la mesita sin comentarios.
Dante la usó en silencio. El orgullo herido le ardía más que las marcas.
—Necesito un cigarro —dijo.
—Tu cajetilla está en el carro, supongo.
—Supones bien.
Sebastián agarró unos tenis del piso y empezó a ponérselos.
—¿Qué haces? —preguntó Dante.
—Voy por tus cigarros. Si tú sales así, el velador te va a ver. O peor, alguno de los Mendoza que tenga insomnio.
Dante quiso discutir, pero se miró el pecho otra vez y decidió que Sebastián tenía un punto válido. Le aventó las llaves del carro. Sebastián las atrapó en el aire sin mirarlo y salió del cuarto.
Solo tardó cinco minutos. Volvió con la cajetilla de Camel, el encendedor plateado de Dante y, debajo del brazo, dos vasos de unicel con tapa que Dante no había pedido.
—¿Y eso?
—Pasé por la cocina. Encontré ramen instantáneo.
—¿Me trajiste ramen?
—Tenía hambre. Hice dos porque ya estaba ahí. No es un gesto romántico, es logística.
Dante encendió un cigarro con las ventanas abiertas mientras Sebastián se sentaba en la cama con las piernas cruzadas y le quitaba la tapa a su vaso. El vapor le subió hasta la cara. Olía a sopa de pollo artificial y a algo que se parecía peligrosamente al confort.
Se sentaron juntos en la cama. Dante con la espalda contra la cabecera, el cigarro en una mano y el tenedor de plástico en la otra. Sebastián a su lado, soplándole a los fideos con la concentración de un ingeniero resolviendo un problema de termodinámica.
—Comes ramen como si fuera un proyecto de investigación —dijo Dante.
—Tú fumas como si el cigarro te debiera dinero.
Dante soltó el humo por la nariz. Afuera, los grillos habían dejado de cantar. Ese silencio particular de las tres de la mañana en provincia, cuando el mundo se reduce al tamaño exacto de la habitación donde estás.
—Me roban los fideos del caldo —se quejó Sebastián, mirando dentro de su vaso.
—No te robé nada. Agarré de los míos.
—Esos eran míos. Los míos tienen más zanahoria.
—¿Le pones atención a la distribución de zanahoria en un ramen instantáneo?
—Soy una persona metódica.
Dante lo miró de reojo. Sebastián tenía un fideo colgándole de la comisura del labio. Estaba despeinado, en camiseta blanca, con el vapor del ramen subiéndole hasta la barbilla. No se parecía en nada al tipo que había dominado esa cama hace una hora. No se parecía en nada a nadie que Dante hubiera conocido.
"Mierda", pensó. Pero no completó la frase, ni siquiera dentro de su propia cabeza.
Fumaron el segundo cigarro pasándoselo entre los dos. La luz de la lámpara les hacía sombras largas en la pared. Afuera, el cielo había empezado a cambiar de negro a ese azul oscuro que precede al amanecer.
—Me voy a mi cuarto —dijo Dante. Se puso de pie y empezó a buscar su camisa.
—Está en el piso, junto al escritorio.
Dante la recogió. Se la puso sin abotonar. Juntó las llaves, el encendedor, la botella de whisky medio vacía.
—Bueno —dijo, parado frente a la puerta, como esperando algo. No sabía qué. Una palabra, quizá. Una razón para quedarse que no tuviera que inventar él mismo.
Sebastián estaba recogiendo los vasos vacíos de ramen. Lo miró por encima del hombro.
—Bueno —repitió—. Me da igual si te quedas o te vas, pero cierra bien la puerta al salir. Hace corriente.
Algo se apretó en el pecho de Dante. No era dolor. Era algo peor: decepción. El tipo de decepción que solo sientes cuando esperabas algo que nunca pediste.
—Perfecto —dijo Dante, y su voz sonó exactamente como quería que sonara: indiferente, ligera, completamente falsa—. Que descanses.
Abrió la puerta.
La luz del pasillo lo golpeó primero. Después, la cara de Luciana Valderrama.
Estaba en ropa deportiva. Leggings negros, tenis blancos, una coleta alta que le acentuaba los pómulos. Tenía la mano levantada como si hubiera estado a punto de tocar la puerta. Sus ojos bajaron de la cara de Dante a su camisa desfajada, a los botones abiertos, al pelo revuelto, y subieron de vuelta con una lentitud que era un veredicto.
—Dante —dijo, con la cortesía quirúrgica de alguien que acaba de armar un rompecabezas que no le pidieron—. Buenos días.
—Luciana —respondió Dante sin perder un solo segundo—. Buenos días. ¿Nunca has visto a dos hombres comer ramen juntos a las cinco de la mañana?
Luciana miró por encima del hombro de Dante, hacia adentro de la habitación. Sebastián estaba sentado en la cama con un vaso vacío en la mano y cara de nada, como si eso fuera evidencia suficiente.
—Venía a invitar a Sebastián a correr —dijo Luciana—. Pero veo que ya tiene compañía.
—Tenía. Ya me iba.
Dante pasó a su lado con la misma energía con la que cruzaba las puertas de un consejo de administración: como si el mundo entero estuviera haciéndole perder el tiempo. No volteó. No se detuvo. Caminó hasta la habitación siete con pasos largos y seguros, entró, cerró la puerta y se recargó contra ella con los ojos cerrados.
Le temblaban las manos.
En la habitación uno, Luciana seguía parada en el umbral. Sebastián le sostuvo la mirada con la misma calma con la que le sostenía la mirada a todo el mundo.
—¿Corremos? —preguntó Luciana.
—Dame cinco minutos.
Luciana asintió. Se dio la vuelta con la coleta balanceándose como un péndulo. Antes de desaparecer por el pasillo, giró la cabeza apenas un grado.
—Bonitas marcas —dijo, y la esquina de su boca se curvó en algo que no era exactamente una sonrisa—. Las del cuello. Dile a los mosquitos de Cuernavaca que tienen buena puntería.
La puerta se cerró.
Sebastián bajó la vista hacia el vaso de ramen vacío. Todavía olía a sopa artificial y a cigarro. Todavía olía a Dante.
Se puso de pie, buscó su ropa para correr, y por primera vez en mucho tiempo no supo si lo que sentía en el pecho era hambre o algo considerablemente peor.