Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Capítulo 1: Brazaletes de Sangre
—¡Felicidades al Alfa Reyes y a Luna Valentina!
La voz de Nana Rosa entró antes que ella al dormitorio principal, alegre como si la mañana no tuviera frío y como si las paredes no llevaran tres años aprendiendo a guardar silencio.
Valentina Solano levantó la vista desde el borde de la cama. Tenía las manos sobre el regazo, los dedos helados bajo la manga larga del vestido blanco. Del otro lado de la habitación, junto a la ventana, Sebastián Reyes cerró el libro que fingía leer.
Fingía muchas cosas.
Durante tres años había fingido que no veía la fiebre que le subía a Valentina después de cada luna llena. Había fingido que no notaba los mechones pálidos que le nacieron cerca de la sien. Había fingido que el enlace de curación que lo mantenía vivo no le arrancaba a ella algo cada noche.
Y ahora fingía sorpresa.
Nana Rosa cruzó la habitación con dos sirvientas detrás. Traía una caja de madera oscura entre las manos, envuelta con listones plateados. Su sonrisa era sincera; de todos en Hacienda Reyes, ella servía a Doña Aurora, y Doña Aurora era la única que todavía pronunciaba el nombre de Valentina con cariño.
—La Matriarca despertó de muy buen ánimo —dijo Nana Rosa—. Dijo que, ahora que el cuerpo del Alfa Sebastián por fin está fuerte, era momento de bendecir la unión como se debe. Estos Brazaletes de la Luna fueron suyos durante cuarenta años. Quiere que usted los use esta noche, mi Luna.
Mi Luna.
La palabra cayó en la habitación con más peso que la caja.
Sebastián no sonrió.
Valentina sí lo hizo, porque había aprendido a mover la boca aunque el pecho le doliera. Nana Rosa abrió la caja y el brillo de los brazaletes llenó el cuarto: plata antigua, fría, tallada con lunas pequeñas que parecían cambiar de fase cuando la luz tocaba los bordes. No eran simples joyas. Eran una promesa. Una bendición de pareja. Un reconocimiento público de que Valentina no había sido solo la loba usada para salvar a un Alfa moribundo.
—Agradezca a Doña Aurora de mi parte —dijo Valentina con voz suave.
Nana Rosa le tomó la muñeca con cuidado.
—Se lo dirá usted misma cuando vaya a verla con buenas noticias.
Las buenas noticias eran una cama compartida. Una marca aceptada. Un vínculo completo.
Valentina sintió que su loba, dormida en un rincón oscuro de su alma, se movía apenas. No fue alegría. Fue miedo.
Sebastián se levantó.
—Nana Rosa, mi abuela se preocupa demasiado.
La sonrisa de la anciana vaciló.
—Mi señor, La Matriarca solo desea ver consolidada la salud de la manada.
—Mi salud ya está consolidada.
Valentina bajó la mirada a los brazaletes que Nana Rosa acababa de cerrar sobre sus muñecas. La plata estaba tan fría que casi quemaba.
Tres años atrás, cuando la trajeron a Hacienda Reyes con fiebre y sin permiso real para negarse, le dijeron que la Diosa Luna la había elegido para salvar a Sebastián. Él estaba muriendo. Su lobo se apagaba. La Manada Reyes necesitaba una loba bendecida, una muchacha de sangre dócil que pudiera sostener un enlace de curación sin romperse demasiado pronto.
Nadie preguntó si ella quería romperse.
—La Matriarca también ordenó que se renovaran las flores del altar —continuó Nana Rosa, esforzándose por recuperar la alegría—. Esta noche habrá velas nuevas y chocolate con canela para los mayores. Es un día de dicha.
La puerta se abrió sin que nadie anunciara permiso.
El aire cambió.
Catalina del Valle entró como si el dormitorio ya le perteneciera. Llevaba un vestido color vino, bordado con hilos dorados, y detrás de ella venían dos mujeres de la Manada del Valle cargando su chal, sus guantes y su perfume. No miró a Nana Rosa. No miró las flores. Sus ojos fueron directo a las muñecas de Valentina.
—Qué oportuno —dijo Catalina con una sonrisa pequeña—. Vine a felicitar a Sebastián por su recuperación y encuentro a todos celebrando.
Sebastián dio un paso hacia ella. Ese movimiento fue mínimo, pero Valentina lo vio. Lo había visto esperar tres años una sonrisa que nunca llegó; Catalina no tuvo que esperar nada. Él se la dio apenas la vio entrar.
Una sonrisa suave. Casi joven.
Valentina sintió que algo, muy adentro, se encogía.
—Catalina —dijo Sebastián—. No avisaste que vendrías.
—Si avisaba, no veía la verdad.
Nana Rosa frunció el ceño.
—Señorita Catalina, este es el dormitorio privado del Alfa y su Luna.
Catalina ladeó la cabeza, como si la palabra Luna le diera gracia.
—¿Su Luna?
Sofía, que había permanecido junto a la pared con los labios apretados, dio un paso al frente.
—Luna Valentina es la compañera reconocida por esta casa y por La Matriarca.
Valentina quiso detenerla. Sofía siempre tenía más corazón que prudencia.
La sonrisa de Catalina se volvió más dulce.
—Qué lealtad tan conmovedora. ¿Todas las omegas de Hacienda Reyes hablan por encima de sus superiores?
Sebastián miró a Sofía con frialdad.
—Discúlpate.
Sofía palideció, pero no bajó la cabeza.
—No dije ninguna mentira, Alfa Reyes.
El silencio se tensó.
Catalina suspiró.
—Déjala, Sebastián. Entiendo que se confundan. Tres años son suficientes para que hasta una sirvienta olvide quién estaba destinada a estar a tu lado.
Valentina cerró los dedos sobre la tela de su falda.
—Catalina —dijo, manteniendo la voz baja—, Doña Aurora acaba de enviar estos brazaletes. No es un buen momento para visitas.
—Al contrario. Es el momento perfecto.
Catalina avanzó hasta quedar frente a ella. Su perfume olía a rosas demasiado maduras.
—Los Brazaletes de la Luna son hermosos. Mi padre me contó que, durante generaciones, solo los usó la verdadera Luna de los Reyes.
La palabra verdadera no fue alta. No necesitaba serlo.
Nana Rosa cerró la caja vacía con un golpe seco.
—La Matriarca los envió a Luna Valentina.
—La Matriarca es anciana —respondió Catalina sin quitar los ojos de las muñecas de Valentina—. Y la gratitud puede nublar el juicio. Valentina ayudó a Sebastián cuando estaba enfermo. Nadie lo niega. Pero una herbolaria no se convierte en destino solo porque la medicina funcionó.
La loba de Valentina soltó un gemido débil.
No sonó en la habitación. Nadie más pudo escucharlo. Pero ella sí. Le recorrió las costillas como una uña por dentro.
Herbolaria.
Eso era para ellos. No una esposa. No una compañera. No una mujer que había dejado su fuerza sobre la piel de Sebastián noche tras noche hasta quedarse sin olfato, sin sueño, sin loba. Una medicina útil.
Sofía perdió el control.
—¡No se atreva a llamarla así!
Dos guardias de Reyes entraron al oír el grito. Sebastián ni siquiera levantó la voz.
—Veinte varazos.
Valentina se puso de pie tan rápido que el cuarto se inclinó. El metal de los brazaletes chocó con sus huesos.
—Sebastián, no.
—Tu sirvienta insultó a Catalina.
—Sofía me defendió.
—Entonces enséñale a defenderte sin avergonzarme.
Los guardias tomaron a Sofía de los brazos. Ella forcejeó, pero era una omega y ellos eran guerreros. Valentina sintió que la rabia le subía a la garganta con sabor a hierro.
—Por favor —dijo.
Odiaba esa palabra apenas salió de su boca.
Sebastián la miró, y por un instante Valentina creyó ver incomodidad en sus ojos. No duró.
Catalina levantó una mano, fingiendo compasión.
—No me gusta ver sufrir a nadie por mi culpa. Si Valentina está dispuesta a mostrar buena voluntad, quizá podamos olvidar el arrebato de la muchacha.
Valentina entendió antes de que Catalina terminara de hablar.
No era por Sofía.
Era por las lunas de plata que le apretaban las muñecas.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Catalina sonrió.
—Los brazaletes.
Nana Rosa inhaló con fuerza.
—¡Eso es imposible!
Sebastián no la contradijo.
Valentina lo miró.
En tres años lo había visto temblar de fiebre. Lo había sostenido cuando su lobo convulsionaba bajo la piel. Había dejado que el enlace de curación le chupara calor de los huesos para que él pudiera respirar. Había aprendido el sonido de su dolor mejor que el suyo propio.
Y él no dijo nada.
—Son de Doña Aurora —susurró Valentina—. Ella me los dio.
—Mi abuela quiso bendecir a la Luna de la Manada Reyes —dijo Sebastián al fin—. Catalina será esa Luna.
La habitación se volvió tan silenciosa que Valentina escuchó la respiración rota de Sofía.
—¿Qué acabas de decir?
Sebastián apartó la vista.
—No hagas esto más difícil.
Algo se quebró dentro de ella, pero no hizo ruido. Lo que hizo ruido fue su loba: un aullido apagado, lleno de una pena vieja, como si el animal hubiera estado esperando tres años para admitir que el hombre al que salvaban nunca fue suyo.
Valentina levantó las manos. Los brazaletes pesaban más que cuando Nana Rosa se los puso.
—Suéltenla —dijo.
Sebastián hizo un gesto. Los guardias soltaron a Sofía, que corrió hacia ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Mi señora, no.
—Está bien.
No estaba bien. Nunca había estado menos bien.
Valentina abrió el cierre del primer brazalete. La plata dejó una marca roja sobre su piel. Abrió el segundo. Sus dedos temblaban tanto que Catalina tuvo que estirar la muñeca con una paciencia cruel.
—Ten cuidado —dijo Catalina—. No querrás romper algo tan valioso.
Valentina sostuvo el primer brazalete y lo colocó alrededor de la muñeca de Catalina.
La plata aceptó otra piel.
El segundo se cerró con un clic pequeño.
Ese sonido le dolió más que cualquier fiebre.
Catalina giró las manos bajo la luz. Las lunas brillaron para ella.
—Me quedan perfectos.
Sebastián la miró con esa misma sonrisa que Valentina nunca recibió. Su lobo, el lobo que Valentina había alimentado con su propia fuerza, pareció inclinarse hacia Catalina como una llama hacia el aire.
Valentina ya no pudo respirar en ese cuarto.
Pasó junto a Nana Rosa sin verla, junto a Sofía sin poder tomarle la mano, junto a Sebastián sin decirle una palabra. Si hablaba, iba a suplicar. Si suplicaba, iba a odiarse más de lo que ya se odiaba por haber esperado algo distinto.
Salió del dormitorio. Cruzó el salón interior donde los sirvientes bajaron la cabeza demasiado tarde. Atravesó el corredor de mosaicos con la vista fija al frente. Al fondo, el jardín de invierno recibía la tarde con una luz pálida.
Solo cuando llegó a la galería cubierta se dobló sobre una columna.
El estómago se le contrajo. No había comido casi nada desde la noche anterior, pero igual tuvo arcadas. Una, dos, tres. Le ardieron los ojos. La plata ya no estaba en sus muñecas, pero la piel seguía sintiendo el peso.
Sofía llegó detrás de ella.
—Val...
Valentina negó con la cabeza. No podía aceptar consuelo todavía.
La luna, fina y blanca aunque todavía no era de noche, se asomaba entre nubes de invierno. Su luz tocó las manos vacías de Valentina.
Entonces lloró.
No por Sebastián.
Esa verdad la golpeó con una claridad tan limpia que casi le dio miedo. Las lágrimas no eran por el hombre que no la quiso. Eran por la muchacha que había entregado tres años de vida creyendo que el sacrificio podía convertirse en amor si era lo bastante paciente.
Su loba gimió otra vez, pero esta vez el sonido no pidió volver a él.
Pidió salir.
Valentina apretó la frente contra la columna fría.
—Ya entendí —murmuró.
Sofía se arrodilló a su lado.
—¿Qué entendió?
Valentina miró sus muñecas vacías.
Antes de que pudiera responder, unos pasos firmes sonaron al final del corredor.
Nana Elena apareció bajo la sombra del arco. No traía abrigo, ni prisa, ni compasión. Solo una orden.
—Doña Milagros quiere verla.
Lola calamidades
muy bien Damián
porrazos viene
porrazos van
valentina
y estos ufff no se que esperan