⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️
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Mala hierba nunca muere
La cena que prepararon juntos terminó sirviéndose en el porche delantero del hostal, justo cuando el cielo de Bahía Centinela se transformaba en un manto de color azul oscuro salpicado por las primeras estrellas. El calor sofocante del día había dado paso a una brisa marina fresca que agitaba suavemente las hojas de las plantas trepadoras. Sentados en dos viejas sillas de mimbre, con un solo plato de pasta casera en el centro de la pequeña mesa de madera y una vela encendida cuya llama bailaba con el viento, el mundo parecía haberse reducido a ese pequeño espacio iluminado.
Miles dio el primer bocado bajo la mirada atenta y expectante de Ezra.
—Y bien... ¿es aceptable para los exigentes estándares de la gran ciudad, o tengo que devolverte tu dinero? —preguntó Ezra, con una ceja arqueada y los brazos apoyados en el borde de la mesa.
Miles masticó lentamente, saboreando el toque de albahaca fresca y el punto exacto de la salsa. Un destello de sorpresa cruzó por sus ojos claros.
—Está... increíblemente buena —admitió Miles en voz baja, dejando el tenedor de lado—. Pensé que se quemaría por la forma en que manejabas el fuego, pero admito que el sabor es perfecto.
—Te lo dije, contador. Cocinar es como la vida en la costa: no se trata de seguir una receta con reglas rígidas, sino de sentir el calor y saber cuándo retirarse —respondió Ezra con una sonrisa orgullosa, estirando el brazo para tomar su propia porción.
A medida que la cena avanzaba, el silencio entre ambos dejó de ser incómodo. La conversación fluyó de una manera que Miles jamás habría creído posible con un extraño apenas una semana atrás. Hablaron de cosas insignificantes: de las canciones viejas que el padre de Ezra solía poner en la recepción, de cómo los números a veces ayudaban a Miles a calmar su ansiedad porque siempre daban una respuesta exacta, y de lo extraño que era que el muelle viejo siguiera en pie a pesar de tantas tormentas.
En un momento de la noche, mientras hablaban sobre las constelaciones que se alcanzaban a ver sobre el océano, ambos estiraron la mano al mismo tiempo para tomar la jarra de agua que estaba en el centro de la mesa.
Los dedos de Miles rozaron directamente el dorso de la mano de Ezra.
Fue un contacto breve, de apenas un par de segundos, pero Miles sintió una descarga eléctrica que le recorrió toda la columna vertebral. La piel de Ezra seguía estando demasiado caliente, con una temperatura febril que contrastaba con la brisa fría de la noche. Sin embargo, en lugar de apartar la mano con timidez, como habría hecho en el pasado, Miles se quedó inmóvil por un instante, mirando fijamente el punto donde sus pieles se tocaban.
Ezra no se movió. Sus ojos oscuros, iluminados únicamente por el parpadeo de la vela, se clavaron en los de Miles con una intensidad que hizo que a este se le cortara la respiración. Ya no había burla en la mirada de Ezra; había una vulnerabilidad cruda, un deseo silencioso de aferrarse a esa calidez humana antes de que la oscuridad lo consumiera por completo.
—Tienes las manos frías, Stone —susurró Ezra, con una voz más baja y suave que de costumbre, deslizando sutilmente sus dedos antes de retirar la mano para dejar que Miles tomara la jarra.
—Y tú pareces tener fiebre constante —respondió Miles, intentando que su voz no temblara mientras servía el agua. Su corazón latía con una fuerza inusual en su pecho—. Deberías cuidarte más.
—Estoy bien —dijo Ezra, regresando a su tono perezoso con una rapidez ensayada—. Te aseguro que la mala hierba nunca muere.
Terminaron de cenar y, cerca de la medianoche, se despidieron en el vestíbulo. Miles subió a su habitación sintiendo que el peso en su pecho era un poco menos doloroso. La llamada de su madre seguía grabada en su mente, pero el recuerdo de Ezra defendiéndolo en la cocina actuaba como un bálsamo. Por primera vez en meses, Miles se acostó con una sensación de paz, pensando en la calidez de los dedos de Ezra y en la forma en que este lo miraba.
El alivio, sin embargo, duró muy poco.
A las tres de la mañana, Miles se despertó sobresaltado. Su garganta estaba completamente seca debido al aire acondicionado, que seguía traqueteando en la pared como un viejo motor oxidado. Se sentó en el borde de la cama, restregándose los ojos, y decidió bajar a la cocina por un vaso de agua fría.
Salió de su habitación descalzo, caminando con cuidado sobre el pasillo de madera para no hacer ruido. El hostal estaba sumergido en una oscuridad casi absoluta, rota solo por los hilos de luz de luna que entraban por las ventanas altas.
Justo cuando pasaba por delante del baño común que estaba a mitad del pasillo del segundo piso, un sonido ahogado lo detuvo en seco.
Era un quejido. Un sonido desgarrador, ronco y lleno de un sufrimiento puro que hizo que a Miles se le helara la sangre. El sonido provenía del interior del baño. La puerta no estaba cerrada del todo; dejaba escapar una fina línea de luz blanca que cortaba la penumbra del pasillo.
Miles se acercó lentamente, con el corazón en la garganta. Empujó la puerta de madera con la punta de los dedos, apenas unos centímetros para mirar en el interior.
Lo que vio lo dejó completamente paralizado por el terror.
Ezra estaba de rodillas en el suelo de mosaicos fríos, abrazando el borde del inodoro. Su cuerpo entero temblaba violentamente bajo su fina camiseta de dormir. Tenía una mano presionando su costado derecho con tanta fuerza que sus nudillos estaban completamente blancos. Su rostro, iluminado por la cruda luz del foco del techo, estaba deformado por una mueca de dolor atroz; no tenía color, estaba de un gris fúnebre y cubierto de gotas gruesas de sudor frío.
Ezra emitió otra arcada ahogada, expulsando un hilo de saliva mezclada con un rastro oscuro. Se dejó caer de lado contra la pared del baño, respirando de forma entrecortada, con los ojos cerrados y los dientes apretados de tal manera que Miles temió que se los fuera a romper. El hombre magnético, fuerte y seguro de la tarde había desaparecido; en su lugar, solo había un cuerpo roto sufriendo una tortura silenciosa.
—¡Ezra! —el grito de Miles salió de su garganta antes de que pudiera procesarlo.
Empujó la puerta de par en par y se arrodilló en el suelo húmedo al lado de Ezra, tomándolo por los hombros. Al tocarlo, Miles ahogó un grito: Ezra estaba ardiendo en una fiebre espantosa, pero su piel se sentía pegajosa y fría al mismo tiempo.
—¡Ezra, por Dios! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —preguntaba Miles con pánico, con la voz temblando mientras intentaba levantar el cuerpo debilitado de Ezra—. Voy a llamar a una ambulancia, voy a buscar a un médico...
En cuanto escuchó la palabra "médico", Ezra abrió los ojos. Sus pupilas estaban completamente dilatadas por el sufrimiento, pero una chispa de pánico absoluto cruzó por su mirada. Con un esfuerzo sobrehumano que pareció costarle hasta el último aliento, Ezra estiró una mano temblorosa y apretó el brazo de Miles con una fuerza desesperada.
—No... —consiguió articular Ezra, con la voz rota, apenas un susurro áspero—. No llames... a nadie. No.
—¡Estás sufriendo, Ezra! ¡Estás vomitando, estás ardiendo en fiebre! —gritó Miles, con las lágrimas asomando en sus ojos debido al miedo de ver a la única persona que lo había ayudado en ese estado—. No puedo dejarte así. Déjame ayudarte.
—Es... es solo una úlcera —mintió Ezra, apretando los ojos mientras una nueva ola de dolor le recorría el abdomen. Tuvo que doblarse hacia adelante, apoyando la frente contra las rodillas de Miles—. Una... una maldita úlcera estomacal. Me da... a veces. El picante de la cena... me cayó mal. Ya pasa. Te lo juro... ya pasa.
Miles lo sostuvo contra su propio cuerpo, sintiendo los temblores violentos de Ezra. Quería creerle. Quería convencerse de que una úlcera podía causar ese nivel de destrucción física, pero el contador dentro de él, el hombre que analizaba los detalles, sabía que algo andaba terriblemente mal. Recordó las pastillas amarillas que Ezra masticaba como si fueran dulces, la pérdida de peso que había notado en la foto del mercado y esa mirada de profunda lástima que el viejo farmacéutico le había lanzado esa misma mañana.
—Trae... —susurró Ezra, apoyando el peso de su cabeza en el pecho de Miles, completamente agotado—. En mi habitación... el frasco blanco... por favor.
Miles no lo dudó. Corrió por el pasillo oscuro hasta la habitación de Ezra, que estaba abierta. Sobre la mesa de noche, al lado de una fotografía vieja de sus padres y su primo Matt en la playa, estaba el frasco de plástico blanco sin etiqueta. Lo tomó y regresó corriendo al baño.
Sacó dos de las pastillas amarillas y se las puso en la boca a Ezra. Luego, con cuidado, lo ayudó a beber un poco de agua del grifo usando el hueco de su mano.
Pasaron casi veinte minutos en el suelo del baño. Miles no se movió; se quedó sentado en los mosaicos, sosteniendo a Ezra entre sus brazos, dejando que el dueño del hostal apoyara la cabeza en su hombro mientras los medicamentos comenzaban a adormecer el dolor. Poco a poco, la respiración de Ezra se volvió menos rítmica y más pausada, y los espasmos de su cuerpo cesaron.
Ezra abrió los ojos lentamente, mirando el rostro preocupado de Miles, que estaba a solo unos centímetros del suyo. Con un hilo de voz, intentó sonreír, aunque la expresión resultó triste y cansada.
—Lamento... arruinar tu noche de sueño, contador —susurró Ezra, intentando incorporar el cuerpo—. Te dije que la cocina del hostal era un peligro.
—Cállate, Ezra —dijo Miles, con los ojos húmedos y la voz seria—. Casi te mueres en mi presencia. No vuelvas a bromear con eso.
—No me voy a morir por un dolor de estómago, Stone —mintió Ezra, clavando sus ojos oscuros en los de Miles, intentando reconstruir su máscara de hombre invencible—. Soy más duro de lo que crees. Ahora... ayúdame a ir a mi cama. Mañana tengo que levantarme temprano a hacer el café, y ya sabes que aquí no hacemos excepciones con el horario.
Miles lo ayudó a levantarse, sosteniendo la mayor parte del peso de Ezra mientras caminaban hacia su habitación. Lo depositó con delicadeza sobre las sábanas y lo cubrió con una manta. Ezra se quedó dormido casi instantáneamente, vencido por el efecto de los fuertes analgésicos.
Miles se quedó de pie junto a la cama durante unos minutos, observando el rostro pálido de Ezra bajo la luz de la luna. Su mente estaba hecha un caos. Sabía que Ezra le estaba ocultando algo enorme, un secreto mucho más oscuro y definitivo que una simple úlcera. Miró el frasco de pastillas sobre la mesa de noche. Una parte de él quería tomarlo y revisar el nombre químico exacto de los comprimidos, pero otra parte sentía un terror profundo de descubrir la verdad.
Regresó a su habitación, pero no volvió a encender el aire acondicionado. Se sentó junto a la ventana, mirando el mar oscuro y escuchando el romper de las olas. El verano en Bahía Centinela ya no se sentía como un refugio aburrido; se sentía como una cuenta regresiva que había comenzado a correr con fuerza en mitad de la noche, y Miles, por primera vez, tenía un miedo espantoso de lo que pasaría cuando los días de sol se terminaran.