Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 9: Una noticia que cambió mi vida
Había pasado un mes desde aquella salida tan bonita al río con mi amorcito, Isaías. Todavía recordaba cada momento de ese día: nuestras risas, la promesa que me hizo de que algún día nos casaríamos y el abrazo con el que nos despedimos. Cada vez que pensaba en eso, una sonrisa aparecía en mi rostro.
Sin embargo, durante los últimos días empecé a sentirme diferente.
Al principio no le presté mucha atención.
Una mañana, mientras ayudaba a mi mamá a preparar el desayuno, el olor del café recién hecho me produjo una sensación extraña.
—¿Qué le pasa, Male? —preguntó mi mamá.
—No sé, mami... como que me dio náuseas.
Ella me miró con preocupación.
—Siéntese un momentico.
Obedecí y tomé un vaso con agua.
Pensé que era un malestar pasajero.
Pero los días siguieron pasando y las molestias aumentaron.
Me daban náuseas casi todas las mañanas.
Sentía mucho sueño durante el día.
Me cansaba con facilidad y a veces me mareaba cuando me levantaba rápido.
Una tarde estaba organizando unas flores del jardín cuando tuve que sentarme porque sentía que me faltaban las fuerzas.
Mi mamá volvió a verme.
—Male... usted lleva varios días así.
—Sí, mami, pero yo creo que es cansancio.
Ella guardó silencio unos segundos y luego me dijo con mucha tranquilidad:
—Mija... ¿usted no será que está embarazada?
Sentí que el corazón me dio un vuelco.
—¿Qué?
—Piénselo bien.
Fue entonces cuando recordé algo que me hizo preocupar.
Mi período todavía no había llegado.
Miré a mi mamá sin saber qué decir.
—La verdad... está retrasado.
Ella tomó mi mano.
—No se asuste. Lo mejor es salir de la duda.
Esa misma tarde fui hasta una farmacia del pueblo.
Entré un poco nerviosa.
La señora que atendía me saludó con una sonrisa.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes... ¿me podría vender una prueba de embarazo?
La mujer asintió con discreción y me entregó una caja.
Pagué, le di las gracias y regresé rápidamente a la hacienda.
Entré a mi habitación, cerré la puerta y seguí cuidadosamente las instrucciones.
Los minutos de espera se me hicieron eternos.
Miraba el reloj una y otra vez.
Finalmente observé la prueba.
Aparecieron dos líneas.
Positivo.
Me quedé inmóvil.
No sabía qué pensar.
—No... de pronto estas pruebas se equivocan —me dije en voz baja.
Respiré profundamente.
No quería sacar conclusiones sin estar completamente segura.
Guardé la prueba y esa misma semana pedí una cita con una ginecóloga.
El día de la consulta estaba muy nerviosa.
La doctora me recibió con amabilidad.
—Buenos días, Malena. Cuénteme, ¿qué la trae por aquí?
Le expliqué que llevaba varios días con náuseas, mareos, mucho sueño y que mi período estaba retrasado. También le conté que una prueba de farmacia había salido positiva, pero que quería confirmarlo con un examen médico.
La doctora escuchó con atención.
—Hiciste bien en venir. Vamos a realizar la valoración correspondiente para confirmar el resultado.
Después de la consulta y de los exámenes indicados, regresé al consultorio.
La doctora sonrió con tranquilidad.
—Malena, ya tengo los resultados.
Sentí que el corazón me latía muy fuerte.
—¿Todo está bien?
Ella asintió.
—Sí. Los resultados confirman que estás embarazada.
Por unos segundos me quedé completamente en silencio.
Era una noticia que no esperaba recibir ese día.
La doctora continuó hablándome sobre los cuidados que debía tener, la importancia de asistir a los controles prenatales y de mantener una buena alimentación durante el embarazo.
Yo escuchaba atentamente, tratando de asimilar aquella noticia que cambiaría mi vida.
Cuando salí del consultorio, respiré profundamente.
Miré el cielo y sentí una mezcla de emociones.
Sabía que me esperaba una conversación muy importante con Isaías y con mi familia.
Mientras caminaba de regreso, llevaba una mano sobre mi vientre y pensaba que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual. Mi vida estaba comenzando un nuevo capítulo, uno lleno de incertidumbre, responsabilidades y decisiones, pero también de esperanza.