Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1
El suelo del Bosque de la Niebla de Sangre estaba cubierto de una hojarasca húmeda y podrida que se colaba entre los dedos de Serena cada vez que intentaba afianzarse a la tierra. No servía de nada. Dos corpulentos guerreros del Clan del Tigre la arrastraban sin la menor pizca de delicadeza, sosteniéndola firmemente por los brazos como si fuera un saco de basura que debían desechar antes de que apestara la aldea.
—¡Suéltenme! ¡Yo no hice nada! ¡Todo lo que dijo Lilia es mentira! —suplicó Serena, con la voz rota y la garganta áspera de tanto gritar.
Sus talones dejaban dos surcos paralelos en el lodo grisáceo. La llovizna helada de la tarde le empapaba la túnica de piel, pegándola a su cuerpo y haciéndola tiritar.
Nadie en la retaguardia se dignó a responderle. Los guerreros que la escoltaban mantenían la vista al frente, serios, como si cumplieran una tarea desagradable pero sumamente necesaria para purificar su hogar. Sin embargo, unos pasos más atrás, la verdadera artífice de su desgracia caminaba con paso grácil, protegida de la lluvia bajo una enorme hoja de loto que sostenía uno de sus tantos pretendientes.
Lilia, la delicada hembra del linaje de conejo, la miraba desde arriba. Sus largas orejas esponjosas se agitaron ligeramente, y sus grandes ojos rosados, que siempre parecían a punto de derramar lágrimas de inocencia, destilaron por un segundo una fría y calculadora satisfacción. Lilia no pronunció una sola palabra, pero la comisura de sus labios se elevó en una micro-sonrisa de burla absoluta. Había ganado. La molesta serpiente que amenazaba con robarle la atención del heredero de la tribu estaba a punto de desaparecer para siempre.
Al lado de Lilia caminaba Kael. El robusto hijo del jefe del clan mantenía sus rasgos felinos tensos. Sus ojos amarillos de tigre esquivaron la mirada desesperada de Serena. Había una sombra de duda en su rostro, pero el orgullo y las "pruebas" presentadas por Lilia —que acusaban a Serena de intentar envenenar los pozos de agua de la aldea con su supuesto veneno de serpiente— eran demasiado pesadas.
—Kael, por favor... tú me conoces, yo jamás... —intentó llamarlo Serena, estirando una mano sucia de barro hacia él.
—Ya es suficiente, Serena —interrumpió Kael, con una voz gélida que cortó el viento helado—. Tu presencia solo trae desgracia y desconfianza a nuestro pueblo. El destierro es la única forma de mantener la paz. No regreses. Si pones un solo pie de nuevo en nuestro territorio, los guerreros tendrán la orden de matarte en el acto.
Los dos guardias la arrojaron con fuerza hacia adelante. Serena cayó de bruces contra la tierra húmeda, justo cruzando la línea de árboles retorcidos y de hojas purpúreas que marcaba el límite del temido bosque.
Detrás de ella, el grupo dio media vuelta sin mirar atrás. El silencio del espeso bosque comenzó a tragárselo todo, roto únicamente por el crujido de las pisadas de los tigres alejándose y el suave susurro de la lluvia.
Serena se quedó allí, tirada en el lodo, temblando de rabia, miedo e impotencia. Los prejuicios de este estúpido mundo eran una condena de muerte. Solo por pertenecer al linaje de la serpiente, todos asumían que era traicionera, venenosa y malvada. No importaba que siempre hubiera sido tranquila, que intentara ayudar o que sus escamas perladas fueran de una belleza pacífica; para ellos, las serpientes eran el enemigo.
Con las fuerzas que le quedaban, se arrastró buscando refugio antes de que la noche cayera por completo y los depredadores del bosque profundo salieran a cazar. Encontró una grieta estrecha en una formación rocosa, una especie de cueva pequeña, húmeda y oscura. Se acurrucó en el rincón más alejado, abrazándose las rodillas para intentar retener algo de calor corporal.
El frío calaba hasta sus huesos, y pronto, una fiebre violenta y abrasadora comenzó a apoderarse de ella. Su mente empezó a desvariar. Entre sollozos por la injusticia y el dolor físico, sus ojos se cerraron y el mundo se volvió completamente negro.
*¡Bip... bip... bip!*
*“¡Doctora, el paciente de la cama cuatro está entrando en paro!”*
*“¡La densidad del suelo para la siembra de soja necesita un análisis de pH inmediato, optimicen el sistema de riego por goteo!”*
*“No olvides pagar la factura de la luz antes del quince, o nos cortarán el servicio...”*
*“El examen de reválida médica es el próximo mes...”*
Un torrente caótico de imágenes, sonidos y conceptos abstractos estalló dentro de la cabeza de Serena como si una presa de información digital se hubiera roto de golpe. Vio luces de neón parpadeantes, imponentes edificios de concreto que rascaban el cielo, autos que se desplazaban a toda velocidad sobre ríos de asfalto negro, jeringas relucientes, estetoscopios, planos detallados de invernaderos automatizados y complejas fórmulas de ingeniería agroindustrial.
Sintió el sabor del café cargado de máquina de hospital, el estrés de las guardias de treinta y seis horas, y la frustración de ver cómo la mitad de su sueldo se esfumaba en impuestos estatales y en el pago de un crédito universitario que parecía no tener fin.
—¡Ahg! —Serena se incorporó de golpe, llevándose las manos a la cabeza.
El dolor era tan agudo que sintió ganas de vomitar. Jadeó, tratando de llenar sus pulmones de aire, pero el aire que respiraba no olía a desinfectante de hospital ni a contaminación urbana; olía a tierra mojada, hojas en descomposición y una frescura silvestre casi abrumadora.
Parpadeó repetidamente para ajustar su vista a la penumbra de la cueva. La fiebre había desaparecido, dejando en su lugar una claridad mental tan afilada que la asustó.
—¿Qué... qué demonios fue eso? —susurró, pero su propia voz sonó extraña en sus oídos.
Se miró las manos. No eran las manos desgastadas de una cirujana cansada de treinta y tantos años, ni las de una ingeniera que lidiaba con maquinaria pesada. Eran manos jóvenes, delgadas, un poco sucias de tierra pero increíblemente suaves.
Bajó la mirada hacia su cuerpo. Llevaba un vestido de piel áspera, húmedo y medio roto. Sus piernas... seguían ahí. Dos piernas perfectamente normales y humanas, aunque cubiertas de algunos raspones por la caída en el lodo. Respiró aliviada por un segundo, pero al tocarse el rostro para limpiarse el sudor frío, sus dedos rozaron algo diferente a los lados de su frente, justo en las sienes.
Eran pequeñas escamas. Lisas, perfectamente alineadas, frías al tacto y con una textura tan pulida que parecía nácar.
La verdad la golpeó con la fuerza de un camión de carga.
No era solo Serena, la pobre hembra serpiente exiliada y humillada del Clan del Tigre. También era una mujer de la Tierra, una profesional altamente capacitada que había dedicado su vida anterior a salvar vidas en la sala de urgencias y a diseñar sistemas agrícolas sostenibles para mejorar el rendimiento de la tierra. Había muerto —probablemente por puro exceso de trabajo y falta de sueño, recordó con ironía— y su alma había transmigrado a este cuerpo, fusionando ambas existencias en un solo ser.
Se frotó las sienes escamosas, procesando la ridícula ironía de su nueva realidad.
—A ver... —comenzó a decir en voz alta, dejando escapar un largo y pesado suspiro mientras se apoyaba contra la pared de piedra de la cueva—. ¿Médica, ingeniera, y ahora una serpiente exiliada en un bosque que literalmente se llama 'Niebla de Sangre'? Esto tiene que ser una broma de muy mal gusto del universo.
Se quedó mirando el goteo constante de agua que caía del techo de la cueva, haciendo cuentas mentales de su situación actual. No tenía comida, no tenía herramientas, no tenía un techo decente, su antigua tribu la quería muerta y estaba en un entorno donde cualquier bicho de tres metros de largo podía usarla de aperitivo.
Sin embargo, una pequeña y extraña sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios húmedos. Se sacudió el cabello negro, que le caía en desorden sobre los hombros, y estiró las piernas con pereza.
—Bueno... —murmuró con un tono de humor seco y resignado—. Mirándolo por el lado amable, al menos no tengo que pagar el maldito crédito universitario, no hay llamadas del banco a las ocho de la mañana y, lo mejor de todo, ¡cero declaraciones de impuestos! Si me muero de hambre aquí, al menos el gobierno de mi país no vendrá a embargarme la cueva.
La sensación de libertad, aunque envuelta en un peligro inminente, era extrañamente refrescante. Ya no era la asustada e indefensa Serena que solo sabía llorar por la crueldad de Lilia. Ahora tenía un cerebro lleno de ciencia, medicina, técnicas de cultivo y una resiliencia forjada en las peores guardias médicas de un hospital público.
Si el Clan del Tigre pensaba que la había enviado a morir, estaban muy equivocados. Ella no solo iba a sobrevivir en este bosque; iba a construir su propio reino, y pobre del hombre bestia que intentara interponerse en su camino.
Se puso de pie con cuidado, sintiendo cómo la energía regresaba a su cuerpo. Era hora de ponerse a trabajar.