La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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venganza
A la mañana siguiente...En palabras de Anna.
Me desperté y mire a mi lado ya no estaba Sebastián, pude escuchar el ruido de mucha gente así que me levanté enseguida y sali por el balcón mirando a un lado del Quisco ahí estaban todos los empleados de Sebastián descargando todos los aparatos para mí consultorio, no pude evitarlo y sonreí eso realmente me hacía sentir feliz.
Enseguida mi mirada se dirigió a la de Sebastián quien me miró, con esa mirada de hilo que siempre tenía.
Entre a mi habitación y enseguida me cambié de ropa y baje de inmediato.
— Mi señora el desayuno ya está listo.— dijo Rocío con una sonrisa.
— Si claro— camine asta el comedor y solo estaba servido para mí, Sebastián no me acompañaría.— ¿El señor no desayunara.?— pregunté mirando a Rocío.
— No mi señora, el patrón va a desayunar en su trabajo.— dijo Rocío y yo no pude evitar sorprenderme Pero realmente no le puse atención ni la importancia yo quería salir a ver todo el consultorio.
Al terminar de desayunar salí a ver cómo Hiba todo y realmente no podía dejar de sonreír, todos los equipos eran de primera generación, cuando por fin los hombres acabaron entre ahí y respire profundamente y mis ojos se llenaron de lágrimas de emoción.
Tomé una bata blanca y me la puse me mire en un pequeño espejo y sonreí.
Pasaron varias horas y nadie fue al consultorio, yo sabía que vivían muchos niños ahí al igual que gente mayor y nadie fue por el lugar.
Salí del consultorio para escojer el vestido que usaría esa noche para salir con Sebastián, me sentía desconcertada.
— ¿Rocío puedo preguntarle algo?— le dije suspirando.
— Si mi señora.- dijo Rocío mientras extendida todos los vestidos en la cama para que los mirara.
— ¿acaso hice algo mal.? el hombre herido tuvo alguna complicación, ho por qué los jornaleros no fueron al consultorio y se muy bien que ahí muchos niños, mujeres embarazadas y gente mayor, viviendo aquí.— dije suspirando con nostalgia.
Rocío detuvo sus manos sobre la seda de uno de los vestidos y bajó la mirada, evitando mis ojos. Un silencio pesado inundó la habitación, solo interrumpido por el roce de las telas. Ella suspiró, y cuando volvió a mirarme, su expresión no era de alegría, sino de una profunda y triste cautela.
—Ay, mi señora... usted tiene un corazón de oro, pero no entiende cómo funcionan las cosas en estas tierras —dijo en voz baja, casi en un susurro, como si las paredes de la mansión tuvieran oídos—. Los jornaleros no tienen miedo de usted. Ellos la bendicen por lo que hizo por ese hombre. El problema es el patrón.
Me acerqué a ella, sintiendo un nudo en la garganta. —¿Sebastián les prohibió ir?
—No hizo falta que abriera la boca, señora Anna —Rocío negó con la cabeza—. El patrón Sebastián es un hombre que no da nada sin cobrar un precio. La gente tiene miedo de que, si aceptan su medicina, luego él les exija algo que no puedan pagar. O peor... temen que usted sea solo una "trampa" para vigilarlos más de cerca. Aquí, la bondad es algo que no conocen, y menos si viene de la mano de un Sáenz, aunque el patrón es diferente a su papá y hermano.
Me dejé caer en la orilla de la cama, mirando los vestidos costosos. Todo era una farsa. Yo quería ser útil, pero para ellos, yo solo era la extensión del hombre que los dominaba.
—Además... —continuó Rocío con miedo—, se rumora que el patrón estaba furioso esta mañana. Dicen que los guardias tienen órdenes de anotar quién entra y quién sale del consultorio y más cuando se trate de hombres. Nadie quiere estar en una lista negra, mi señora.
— No se preocupe Rocío yo misma iré a hablar con la gente y de Sebastián me encargo yo.— dije sonriendo en el espejo tomando el vestido más entallado y sexi que habia en la habitación.
— Ya tengo el vestido — dije sonriendo, estaba decidida a jugar de la misma forma que lo estaba haciendo Sebastián.
Me puse el vestido era una segunda piel de seda negra que abrazaba cada una de mis curvas, con un escote que cortaba la respiración y una abertura en la pierna que desafiaba cualquier rastro de la "niña buena" que él creía haber comprado. Me solté el cabello, dejando que las ondas cayeran sobre mis hombros, y me pinté los labios de un rojo tan intenso que parecía sangre.
Rocío me miraba con los ojos muy abiertos, casi asustada por el cambio.
—Señora... —susurró—, el patrón va a...
—El patrón va a tener exactamente lo que pidió —la interrumpí, calzándome unos tacones de aguja que me hacían sentir más alta, más peligrosa—. Una esposa que lo deje sin aliento.
Antes de salir de la habitación me puse un abrigo largo para que aún no notará el vestido y así poderlo sorprender enfrente de toda la gente.
Sebastián no se dió cuenta del vestido ambos salimos asta el auto.
— Está noche cumplirás con tu palabra Anna.— dijo Sebastián mientras manejaba.
— Así es Sebastián, cumpliré de la misma manera que lo as hecho tu.— dije suspirando.
Llegamos a la villa frente al mar. El sonido de la música lounge y el murmullo de las risas se mezclaban con el estrépito de las olas. Al bajar del auto, un botones se apresuró a recibirnos. Sebastián se ajustó el saco de lino, luciendo como el dueño del mundo, y extendió su brazo hacia mí.
—Quítate el abrigo, Anna. Ya estamos aquí —ordenó, con ese tono de mando que tanto odiaba.
Entramos al vestíbulo de la mansión, un espacio abierto con vista directa al jardín iluminado y a la playa. El aire era cálido y olía a sal y gardenias. Sebastián se detuvo y me miró, esperando que le entregara la prenda al empleado.
Lentamente, desabroché los botones del abrigo. Pude ver por el rabillo del ojo cómo un par de socios de Sebastián, que charlaban cerca de la entrada, interrumpieron su conversación al vernos. Cuando deslicé el abrigo de mis hombros y se lo entregué al botones, el silencio se hizo absoluto en el salón.
Se quedó petrificado. Sus ojos recorrieron la seda negra que se pegaba a mi cuerpo, la profundidad del escote y la piel que la abertura del vestido dejaba al descubierto. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus pupilas se dilataban hasta casi borrar el color de sus ojos. No era solo deseo; era una mezcla de orgullo herido y una furia posesiva que lo hizo dar un paso hacia mí, cerrando cualquier espacio posible.
—Anna... —susurró, y su voz salió mucho más ronca de lo que pretendía—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—Cumpliendo mi palabra —le dije, acercándome a su oído para que solo él pudiera escucharme, mientras ponía mi mano con delicadeza sobre su brazo—. Me pediste que fuera una esposa que causara impacto. ¿No es esto lo que querías, mi amor?