⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Jaula de oro
El rugido rítmico de las hélices del helicóptero biturbina amortiguaba cualquier otro sonido en la cabina privada. Arlo Baxter mantenía la mirada fija en el paisaje nocturno que se extendía cientos de metros abajo. Las luces de la metrópolis comenzaban a disolverse, reemplazadas por la densa oscuridad de las colinas del norte, donde se alzaba su residencia principal.
Sobre el asiento de piel contiguo, Gus Fletcher descansaba profundamente. El joven cantante llevaba una manta oscura cubriéndole los hombros. Su rostro, libre de la tensión y la mirada defensiva de las últimas horas, lucía inusualmente pacífico bajo la tenue iluminación LED de la aeronave.
Arlo exhaló el humo de su cigarrillo hacia el extractor de la cabina. Bajó la vista hacia su propia mano izquierda. El hilo carmesí nacía de sus dedos largos y callosos, cruzaba el espacio entre los asientos y se enroscaba en la muñeca derecha de Gus con una firmeza absoluta. El lazo ya no parpadeaba con el brillo violento de la distancia; ahora emitía un pulso constante, cálido y sedante.
Una sensación extraña, densa y primitiva se asentó en el pecho de Arlo. No era un hombre propenso a las emociones blandas. Criado por un padre implacable que le enseñó a gobernar el negocio familiar con puño de hierro, Arlo entendía el mundo a través del poder, el territorio y la obediencia. Sin embargo, tener el cuerpo de Gus Fletcher bajo su custodia total despertaba en él un instinto de posesión que iba mucho más allá de los negocios turbios o la expansión de su imperio criminal.
Sentía el peso de la responsabilidad, y para su propia sorpresa, le gustaba. Sabía exactamente qué tipo de criatura era Gus: un artista varonil, talentoso y ferozmente independiente por fuera, pero quebrado por dentro debido a la pérdida de sus padres. Un perfeccionista clínico que prefería destruirse las cuerdas vocales antes que aceptar una falla. Arlo había leído su expediente médico y su historial psiquiátrico no para destruirlo, sino para entender cómo domarlo. Al besarlo en el salón VIP, había confirmado su teoría: debajo del pánico y de su supuesta heterosexualidad, el cuerpo de Gus ansiaba un dueño. Ansiaba una autoridad absoluta que le quitara la carga de decidir.
El helicóptero comenzó a descender con suavidad sobre el helipuerto iluminado de la mansión del norte. La propiedad era una fortaleza de hormigón, cristal y seguridad armada, rodeada por hectáreas de bosque privado. Nadie entraba ni salía sin la huella digital y la autorización directa de Arlo. El lugar perfecto para mantener un secreto.
—Señor Baxter, estamos en tierra —anunció el piloto por el intercomunicador.
Arlo apagó el cigarrillo en el cenicero integrado. Se desabrochó el cinturón y se inclinó sobre el cuerpo de Gus. Con total naturalidad, pasó un brazo por debajo de la espalda del cantante y el otro bajo sus rodillas, levantándolo. Los músculos de Arlo, esculpidos por años de riguroso gimnasio y preparación física, ni siquiera sintieron el esfuerzo. El porte varonil de Gus encajaba con precisión contra su amplio torso.
Al abrirse la compuerta, el aire fresco y puro de la montaña los recibió. Arlo descendió por la escalerilla con paso firme, sosteniendo al joven contra su pecho. En la pista lo esperaba su asistente principal, junto a dos médicos de la clínica privada de la organización, hombres que atendían los asuntos de la familia Baxter bajo estrictos contratos de silencio.
—¿El joven Fletcher se encuentra bien, señor? —preguntó el médico jefe, un hombre mayor de cabello cano, mientras caminaban hacia la entrada principal de la mansión.
—Está exhausto —respondió Arlo. Su voz gruesa y áspera cortó el viento de la noche—. Su cuerpo colapsó por la falta de sueño y alimento debido a la distancia. Quiero un chequeo completo en cuanto lo deje en la habitación principal. Revisen sus niveles de deshidratación y preparen un suero vitamínico si es necesario. No quiero medicamentos que alteren su sistema nervioso a menos que yo lo apruebe.
—Entendido, señor Baxter. El equipo médico está listo en la planta alta.
Arlo cruzó el vestíbulo de techos altos y subió las escaleras de mármol negro. Entró a la suite principal, una habitación de diseño minimalista y lujoso, dominada por una cama de dimensiones inmensas y ventanales que daban al bosque. Depositó a Gus sobre las sábanas de hilo egipcio con un cuidado que contrastaba drásticamente con su reputación de líder criminal implacable.
Los médicos entraron de inmediato, instalando un monitor portátil con movimientos eficientes y silenciosos. Arlo se paró al pie de la cama, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de traje, observando cada acción. Sus ojos negros no perdían detalle.
—Su ritmo cardíaco está estabilizándose, señor Baxter —explicó el médico mientras colocaba un sensor en el dedo índice de Gus—. La presión arterial está un poco baja debido al ayuno prolongado, pero sus funciones vitales son excelentes. Su anatomía es fuerte. Es evidente que tiene la disciplina de un atleta, aunque ha llevado sus reservas de energía al límite de forma irresponsable.
—Es un obsesivo —comentó Arlo, con una sutil nota de orgullo oculto —. Cree que puede torcerle el brazo a su propia naturaleza.
El médico preparó una vía intravenosa con una solución de nutrientes y se acercó al brazo derecho de Gus. Sin embargo, en cuanto la aguja estuvo a punto de rozar la piel del cantante, el hilo carmesí que flotaba en el aire vibró con un destello rosa intenso. Involuntariamente, Gus soltó un quejido entre sueños y se removió en la cama, intentando encoger el brazo.
El médico se detuvo, mirando el aire con confusión, intuyendo que algo bloqueaba el procedimiento.
—Déjame a mí —ordenó Arlo, dando un paso al frente.
Arlo se sentó en el borde del colchón. Su inmenso cuerpo ensombreció la figura postrada de Gus. Tomó la mano derecha del artista entre las suyas; la piel de Gus se sentía ligeramente fría. Con suavidad, Arlo frotó sus dedos largos sobre la muñeca del joven, justo donde el hilo nacía. Al sentir el contacto físico directo del mafioso, el lazo de energía se relajó de inmediato, volviéndose dócil. El cuerpo de Gus se destensó sobre las almohadas, soltando un suspiro profundo.
—Proceda —dijo Arlo, sin soltar la mano del cantante.
El médico canalizó la vía con rapidez y fijó el catéter. Una vez terminado el trabajo, el personal médico recogió sus equipos.
—Dejaremos que el suero actúe durante las próximas seis horas, señor Baxter —dijo el doctor, inclinando la cabeza—. Debería despertar por la mañana con bastante energía. Hemos preparado la dieta líquida y los suplementos según las instrucciones de su nutricionista.
—Bien. Retírense. Que la seguridad del ala norte doble la guardia. Nadie entra a este piso sin mi orden directa. Si la mánager del chico llama, díganle que el tratamiento ha comenzado y que no habrá actualizaciones hasta dentro de tres días.
—Sí, señor. Con su permiso.
Los médicos abandonaron la suite, cerrando la pesada puerta de madera insonorizada. El silencio regresó a la habitación, interrumpido solo por el suave murmullo del viento contra los cristales.
Arlo permaneció sentado en el borde de la cama, contemplando al joven que ahora dormía con una vía intravenosa en el brazo. Su mano izquierda continuaba sosteniendo la de Gus. El hilo rojo se enroscaba entre sus dedos como una enredadera viva.
Una sonrisa fría y calculadora apareció en la mandíbula de Arlo. Sentía una profunda satisfacción al saber que Gus Fletcher estaba completamente aislado del mundo, metido en su territorio, bajo sus reglas. En esa mansión no había agencias de talento, ni mánagers nerviosos, ni cámaras de televisión, ni partituras musicales que exigieran perfección. Solo estaban ellos dos y el lazo que los unía.
Arlo sabía que cuando Gus despertara por la mañana, la batalla psicológica volvería a encenderse. El artista intentaría pelear, usaría su orgullo de hombre heterosexual para negar la atracción brutal que sentía y reclamaría su preciada libertad. Pero Arlo era un Baxter; sabía cómo jugar al tire y afloja mejor que nadie. Usaría cada gramo de su imponente físico, cada gramo de su poder y la adicción física del hilo para quebrar la resistencia del cantante hasta que Gus aceptara, por su propia voluntad, que el único lugar donde su mente obsesiva encontraría paz absoluta era bajo el control de su captor.
Arlo se levantó de la cama, soltando la mano de Gus con lentitud. Caminó hacia el ventanal, sacó un nuevo cigarrillo y lo encendió, observando el bosque oscuro. El hilo se estiró un par de metros, pero se mantuvo flexible, transmitiendo el latido calmado y saludable del cantante directo a su propio corazón. Gus Fletcher estaba a salvo en su jaula de oro, y Arlo no planeaba abrir la puerta jamás.