Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
NovelToon tiene autorización de Yoryanis R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
...La primera grieta...
La reunión fue esa misma noche.
No en la casa.
No en uno de los restaurantes habituales.
En un almacén portuario abandonado, cerca de los muelles antiguos.
Demasiado abierto.
Demasiado expuesto.
—No me gusta —murmuré mientras el automóvil se detenía.
—A mí tampoco —respondió Thiago.
Pero bajó de todos modos.
Cuatro vehículos nos escoltaban.
Demasiada seguridad para una simple conversación.
O demasiado poco para una emboscada bien planeada.
El aire olía a sal y metal oxidado.
Las luces dentro del almacén parpadeaban con intermitencia.
Un hombre esperaba en el centro.
Traje oscuro.
Postura relajada.
Confianza excesiva.
No parecía nervioso.
Eso lo hacía peligroso.
—Señor Ivanov —saludó con una leve inclinación de cabeza—. Pensé que vendría solo.
Sus ojos se posaron en mí.
Sin disimulo.
—Mi esposa me acompaña —respondió Thiago con firmeza.
—Claro. La famosa esposa.
No me gustó el tono.
—¿Usted compró la empresa marítima Lombardi? —preguntó Thiago sin rodeos.
El hombre sonrió.
—Compré muchas cosas últimamente.
—No juegue conmigo.
—Jamás lo haría.
Caminó lentamente alrededor de nosotros.
Como si inspeccionara mercancía.
—Fue una inversión rentable. Un hombre desesperado siempre firma rápido.
Mi sangre se heló.
—¿Por qué hacerlo? —pregunté.
El hombre se detuvo frente a mí.
—Porque las deudas son herramientas.
—¿Herramientas para qué?
—Para obligar a los líderes a cometer errores.
Thiago dio un paso adelante.
Sutil. Protector.
—¿Qué error cree que cometí?
El hombre sonrió con verdadera diversión esta vez.
—Casarse.
El silencio se volvió pesado.
—Subestimó el impacto político —continuó—. Algunos de sus aliados no aprueban decisiones emocionales.
—No fue emocional —dijo Thiago con voz fría.
—No importa lo que fue. Importa cómo se percibe.
Sentí algo incómodo en el estómago.
—¿Quién lo respalda? —preguntó Thiago.
—Digamos que hay hombres que prefieren un liderazgo… más predecible.
Un ruido metálico interrumpió la conversación.
Seco. Breve.
Uno de los hombres de Thiago se giró de inmediato.
Demasiado tarde.
Un disparo.
El eco rebotó en las paredes del almacén.
Gritos.
Movimiento.
Thiago me empujó contra una columna de concreto antes de que pudiera reaccionar.
Otro disparo.
Más cerca.
—¡Emboscada! —gritó alguien.
El hombre del traje ya no estaba relajado.
Había retrocedido.
Esto no era solo conversación.
Era eliminación.
Thiago desenfundó su arma con precisión mecánica.
No dudó.
Disparó hacia las sombras del segundo nivel del almacén.
Un cuerpo cayó desde la pasarela metálica.
Mi respiración se volvió irregular.
No era entrenamiento.
No era simulación.
Era real.
Otro disparo impactó cerca de nosotros.
El concreto se astilló.
—Mantente detrás de mí —ordenó Thiago.
No discutí.
Pero tampoco cerré los ojos.
Observé.
Conté movimientos.
Dos hombres corriendo por la izquierda.
Uno por detrás de contenedores oxidados.
—Tres más —susurré.
Thiago reaccionó al instante.
Giró.
Disparó.
Uno cayó.
Los otros retrocedieron.
El sonido de sirenas lejanas comenzó a escucharse.
No policía.
Las nuestras.
Refuerzos.
El hombre del traje intentó moverse hacia una salida lateral.
Thiago lo vio.
Lo alcanzó en tres pasos.
Lo empujó contra una pared metálica con violencia controlada.
—¿Quién te envió? —preguntó con frialdad absoluta.
El hombre sonrió… incluso con el arma presionando su garganta.
—Ya está en marcha.
—¿Qué?
—El siguiente movimiento.
Un golpe seco.
Thiago lo dejó inconsciente de un impacto calculado.
El silencio regresó poco a poco.
Solo respiraciones agitadas.
Cascos resonando en el concreto mientras sus hombres aseguraban el perímetro.
Thiago volvió hacia mí.
Me observó de arriba abajo.
Buscando sangre.
Heridas.
—¿Estás herida?
Negué.
Pero mis manos temblaban.
No por miedo.
Por comprensión.
Esto no era advertencia.
Era inicio.
—No vinieron a negociar —dije.
—No.
—Vinieron a medir tu reacción.
Su mirada se oscureció.
—Y ahora saben que no dudaré.
Miré alrededor.
Cuerpos.
Sangre.
Metal.
—No era solo contra ti —murmuré.
Él sostuvo mi mirada.
—Lo sé.
Y en ese instante entendí algo peor que la emboscada.
Alguien no solo quería debilitar a Thiago.
Quería provocar una guerra.
Y nuestro matrimonio era la chispa perfecta.