Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 12: La Verdad en la Pantalla
La mansión estaba en completo silencio cuando Elena regresó a la habitación principal. Llevaba un pijama de seda color crema que contrastaba con su estado de ánimo agitado. No podía quitarse de la cabeza las palabras que había escuchado a medias desde el pasillo: Sebastian hablando de su hermano con un odio visceral. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender por qué ese hombre despreciaba tanto a su familia.
Cuando Sebastian entró en la habitación, Elena se levantó rápidamente de la cama.
—Iré por un vaso de leche caliente —dijo con voz aparentemente tranquila—. No puedo dormir.
Sebastian la miró un segundo, pero no dijo nada y se dirigió al baño para ducharse. Era la oportunidad que ella esperaba. Con el corazón latiéndole con fuerza, Elena metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta de Sebastian, que colgaba del respaldo de una silla, y sacó la llave del estudio. La había visto allí antes.
Se movió con sigilo por los pasillos oscuros de la mansión. Introdujo la llave en la cerradura del estudio y entró. El portátil de Sebastian estaba sobre el escritorio, aún encendido. Con manos temblorosas, Elena lo abrió.
El video que John le había mostrado a Sebastian estaba allí, en la pantalla. Lo reprodujo con el volumen bajo.
Lo que vio la dejó helada.
Martín aparecía en un lugar sórdido, rodeado de mujeres jóvenes, claramente en un contexto de explotación. Las imágenes eran explícitas y condenatorias. Elena se llevó una mano a la boca, horrorizada. Sabía de los problemas de juego de su hermano, de sus deudas y de sus malas decisiones… pero esto era diferente. Esto era monstruoso.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin control. Se dejó caer en la silla del escritorio, sollozando en silencio.
—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó una voz fría desde la puerta.
Elena levantó la mirada, sobresaltada. Sebastian estaba allí, con el cabello aún húmedo de la ducha y una expresión dura como el granito.
Ella no dijo nada. Solo lo miró con los ojos llenos de lágrimas y dolor.
Sebastian entró y cerró la puerta tras de sí.
—Martín es un criminal, Elena. No solo un jugador irresponsable. Está involucrado en trata de personas. Ese video es solo una prueba más.
Elena negó con la cabeza, con la voz rota.
—Eso es mentira… Martín no sería capaz de algo así. Tú lo estás inventando para destruirlo.
Sebastian soltó una risa sarcástica y amarga que resonó en el estudio.
—¿Inventando? Tú fuiste la que entró sin mi consentimiento en mi estudio. Tú fuiste la que abrió mi portátil y buscó lo que no se te había perdido. Yo no te obligué a ver ese video, Elena. Lo hiciste tú sola.
Se acercó un paso más, mirándola desde arriba.
—Hagas lo que yo haga, seguramente no me vas a creer. Y Martín lo va a negar todo, como siempre ha hecho. Es lo que mejor sabe hacer tu hermano: mentir y esconderse detrás de otros.
Elena se levantó de la silla, temblando de rabia, dolor y confusión.
—No lo conoces… No sabes nada de mi familia.
Sebastian la miró con frialdad.
—Sé más de lo que crees. Y cada día descubro cosas peores. Ahora sal de mi estudio.
Elena pasó a su lado, con las lágrimas aún cayendo por su rostro. Sebastian no la detuvo. Cuando ella salió, él se quedó solo en la habitación, cerrando el portátil con fuerza.
Elena regresó a la habitación principal, se metió en la cama y se abrazó a sí misma, llorando en silencio hasta que el agotamiento la venció. Sebastian no regresó a dormir esa noche. Se quedó trabajando en el estudio, con la mente llena de recuerdos oscuros y una determinación más fría que nunca.
La brecha entre ellos se había hecho más profunda.