"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El nacimiento de Luna.
El camarín era un cuarto alargado con espejos manchados por el tiempo y el descuido, algunos rotos en las esquinas como telarañas de vidrio. Una hilera de tocadores con lamparitas de las cuales solo la mitad funcionaba bordeaba una de las paredes, y sobre la mesa central se amontonaba un caos de maquillajes, peinetas, cepillos, cigarrillos a medio consumir en ceniceros rebosantes y tazas de café frío con marcas de lápiz labial en el borde. Ropas de lentejuelas, plumas de colores y lencería de encaje colgaban de percheros improvisados, algunas limpias y planchadas, otras con manchas de sudor y maquillaje de noches anteriores. El olor a transpiración, desodorante de supermercado y perfume dulzón flotaba en el ambiente como una neblina invisible que se pegaba a la ropa y al pelo.
Cuatro mujeres estaban allí cuando Valeria entró, cargando su modesto bolso con el vestido prestado. La más alta, una morocha de curvas pronunciadas que llevaba un body plateado que brillaba como escamas de pescado bajo las luces del camarín, fue la primera en hablar mientras se aplicaba delineador negro con pulso de cirujana.
—¿Vos sos la nueva que mandó Dante? —preguntó, sin dejar de mirarse en el espejo.
—Sí. Luna —respondió Valeria, sintiéndose ridícula al pronunciar ese nombre falso que ni siquiera le gustaba.
—Yo soy Lorena. Pero acá me dicen Scarlett, como la del cine. Bienvenida al infierno, nena.
Las otras mujeres rieron con una carcajada cómplice. Una de ellas, una rubia teñida con extensiones que le llegaban hasta la cintura, se acercó a Valeria con un cigarrillo encendido entre los dedos y la examinó de arriba abajo con una mezcla de curiosidad profesional y desdén disimulado.
—Yo soy Pamela, o sea, Venus. ¿Trajiste ropa para bailar? —preguntó, exhalando el humo hacia un costado con elegancia.
—Tengo... esto —dijo Valeria, señalando su vestido con un gesto vago.
—¿Eso? —Pamela soltó una carcajada que resonó en todo el camarín—. Nena, acá no venís a un casamiento de pueblo ni a un funeral. Necesitás lencería. Algo que brille, que contraste con la luz del escenario. Algo que deje ver, pero que también deje imaginar. ¿Entendés lo que te digo?
—Más o menos —respondió Valeria, abrumada.
—Dejala, Pam. No la asustes en su primer día —intervino Lorena, poniéndose de pie y apartando a la rubia con suavidad—. Yo le presto algo. Ven, Luna, sentate acá. Vamos a convertirte en una diosa antes de que Dante pierda la paciencia.
Lorena le indicó un taburete gastado frente a uno de los espejos menos dañados. Rebuscó en una bolsa de tela que tenía bajo su tocador y sacó un conjunto de encaje negro con aplicaciones de strass que brillaban como estrellas diminutas bajo la luz. Era un conjunto minúsculo, casi inexistente, compuesto por un corpiño que dejaba poco a la imaginación y una bombacha brasileña que era más un hilo dental que una prenda de vestir.
—Esto es muy... —empezó Valeria, sosteniendo la lencería con la punta de los dedos como si fuera una bomba a punto de estallar.
—¿Atrevido? Sí, lo es —completó Lorena, con una sonrisa comprensiva y triste al mismo tiempo—. Acá no vienen a ver a una señora haciendo aeróbicos. Vienen a ver a una diosa del Olimpo que baja a la Tierra solo por unos minutos. Si querés que te paguen, tenés que convertirte en eso. En una diosa.
—¿Hace cuánto que trabajás acá, Lorena?
—Tres años largos. Desde que mi ex marido me dejó con una deuda de dos palos y un hijo de seis meses que alimentar. Esto no es lo que soñé de chica, cuando quería ser veterinaria, pero paga las cuentas. Y a veces, cuando el turno es bueno, hasta sobra para un gusto.
—Yo tengo dos hijos. Y una madre enferma de cáncer.
—Todas tenemos una historia, Luna. Acá ninguna baila por hobby. Pero si aprendés a manejarlo, esto se convierte en un trabajo como cualquier otro. Solo que con más brillos y más mentiras.
—¿Tenés algún consejo para una novata?
—Cuando salgas ahí afuera, no pienses en nada. Ni en tus hijos, ni en tu marido, ni en tu madre enferma. Pensá en la música. Dejá que el cuerpo se mueva solo, como si lo hubiera hecho toda la vida.
Pamela se acercó de nuevo, esta vez con un neceser de maquillaje tan grande que parecía un maletín de cirujano. Le pasó una base más clara que su tono de piel, un delineador negro como la noche, sombras plateadas que reflejaban la luz como espejos rotos.
—Maquillate bien, que la luz del escenario te come los rasgos. Si no te pintás fuerte, parecés un fantasma recién salido de la tumba. Y acá los fantasmas no dan propina —aconsejó Pamela, con la sabiduría de quien ha aprendido cada truco a fuerza de golpes.
—¿Tenés algún secreto para el delineador? Siempre me sale torcido —confesó Valeria, con una risa nerviosa.
—Apoyá el codo en la mesa. El pulso firme es todo. Y no tiembles, que el miedo se nota en el trazo.
—Gracias, Pamela.
—De nada, nena. Para eso estamos las chicas. Para ayudarnos entre nosotras.
Brenda, la cuarta bailarina que hasta entonces había permanecido en silencio, se acercó con un par de tacones de charol en la mano.
—Calzate estos, son del talle treinta y siete. Los míos me aprietan, pero a vos te deberían ir bien —dijo, tendiéndoselos a Valeria.
—Gracias. ¿Cómo te llamás?
—Brenda. O Black, en el escenario. Soy ex enfermera. Perdí mi trabajo durante la pandemia y nunca pude volver al rubro. Así que acá estoy.
—Todas tenemos una historia —repitió Valeria, como un mantra.
Valeria obedeció cada consejo. Se aplicó la base con movimientos torpes, dibujó una línea negra en sus párpados que salió más gruesa de lo que pretendía, se puso pestañas postizas que Pamela le pegó con destreza profesional. Cuando finalmente se miró al espejo, tardó varios segundos en reconocerse. La mujer que la miraba desde el otro lado del cristal ya no era Valeria Gutiérrez, la madre abnegada, la esposa fiel, la hija responsable. Era otra. Era Luna. Luna, que la miraba con ojos felinos y labios de fuego, lista para salir a escena.
La música empezó a sonar en el salón principal. Un ritmo lento, sensual, con un bajo que retumbaba en las paredes y hacía vibrar los espejos del camarín. Dante asomó la cabeza por la puerta, con su eterna sonrisa de depredador.
—Luna, a escena. Es tu momento. No nos decepciones.
—Allá voy —dijo Valeria, poniéndose de pie.
—¡Suerte, nena! ¡Dalo todo! —gritó Lorena.
—Acordate: si llorás, que sea después del show —agregó Pamela, con una carcajada.
Valeria se ajustó el corpiño prestado, se pasó la lengua por los labios pintados de rojo carmín. Y caminó hacia la luz, dejando atrás a la mujer que había sido durante treinta y cuatro años.