Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 6
El corazón de Valentina pareció desprendérsele del pecho en el instante en que vio los ojos de Adrián abiertos, clavándose en ella como cuchillas. —¿Qué haces? —repitió él, más frío todavía. Valentina se quedó congelada unos segundos y enseguida agachó la cabeza, devolviendo el celular a su sitio con torpeza.
—P-perdón, Adrián… y-yo solo quería apagar la pantalla. Me preocupaba que se gastara la batería —balbuceó.
El silencio se desplomó sobre la habitación. Unos cuantos segundos se estiraron como si fueran horas.
Adrián la escrutó, intentando leerle algo en el rostro, pero Valentina no se atrevía a levantar la cara. Contuvo el aliento y apretó la mandíbula para que no se le oyeran los latidos desbocados del corazón.
—La próxima vez no toques mis cosas —soltó Adrián con sequedad.
—Sí, Adrián —contestó ella apenas.
Él volvió a cerrar los ojos, como si nada hubiera ocurrido.
Sin embargo, Valentina se quedó inmóvil. Los puños se le fueron cerrando despacio sobre el regazo. La respiración aún no se le asentaba; el corazón le seguía retumbando en las costillas.
Debajo de todo aquello, las sospechas se le afianzaron con una nitidez que dolía. Había encontrado una pista importante: un contacto con la inicial "L" y la reacción de Adrián, demasiado rápida, demasiado alerta.
Valentina cerró los ojos con suavidad. Le ardía el pecho, no solo por la desconfianza, sino por un sentimiento que empezaba a crecer sin que ella lo quisiera: el terror a la verdad que quizá estaba por descubrir. Pero esta vez no retrocedió.
Poco a poco abrió los ojos y la mirada ya no era la de antes, ya no era frágil. Tengo que saberlo, se dijo. Sea lo que sea. Por mucho que duela. No quiero seguir viviendo dentro de una mentira.
Y sin que nadie lo advirtiera, el juego había comenzado —en silencio, despacio, pero con una determinación inquebrantable—.
* * *
Desde que volvió del hospital, el corazón de Valentina dejó de ser el mismo. Aunque seguía levantándose temprano, seguía cocinando, seguía hablando con la cabeza gacha como siempre. Nada había cambiado a ojos de los demás. Doña Carmen la veía igual que antes: la nuera callada, sumisa y fácil de culpar.
Pero dentro de Valentina algo había muerto. Y otra cosa distinta despertaba poco a poco.
Cada vez que recordaba las palabras del médico, el pecho se le llenaba de punzadas lentas y despiadadas, una tras otra, sin tregua. No solo porque la verdad fuera tan atroz, sino porque al fin se había dado cuenta de algo mucho más cruel: durante todo ese tiempo había vivido atrapada en una mentira tejida con esmero, tan sutil, tan bien armada, que jamás sospechó nada. Y lo más doloroso de todo era que la persona en la que más confió, en la que se apoyó todos esos años, quizá fuera precisamente quien había planeado cada detalle.
Desde entonces, Valentina dejó de llorar como antes. Aunque las lágrimas todavía le resbalaban de vez en cuando, ya no duraban, ya no venían con sollozos. Porque cada gota que le caía ahora no traía solo tristeza: se transformaba en algo distinto, algo más gélido, más afilado, que iba volviéndose peligroso en silencio.
* * *
Esa mañana todo lucía igual que cualquier otra. Adrián se alistaba para salir como siempre: se abrochó el reloj con un gesto despreocupado, el rostro tranquilo, sin sombra de remordimiento.
Valentina permanecía de pie junto a la puerta, observando cada movimiento en silencio. Algo le resultaba perturbador de tanta calma, como si aquel hombre jamás hubiera hecho nada malo.
—Adrián, ¿hoy también vas a llegar tarde? —preguntó quedo, la voz casi un susurro.
Él ni siquiera la miró de verdad.
—Sí. Los pagos de los clientes siempre se retrasan, así que tengo que quedarme a esperar.
La misma respuesta de siempre, idéntica a la de ayer, idéntica a la de todos los días del último mes.
Valentina asintió despacio. Los labios se le curvaron en una sonrisa leve que le quedaba extraña en el rostro, como si no le perteneciera.
—Está bien, Adrián. Que te vaya bien —le dijo con dulzura.
El sonido del auto fue alejándose, cada vez más tenue, hasta desaparecer. Cuando se extinguió por completo, la sonrisa de Valentina se borró con él.
La casa se volvió de pronto enormemente silenciosa. Un vacío que le calaba el pecho. Pero esta vez no se dejó hundir en la tristeza. Nunca más.
Con paso lento, cerró la puerta, le echó llave y se dirigió al dormitorio. Cada pisada le pesaba, no por la duda, sino porque sabía que cualquier cosa que encontrara a partir de ahora le cambiaría la vida para siempre.
La mano de Valentina tocó la manija del armario. Se detuvo un instante. El aire se le atoró en la garganta.
—Tengo que averiguarlo —murmuró.
Detrás de esa frase tan simple latía otra cosa: no solo curiosidad, sino también la disposición a quebrarse si eso era lo que le tocaba enfrentar. Despacio, abrió el armario. El aroma característico de Adrián le llegó de golpe. Antes, ese olor siempre la hacía sentirse en casa, protegida; ahora le revolvió el estómago.
Valentina empezó a revisar una cosa tras otra. Camisas colgadas con pulcritud, el maletín del trabajo, bolsillos interiores: todo parecía normal. Demasiado normal, como si no hubiera nada que esconder. Pero algo en su interior se negaba a creerlo. Se arrodilló con cuidado y palpó el fondo del mueble, la parte que nadie tocaba. Allí, arrinconada en el rincón más profundo, encontró una caja pequeña.
El corazón se le disparó al instante. Las manos le temblaban cuando la sacó. Una capa fina de polvo le cubría la superficie, señal de que el objeto rara vez se tocaba —o tal vez de que alguien lo había escondido con sumo cuidado—.
Valentina contempló la caja durante unos segundos, como dándose la oportunidad de echarse atrás. Pero no se echó atrás. Con lentitud, la abrió.
Y en un segundo, el mundo se le vino abajo. La mano se le quedó suspendida en el aire. Los ojos se le abrieron de par en par y el aliento se le cortó de golpe. Dentro de la caja había fotografías. Los dedos le temblaron con violencia al tomar la primera. En la imagen, Adrián sonreía ampliamente. Y a su lado, de pie, estaba Lorena.
Valentina conocía a esa mujer. La única empleada de la granja. Una persona a la que siempre había considerado sin importancia. Pero en aquella foto se veía algo inequívoco: las manos entrelazadas, los cuerpos pegados, las miradas rebosantes de una calidez que Valentina jamás había recibido.
—Adrián…
La voz le salió rota. Las manos le temblaron aún más al pasar a la siguiente fotografía, y a la siguiente. Cuantas más veía, más claro quedaba lo que había entre ellos. Abrazos, risas, una cercanía brutalmente real.
Cada imagen era como un cuchillo que se le clavaba en el pecho una y otra vez, sin pausa, sin piedad. Se le entrecortó la respiración y se llevó la mano al esternón, que sentía aplastado, como si algo la presionara con fuerza desde adentro. Las lágrimas le cayeron a raudales, pero no emitió un solo sonido. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba llorando. Lo único que sentía era destrucción.
—Cuatro años… —susurró al leer la fecha impresa en una de las fotos.
Cuatro años viviendo una mentira. Cuatro años luchando sola, tragándose insultos, devorando el dolor, culpándose a sí misma cada día. Mientras tanto, el hombre al que había defendido a capa y espada se reía feliz con otra mujer a sus espaldas.
Las manos le temblaron todavía más cuando descubrió otros papeles dentro de la caja. Comprobantes de transferencia con cifras enormes, una tras otra. Y el nombre de la beneficiaria siempre era el mismo: Lorena.