Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 3
Capítulo 3 — Los ojos de la casa
A Dante se lo llevaron al área médica en cuanto aterrizamos. A mí me llevaron a otra parte.
Cruzamos jardines que olían a orquídea y a tierra mojada, pasillos con columnas, una fuente donde el agua caía sola como si aquí sobrara. Al final, una villa de tres pisos, blanca, con balcones de hierro forjado y flores en cada ventana. La Casa de las Orquídeas, la oyó nombrar a una de las muchachas que salieron a recibirme. Ocho muchachas. Ocho, para mí sola.
Y una mujer mayor, gordita, de delantal y cara buena, que juntó las manos al verme como si le hubieran traído a una hija perdida.
—¡Ay, pobre criatura! —dijo—. Mírenla, si está en los huesos. Vengan, calienten agua, traigan de comer. Soy doña Delia, mija. Aquí nadie te va a hacer daño mientras yo respire.
Me bañaron. El agua caliente sobre la piel resquebrajada me dolió y me dio ganas de llorar de puro alivio. Me pusieron ropa limpia, suave, de una tela que yo jamás había tocado. Y después me sentaron frente a una mesa con más comida de la que había visto en cinco días de hambre.
Comí. No me da vergüenza decir que comí como animal, porque animal me habían tenido. Había arroz, carne en una salsa que no conocía, fruta cortada en flores, pan blanco todavía tibio. Después de cinco días de nada, aquello me pareció un milagro y una amenaza al mismo tiempo. Pero mientras comía, la cabeza no paraba.
"No confíes, Ana. La comida bonita también envenena."
Con disimulo escupí los primeros granos de arroz en la servilleta y esperé. Nada. No ardía, no amargaba, no me dio sueño. Seguí comiendo, más tranquila. Y mientras masticaba, contaba. Contaba puertas. Contaba ventanas. Medía con la vista la altura de los balcones, el grosor de los barrotes de hierro forjado —bonitos, sí, pero barrotes al fin—, la distancia del muro del jardín. Doña Delia me hablaba de la sopa y yo le sonreía y por dentro dibujaba mapas.
En un descuido, me guardé en el puño una llavecita que estaba olvidada en un platón de la vitrina. No sabía de qué era. La escondí bajo el borde de la alfombra, cerca de la pata de la mesa, con la punta del pie, mientras fingía estirarme.
Esa noche me dejaron sola en un cuarto que era más grande que toda mi casa de Veracruz.
Y entonces la pared se encendió.
Pegué un brinco. Una de las paredes lisas del salón se había vuelto pantalla, y en ella, con una nitidez de pesadilla, aparecí yo. Yo, escupiendo el arroz en la servilleta. Yo, midiendo las ventanas con la vista. Yo, guardándome la llave en el puño. Yo, escondiéndola bajo la alfombra con el pie, tres minutos antes.
Cada gesto. Cada uno.
Junto a la imagen, la voz. Esa voz que ya conocía, seca, tranquila, la de un hombre que ni siquiera necesitaba estar en la misma habitación para tenerme del cuello.
—¿Buscabas esto? —dijo Dante.
La imagen se detuvo justo en el instante en que mi pie empujaba la llave bajo la alfombra. Se me heló la sangre. No había una cámara. Había muchas, invisibles, en cada rincón de esa casa preciosa, y él las veía todas a la vez. Supe después que llevaba un lente especial en el ojo que le proyectaba todo lo que las cámaras miraban; en ese momento solo supe una cosa, la más simple y la más terrible: en esta casa no existía un solo rincón donde yo estuviera sola.
—Come, duerme, guárdate las llaves que quieras —siguió la voz, casi con pereza—. Yo te voy a estar viendo, Mía.
Se me trabó el nombre falso en la garganta. Lo dijo con un dejo raro, como quien saborea un chiste privado. Pero no me atreví a pensar en eso todavía; tenía demasiado miedo.
Me senté en la orilla de la cama, con las piernas temblando, tratando de que mi respiración no sonara. Aquí no existía la intimidad. Ni para dormir, ni para llorar, ni para pensar. Todo lo que yo hiciera, hasta rascarme, lo vería aquel hombre desde su torre. Nunca en mi vida me había sentido tan desnuda con la ropa puesta.
La pantalla cambió sola. Ya no era yo. Era una sala de juntas, o algo así: una mesa larga, hombres serios conectados por video desde vaya una a saber qué rincones del planeta. Dante debía de tener otra pantalla, porque de pronto ya no me hablaba a mí. Hablaba con ellos. Y yo, muerta de miedo y muerta de curiosidad, me quedé escuchando lo que no debía. Hablaban en varias lenguas, saltando de una a otra; él las entendía todas y contestaba en la que le convenía, cortando frases como quien corta hilos.
Entendí retazos. Que había un territorio, un "sector", con minas de por medio, en manos de un viejo al que llamaban don Onésimo, y que Dante quería poner a su propia hermana a mandar ahí en lugar del viejo. Que no se fiaba de don Onésimo. Que el viejo, según decían las voces, podía irse "del lado del otro", llevarse consigo información, planes, gente. Que ese "otro" tenía un nombre que hizo bajar la temperatura de la sala aun a través de una pantalla: Baltasar.
—Los tiros que traigo en el cuerpo son cortesía suya —dijo Dante, y por primera vez le noté algo debajo del hielo, un filo—. Y tengo la sospecha de que la mano que apuntó estaba aquí adentro. En mi propia casa.
Un topo. Un traidor entre los suyos. Guardé el dato sin saber para qué me serviría, por puro instinto de sobreviviente: todo lo que dividía a mis captores podía, algún día, servirme. Un león con una espina clavada muy adentro, en su propia casa, era un león distraído. Y a mí, para escaparme, un descuido me bastaba.
Así que, aunque los tiros que le saqué del muslo eran obra de ese tal Baltasar, no sentí ni una gota de agradecimiento hacia el que disparó. Un hombre que le mete bala a Dante no es amigo mío por eso; es, apenas, otro monstruo en un bosque lleno de monstruos. Yo no tenía bando. Yo tenía una meta, que era la puerta.
La pantalla se apagó. Me quedé a oscuras, con el corazón golpeando.
Al rato entró una de las muchachas a dejarme agua en la mesa de noche. Antes de salir, con la vista clavada en el piso, me dijo en voz baja, casi de memoria:
—El Señor dice que no se acerque al Ala Blanca. Por nada. Es una orden.
—¿El Señor? —Se me escapó, ya sin fuerzas para fingir—. ¿Cuál Ala Blanca? ¿Quién es él, a fin de cuentas?
La muchacha levantó los ojos un segundo, como si yo hubiera preguntado quién sostiene el cielo. Y bajó la voz todavía más, como quien nombra algo que da mala suerte:
—El patrón. Don Dante. —Tragó saliva—. Aquí lo llaman el Rey sin corona.
Se fue y cerró la puerta.
Me quedé sentada en aquella cama enorme, en aquella casa hermosa llena de ojos, y me abracé las rodillas. El rey sin corona. Repetí el título por dentro, tratando de calarle el peso. En mi tierra, los reyes salían en los libros o en las barajas. Aquí uno de carne y hueso me había comprado y me miraba dormir. Un hombre que veía todo, que compraba personas, que sangraba por manos de su propio hermano y que dormía en una fortaleza a un océano de mi mundo.
Pensé en mi mamá, que a esta hora estaría cerrando el puesto, apilando las sillas de plástico, sin saber que su hija andaba del otro lado del planeta. Pensé en que ni siquiera podía avisarle que seguía viva. Y pensé, con una claridad que me dolió más que el hambre, que si yo desaparecía en este lugar, desaparecía completa: sin cuerpo, sin tumba, sin nadie que supiera dónde buscar. En un sitio así, una podía morirse dos veces.
Y yo, que había venido a este país por un boleto gratis, era ahora su médica, su sangre de repuesto y su juguete nuevo.
Miré, sin querer, hacia el borde de la alfombra, donde había escondido la llave tres minutos antes de que él me la mostrara en la pared.
No la fui a buscar. ¿Para qué? Él ya la había visto. Él lo veía todo.
Esa fue la primera noche que entendí contra qué clase de hombre me había tocado jugar.