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El Emperador Lee la Mente de su Consorte

El Emperador Lee la Mente de su Consorte

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Comedia / Época / Completas
Popularitas:194
Nilai: 5
nombre de autor: biely

Liam se durmió leyendo una novela de intrigas de palacio... y despertó dentro de una. Ahora es el consorte varón de un imperio de dragones: hermoso, despreciado y —según el guion original— condenado a morir envenenado antes de que termine el primer tomo. Su plan es simple: sobrevivir, mantener la boca cerrada y huir en cuanto pueda.

Hay un pequeño problema. El Emperador Feng Mian, el tirano más frío y temido de la dinastía, puede oír cada uno de sus pensamientos.

Y Liam piensa MUCHO. Que si el Emperador está buenísimo. Que si será impotente. Que qué hace un "témpano andante" como él acercándose tanto. Feng Mian nunca había querido tanto arrancarle la lengua a alguien... ni besarlo para que se callara.

Entre banquetes envenenados, concubinas víboras, conspiraciones por el trono y una marca dorada que cambiará su destino, Liam descubrirá que conocer el final de la historia no sirve de nada cuando el protagonista empieza a reescribir el guion solo para quedarse con él.

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Un dolor de cabeza insoportable hizo que Liam abriera los ojos.

El techo sobre él era altísimo, sostenido por vigas de madera talladas con dragones dorados. Unas cortinas de seda roja se mecían con la brisa que entraba por la ventana. Liam parpadeó varias veces.

—¿Dónde... estoy?

Lo último que recordaba era estar acostado en su cama, leyendo una novela de harén imperial hasta la madrugada.

No puede ser... ¿Me morí durmiendo?

Antes de que pudiera pensar en otra cosa, un torrente de recuerdos le invadió la mente. El dueño de aquel cuerpo también se llamaba Liam. Hijo de un poderoso general, había sido elegido para casarse con el Emperador por motivos políticos. Pero, después de la boda, nunca recibió una sola mirada de cariño. El Emperador jamás visitaba su palacio, las concubinas lo despreciaban y los sirvientes lo obedecían solo por obligación. Y, al final de la historia original, a Liam lo acusaban injustamente de conspirar contra el trono y moría envenenado.

Al recordar ese detalle, palideció.

—Transmigré... ¡al personaje más desgraciado de todo el libro!

En ese instante, dos criadas entraron en la habitación.

—Consorte Liam, buenos días.

Liam sonrió con cortesía.

—Buenos días.

Las dos se miraron, atónitas. El antiguo consorte casi nunca respondía a los saludos.

Cuando ellas salieron, Liam se levantó de la cama y caminó hasta un enorme espejo de bronce. El reflejo casi le detuvo el corazón. Un joven de belleza extraordinaria apareció frente a él. Larga cabellera negra como la noche, piel clara y ojos dorados. Parecía una pintura viviente.

Liam se quedó unos segundos admirando su propio rostro.

—Ya era guapo antes... pero esto es abuso. —Se giró de un lado a otro—. Si subo una selfie así en mi mundo, gano un millón de seguidores. Lástima que aquí no exista internet...

Después de aceptar la realidad, Liam empezó a trazar un plan: huir. Era simple. Prepararía algo de ropa, tomaría dinero y desaparecería antes de que llegara el día de su ejecución. Cuanto más lo pensaba, mejor le parecía el plan, hasta que recordó una cosa: en la novela, el Emperador era extremadamente desconfiado. Cada portón del palacio estaba rigurosamente vigilado y nadie salía sin autorización imperial.

Liam se desplomó sobre una silla.

—Entonces estoy preso...

Poco después, un eunuco entró corriendo, sin aliento.

—¡Consorte Liam! ¡Su Majestad viene para acá!

Liam abrió los ojos de par en par.

—¿Qué?

En la novela, el Emperador nunca visitaba aquel palacio. Nunca. ¿Por qué se le ocurrió aparecer justo hoy?

En el otro extremo del palacio, el Emperador caminaba en silencio. Era un hombre frío, respetado y temido por todo el imperio. La noche anterior había ocurrido algo extremadamente extraño. Mientras revisaba documentos oficiales, una voz desconocida surgió de la nada en su mente: Ese ministro lleva tres años desviando dinero.

El Emperador se levantó de inmediato, pero no había nadie en la sala. Poco después, la voz volvió: Si sigue confiando en ese general, lo van a traicionar.

Durante horas, la voz apareció y desapareció. Hasta que, esa mañana, los guardias informaron que el consorte abandonado estaba en el Palacio de la Luna Serena. Movido por la curiosidad y la sospecha, el Emperador decidió descubrir en persona qué estaba pasando.

Mientras tanto, en la habitación, Liam respiraba hondo. Tranquilo... solo tengo que actuar con normalidad.

La puerta se abrió. Todos los sirvientes se arrodillaron de inmediato.

—¡Saludos a Su Majestad!

Liam también se arrodilló. Cuando levantó ligeramente la cabeza, se encontró con un hombre increíblemente apuesto que vestía un manto negro bordado con dragones dorados.

Dios mío..., pensó Liam. Este hombre es mucho más guapo que la descripción del libro. Si no supiera que es el protagonista masculino, juraría que es un modelo de revista.

El Emperador se detuvo en seco. Esa voz... Era exactamente la misma que había oído en su mente. Comprendió que no la escuchaba con los oídos, sino dentro de su propia cabeza. Venían directamente de los pensamientos del consorte arrodillado frente a él. Por primera vez en muchos años, el Emperador se sorprendió de verdad con alguien.

Y Liam, claro, no tenía la menor idea de que todos sus pensamientos se estaban transmitiendo en vivo.

Mierda, ¿y qué si es guapo? ¡Yo también estoy buenísimo! Pero este Emperador jamás pasó una sola noche con este consorte...

El Emperador frunció el ceño, entornando los ojos al descifrar los atrevidos pensamientos de Liam.

Ah... ¿será que el Emperador es impotente? ¿Por eso no se le para ni con una belleza como la mía?, siguió Liam, divagando en su mente con la cara más lavada del mundo. Qué inútil. Un rostro tan bello y no es más que un eunuco de lujo.

Las venas de la frente del Emperador saltaron de pura rabia. Cerró los puños bajo las mangas del manto imperial. Sintió unas ganas arrolladoras de mandar arrancarle la lengua a semejante insolente. ¿Cómo se atrevía a pensar que era impotente? ¡Estaba perfectamente sano!

—Tú... —gruñó el Emperador, con unas ganas enormes de callarle la boca a Liam, pero recordó a tiempo que esas palabras no habían sido dichas en voz alta.

Incapaz de contener la furia y sin querer demostrar que podía oír el secreto del consorte, el Emperador giró sobre sus talones de golpe y salió del palacio pisando fuerte, sin decir una sola palabra más, dejando a todas las criadas y al propio Liam completamente desconcertados.

Además de impotente, es bipolar, resonó el pensamiento final de Liam, nítido, en la mente del Emperador mientras se alejaba por el corredor.

El Emperador rechinó los dientes. Al día siguiente sería el saludo matinal de la corte y sin duda se aseguraría de preguntarle en persona al General cómo había educado a un hijo tan insolente como aquel.

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