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Me Enamore De Mi Sobrina

Me Enamore De Mi Sobrina

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Malentendidos
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con Daniela y Marcos.

Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.

Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.

Pero la verdad es otra.

Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.

Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — El primer juicio

Ese día pensé que iba a verla.

Desde que me habían separado de Daniela, lo único que tenía en la cabeza era volver a verla. Me habían dicho que tendría una audiencia y yo pensé que tal vez ella estaría ahí.

Me imaginaba entrando a la sala y encontrándome con sus ojos.

Pero no.

Cuando entré, miré hacia todos lados.

Daniela no estaba.

Sentí un vacío horrible.

—¿Dónde está? —pregunté bajito.

Nadie me respondió.

Me senté y respiré profundo.

Entonces escuché:

—Marcos Rodríguez.

Levanté la cabeza.

El juez entró y todos guardaron silencio.

—Puede sentarse.

El juez revisó unos documentos que tenía frente a él.

—Señor Rodríguez, esta audiencia tiene como finalidad revisar los hechos que se le atribuyen y determinar las medidas que correspondan conforme al procedimiento.

Yo asentí.

—Sí, señor.

El juez continuó leyendo.

—En este caso existen varias acusaciones presentadas por la señora Lisbeth...

Miré hacia el lado.

Ahí estaba ella.

Lisbeth estaba sentada con una carpeta llena de documentos.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, apartó la suya.

El juez siguió hablando.

—Señor Rodríguez, ¿comprende los motivos por los cuales se encuentra aquí?

—Sí, señor.

Pero la verdad era que sentía que todo se estaba saliendo de control.

Entonces Lisbeth pidió la palabra.

—Señoría, quiero presentar las pruebas que he recopilado.

El juez le indicó que continuara.

Ella comenzó a sacar documentos.

—Además de la relación que mi hija mantenía en secreto con el acusado, existen otros hechos que considero importantes.

Yo fruncí el ceño.

—¿Otros hechos?

Lisbeth me miró.

—Sí.

El juez revisó los documentos.

—¿Qué está señalando exactamente?

—Que el señor Rodríguez ha utilizado mi casa, mis recursos y mi confianza durante años. También existen registros de objetos y dinero que desaparecieron después de que él estuvo viviendo conmigo.

Abrí los ojos.

—¡Eso es mentira!

El juez levantó la mano.

—Señor Rodríguez, tendrá oportunidad de responder.

—Pero yo nunca le robé nada.

Lisbeth continuó.

—También tengo conversaciones, registros y otros documentos que muestran comportamientos que considero irregulares.

La miré completamente sorprendido.

—¿De dónde sacó todo eso?

Ella no respondió.

Entonces recordé algo.

Lisbeth era abogada.

Conocía perfectamente cómo reunir documentos, cómo presentar pruebas y cómo llevar un caso.

Y estaba utilizando todos sus conocimientos contra mí.

Eso me dolió muchísimo.

No porque fuera abogada.

Sino porque era mi mejor amiga.

La persona que durante años había confiado en mí.

Y ahora estaba sentada frente a mí intentando demostrar que yo era una persona que no reconocía.

El juez tomó uno de los documentos.

—Señora Lisbeth, recuerde que toda prueba debe ser pertinente y obtenida de manera legal.

—Lo sé, señoría.

Ella habló con una seguridad que me hizo sentir todavía más pequeño.

—También existen grabaciones de las cámaras de seguridad de mi residencia.

Sentí un golpe en el pecho.

Las cámaras.

Ahí estaba todo.

La relación con Daniela.

Nuestros abrazos.

Los momentos en los que estábamos juntos.

Lisbeth había encontrado la manera de mostrarlo todo.

El juez pidió revisar el material correspondiente.

Yo bajé la mirada.

No quería volver a ver esas imágenes.

Después de unos minutos, el juez habló.

—He recibido la documentación presentada. Sin embargo, en esta etapa no corresponde establecer una culpabilidad definitiva. Las acusaciones deberán ser analizadas conforme al procedimiento y la defensa tendrá oportunidad de controvertirlas.

Sentí un poco de alivio.

Pero sabía que aquello apenas comenzaba.

El juez volvió a mirarme.

—Señor Rodríguez, ¿desea decir algo?

Respiré profundo.

—Sí.

Me levanté.

—Yo no le robé nada a Lisbeth. Nunca.

Miré hacia ella.

—Puede estar enojada conmigo. Puede odiarme por haberme enamorado de Daniela. Puede pensar que la traicioné. Pero yo jamás le habría robado.

Lisbeth permaneció seria.

—Y respecto a Daniela —continué—, ella es adulta. Nosotros nos enamoramos. Sé que usted no lo acepta, pero eso no convierte nuestra relación en un robo.

El juez me pidió que me sentara.

Lo hice.

Sentía las manos temblando.

Lo único que me dolía realmente era no saber dónde estaba Daniela.

No sabía si estaba bien.

No sabía si seguía llorando.

No sabía si mi bebé estaba bien.

Miré hacia la puerta de la sala.

Por un segundo imaginé que iba a aparecer.

Pero no pasó.

El juez continuó con la audiencia mientras yo permanecía en silencio.

Ese día entendí que no solamente estaba peleando por mi libertad.

También estaba peleando para que algún día Daniela pudiera volver a verme.

Y mientras Lisbeth utilizaba su profesión y las pruebas que había conseguido para intentar hundirme, yo solo podía pensar en una cosa.

Daniela, mi reina, te prometí que iba a volver.

Y pensaba cumplirlo.

1
Deyda Ninorca Sanchez Batista
porque no lo visitaste
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