Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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LA PREGUNTA.
Los días después de la galería pesaban como plomo en las venas.
No era un dolor agudo. Era esa pesadez sorda que te aplasta los párpados y te hace caminar más despacio, como si llevaras lastre en los tobillos.
El beso en la terraza ya no era un recuerdo. Era un bucle.
Azren cerraba los ojos y lo veía: la mano de Caeleen hundida en el pelo rubio de Darius. Los dedos de Darius aferrados a la tela del esmoquin como a un salvavidas en medio del naufragio. La forma en que sus cuerpos se fundían, como si fueran dos heridas abiertas que solo podían cicatrizar juntas.
Y luego, la otra imagen. Esa mirada de Caeleen cuando lo encontró en el suelo. Fría. Asqueada. Como si él fuera un insecto aplastado en el lugar equivocado.
No era dolor lo que sentía. Era algo peor: insignificancia.
Su propio sentimiento, ese que llevaba semanas alimentando con migajas de atención, era una cerilla frente a un volcán. Una cerilla mojada, además. Y él, el dueño de la cerilla, había sido visto y descartado en el mismo instante.
Debería tener miedo. Debería esconderse.
Caeleen sabía que él había estado allí. Sabía que había visto todo. Cualquier persona con dos dedos de frente se alejaría. Desaparecería. Cambiaría de café, de rutina, de ciudad si hiciera falta.
Pero Azren no podía.
No era valentía. Era otra cosa. Algo más oscuro. Más enfermizo. Como esa costra que no deberías rascar, pero tus dedos van solos.
Necesitaba volver a ser visto. Aunque fuera con odio. Aunque fuera con desprecio. Necesitaba que Caeleen volviera a posar sus ojos en él. Porque esa mirada, por primera vez, había sido para él. No para Darius. No para un fan anónimo. No para la multitud.
Para él.
Y eso, por retorcido que sonara, era más de lo que había tenido hasta ahora.
Leo lo notó en cuanto entró por la puerta de la clínica.
No dijo nada. Solo le cambió el vendaje de la muñeca —un pretexto ridículo, los dos lo sabían— con una solemnidad de enfermero en zona de guerra. Los dedos expertos, pero la mirada ausente, como si estuviera decidiendo si operar o amputar.
—Estás pensando —dijo al fin, sin mirarlo.
—Sí.
—Y no es con la cabeza de poeta. Es con la del condenado.
Azren no respondió. No hacía falta. Para eso estaban los amigos de quince años: para leerte sin que abras la boca.
—Ahógalos —gruñó Leo, apretando el vendaje más de lo necesario—. Antes de que te ahoguen a ti. Los de tu calaña terminan escribiendo sonetos suicidas, y yo no quiero ser tu albacea.
Azren sonrió por dentro. Una sonrisa fea, sin ganas. Leo tenía razón, como siempre. Pero algunos venenos no se escupen. Se absorben. Te cambian la sangre. Te convierten en alguien más frío. Más útil. Más idiota.
El café
Dos días después, el veneno hizo efecto.
Azren estaba en un café del centro. Ruido de fondo, mesas de madera gastada, luz amarilla de esas que te hacen parecer más viejo en los selfies. Un lugar anónimo, elegido a propósito. Lejos de su barrio. Lejos de la universidad. Lejos de todo.
Llevaba un ensayo sobre lírica modernista abierto frente a él, pero las palabras bailaban. No podía concentrarse. No podía dejar de darle vueltas a la misma pregunta, una y otra vez, como un disco rayado:
¿Volverá a mirarme?
La puerta se abrió. Entró el bullicio de la calle. Y con él, el silencio.
Porque cuando Caeleen Valkrum entra en un sitio, el ruido no desaparece, pero cambia de textura. Se vuelve más denso. Más cargado. Como si el aire se reordenara a su alrededor.
Azren sintió un golpe en el pecho. El aire se le atascó en la garganta.
Su primera reacción no fue miedo. Fue algo peor: alivio.
Ahí estaba. Había vuelto a aparecer. Como si el universo confirmara que esta historia no había terminado. Que él todavía tenía un papel, aunque fuera el de testigo no deseado.
Caeleen iba de incógnito: ropa cara pero discreta, una gorra negra calada hasta las cejas, auriculares colgando del cuello. Pero incluso así, incluso queriendo pasar desapercibido, había algo en su manera de moverse que lo delataba. Una economía de gestos. Una conciencia absoluta del espacio que ocupaba. No caminaba como el resto de la gente. Se deslizaba. Como si el mundo estuviera diseñado para cederle el paso.
Azren se encogió detrás de su libro. El corazón le latía tan fuerte que temía que se oyera en todo el local. Que alguien levantara la cabeza y dijera: ¿eso? ¿eso es un corazón o un bombo?
La mirada de Caeleen recorrió el café. Rápida. Eficiente. Escaneando amenazas, reconociendo caras, archivando información. Un radar humano con patas.
Pasó sobre Azren.
Y se detuvo.
Un segundo. Solo uno. Pero suficiente.
Los ojos ámbar lo identificaron. Y en ese segundo, Azren vio algo que no esperaba: no era indiferencia. Era reconocimiento. Caeleen sabía quién era. Sabía lo que había visto. Y en lugar de apartar la mirada con desprecio, sostuvo el contacto un instante más. Como si estuviera decidiendo algo. Calculando.
Luego, sin prisa, desvió la mirada y pidió un espresso en la barra.
Azren se quedó sin aire. Ese segundo. Ese cálculo. ¿Qué significaba?
Esperó. Los dedos sudorosos sobre el libro. Las palabras bailando. El corazón golpeándole las costillas como pidiendo salir.
Y entonces Caeleen se giró.
Con la taza humeante en la mano, caminó hacia su mesa.
Pero no como un general que va a inspeccionar sus tropas. Como un hombre que ha visto algo que le interesa y va a averiguar por qué. Sin prisa. Sin amenaza. Con una curiosidad tranquila, casi amable.
Su sombra cayó sobre los papeles. Azren alzó la vista.
Caeleen sonreía. Una sonrisa pequeña, ligera, como si esto fuera un encuentro casual entre conocidos. Como si no hubiera pasado nada en esa terraza. Como si Azren no hubiera visto lo que vio.
—Tú —dijo.
La voz grave, cálida, sin el filo de otras veces. Una constatación amistosa. Como si dijera anda, mira, el chico de la clínica.
—El de la clínica, ¿no? —continuó, repasando un archivo mental—. Y de la galería, creo. La caída fue un poco aparatosa. ¿Estás bien?
Azren parpadeó. No sabía qué cara poner. No sabía qué juego era este. Si era una trampa, si era una burla, si era real.
—Sí —logró decir. La voz le salió ronca, como si llevara horas sin hablar.
—Menos mal.
Caeleen se sentó frente a él sin pedir permiso. Con naturalidad. Como si compartir mesa con desconocidos en cafés anónimos fuera lo más normal del mundo. Apoyó los codos en la madera, la taza humeante entre las manos, y lo miró con una atención que resultaba casi halagadora.
—Soy Caeleen, por cierto. Aunque ya lo sabes.
—Azren.
—Azren —repitió, saboreando el nombre. Como si lo estuviera grabando en algún lugar de su cerebro. No en la sección de "fans", pensó Azren. En otra. En una con más espacio—. Profesor, ¿verdad? En la clínica tenías libros.
—Literatura.
—Ah.
Una pausa. Sus ojos recorrieron el título del ensayo abierto sobre la mesa. El dolor como lenguaje. Algo brilló en ellos. Interés genuino. No el interés falso de la gente que quiere parecer inteligente. Otro. Más profundo.
—Eso explica lo de la otra noche.
Azren se tensó. Todo el cuerpo se le puso en alerta. ¿Ahora venía el reproche? ¿La acusación? ¿Qué hacías espiando? ¿Quién te crees que eres?
Pero Caeleen solo sonrió. Más amplio. Más cálido.
—No te vi llegar. Ni irte. Solo el aterrizaje. —Se rió por lo bajo, un sonido ronco, casi íntimo—. Supongo que no fue tu noche más elegante.
—No —admitió Azren, sin saber muy bien qué estaba pasando. Sin saber si reírse también. Sin saber nada.
—La mía tampoco —dijo Caeleen.
Y su voz cambió. Perdió el brillo. Se volvió más grave. Más honesta. Como si por un segundo se quitara la máscara y dejara ver al de verdad.
—Las galas no son lo mío. Demasiada gente. Demasiadas miradas.
Azren no supo qué decir. Esto no era lo que esperaba. No era el hombre frío de la clínica. No era el depredador de la terraza. Era alguien más. Alguien que, por un momento, parecía casi accesible. Casi normal.
—Por eso estoy aquí, supongo —continuó Caeleen, señalando el café con un gesto vago—. Sitios anónimos. Gente que no me mira como si fuera un trofeo.
Sus ojos se posaron en Azren. Y en ellos había algo nuevo. Algo que parecía decir: tú no me miras así, ¿verdad?
Azren sintió que el suelo se movía. No sabía si creérselo. No sabía si era real o si Caeleen estaba jugando con él. Pero una parte de él, la más enferma, la más necesitada, quería creer.
—¿Y cómo te miro yo? —preguntó.
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Antes de que su cerebro pudiera filtrarla. Directa. Bruta. Demasiado sincera.
Caeleen inclinó la cabeza. Lo estudió un momento. Como si estuviera decidiendo si responder con honestidad o con otra capa de su armadura.
Luego sonrió. Una sonrisa lenta, calculada, pero que parecía genuina.
—Como si quisieras entender algo. No como si quisieras poseerlo. Eso es... raro. Y agradable.
El cumplido era una daga envuelta en seda. Azren sabía que no debía fiarse. Sabía que las dagas envueltas en seda siguen siendo dagas. Pero la seda era tan suave... y hacía tanto que nadie le envolvía nada...
—Todo ese ruido —dijo Caeleen de repente, señalando los libros con la barbilla—. La poesía. Las metáforas. Dar cincuenta vueltas para decir algo simple. ¿Tú crees que sirve para algo?
La pregunta cambió el aire. Ya no era el hombre accesible. Era el estratega. Pero la transición había sido tan suave que Azren casi no la notó. Un deslizamiento. Como cuando cambia la luz y no te das cuenta hasta que ya es de noche.
—No es dar vueltas —respondió, entrando al trapo. Defendiendo su territorio—. Es encontrar el ángulo exacto. Como un movimiento en la cancha que parece complicado, pero es la única forma de sortear una defensa.
Caeleen asintió, interesado.
—Buena analogía.
—Soy profesor. Me pagan por eso.
Caeleen se rió. Una risa real, corta, sorprendida. Como si no esperara que Azren tuviera gracia. Y en esa risa, Azren vio un destello del hombre que podría ser si no estuviera siempre en guerra con algo. Si no tuviera que estar siempre alerta. Si pudiera permitirse ser solo Caeleen.
—Entonces —dijo Caeleen, apoyando la barbilla en una mano, en una postura casi juvenil—, según tu teoría. Si alguien usa ese lenguaje. Flores. Símbolos. Gestos que no son lo que parecen. ¿Cómo se traduce? ¿A qué apunta?
La pregunta era la misma de antes. La de las flores. La de Darius. Pero ahora no sonaba a interrogatorio. Sonaba a curiosidad. A alguien que realmente quería saber. Que llevaba tiempo dándole vueltas y no encontraba respuesta.
Azren tragó saliva.
Podía decirle la verdad. Podía decirle que esas flores, ese lenguaje, apuntaban a un deseo que no se atrevía a ser acción. A un dolor que no tenía nombre. A una verdad que solo podía decirse de lado.
Pero si lo hacía, estaría ayudando a Caeleen a descifrar a Darius. Estaría convirtiéndose en su herramienta. En un puente hacia otro.
Y sin embargo, la tentación era enorme. Porque por primera vez, Caeleen lo miraba como si fuera alguien. Como si su opinión importara. Como si él, Azren Liáng, profesor de literatura con sueldo de profesor y piso de profesor, tuviera algo que ofrecer que nadie más tenía.
—A veces —dijo Azren, y su voz sonó más baja de lo que esperaba, más íntima— apuntan a cosas que no se pueden decir directamente. A verdades que solo pueden sostenerse si se dicen de lado. O a dolores que no tienen nombre. El lenguaje directo no puede con ellos. Necesitan rodeos.
Caeleen lo miró. Un segundo. Dos. Luego asintió lentamente. Como si hubiera recibido una pieza clave de un rompecabezas que llevaba meses intentando resolver.
—Eres más interesante de lo que pareces, Azren —dijo.
Y no era un cumplido vacío. Era una constatación. Como si acabara de reclasificarlo mentalmente: de "mueble" a "activo valioso". De "insignificante" a "útil".
Se levantó. Dejó unos billetes sobre la mesa. Pagaba los dos cafés.
—Gracias por la charla —dijo, y su sonrisa era cálida, magnética, imposible de rechazar—. Me gusta la gente que piensa distinto. Deberíamos repetir.
Y se fue.
Así de simple. Sin prisas. Sin estridencias. Dejando tras de sí una estela de confusión y deseo. De preguntas sin respuesta. De promesas que no eran promesas pero se les parecían.
Azren se quedó solo.
Con el corazón desbocado. Con las manos temblando sobre el libro. Con la cabeza dando vueltas a lo que acababa de pasar.
No había sido una amenaza. No había sido un interrogatorio. No había sido un ajuste de cuentas.
Había sido... ¿una cita? ¿Una exploración? ¿Un primer movimiento en un juego que aún no entendía?
Caeleen era magnético. Lo había sido durante toda la conversación. Y lo peor, lo más peligroso, era que no había parecido estar fingiendo. Su interés parecía real. Su curiosidad, genuina.
Pero también, en algún momento, había obtenido lo que quería. Azren le había dado una pieza del mapa. Le había explicado el lenguaje de las flores. Le había dado una herramienta para entender a Darius.
Y Caeleen se había ido con ella, dejando atrás solo una sonrisa y la promesa vacía de un "deberíamos repetir".
Azren sabía que debería alejarse. Sabía que Leo tenía razón. Sabía que esto no terminaría bien. Que los finales felices eran para las novelas que él enseñaba, no para la vida real.
Pero también sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que cuando Caeleen volviera a aparecer —y lo haría, porque los depredadores siempre vuelven a donde hay presa fácil—, él estaría ahí.
Porque en esa conversación, en esas preguntas, en esa sonrisa, había algo que Azren necesitaba desesperadamente:
Ser visto por alguien como él.
Aunque fuera usado en el proceso. Aunque nunca fuera nada más que una herramienta. Aunque cada encuentro lo acercara un paso más al abismo.
Porque para una herramienta, ser utilizada es la única forma de existir.
Y Azren, después de años de invisibilidad, de ser el que mira desde fuera, de ser el profesor que pasa desapercibido en los pasillos, necesitaba existir.
Aunque fuera en los términos de otro.
Aunque ese otro lo mirara y viera, no a él, sino lo que podía obtener de él.
Necesitaba existir.
Y si existir significaba esto, entonces que así fuera.
Afuera, la noche había caído sin que se diera cuenta. Las luces del café se reflejaban en el cristal. En ese reflejo, su propia cara. Común. Pálida. Con los ojos demasiado abiertos.
Pero por primera vez en semanas, no sintió que mirara a un fantasma.
Se vio.
Y supo, con una claridad que daba miedo, que esa noche había empezado algo que no podría parar.
Algo que no quería parar.