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Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.

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Capítulo 21

El murmullo que recorrió el salón *L'Elysée* no era el de una reunión amistosa; era el sonido del cristal rompiéndose bajo una bota de cuero. Todos los presentes, desde los herederos de fortunas centenarias hasta los nuevos ricos de la industria tecnológica, se quedaron petrificados. La figura que se alzaba en el centro de la estancia no encajaba en los esquemas de su mundo, y sin embargo, parecía ser el único que realmente pertenecía a él.

Zhi Zhi sentía que el suelo bajo sus pies se había transformado en arenas movedizas. La cercanía de JiNian era una agresión sensorial. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad que ella había cultivado durante siete años. Su perfume era una mezcla de sándalo, tabaco caro y algo más profundo, algo que ella solo podía describir como el olor del acero bajo el sol.

—¿La primera cuota? —repitió Zhi Zhi en un susurro que solo él podía oír, su voz cargada de una mezcla de indignación y pánico—. No soy una propiedad que puedas reclamar, JiNian. Ni ahora, ni hace siete años.

JiNian no retrocedió. Sus ojos recorrieron el rostro de Zhi Zhi con una intensidad que parecía querer arrancarle la máscara de seda y oficina.

—Hace siete años no tenías precio, Zhi Zhi —respondió él, su voz era un ronroneo peligroso—. Ahora, todo en este salón tiene uno. Incluyendo tu lealtad, incluyendo tu silencio... e incluyendo esa sortija invisible que Lin Feng cree haberte puesto.

Como si hubiera sido invocado por la mención de su nombre, Lin Feng se adelantó. Su rostro, habitualmente sereno y aburrido, estaba encendido por una mancha roja de orgullo herido. Se colocó al lado de Zhi Zhi, intentando recuperar el terreno perdido.

—No sé quién te crees que eres para entrar aquí y faltarle al respeto a mi prometida —soltó Lin Feng, proyectando su voz para que el resto de los invitados escucharan. Era un intento desesperado por reafirmar su estatus—. Este es un evento privado para ex-alumnos de St. Jude. No para... mecánicos con delirios de grandeza.

JiNian giró la cabeza lentamente hacia Lin Feng. Fue un movimiento depredador, fluido y cargado de una superioridad que no necesitaba gritar. Una sonrisa gélida curvó sus labios.

—Lin Feng. Heredero de la logística del Este —dijo JiNian, cada palabra cayendo como un martillazo—. Sigues usando el apellido de tu padre como un escudo. Me pregunto qué pasaría si ese escudo se desintegrara mañana. Si tus barcos dejaran de llegar a puerto porque el puerto ahora tiene un nuevo dueño.

Lin Feng palideció.

—¿De qué estás hablando?

Kuang, que se había mantenido a un lado disfrutando del espectáculo, dio un paso adelante y se aclaró la garganta, atrayendo la atención general.

—Damas y caballeros, por favor —dijo Kuang con una reverencia exageradamente burlona—. Permítanme presentarles formalmente a nuestro anfitrión de esta noche. El hombre que ha financiado esta pequeña reunión para que todos podamos... recordar. Él es el CEO de *Iron Throne Holdings*, el principal accionista de la infraestructura portuaria de esta ciudad y, para algunos de ustedes, su nuevo peor enemigo. JiNian.

Un jadeo colectivo llenó el aire. *Iron Throne*. En los últimos dos años, ese nombre había sido un fantasma que devoraba empresas en quiebra y las transformaba en imperios de acero y tecnología. Nadie conocía la cara del dueño; se decía que era un hombre implacable que no aceptaba reuniones y que solo hablaba a través de contratos de adquisición.

Zhi Zhi sintió un mareo repentino. El chico que una vez se lavaba las manos en un cubo de agua sucia era ahora el hombre que podía hundir la empresa de su padre con una sola llamada telefónica.

—¿JiNian? —Vivienne se acercó, su mirada de desprecio transformada en una de fascinación absoluta—. ¿El JiNian del Distrito Norte? Es... increíble. Estás tan cambiado.

JiNian ni siquiera la miró. Sus ojos seguían fijos en Zhi Zhi, ignorando las miradas hambrientas de las mujeres y las expresiones de terror de los hombres.

—La cena está servida —anunció JiNian, extendiendo un brazo hacia el gran salón comedor—. Por favor, tomen asiento. He preparado una disposición de lugares muy... específica. Espero que todos disfruten de los recuerdos que hemos preparado para ustedes.

***

*Flashback: Una tarde de lluvia en el taller.*

*JiNian estaba sentado en el suelo, rodeado de piezas de un motor que parecía imposible de arreglar. Zhi Zhi estaba a su lado, con su uniforme escolar impecable manchado por una pequeña gota de aceite en la rodilla. Ella estaba frustrada porque su padre le había prohibido ir a una fiesta de la élite.*

*—¿Por qué te importa tanto ese mundo, Princesa? —preguntó JiNian sin levantar la vista de sus herramientas—. Son solo personas en cajas de cristal, asustadas de que alguien les tire una piedra.*

*—Porque es mi mundo, JiNian —respondió ella con amargura—. No todos podemos vivir fuera de las reglas como tú.*

*JiNian dejó la llave inglesa y la miró. Su mirada era pura, sin el cinismo que ahora lo envolvía.*

*—Yo no vivo fuera de las reglas. Estoy creando las mías. Algún día, compraré ese cristal en el que vives. Y cuando lo haga, no será para romperlo. Será para que tú puedas salir sin que nadie te diga que no puedes.*

***

Zhi Zhi caminó hacia el comedor con las piernas temblando. La disposición de los asientos era, efectivamente, una tortura diseñada con precisión quirúrgica. En la cabecera de la mesa larga estaba JiNian. A su derecha, el asiento reservado para Zhi Zhi. A la izquierda de Zhi Zhi, Lin Feng.

Era un triángulo de tensión que hacía que el aire fuera irrespirable.

Mientras los invitados se sentaban, el servicio comenzó a servir el primer plato. Pero no era la alta cocina francesa que todos esperaban. Frente a Zhi Zhi, se colocó un cuenco de cerámica blanca con una sopa sencilla de fideos y verduras, exactamente igual a la que vendían en el puesto callejero del Distrito Norte donde ella y JiNian solían comer a escondidas.

El contraste era brutal: cubiertos de plata y manteles de lino, rodeando un plato que costaba menos de un dólar.

—¿Qué es esta ordinariez? —preguntó Vivienne desde el otro extremo de la mesa, mirando su plato con asco.

—Es humildad, Vivienne —respondió JiNian, tomando su propia cuchara con una elegancia que hacía que el acto pareciera aristocrático—. Algo que la mayoría de ustedes nunca pudo comprar. Pruébenlo. Quizás les ayude a digerir la realidad de esta noche.

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